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Blog de Mauricio Rubiano Carreño

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Votar, por el bien común

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Código Penal, Código de Tránsito, Código Civil, Código de Derecho Canónico… Leyes, decretos, normas… Para proteger los derechos de los menores, de los ancianos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, etc. Supuestamente tenemos —cada vez más— todo lo necesario para regular las relaciones humanas en orden al bien común, y así ser una sociedad justa y equitativa.

Pero debemos decir toda la verdad: en cada período legislativo, a veces los senadores y representantes buscan no solo el bien común, sino sus propios intereses: es muy halagador y da buena reputación que les sean aprobados sus proyectos, sean o no buenos para la sociedad.

Por ejemplo, se pretende despenalizar el aborto, sin tener en cuenta el estrago moral que ello causa: el común de la gente entiende que las madres podrán matar a sus propios hijos —criaturas inocentes—, por un supuesto derecho que ellas tienen.

Eso deja mucha confusión puesto que, aun cuando la mayoría de los ciudadanos no sepan la genética o embriología en suficiente medida para entender que la vida comienza en la concepción, algo les dice que lo que están haciendo es un homicidio. De otro modo no se pueden entender la gran cantidad de estragos psicológicos y psicosomáticos que quedan en las madres que realizan abortos, estragos que difícilmente desaparecen, aun con terapias especializadas…

Pregunta: ¿Son estos estragos un bien común? ¿Son esas muertes de esos seres humanos un bien común?

Lo primero se llama aumento de la morbilidad: madres con más enfermedades psicológicas y psicosomáticas (sin contar los daños físicos que reportan las estadísticas aun en clínicas especializadas). Lo segundo se llama incremento en la mortalidad de individuos: todos los embriones y fetos que se abortan mueren; es necesario repetirlo: estaban vivos —lo prueba la genética— y quedan muertos.

Esto se llama disminución del bien común.

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¿Sembramos nosotros mismos el terrorismo?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Más de 119 torres de energía voladas, casi 100 municipios de Colombia sin luz, intento de acabar con el agua potable de la ciudad de Bogotá, varios puentes destruidos que aíslan grandes zonas del país, secuestros y asesinatos de ciudadanos, etc., etc., etc. ¿Son estas las acciones de un movimiento que defiende unos ideales?

Mientras tanto, el pueblo debe sufragar las reparaciones: el costo de la guerra que el gobierno no evitó; se  incrementa la ya difícil situación económica de la ciudadanía, en la capital se aprueba un impuesto de valorización para seguir embelleciendo la ciudad, los servicios se incrementan, la UVR sigue el mismo patrón del antiguo UPAC, etc., etc., etc. ¿Es esta la actitud correcta de un gobierno democrático?

Usted hace todo lo que puede: busca modos para mejorar sus ingresos y no los encuentra, disminuye sus gastos eliminando todo lo superfluo en su vida y a pesar de eso no le alcanza, reduce su canasta familiar pero se siente cada vez más apretado, etc., etc., etc. ¿Cree acaso que eso es una vida normal?

¿No será este el momento para recapacitar? ¿Por qué no evaluar lo que hemos hecho y actuar en consecuencia?

Fabricamos una sociedad que estimula el consumo para poder vender, aunque muchos de los productos que compramos no son realmente útiles para nuestra felicidad: la ambición de comodidad y bienestar material se erigió en la meta según la cual seríamos felices, pero se multiplicaron los problemas psicológicos y la infelicidad: descubrimos que somos insaciables, y que cuanto más anhelamos tanto más nos desilusionamos, hallando o no lo que deseábamos. El malestar del consumismo ya es evidente.

Es que nos ocupamos tanto en tener que se nos olvidó ser.

Esa ambición por cosas materiales dejó a un lado el enriquecimiento verdaderamente humano: las familias, célula de la sociedad, están enfermas porque los padres no tienen tiempo para sus hijos (están trabajando para darles «todo»), y ellos vagan sin sentido por los mundos del Internet, los videos, el alcoholismo, la drogadicción, la promiscuidad y el satanismo; el amor es un sueño de idealistas, porque lo que ahora importa es el nivel de comodidad y riquezas; el servicio social no mueve ningún corazón, a pesar de estarse viendo esa descomposición general; Dios se dejó exclusivamente para los momentos de apremio (como los de ahora): Él no es un Dios personal que nos ama y dio su vida por nosotros sino un ente «arreglalotodo»; el trabajo como medio de enriquecimiento integral del ser humano que se interrelaciona con los demás, sirviéndolos y sirviéndose de ellos se convirtió en una carga necesaria para lograr lo que nunca se logró…

Todos aprendimos los falsos estereotipos de la felicidad y, lo que es peor, los seguimos con vehemencia, ímpetu y fervor, para luego descubrir que habíamos destruido lo principal: la dignidad del ser humano.

Buscamos el dios–placer, y siempre quisimos más y más para volver frustrados… Fuimos tras el dios–tener, y regresamos desilusionados… Perseguimos la buena honra, el aplauso de los demás, el dios–fama, y al quedar a solas descubrimos que no pudimos tapar nuestras propias limitaciones…

Muchos otros, sin principios morales ni valores, se dejan arrastrar por estos mismos ídolos: secuestran, matan y destruyen el país en el que viven, buscando el mayor autoengaño del ser humano: que la felicidad está en lo material.

¿Por qué pensar y vivir tan rastreramente si somos capaces de ideales más nobles y metas más altas?

 

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¿Quién ganó las elecciones?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

El doctor Fulanito de Tal dice estar feliz, y declara que los resultados de la «fiesta democrática» que se vivió ayer lo favorecen: ahora se está viendo, según él, que son muchos más los que lo apoyan, los que no desean una guerra total, los que votaron apoyando su candidatura, sean o no del partido.

Por su parte, los analistas y los medios de comunicación informan que el congreso quedó constituido de tal manera que el triunfador se puede dar por bien servido: tendrá muy buen apoyo del Congreso si es elegido en los comicios presidenciales, como apuntan las estadísticas. Por supuesto, hay felicidad dentro de su campaña.

Pero, ¿quién ganó realmente?

La respuesta a esta pregunta es fácil: en el primer lugar quedó el inmenso grupo de ciudadanos que no creen en la democracia, tal y como está concebida en Colombia: cerca de 14 millones de personas con derecho a votar se abstuvieron.

El segundo lugar lo obtuvieron quienes sí creen en la democracia, pero no en los que se postularon: aproximadamente 400.000 ciudadanos votaron en blanco.

Ya en el tercer lugar aparece con un poco más de 200.000 votos, la mitad del número de votos en blanco.

Siguen muy de cerca los demás…

Todo esto significa, en buen romance, que:

El 60 % de la población colombiana desea un cambio total en la democracia o no cree en ella.

El 1,66 % acepta la democracia tal como está, pero rechaza a todos los candidatos y sus propuestas.

Y, lo que es peor, ¡solamente el 0,83 % le dio el espaldarazo al candidato que más votos obtuvo!

Ante esta incuestionable verdad, ¿cómo se pueden alegrar los candidatos?

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Diferencia que marca la diferencia*

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Entre los deseos primarios de todas las personas están: progresar, ser felices y tener dinero.

 

Así como hay personas pobres y personas ricas, hay países pobres y países ricos.

 

La diferencia entre los países pobres y los ricos no es la antigüedad del país. Lo demuestran casos de países como India y Egipto, que tienen miles de años de antigüedad y son pobres. En cambio, Australia y Nueva Zelandia, que hace cerca de ciento cincuenta años eran casi desconocidos, son hoy países desarrollados y ricos.

 

La diferencia entre países pobres y ricos tampoco son los recursos naturales con que cuentan, como es el caso del Japón que tiene un territorio muy pequeño, y el ochenta por ciento de ese territorio es montañoso y no apto para la agricultura ni la ganadería; sin embargo, es la segunda potencia económica mundial, pues su territorio es como una inmensa fábrica flotante que recibe materiales de todo el mundo y los exporta también a todo el mundo, ya transformados. Así logra su riqueza.

 

Por otro lado, tenemos una Suiza sin océano, pero tiene una de las flotas navieras más grandes del mundo; no tiene cacao, pero tiene el mejor chocolate del mundo; en sus pocos kilómetros cuadrados pastorea y cultiva solo cuatro meses al año (ya que el resto del tiempo es invierno), pero tiene los productos lácteos de mejor calidad de toda Europa; al igual que Japón, no tiene recursos naturales, pero da y exporta servicios con calidad muy difícilmente superable; por último, es un país pequeño, pero ha muestra seguridad, orden y trabajo, características que lo han convertido en la «Caja fuerte del Mundo».

 

Tampoco la inteligencia de las personas es la diferencia, como lo demuestran los estudiantes de países pobres que emigran a los países ricos y logran resultados excelentes en su educación. Otro ejemplo son los ejecutivos de países ricos que visitan nuestras fábricas, y al hablar con ellos nos damos cuenta que no hay diferencia intelectual.

 

Tampoco es la raza la que marca la diferencia, pues en los países centroeuropeos o nórdicos vemos cómo los llamados «vagos del sur» demuestran ser la fuerza productiva, aunque no sean así en sus propios países de origen, donde nunca supieron someterse a las reglas básicas que hacen a un país grande.

 

La actitud de las personas es la diferencia. Al estudiar la conducta de las personas en los países ricos se descubre que la mayor parte de la población sigue las siguientes reglas:

 

Ø La moral como principio básico

Ø El orden y la Limpieza

Ø La honradez

Ø La puntualidad

Ø La responsabilidad

Ø El deseo de superación

Ø El respeto a la ley y los reglamentos

Ø El respeto por los derechos de los demás

Ø Su amor al trabajo

Ø Su afán por el ahorro y la inversión

 

–¿Necesitamos más Leyes?

–¡No! Sería suficiente con cumplir y hacer cumplir estas 10 simples reglas. En Colombia y el resto de los países pobres solo una mínima (casi nula) parte de la población sigue estas reglas en su vida diaria.

 

No somos pobres porque a nuestro país le falten riquezas naturales, o porque la naturaleza haya sido cruel con nosotros; simplemente nos falta carácter para cumplir estas premisas básicas de funcionamiento de las sociedades.

 

A diferencia de otros mensajes en cadena, si no envías copia de este a más personas, no se te va a morir tu perro ni te van a correr del trabajo, ni tampoco te vas a sacar la lotería por mandarlo; pero sería bueno que lo compartieras con otras personas. ¿Quién sabe? A lo mejor ayudas para que en algunos años más, vivamos en un país desarrollado (¡!).

 

Anónimo

 

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¿Acabar con la guerrilla?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 14, 2008

Se sabe que la solución a todo problema está en la causa que lo produce; se sabe, por tanto, que la solución a este problema es la educación del pueblo: no tanto informarlo, sino formarlo: una educación en valores, en principios morales para el bienestar individual y social.

Pero siempre aparece el problema coyuntural: se dice que los factores y las circunstancias que se dan en el momento requieren de una decisión inmediata, que ya no se puede postergar más el problema, que mientras se educa a los ciudadanos debe hacerse algo, que hay que atajar el conflicto prontamente…

Mientras por un lado se aboga por el diálogo, por otro se respalda una solución rápida y violenta, usando para ello el poder, aunque la experiencia histórica mundial haya enseñado que la violencia no se soluciona con violencia.

La descripción de Colombia en sus últimos años de historia es la siguiente: la guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico causando estragos y cada vez más cerca de las grandes ciudades, mientras que todos están enfrascados en poner «pañitos de agua tibia» al problema. Pero si no desaparece la corrupción moral, si no se educa, si no se siembran valores en los niños, aflorará la violencia, y el país se hará cada vez más pobre, cada vez más agresivo, cada vez más destruido…

Ante estas meditaciones, se repetirá la frase de siempre: «Es verdad que la solución a largo plazo es educar a la ciudadanía; pero, ¿cuánto durará ese proceso educativo? Mientras tanto, hagamos algo.»

Lo único que se puede responder es que si se siguen dando soluciones coyunturales (pañitos de agua tibia), el problema seguirá creciendo.

 

 

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