Saber vivir

Blog de Mauricio Rubiano Carreño

Archivo de Noviembre 2008

¿El homosexual nace o se hace?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Noviembre 14, 2008

 En un laboratorio de experimentación científica se lleva a cabo un estudio microscópico. Han sido citados una mujer y un hombre para ver sus células a gran escala, a través de un instrumento visor. Se procede a hacer un pequeño raspado del dorso de sus manos para que algunas de sus células más externas caigan sobre una lámina pequeña de vidrio, llamada portaobjetos, que se lleva de inmediato al microscopio electrónico.

El resultado —siempre sorprendente— es el mismo que se observa en todas las oportunidades: las células descamadas de la mujer muestran dos cromosomas “X”, mientras que las del hombre tienen un cromosoma “X” y otro “Y”.

La ciencia de la genética lo descubrió desde hace muchos años: los hombres, desde el período embrionario —y aun antes—, tienen definido el sexo. Lo que pasa frecuentemente inadvertido es que, no sólo las células de la piel, sino las de los órganos internos, las de los huesos, músculos y articulaciones, las de los vasos y nervios, las del cerebro y hasta las de la base de los cabellos están sexuadas.

En genética se ha comparado la información que existe en los cromosomas con los computadores y se ha llegado a la conclusión de que, en un solo cromosoma humano, hay el equivalente a 4 libros de 500 páginas cada uno, con 300 palabras impresas en cada página, aproximadamente. Son billones de genes con información específica: un gen determinará el color de los ojos, otro el de la piel, otro la estatura aproximada… Sin embargo, la sexualidad no está “escrita”, en uno o en un ciento, ni siquiera en un millar de genes, sino en un cromosoma completo, es decir, es todo un legado genético el que determina el sexo de un individuo.

De manera que esa sexualidad, parcialidad, “mitad en busca de otra mitad”, división o sección (es decir, sexo) está presente en todo el organismo: el corazón de una mujer es femenino, como lo es su páncreas, su hígado o su cartílago; las células de su sistema nervioso central están “impregnadas” de esa feminidad; por decirlo así, piensa y actúa como mujer, y hasta camina como mujer. Así mismo, el hombre lo es en toda su anatomía y en todo su funcionamiento fisiológico: las acciones involuntarias, y aun voluntarias, son realizadas por órganos y sistemas hechos por células masculinas; por eso sus acciones y pensamientos son los de un varón, se mueve como varón, vive como varón.

De los cromosomas depende también la formación de los órganos genitales y de los caracteres sexuales secundarios.

Sin embargo, el homosexual —quien dirige sus afectos hacia un ser humano de su mismo sexo— tiene idénticos órganos genitales y, en el microscopio, sus células muestran también los mismos cromosomas “X” y “Y” de un hombre.

¿Qué sucede entonces?

Desdichadamente nadie lo sabe con certeza hasta ahora. Pero hay algunas luces al respecto.

Los siguientes son factores que coadyuvan —que facilitan— el hecho de que un hijo se incline hacia la homosexualidad:

 

El uso de la píldora anticonceptiva.

Las hormonas sexuales femeninas, estrógenos y progesterona, presentes siempre en la píldora anticonceptiva permiten de vez en cuando —en un valor cercano al 1%— la ovulación y, por tanto, el embarazo. De hecho, ése es el porcentaje de fracaso (llámese “embarazos”) de los anticonceptivos orales. En esas ocasiones, la mujer continúa tomando el medicamento hasta que se da cuenta que está esperando un hijo.

Durante esa temporada es muy probable —lo están investigando los científicos dedicados a esta área— que las hormonas sexuales femeninas sean llevadas al nuevo ser humano que está desarrollándose y evolucionando dentro de unos parámetros bastante lábiles. Cualquier incidencia que les llega a través de los líquidos que atraviesan la placenta puede afectarlos positiva o negativamente. Por esa razón está contraindicado el uso de medicamentos durante el embarazo, a no ser que la balanza riesgo–beneficio haga que el obstetra determine, en ocasiones especiales, formularlos a la paciente asumiendo el riesgo de daño en el embrión o en el feto.

Pues bien, los índices preliminares parecen mostrar que hay más homosexuales en los matrimonios que utilizan la píldora como método anticonceptivo.

Si se tiene en cuenta que el levonorgestrel, aquella hormona que se “implanta” bajo la piel del brazo, uno de cuyos nombres comerciales es el Norplant, actúa con el mismo mecanismo, ha de temerse el mismo resultado.

 

La educación.

Pero esta circunstancia (el hecho de que la madre use estos anticonceptivos y que ello facilite una tendencia hacia la conducta homosexual) debe tener otros sumandos. De hecho, se cree imposible sin que, además, exista cierto grado de inestabilidad familiar.

Cuando el aspecto psicológico del niño es afectado, muy especialmente por el trato paterno, según los últimos análisis psicológicos realizados en estos pacientes, la alteración provocada por un padre excesivamente enérgico (y hasta violento) y duro, o bien, alejado y frío en sus relaciones con sus hijos, circunstancias ambas bastante más frecuentes de lo que parece en las sociedades eminentemente machistas como la nuestra, puede impulsar a esta propensión.

Si a esto se añade que en los centros educativos mixtos hay mayor incidencia de homosexualidad que en los demás, aunque es completamente erróneo afirmar que serán homosexuales quienes estudien en estos centros, éste se convertirá también en uno de los factores coadyuvantes, si se presentan las otras condiciones y circunstancias. Nadie sabe qué lo facilita. Se ha conjeturado que, ya que el desarrollo intelectual de la mujer es más rápido que el del hombre, el muchacho se verá inclinado a “refugiarse” en sus compañeros del mismo sexo y condición intelectual, quizá intentando reemplazar al padre que, desde el punto de vista psicológico, nunca tuvo.

Por último, y ya que la psicología propia de cada ser sexuado se desarrolla más fácilmente si hay más hermanitos del mismo sexo, si a todo lo precedente se añade que los padres no tienen más que dos hijos —la parejita—, otro sumando se asociará para facilitar este desorden de la naturaleza, en personas que, la mayoría de las veces, no tienen la culpa.

Si la ciencia no da pronto más indicios, estas y algunas otras lógicas conjeturas con ligero soporte científico son las únicas herramientas con las que se puede contar al analizar la tendencia homosexual. Lo que no se puede seguir afirmando, en cambio, es que se haya comprobado que el factor hereditario o el genético representen algún papel.

 

 

Tomado del libro:

 

HOMOSEXUALIDAD, DEL MIEDO A LA ESPERANZA. (Coautor) 1ª edición. Bogotá, Colombia. Editorial Trillas, 2006.

 

Este libro se puede adquirir en: 

Editorial Trillas. Señor Alfonso López: 2857187, Bogotá, Colombia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Monólogo de una mujer moderna*

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Noviembre 11, 2008


Son las 5:30 a.m. El despertador no para de sonar, y no tengo fuerzas ni para tirarlo contra la pared.

Me siento acabada… No querría tener que ir al trabajo hoy. Quiero quedarme en casa, cocinando, escuchando música, cantando, etc. Si tuviera un perro, lo pasearía por los alrededores. Todo, menos salir de la cama, meter primera y tener que poner el cerebro a funcionar.

Me gustaría saber quién fue la mujer imbécil, la madre de las feministas, que tuvo la idea de reivindicar los derechos de la mujer, y por qué hizo eso con nosotras, que nacimos después de ella.

Estaba todo tan bien en el tiempo de nuestras abuelas: se pasaban todo el día bordando, intercambiando recetas con sus amigas, enseñándose mutuamente secretos de condimentos, trucos, remedios caseros, tips sobre la última moda, leyendo buenos libros de las bibliotecas de sus maridos, decorando la casa, podando árboles, plantando flores, recogiendo legumbres de las huertas y educando a sus hijos. La vida era un gran curso de artesanos, medicina alternativa y cocina.

Después se puso mejor: teníamos servidumbre, llegaron el teléfono, las telenovelas, la tarjeta de crédito, la Internet, ¡el e-mail! ¡Cuántas horas de paz, solaz y realización personal nos trajo la tecnología!

Hasta que vino una —a la que por lo visto no le gustaba el sostén— a contaminar a varias otras rebeldes inconsecuentes con ideas raras como esa de que “Vamos a conquistar nuestro espacio”. ¡Qué espacio ni qué nada! ¡Si ya teníamos la casa entera! Todo el barrio era nuestro, ¡el mundo estaba a nuestros pies! Teníamos el dominio completo sobre los hombres; ellos dependían de nosotras para comer, vestirse y para hacerse ver bien delante de sus amigos. Y ahora…, ¿dónde están?

¡Nuestro espacio!… Ahora ellos están confundidos, no saben qué papel desempeñar con las mujeres: huyen de nosotras como el diablo de la Cruz. Ese chistecito, esa gracia, acabó llenándonos de deberes; y, lo peor de todo, ¡acabó lanzándonos a muchas dentro del calabozo de la soltería crónica aguda!

Antiguamente los matrimonios duraban; eran para siempre.

¿Por qué —díganme— por qué un sexo que tenía todo lo mejor, que sólo necesitaba ser frágil y dejarse guiar en la vida, comenzó a competir con los machos? ¿A quién se le ocurrió semejante despropósito? Miren el tamaño de sus músculos y miren el tamaño de los nuestros… Estaba muy claro: ¡eso no iba a terminar bien!

No aguanto más ser obligada al ritual diario de estar flaca como una escoba, para lo cual tengo que matarme en el gimnasio o reunir dinero para hacerme la mamoplastia, la liposucción, implantes en las nalgas…, además de morir de hambre, ponerme hidratantes, antiarrugas, padecer complejo de radiador viejo tomando agua a todas horas…; usar todas las demás armas para no caer vencida por la vejez, maquillarme impecablemente cada mañana desde la frente hasta escote, tener el pelo impecable y no atrasarme con las las canas, que son peor que la misma lepra; elegir bien la ropa, los zapatos y los accesorios, no sea que no esté presentable para esa reunión de trabajo…

Ver que no me falte más nada, tener que decidir qué perfume combina con mi humor o tener que salir corriendo para quedarme embotellada en el tránsito, y tener que resolver la mitad de las cosas por el celular, correr el riesgo de ser asaltada, de morir embestida por una buseta o un motorizado, instalarme todo el día frente a la computadora trabajando como una esclava (moderna, claro está), con un teléfono en el oído y resolviendo problemas uno detrás de otro, ¡que además ni siquiera son mis problemas!

Todo para salir con los ojos rojos (por el monitor, claro, porque para llorar de amor no hay tiempo).

¡Y teníamos todo resuelto!

Estamos pagando el precio de estar siempre en forma, sin estrías, depiladas, sonrientes, perfumadas, operadas, con las uñas perfectas…, sin hablar del currículum impecable, lleno de diplomas, doctorados y especialidades.

Nos volvimos “supermujeres”, pero seguimos ganando menos que ellos y, en la mayoría de los casos, ¡de todos modos nos siguen dando órdenes!

¿No era mejor, mucho mejor, seguir tejiendo en la silla mecedora? ¡¡¡Basta!!!

Quiero que alguien me abra la puerta para que pueda pasar, que corra la silla cuando me voy a sentar, que me mande flores y cartitas con poesías, que me dé serenatas en la ventana…

Si nosotras ya sabíamos que teníamos un cerebro y que lo podíamos usar, ¿para qué había que demostrárselo a ellos?

¡Ay, Dios mío!, son las 6:10 a.m., y tengo que levantarme… ¡Que fría está esta solitaria y grandísima cama! ¡Ah!… Solo quiero que un maridito llegue del trabajo, que se siente en el sofá y me diga: “Mi amor, ¿me traerías un whisky por favor?” O: “¿Qué hay de cenar?” Porque descubrí que es mucho mejor servirle una cena casera que atragantarme con un sandwich y una Coca-cola light, mientras termino el trabajo que me traje a casa.

¿Piensas que estoy ironizando o exagerando? No, mis queridas amigas, colegas, inteligentes, realizadas, liberadas… y ¡pendejas! Estoy hablando muy seriamente. ¡Estoy abdicando de mi puesto de mujer moderna!

¿Alguien más se suma?…

ROCHY

  

 

 

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Educación sexual obligatoria: tarea compleja

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Noviembre 11, 2008

Educación sexual obligatoria: tarea compleja

 

Establecida como obligatoria, la cátedra escolar de Educación Sexual ha desatado la preocupación de muchos de los docentes y la polémica por la forma de presentación a los estudiantes.

¿Desde qué edad se debe implantar? ¿Qué tópicos se deben tocar en las edades más tempranas? ¿El estudiante debe conocer la anatomía y la fisiología (funcionamiento) genital? ¿Quién debe ser encargado de la cátedra? ¿un médico? ¿un psicólogo? ¿un sacerdote? ¿Cómo desmitificar la sexualidad, sin llegar a estropear el crecimiento integral del niño y del adolescente?… Son muchas las preguntas que salen a relucir y muy pocas las que se han contestado: es frecuente encontrar profesores que manifiestan no tener los instrumentos necesarios para salir airosos en el  nuevo cargo que se les ha asignado. Es posible que acudan a algún médico, a revistas o libros especializados que les den orientación o que acudan a los manuales, para ello preparados, de instrucción gradual en la sexualidad.

Sobre este tema, que toca directamente la esencia del ser humano, ha salido una cantidad asombrosa de publicaciones, dentro de las que destacan, por su número, las que tienden a lograr únicamente un incremento en el placer sexual, haciendo aparecer la sexualidad como algo superficial, poco profundo, meramente hedonista y, por ende,  no propio del ser humano.

Por otra parte, es frecuente encontrar que el sistema genital o reproductor se estudia de manera similar a como se lo hace con los demás sistemas en el organismo, como el sistema gástrico, el linfático o el cardiovascular: su anatomía, su funcionamiento fisiológico, las patologías (enfermedades) que pueden presentarse, etc. Si se tiene en cuenta que la sexualidad implica comportamientos humanos, lo que no se da en los otros sistemas (no existe, por ejemplo, un comportamiento humano voluntario para el sistema gástrico), se comprenderá que, en esos casos no se está estudiando la sexualidad, sino meramente la genitalidad. Una consideración únicamente biológica del hombre, entonces, haría que se le tratase como a un simple animal, de la misma manera que una cerrada acepción espiritual del hombre, haría de él un ángel. Otro tanto ocurrirá si se limita el concepto del hombre a su aspecto psicológico, dejando de lado su espiritualidad y su corporeidad.

Para tratar el tema de la sexualidad, es necesario adentrarse en la escénica de la totalidad del ser humano: su biología, su psicología y su espiritualidad.  Sólo así se puede entender que no se le puede fraccionar en las partes en las cuales está compuesto.

De este modo, todo comportamiento humano impone la participación del ser, de una manera integral: es toda su composición biológica, psicológica y espiritual la que actúa en el ámbito del comportamiento en general y, por supuesto, en las acciones sexuales. Si un hombre y una mujer cohabitan, se dan todos ellos: no sólo se entregan en el aspecto genital, sino que la entrega es de todos sus seres.

Esto es, precisamente, lo que hace diferente al ser humano de los otros seres: que su entrega comporta el mutuo don de su cuerpo, su alma y su espíritu.

Cuando la entrega está condicionada por alguna circunstancia, el ser humano no llega a cubrir las demandas de su dignidad, y decrece como tal: si alguien busca, en una relación sexual, únicamente el placer que esto le depara, estará dejando de lado partes esenciales de su condición humana, como son el aspecto psicológico y el aspecto espiritual y su acción será meramente animal.

Así mismo, si lo que busca con esa acción es satisfacer la necesidad de sentirse deseado o incluso “amado” (si a esto se le puede llamar amor verdadero) estará mutando también la finalidad del acto y denigrándose a sí mismo. Por esa razón, en ambas circunstancias, el hombre descubre un alto grado de insatisfacción que nace de la sensación de haber utilizado al otro o haber sido utilizado. Aunque esta sensación quiera ser considerada fútil, intrascendente o de poca importancia, siempre quedará ese sabor amargo de la entrega parcial, que es el único que da explicación a la inestabilidad matrimonial actual, cuando se la compara con la que había hace veinticinco años, cuando se suscitó la polémica sobre el uso de la píldora anticonceptiva, el DIU y otros métodos anticoncepcionales artificiales en la relación marital, ya que se hacen a un lado el aspecto natural de la concepción (resultado final de la cópula en los períodos fértiles) y la entrega mutua y total de los cónyuges, haciendo de ellos un par de cómplices de una acción utilitarista, aunque sea de común acuerdo, ya que ambos se estarían utilizando recíprocamente; además, ésta sería una relación que denota entrega parcial y, por lo tanto, no sincera, un acto que destruye la estabilidad de cada uno de los individuos y de la pareja, dando al traste con una de las finalidades de la unión matrimonial, la educación de la prole, quienes no podrán desarrollarse desde el punto de vista psicológico y espiritual, sin asistencia profesional especializada.

Como se comprenderá, la trascendencia de esta circunstancia en la sociedad es la que se observa hoy: muchos de los niños que mañana serán los motores del mundo están creciendo sin uno de sus padres y en una situación precaria de educación humana integral (emocional, espiritual, cultural y de conocimientos) que culminará en un retroceso en la moral de muchas naciones, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de los hombres y de su relación con los demás.

Urge que los educadores a los que se les ha asignado la enseñanza de la Educación Sexual se instruyan primero en la noción integral del ser humano, para que puedan mutar el currículo que hasta ahora se tiene, reducido a veces, a informar sobre la existencia de anticonceptivos, su modo de uso, y a intentar dar “tranquilidad” a los educandos preocupados por enfermedades como el sida. En segundo lugar, es necesario que conozcan los últimos avances científicos sobre métodos anticonceptivos naturales, como el de la temperatura basal o el del moco cervical, los cuales han demostrado gran eficacia, para que la sexualidad no sea simplemente genitalidad y esté basada en el raciocinio, y se pueda hablar ahora sí de paternidad responsable.

Sólo con el engrandecimiento del ser humano (que se da cuando la razón domina sus instintos) se puede propender al auge de la moral y de las buenas costumbres, único camino hábil de quienes pretenden mejorar la sociedad, para el bienestar de sus hijos.

  

 

 

 

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