Saber vivir

Blog de Mauricio Rubiano Carreño

Archivos de la categoría ‘Educación’

El desprestigio del beso

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Septiembre 10, 2009

 

Un beso puede ser consecuencia del amor, de un deseo, de una amistad o del respeto o veneración que se tiene por una persona.

Entre los amores están: el conyugal, el filial, el paternal o maternal, el fraternal… Y en cualquiera de esos casos se da un beso.

Los deseos que provocan un beso pueden ser la pasión o deseo sexual, por ejemplo; aunque también cabe aquí el interés: alguna ventaja que se le pueda ganar a esa persona a quien se besa, engañándola para conseguir ese fin: dinero, posición social, amistades útiles, etc.

La amistad es una de las causas por las que los seres humanos se besan con más frecuencia. Pero los besos que fingen amistad, a veces parecen ser más que los que nacen de un verdadero sentimiento de cariño.

Por último, el beso es en ocasiones un acto de reverencia: el sacerdote besa el altar, el esposo enamorado besa una fotografía de su mujer, el feligrés besa una imagen, la señora besa la tumba de su hijo, el laico besa la mano del sacerdote recién ordenado o el anillo del obispo…

Lo triste es comprobar que, a veces, los besos de profundo amor se ven iguales a los besos que nacen de la cortesía: Cuántas veces, por ejemplo, un padre de familia siente que el beso que recibe de su hija es exactamente igual al que ella le da a sus amigas. Otras veces se ve que dos mujeres que se saludan de beso realmente se detestan…

¿Por qué no dejar a un lado tanto beso en los saludos y despedidas, y cambiarlos por un simple apretón de manos, y dejar los besos para momentos importantes?

Si el beso se deja para ocasiones especiales readquirirá su valor: saludar y despedirse entre seres que se aman, felicitar a alguien cuando triunfa o logra las metas que se impuso, sentir un cariño singular en momentos especiales y amar, serán otra vez vivencias preciosas.

A las madres y a los padres les parecerán verdaderamente valiosos los besos de sus hijos, y a estos, los de sus padres; los seres queridos apreciarán el mérito de un beso dado por y con cariño; los amigos valorarán esa expresión de afecto. Y los besos tendrán el valor que les corresponde.

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Bebé en basurero

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Agosto 11, 2009

Un transeúnte pasaba cerca de un basurero del distrito de Aguablanca, en Cali, cuando escuchó el llanto de un bebé. Se acercó para verificarlo y, efectivamente, un bebé recién nacido yacía entre las basuras.

Dice la noticia que la madre fue apresada, pero la pregunta que nace es: ¿Qué llevó a esta mujer a realizar semejante despropósito? ¿Puede uno pensar que se trata de un acto premeditado y consciente? ¿Cómo puede una madre arrojar en un basurero al producto de sus entrañas, máxime habiéndolo sentido moverse en su vientre los últimos cinco o seis meses?… No hay duda de que algo malo y absurdo está sucediendo en la cabeza de esa mujer.

Tampoco hace falta mucho análisis para sacar la conclusión de que la sociedad está enferma: este hecho se ha repetido varias veces. ¿Qué ha llegado a suceder en la moral social para que incluso los instintos maternos hayan sido afectados hasta tal punto?

Primero, la degradación del ser humano ha llegado a tal nivel que se ha sublimado el placer como finalidad última de la existencia y, en este contexto, el valor de la vida es relativo: en la búsqueda del placer todo se vale.

No es que se afirme esto explícitamente, pero los hechos hablan más que las palabras: en la educación sexual, por ejemplo, nada puede detener el ímpetu del deseo del placer; hasta el homicidio es un medio para lograrlo: el aborto en numerosas formas (asesinato de inocentes) es «la solución». Tampoco se publica lo que la ciencia ya comprobó: que los anticonceptivos orales (la píldora) y el dispositivo intrauterino (la famosa «T» o el «DIU») son abortivos, es decir, homicidas.

Pero, como si fuera poco, además del placer, la comodidad es otra de las metas tácitas en la vida: que los actos no sean responsables, que sus consecuencias se solucionen de cualquier manera. Y en ese marco moral —o mejor: inmoral—, hay que deshacerse de lo que suponga un estorbo, llámese anciano (eutanasia) o bebé, usando para ello hasta el pote de la basura…

Si no paramos, ¿a dónde llegaremos?

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Televisión: ¿Formar o informar?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Se realizó este encuentro con la participación del señor Presidente de la República, con un discurso en cuyas palabras se resaltó lo que tanto se ha dirimido en el ámbito educativo desde hace años: ¿con la televisión se pretende simplemente informar (enterar, dar noticia de algunas cosas) o más bien se procura educar, esto es, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos y otros medios?

 

El presidente habló acerca del esfuerzo docente del Ministerio de Educación con estas palabras: “Como un ejemplo de los esfuerzos estatales en esta materia, el Ministerio de Educación viene cumpliendo a través de Señal Colombia con su función docente llevando a cabo el Espacio Maestro, una experiencia única en materia educativa y audiovisual.”

 

Habló también de “posibilitar la reflexión de la sociedad”, de “fomentar una actitud crítica y creativa, así como despertar la práctica investigativa en los niños y jóvenes” e informó a los asistentes que “el Ministerio de Educación y Colciencias vienen adelantando gestiones con algunos canales de televisión educativa en Estados Unidos e Inglaterra como Discovery y ITV para adquisición de material…”

 

Además, compartió con su auditorio las estrategias propuestas en un foro:

1.  Estímulo a la producción de una televisión educativa.

2.  Socializar las experiencias y modelos de educación a través de foros y seminarios

3.  Invitación a la reflexión para conformar mesas de trabajo con maestros, estudiantes, programadores de televisión y líderes empresariales.

4.  Convocar un encuentro latinoamericano sobre el estado del arte de la investigación en materia de televisión y educación.

 

 

 

 

¿Favorecer las facultades y morales del niño o del joven?

 

Fue consenso general que las palabras dichas durante el Encuentro, como las del señor Presidente, versaron casi exclusivamente sobre el enriquecimiento cultural e intelectual de los televidentes, especialmente de los jóvenes.

 

Pero, ¿qué pasó con las facultades morales y las políticas para desarrollarlas?

 

¿Qué ganamos con el hecho de que las nuevas generaciones sepan mucha historia, geografía, anatomía, matemáticas y otras materias, si el país está lleno de asesinatos, secuestros, violaciones, corrupción, impunidad…?

 

La educación que se pretende dar a los jóvenes está llena de conocimientos (Discovery, ITV, Espacio Maestro y otros), pero con frecuencia le faltan valores, principios para la vida. Es poco lo que se les instruye en los campos de la honestidad, del comportamiento, de la urbanidad, de la trascendencia, de las virtudes humanas, del respeto por la mujer, del valor del hogar, que es célula de la sociedad…

 

“Posibilitar la reflexión de la sociedad, fomentar una actitud crítica y creativa, así como despertar la práctica investigativa en los niños y jóvenes” es bueno, es positivo; pero ¿cómo prevenir la destrucción de los hogares colombianos que hace el machismo? ¿la violencia que azota a nuestro país?

 

Pornografía, machismo y violencia

 

Con algunos programas y propagandas de la televisión que ven hoy los “educandos” se está exaltando el erotismo y, en otros casos, la pornografía, que, hoy más que siempre, producen una distorsión gigante de la sexualidad y de las cosas que a ella están unidas.

 

Así aparece veladamente el hedonismo, doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida. Muchos mensajes comerciales adolecen de esa falla: subliminalmente van dejando en los televidentes la idea de que la felicidad es todo lo que produce placer, comodidad, diversión… y erigen al dinero y al poder (que pueden conseguir todo esto) como los fines del hombre de hoy.

 

De hecho casi todas las propagandas de la televisión son realizadas por actores jóvenes, “triunfadores” (“triunfar” significa para ellos únicamente tener dinero y el reconocimiento de los demás), atléticos, bien parecidos y con cuerpos esculturales; es muy raro el comercial que presenta ancianos o personas poco atractivas o el que habla de seres fracasados. Por eso, en ellos, reiteradamente la mujer —con su cuerpo— “incita” a comprar todo tipo de artículos o servicios. A veces semidesnuda, otras sin ropa, pero siempre insinuante, este ser humano, en quien habita la potestad de la maternidad, se convierte simplemente en un medio para hacer propaganda con el detrimento de su dignidad; su valor intrínseco queda herido, propiciando el machismo, del que ya se sabe su injusticia y su capacidad destructiva.

 

La televisión, en lo que se refiere a este aspecto, se ha convertido en una lluvia de proyectiles que llegan a los ojos y oídos de los jóvenes todavía en proceso formación, penetran en su alma y en su cuerpo e incitan a colocar en grado sumo el valor de la sensualidad y del goce eminentemente biológico o, cuando más, humedecido por lo psicológico. Con sus hormonas despertando su atracción hacia el otro sexo, condición propia de la pubertad y de la adolescencia, en medio de un mundo nuevo para ellos y, por tanto, desconocido, más vulnerables a cualquier estímulo, sentirán una fuerte atracción hacia lo genital propiamente dicho haciendo abstracción de los otros planos en los que la vida del hombre se mueve normalmente, fomentando así la tendencia a esclavizarse con las pasiones hasta llegar a afirmar que son necesidades orgánicas.

 

Lo mismo sucede con la violencia televisiva: no es necesario esforzarse mucho para saber de dónde han nacido los guerrilleros, los secuestradores, los homicidas, los narcotraficantes, los violadores de niños, de sus derechos…, en fin, todos los que creen que cualquier cosa se puede lograr a la fuerza.

 

Así también, a los televidentes jóvenes, con frecuencia, se les induce a una subvaloración de la libertad, de la vida, de los valores…

 

El señor Presidente se refirió a las políticas por vincular la televisión a la educación, diciendo que en ellas “ha primado hasta ahora, la idea del cubrimiento poblacional y de la cantidad de información emitida…” Si no nos engañamos, lo que prima es conseguir el lucro que mantiene a la televisión: se aceptan propagandas encaminadas a promocionar los productos que venden sus patrocinadores, y con mucha frecuencia no se tiene cuidado de elegir las que mejoren la dignidad humana, las que propendan a un bienestar familiar y social, sino que escogen las que mayor aporte económico les produce.

 

La voluntad

 

Y ¿qué decir de la voluntad, el libre albedrío o la libre determinación, la verdadera libertad? Solo un hombre libre puede decir que no. Los esclavizados por el sexo, la droga, el licor, la violencia, el placer desaforado, el dinero, la fama, el poder, la corrupción, el atractivo de las ganancias fáciles de vivir al margen de la ley, como en los grupos guerrilleros, el narcotráfico, etcétera, no pueden decir: “no”. Les falta voluntad.

 

Pero la televisión no propone pensar mucho: en menos de cinco segundos ya hay una idea nueva, que hace olvidar la anterior y tres segundos después se cambia a otra. Pocos programas o propagandas hacen pensar, ponen a meditar. Por eso vemos hoy tantos muchachos superficiales para pensar y para vivir…

 

Es que ser libre es ser dueño de sí mismo y, cuando la inteligencia y la voluntad lo indiquen, guiar los actos hacia el bien personal; y si se quiere más libertad, hacia el bien común.

 

Si los que manejan la televisión se lo proponen, la guía para determinar qué programas, qué propagandas, qué películas y qué novelas se emiten, podría ser la moralidad y la formación que darían al televidente infantil y juvenil. Así favorecerían la mejora de la sociedad: habría muchas mujeres y hombres dignos de ese nombre y no únicamente “sabios” que se han desarrollado poco como seres humanos.

 

 

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Los Simpsons

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Mi hijo está viendo, para distraerse, el programa de televisión: «Los Simpsons». Decido acompañarlo para descansar. Los días siguientes hago lo mismo, y empiezo a penetrar el cuadro que esta serie de dibujos animados representa:

 

El jefe del hogar, el señor Homero, tiene un carácter muy peculiar: habla unas veces como idiota y otras, como un niño inmaduro. Sus costumbres son tomar cerveza y ver televisión; en la oficina es un ejemplo de irresponsabilidad y negligencia; no se le nota el más mínimo respeto por su esposa o por su hogar; sus deberes religiosos son, como todo lo demás, algo que se puede tomar o dejar a voluntad; desconoce por completo el significado de educar y, por supuesto, su obligación para con sus hijos en ese sentido… En fin, es la más perfecta exhibición de ausencia de valores y de principios morales.

 

Bart, un verdadero niño–patán, es su hijo mayor. Nada positivo puede rescatarse de su carácter vandálico, incivil y maleducado, salvo —quizá— su iniciativa, la cual pone únicamente al servicio de sus siempre funestos planes…

 

En esa familia, todos comen sin la más mínima finura, eructan con frecuencia, son cochinos en sus costumbres y en sus vestidos, a excepción de la madre, que se limita a emitir un ruido gutural en señal de desaprobación…

 

Fuera de la hija de este matrimonio, ninguno de los personajes de esta familia tiene metas o ilusiones… Son casi autómatas de la sociedad de consumo y parecen también seres que solo desean llenar su deseo de placeres primarios, sin pensar en nada más trascendente.

 

En esa superficialidad de vida no existen ideales por qué luchar, moral qué defender ni religión qué vivir.

 

En el ambiente moderno, gobernado por la abulia (falta de voluntad) para todo, es realmente dramático observar que este dantesco programa tenga tanto éxito y haga que muchas madres digan desprevenidamente: «Mi hijo se está distrayendo viendo Los Simpsons», sin saber la cantidad de veneno que les están inyectando a sus corazones y a sus cerebros en proceso de formación; porque no es lo mismo que un adulto con juicio y capacidad de raciocinio vea estas imágenes esporádicamente a que un chiquillo se «forme» con criterios tan vanos y tan bajos. ¿Qué será de esta generación si es educada por tales normas de conducta?

 

Para completar la desgracia, en el programa se suceden escenas sorprendentes y actitudes excéntricas tan rápidas que impiden el más mínimo análisis, ya que cada exabrupto es seguido de inmediato por otro completamente distinto que hace reír o que desconcentra la atención, induciendo a los niños a ser cada vez más y más superficiales en sus vidas, hasta convertirlos en entes que no piensan ni tienen sentido ni orientación en sus vidas.

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Una revolución en la educación

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 

Por nuestra formación sabemos mucha historia, geografía, anatomía, matemáticas y otras materias pero, ¿hemos sido educados para vivir y para morir? Nadie escapa a estas dos realidades.

La educación que estamos dando a los jóvenes está llena de conocimientos, pero con frecuencia le faltan valores, principios para la vida. Es poco lo que se les instruye en los campos del comportamiento, de la urbanidad, de la trascendencia, de las virtudes humanas…

¡Cómo falta la generosidad! Estamos haciendo de este un mundo de seres egoístas, de familias egoístas. Y finalmente, seremos una multitud de solitarios.

¡Cuánto faltan la bondad, la delicadeza, la compasión, la comprensión y la ternura! Se diría que el machismo acabó con estas virtudes entre los hombres.

¿Y qué decir de la sinceridad, la fidelidad, la tolerancia, la sencillez, la constancia, la honestidad, la honorabilidad y la rectitud?

Hoy se ven poco la elegancia, la cortesía, el respeto, la lealtad…

¿No sería bueno enseñar laboriosidad, puntualidad, aprovechamiento del tiempo,  reciedumbre, espíritu de servicio, generosidad?

Parece que se han olvidado la sobriedad, la templanza y otras virtudes como el autodominio personal. Es que hay una, entre muchas virtudes, que nos hace realmente humanos: la voluntad.

Por eso vale la pena estudiarla. El Diccionario la define así:

 

“Potencia del alma, que mueve a hacer o no hacer una cosa.”

“Acto con que la potencia volitiva admite o rehuye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola.”

“Libre albedrío o libre determinación.”

“Intención, ánimo o resolución de hacer una cosa.”

“Gana o deseo de hacer una cosa.”

“Elección hecha por el propio dictamen o gusto, sin atención a otro respeto o reparo.”

 

A vuelo de pájaro, estas definiciones unen la voluntad a la verdadera libertad. Solo un hombre libre puede decir que no. Los esclavizados por el sexo, la droga, el licor, la comida, el placer, el dinero, la fama, el poder, las diversiones, el “descanso”, etcétera, no pueden decir: “no”. Les falta voluntad.

El hombre libre es capaz de esperar hasta el matrimonio para tener relaciones genitales, y luego será fiel, porque su voluntad es más fuerte que el instinto animal.

Los muchachos formados en la voluntad dirán un “¡no!” valiente y digno a la droga, al licor, al satanismo, a la prostitución… Sus acciones serán guiadas siempre por el análisis concienzudo de la situación y no por lo atractivo que resulte un acto que los pueda dañar en su biología, en su psicología o en su espiritualidad. Serán verdaderos seres humanos, no prisioneros de sus instintos o encadenados por sus bajezas. Es que ser libre no es poder hacer lo que el instinto indique y ceder a la atracción que ejercen las cosas o las circunstancias. Ser libre es ser dueño de sí mismo y, cuando la inteligencia y la voluntad lo indiquen, guiar los actos hacia el bien personal; y si se quiere más libertad, hacia el bien común.

Parece paradójico, pero la historia lo ha probado: son más libres los que más han dado de sí a los demás.

La anterior lista de virtudes podría ser, si nos lo proponemos, las asignaturas en los colegios y en las escuelas, además de las que ya hay, y que les damos tanta importancia. Si les quitamos un poco de tiempo a estas y enriquecemos aquellas, bien se podría prever un gran futuro para la humanidad.

Así como la Revolución Francesa puso de relieve Los Derechos Humanos, dentro de unos años esta propuesta podría ser vista como el inicio de una nueva humanidad: muchas mujeres y hombres dignos de ese nombre y no únicamente “doctores” llenos de pergaminos que se han desarrollado poco como seres humanos.

Sabemos cobrar, sabemos vender, sabemos cómo “ganarnos la vida”… Pero no siempre sabemos amar, convivir, compartir, condolernos… no siempre sabemos vivir.

Y es que nos enseñaron a sobrevivir, no a vivir.

Y si hablamos de la vida, ¿qué decir de la muerte? La vida dura muy poco comparada con lo que viene después de la muerte ¿No se necesita mayor entrenamiento para eso?

 

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“Gracias, papá”*

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 

Después de mucho reflexionar, aquel día salí corriendo hacia mi casa… Tenía urgencia de llegar. Debía hacer algunos cambios.

Llegué temprano, cosa que no sucede a menudo.

Encontré a mi esposa en la cocina. Me observó curiosa… Sin esperar más le dije: “Te amo”. Me observó, como preguntándose si estaba borracho o loco. Se lo repetí y la abracé… No sé cuánto tiempo habría pasado sin habérselo dicho.

El segundo motivo de aquel cambio en mí era mi hijo menor, un joven–problema: a sus quince años había sido expulsado de la mayoría de los colegios de la ciudad; la razón, siempre la misma: su pésimo comportamiento y desinterés por el estudio.

Quería hablar con él. Antes de entrar en su habitación, recordé algunos conceptos, y me dije: “Sin sermones, moralejas o consejos; simplemente escuchar y tratar de entender”.

Su habitación (confieso que llevaba años sin entrar en ella) me impactó al principio: toda una galería de ridículos artistas de pelo verde y anaranjado. Él se encontraba acostado, escribiendo, cosa en él bastante extraña. Sorprendido por mi presencia, se incorporó.

Comencé a mostrar interés por su singular decorado. Al principio, empezó a contestar con monosílabos… Me acomodé en un sillón y, poco a poco, el diálogo empezó a fluir.

Para mi sorpresa, cuando miré el reloj, eran las cuatro de la mañana. Creí prudente despedirme. Caminé hacia la puerta, y recordé en ese momento lo más importante. Me volví, lo abracé y le susurré al oído: “Hijo mío, perdóname por todos los errores que he cometido; y además quiero que sepas que te amo. Sí, te amo con toda el alma”. Y le di un sentido y cálido beso en la mejilla.

Empezó a llorar. Lloró y lloró con tanto sentimiento, que sus lágrimas me llegaron al corazón. No sé cuánto tiempo transcurrió. Finalmente me miró, y vi en sus labios una tímida sonrisa. Le di los buenos días.

Cuando cruzaba la puerta, sentí su mano en mi hombro. Me volví y, en ese momento, metió su mano en el bolsillo del pantalón, sacó un sobre y me lo entregó. Con curiosidad lo abrí y, para mi sorpresa, era un puñado de pastillas. Le pregunté: “¿Acaso son drogas?”

“No papá—me contestó—, hoy pensaba suicidarme. Cuando entraste, escribía mis razones.”

Tomó la carta, y la desgarró con sus manos. Finalmente me dijo: “Gracias papá por decirme que me amas.”

 

Anónimo

 

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El papá, causa de estrés

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 «El 80 % de los factores etiológicos del estrés es el papá.» Cuando escuché eso de una persona que se dedicaba a atender a las personas con estrés, le pregunté de dónde sacaba tamaña afirmación. Me contestó que el grupo de psicólogos, psiquiatras y psicólogos clínicos con los que trabajaba habían llegado a esa conclusión después de muchos años de experiencia clínica. No le creí.

Sin embargo, luego de casi un decenio, he descubierto que se quedó corto: en más del noventa por ciento de los pacientes que padecen estrés he encontrado ese factor etiológico, además de algunas otras causas.

Algún lector entendido en estas lides podrá preguntarse cómo lo he averiguado. La respuesta está en la terapia que se le implanta a esos pacientes, y que consta de tres pasos:

En la primera fase, se instruye a la persona para que recuerde todo aquello que le disgustó de su padre en las etapas más tiernas de su vida, las de su niñez y las de su adolescencia: maltrato verbal, psicológico, físico, moral… Luego se le explican las posibles causas de ese comportamiento de su padre: la educación que él recibió, las circunstancias que vivió y que lo llevaron a creer que eso era lo correcto, los genes que recibió, los amigos que tuvo y que influyeron en su comportamiento, etc. De aquí se pasa a fomentar en el paciente una actitud de comprensión para con su padre: «Si usted hubiera tenido la herencia genética de su papá, si hubiera vivido la vida que a él le tocó vivir, ¿no cree que habría terminado actuando como él?» Y, por último, se le da la oportunidad de que lo perdone de corazón, aunque no se lo diga personalmente. Esto puede llevarse a cabo aun cuando su progenitor haya muerto: el paciente se comunica con él (en el más allá o donde crea que esté), le dice que lo comprende y que lo perdona, porque nunca dejó de amarlo, aunque por un tiempo se convenció de lo contrario.

La segunda fase del tratamiento consiste en que el paciente se perdone a sí mismo, por no haber perdonado a su padre durante todos esos años.

Y la última es pedir perdón a Dios por no haber perdonado al papá.

Parecerá mentira lo que sigue, pero los resultados son mágicos: desde ese momento muchas y muchos dejan de pelear con todo el mundo, se arreglan matrimonios, se acaban disputas intrafamiliares y laborales; algunos dejan de fumar sin saber por qué, otros comienzan a tener gozo por la vida; y a todos, en mayor o menor grado, les llega un poco de paz.

¿De qué depende que a unos les haga más efecto que a otros? De la cantidad e incidencia que tengan en su psique esos recuerdos de los malos tratos paternos no perdonados.

Lo que me llama la atención es algo que no he podido dilucidar: ¿Por qué a la mamá siempre la perdonamos, mientras que al papá le capitalizamos todo error para guardarlo y castigarlo en nuestra mente no perdonándolo? Les he expuesto mi teoría a varios especialistas, quienes afirman que puedo no estar lejos de la verdad:

Los padres tratamos de proyectar en nuestros hijos una imagen de «papá perfecto» para lograr, según nuestro erróneo y machista entender, «educarlos» adecuadamente: nuestras órdenes son perentorias, concluyentes, sin apelaciones; nosotros —por ser padres— nunca nos equivocamos, «sabemos qué es lo mejor y punto»; y si el muchacho o muchacha pretende cuestionarnos o cuestionar nuestras órdenes, aunque a veces tenga la razón, recibe siempre un: «Yo soy su papá.», o un: «¡Usted qué va a saber!», o un: «¡Me obedece, carajo!», o algo parecido o peor…

Así vamos formando en el niño y el adolescente primero la idea de que «Papá nunca se equivoca.» «Papá no se puede equivocar.» Y cuando llega el «Papá sí se equivocó», aparece el «¡No lo puedo perdonar!»

¡Qué distinta suele ser la actitud de las mamás que acepta sus errores, que dialoga con su hijo, que tiene tolerancia…! ¡Por eso quizá la perdonamos!

El papá que nunca ha pedido perdón a su niño está sembrando en su corazoncito una de las taras psíquicas más dañinas.

El papá que comprende y perdona enseña con su ejemplo a comprender y a perdonar.

El padre que acepta sus errores inspira ánimo a su hijo para superar sus defectos.

El papá que muestra que es un ser humano como cualquiera cosechará hijos muy sanos desde el punto de vista psicológico.

 

 

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¿Somos buenos papás?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

La historia se repite casi a diario:

 

–Papá, qué bueno que llegaste. ¿Me puedes ayudar a hacer una tarea?

–Ahora no, hijo; estoy muy cansado. Dile a tu mamá que te ayude.

 

A veces, la cosa no es tan cordial: son verdaderos desprecios los que hacen a sus hijos:

 

–¡Quite! ¡Quite, que estoy viendo televisión! No moleste.

–Las tareas las tiene que hacer usted, no yo. ¡Vaya! ¡Vaya! Sea responsable.

 

Y el irresponsable es el papá, que no planeó tiempo para sus hijos o que no planeó sus hijos. Tener hijos con la resuelta idea de no ser padre para ellos no es responsabilidad.

 

Los buenos papás escasean cada vez más. Y si lo decimos en forma adecuada, los verdaderos papás escasean; porque ser papá implica amar al hijo; y amar no solo significa preocuparse por su bienestar, sino ocuparse en ello.

 

La siguiente es una lista de preguntas que usted se puede hacer para saber cuánto ama a su hija o a su hijo:

·      ¿Cuántas veces —por ejemplo— los escucha con atención? ¿cuántas los rechaza para descansar o hacer sus cosas?

·      ¿Sabe qué le gusta más a sus hijos? ¿cuál es su pasatiempo favorito?

·      Diga los nombres de los tres mejores amigos de sus hijos.

·      ¿Cuál es la materia preferida de cada uno de ellos? ¿en cuál debe hacer progresos?

·      ¿Cuántos minutos habló hoy con cada uno de ellos? ¿le contaron lo que les pasó hoy? ¿sabe si pelearon con sus amigos?

·      Si ya son mayorcitos, ¿le han hecho preguntas trascendentales sobre la vida? ¿Nota que confían en usted? ¿A quién acuden primero: a un amigo(a)?

 

Las estadísticas no mienten: en una encuesta llevada a cabo en Colombia, hecho con 1450 padres, a los que se les hicieron 50 preguntas (de las que se entresacaron las anteriores), se mostró que, de cada 100 padres, solo entre 2 y 3 aman a sus hijos.

 

Por otra parte, hay padres que, por miedo a que sus hijos varones se vuelvan homosexuales, no les muestran cariño ni afecto, son fríos, aislados y secos… Sin embargo, las estadísticas muestran cómo los padres que tienen un verdadero contacto —léase: con tacto—, tienen menos hijos homosexuales. Es decir, los papás que dan rienda suelta a sus muestras de afectividad, con palabras, caricias y hasta con besos a sus hijos varones, los alejan del riesgo de la homosexualidad.

 

Por eso, ser papá es compartir la vida del hijo y que él comparta la de su padre: ¡cuántas veces se encuentra uno con muchachos y muchachas que ni si quieran saben en qué trabaja su papá! No es amigo aquel que no comparte las dichas y desdichas y, por lo tanto, no puede ser un buen papá quien no le cuenta a su hijo o a su hija los problemas que tiene en todos los ámbitos, quien no los comparte con ellos pensando que no los va a entender o que no puede aportarle nada para solucionarlos… Y ¡es que no se trata de que los solucione, sino de que haya amistad!

 

Padres, que no les vaya a pasar lo que le sucedió a este, en la conocida historia:

 

Mi hijo nació hace pocos días. Llegó a este mundo de una manera normal… Pero yo tenía que trabajar, ¡Tenía tantos compromisos!

Mi hijo aprendió a comer cundo menos lo esperaba… Comenzó a hablar cuando yo no estaba…

Cómo crece de rápido mi hijo. ¡Cómo pasa el tiempo!

Mi hijo, a medida que crecía me decía:

–Papá, ¡algún día yo seré como tú!

–¿Cuándo regresas a casa, papá?

–No lo sé, hijo, ando ocupado, trabajando duro por tu futuro; tú sabes… Pero cuando regrese jugaremos juntos, ya lo verás…

Mi hijo cumplió 10 años hace pocos días, y me dijo:

–Gracias por el balón, papá; ¿quieres jugar conmigo?

–Hoy no, hijo, tengo mucho qué hacer… negocios muy importantes… muchos riesgos… Tú sabes

–Está bien, papá. Otro día jugaremos.

Se fue sonriendo, y repitió las palabras de siempre:

–Yo quiero ser como tú.

Mi hijo regresó de la universidad el otro día. Ya es todo un hombre.

–Hijo, estoy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco.

–Hoy no, papá, tengo que estudiar donde unos amigos… Por favor préstame el carro…

Ya me jubilé, y mi hijo vive en su apartamento. Hoy lo llamé.

–Hola hijo; quiero verte, pásate por la casa.

–Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo; tú sabes: el trabajo… las responsabilidades… Pero gracias por llamar. Fue chévere oír tu voz.

Al colgar el teléfono, comprendí que no podía quejarme: mi hijo ya era como yo.

 

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Subvaloración y desprestigio del noviazgo

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

¿UNA DE LAS CAUSAS DE LA DISOLUCIÓN CONYUGAL?

 

–Me ennovié con Carlos.

–¿De verdad? Yo no tengo novio…

–¿No? ¡Increíble!

 

Esta conversación entre dos adolescentes de 13 años de edad, denota una realidad difícil de ocultar y de cambiar: el noviazgo, la preparación para el matrimonio, ha dejado de ser un preámbulo para convertirse en una entidad propia, sin finalidad alguna, fuera de la de producir placer de diferentes índoles:

En primer lugar, hace que los jóvenes puedan disfrutar de un “qué dirán” positivo. Se complacen al sentir que los demás los tienen en mejor estima al ver que han logrado uno de los estereotipos infantiles del “triunfo”: tener novio.

En segundo lugar, hoy muchas madres deben salir a colaborar económicamente con sus esposos, de modo que tienen poco tiempo para compartir con sus hijos; con frecuencia, esto hace que los muchachos busquen el cariño que dejan de sentir en sus hogares en una persona de distinto sexo, con el (o la) que comparten sus sentimientos. Dado que la calidad de la entrega en el aspecto emocional suele ser mayor en ellas, se observa esto más en las jóvenes.

En tercer lugar, y teniendo en cuenta que las hormonas los están haciendo pasar por una etapa diferente para ellos y para ellas, dirigen sus energías sexuales con temor, primero, y luego con pasión, a quien ha llenado las dos expectativas anteriormente descritas. Es aquí donde nacen las frases: “Eres todo para mí”, “No hay nadie como tú”, “Tú eres la razón de mi vida”, etc.

Lo más peligroso de todo es que si no hay una formación basada en valores humanos, una vez expresada esa fogosidad sexual, nada detendrá la fogosidad genital: de un intercambio de expresiones de sentimientos interiores se pasará a las caricias y a la cópula sexual.

Producto de esta cadena de pasiones son los embarazos no deseados, la facilidad de transmisión de enfermedades y el aborto; y, además, el detrimento de la autoestima, por la sensación de ser utilizados y por la indignidad del acto cometido.

Pero la cosa no termina ahí. En edades tan tempranas, haya o no esta clase de problemas, es habitual que la relación, basada en aspectos tan superficiales y no fundamentada en el amor y en la responsabilidad, tenga poca duración. Es entonces cuando se reinicia el ciclo con otro u otra joven.

Conviene, entonces, que los padres de familia conozcan y enseñen a sus hijos la esencia del noviazgo:

La tercera acepción de la palabra “novio, via” en el Diccionario de la Lengua Española es: “La [persona] que mantiene relaciones amorosas en expectativa de futuro matrimonio”.

¿Está un adolescente, por su condición y madurez, en una verdadera expectativa de matrimonio? De no ser así, esa relación lleva el apelativo de flirteo que, por el contrario, es el “Juego amoroso que no se formaliza ni supone compromiso”. En este estado, es fácil el decrecimiento del valor intrínseco de la palabra “noviazgo” en el cerebro del joven, y, lo que es peor, de la palabra “matrimonio”.

Amistad, que es lo que casi siempre se esconde verdaderamente en los mal llamados noviazgos, expresa “Afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato”.

Antes de que la muchacha o el muchacho entren en la etapa de la prepubertad es indispensable que conozcan estos significados, para que no caigan en el garrafal error del fracaso amoroso, en un estado en el cual la incapacidad para afrontar los resultados funestos que se pueden derivar es grande.

Y, además, conviene que sepan que se deben tener, no solo algunas, sino muchas amistades verdaderas para ir madurando el concepto que se tiene del otro sexo, antes de adentrarse en una relación amorosa que los llevará más fácilmente, aunque no sin tropiezos, a un matrimonio estable y feliz.

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡No te metas en mi vida!*

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

¡No te metas en mi vida!


Hoy, que estoy profundizando mis estudios en la familia —sus valores, sus principios, sus riquezas, sus conflictos—, recordaba una ocasión en la que escuché a un joven gritarle a su papá:

–¡No te metas en mi vida!

Esta frase caló hondamente en mí, tanto que frecuentemente la recuerdo y comento en mis conferencias con padres e hijos. Si hubiese optado por ser padre de familia, ¿qué respondería a esa pregunta inquisitiva de mi hijo? Esta podría ser mi respuesta:

–Hijo —un momento—, no soy yo el que me meto en tu vida; ¡tú te has metido a la mía!: Hace muchos años, gracias a Dios, y por el amor que mamá y yo nos tenemos, llegaste a nuestras vidas, ocupaste todo nuestro tiempo. Aún antes de nacer, mamá se sentía mal, no podía comer, todo lo que comía lo devolvía, y tenía que guardar reposo. Yo tuve que repartirme entre las tareas de mi trabajo y las de la casa para ayudarla. Los últimos meses, antes de que llegaras a casa, mamá no dormía y no me dejaba dormir.

Los gastos aumentaron increíblemente, tanto que gran parte de lo nuestro se gastaba en ti: en un buen médico que atendiera a mamá y la ayudara a llevar un embarazo saludable, en medicamentos, en la maternidad, en comprarte todo un guardarropa; mamá no veía algo de bebé que no lo quisiera para ti: una cuna, un moisés, todo lo que se pudiera, con tal que tú estuvieras y tuvieras lo mejor posible…

¿No te metas en mi vida? Llegó el día en que naciste: «Hay que comprar algo para darles de recuerdo a los que lo vengan a conocer, —dijo mamá—, hay que adaptar un cuarto para el bebé».

Desde la primera noche no dormimos. Cada tres horas como si fueras una alarma de reloj nos despertabas para que te diéramos de comer; otras, te sentías mal y llorabas y llorabas, sin que nosotros supiéramos que hacer, pues no sabíamos qué te sucedía y hasta llorábamos contigo.

¿No te metas en mi vida? Empezaste a caminar. No sé cuándo he tenido que estar más detrás de ti: si cuando empezaste a caminar o cuando creíste que ya sabías. Ya no podía sentarme tranquilo a leer el periódico o a ver el partido de mi equipo favorito, porque para cuando me acordaba, te perdías de mi vista, y tenía que salir detrás de ti para evitar que te lastimaras.

¿No te metas en mi vida? Todavía recuerdo el primer día de clases, cuando tuve que llamar al trabajo y decir que no podría ir, ya que tú, en la puerta del jardín no querías soltarme y entrar; llorabas y me pedías que no me fuera, tuve que entrar contigo y pedirle a la maestra que me dejara estar a tu lado un rato en el salón de clase, para que fueras tomando confianza. A las pocas semanas, no sólo ya no me pedías que no me fuera, sino que hasta te olvidabas de despedirte cuando bajabas del auto corriendo para encontrarte con tus amiguitos.

¿No te metas en mi vida? Seguiste creciendo, ya no querías que te lleváramos a tus reuniones, nos pedías que una calle antes te dejáramos y pasáramos por ti una calle después, por que ya eres “cool”, no querías llegar temprano a casa, te molestabas si te poníamos reglas, no podíamos hacer comentarios acerca de tus amigos, sin que te volvieras contra nosotros, como si los conocieras a ellos de toda la vida y nosotros fuéramos unos perfectos desconocidos para ti.

¿No te metas en mi vida? Cada vez sé menos de ti por ti mismo, sé mas por lo que oigo de los demás; ya casi no quieres hablar conmigo, dices que nada más te estoy regañando, y todo lo que yo hago está mal, o es razón para que te burles de mí. Pues con todos estos defectos te he podido dar lo que hasta ahora tienes. Mamá se la pasa en vela y de pasada no me deja dormir a mí diciéndome que no has llegado y que es de madrugada, que tu teléfono está desconectado, que ya son las 3:00 y no llegas. Hasta que por fin podemos dormir cuando acabas de llegar.

¿No te metas en mi vida? Ya casi no hablamos, no me cuentas tus cosas, te aburre hablar con viejos que no entienden el mundo de hoy. Ahora sólo me buscas cuando hay que pagar algo o necesitas dinero para la universidad, o salir; o peor aún, te busco yo, cuando tengo que llamarte la atención…

¡No te metas en mi vida!… Pero, estoy seguro que, ante estas palabras tuyas, podemos responder juntos, tu mamá y tu papá:

–Hijo, yo no me meto en tu vida, tú te has metido en la mía, y te aseguro, que desde el primer día, hasta el día de hoy, ¡no me arrepiento que te hayas metido en ella y la hayas cambiado para siempre! Mientras esté vivo, me meteré en tu vida, así como tú te metiste en la mía, ¡para ayudarte, para formarte, para amarte y para hacer de ti un hombre de bien! ¡Sólo los padres que saben meterse en la vida de sus hijos logran hacer de éstos, hombres y mujeres que triunfen en la vida y sean capaces de amar.

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Papás: ¡muchas gracias por meterse en la vida de sus hijos!… Ah, más bien —corrijo—, por haber dejado que sus hijos se metan en sus vidas.

Hijos: Valoren a sus padres. No son perfectos, pero los aman, y lo único que desean es que ustedes sean capaces de salir adelante en la vida y triunfar como hombres de bien. La vida da muchas vueltas, y en menos de lo que ustedes se imaginen alguien les dirá: «No te metas en mi vida». La paternidad no es un capricho o un accidente, es un don de Dios, que nace del amor.

(Escrito por un sacerdote)

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La oración que hizo un niño*

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 

 

Señor, esta noche te pido algo especial:

 

conviérteme en el televisor de mi casa…

 

Ø    para tener un cuarto especial para mí,

Ø    para que todos los de mi familia estén siempre conmigo,

Ø    para que todos me pongan atención sin interrumpirme,

Ø    para que me tomen en serio cuando hablo,

Ø    para sentir el cuidado que le dan a la televisión cuando se daña,

Ø    para tener la compañía de mi papá cuando llega a casa, aunque esté cansado del trabajo,

Ø    para que mi mamá me busque cuando esté sola y aburrida,

Ø    para que mis hermanos se peleen por estar conmigo.

Ø    para divertirlos a todos, aunque a veces no les diga nada,

Ø    para sentir que lo dejan todo por pasar unos momentos a mi lado…

 

Señor, no te pido mucho:

 

todo esto lo vive cualquier televisor.

 

 

Anónimo

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Falta mucha autoestima

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 10, 2008

Numerosos psicólogos fueron haciendo sus presentaciones magistrales en un congreso, explicando la altísima incidencia de la baja autoestima en nuestro país, como causa de muchos de nuestros males y, basados en sus estadísticas, mostraron a los asistentes, uno a uno, los orígenes de ese padecimiento.

El primero destacó, entre las causas principales, la que ya conocíamos todos: una ausencia de amor en el hogar, especialmente por parte del padre. Efectivamente, un poco más del ochenta por ciento de los padecimientos psicológicos se producen cuando el padre no tiene contacto con sus hijos e hijas: abrazos, caricias, besos paternales, otras demostraciones de cariño, aprecio por lo que hacen, etc. Adicionó en su exposición que «contacto» es una palabra que se divide en dos: «con» y «tacto», y que esto, lejos de propiciar la homosexualidad de los hijos varones, los aleja de ese peligro, ya que no crecen con esa carencia de afecto paterno ni de figura masculina, las cuales sí inducen a reemplazar al papá que no se tuvo con otro hombre que probablemente estaba en sus mismas condiciones…

Otro investigador disertó profundamente sobre la «educación» que dan los medios de comunicación (especialmente la televisión) a los niños y a los jóvenes: los estereotipos de hombres galanes y mujeres esbeltas están, en la mayoría de los casos, alejadísimos de la realidad nacional, como también está el nivel de vida de los «héroes» protagonistas de las películas: sus posesiones, su habilidad, su suerte y la fama que siempre los rodea. En estas condiciones —decía— es imposible que el público televidente vea viables esas «metas», y su frustración alcanzará niveles altos y duraderos en sus mentes y en sus vidas, haciendo de ellos seres pusilánimes que se consideran a sí mismos incapaces de lograr los anhelos que tengan…

Un conferenciante latinoamericano explicó la incidencia de la educación que se da en los hogares de nuestros países: con más frecuencia de lo que pensamos, la mujer es considerada un objeto de placer sexual, una muchacha del servicio doméstico, una niñera o, si trabaja, una simple productora de dinero; en segundo lugar, los niños nacen, casi siempre, para que los esposos logren el anhelo de ser padres, no para ser amados, lo que significaría que sus padres dedicarían todos sus esfuerzos para hacerlos felices, no a «realizarse» como padres o únicamente para darles cosas materiales, como ahora se ve; en tercer lugar, lo que ahora los padres promueven más con sus palabras es que las personas valen por la fortuna económica que posean: «a fulano le ha ido muy bien, ya tiene casa, finca, dos buenos carros, viaja con frecuencia…». Todo esto anula —según este psicólogo— el valor intrínseco de la persona humana, y lo reduce a la altura de una cosa útil o inútil, de manera que ya no posee autoestima si no «produce» cosas materiales…

Y —agregó— a los niños no se les presta la atención debida; no se les dedica el tiempo necesario para educarlos (dejan esa responsabilidad a los colegios); los padres no comparten con ellos los sentimientos, ni las dichas ni las desdichas, ni los triunfos ni los fracasos… «Ellos no entienden», suelen decir; muy pocos padres saben quiénes son los mejores amigos de sus hijos, cuáles son sus juegos preferidos, sus ilusiones, sus metas, sus proyectos…

Pero lo que realmente produjo estupor fue la participación del último orador: sus palabras fueron cortas pero incisivas y consistentes: «¿Podrá tener autoestima un niño que oye decir casi todos los días que no hay que tener tantos hijos, que hoy ya no se puede, que una familia de tres hijos es ya muy grande, que el mundo se está llenando y que ya no cabemos, que si seguimos así faltarán los alimentos, que hay que ser inteligentes y racionalizar los hijos…? Esos niños pensarán que son solamente estorbos.»

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