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Blog de Mauricio Rubiano Carreño

Archivos de la categoría ‘Matrimonio’

Porqué tantos fracasos conyugales

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 15, 2009

El amor matrimonial difiere de todos los otros modos de vivir el amor: consiste en el don total de la persona. Es el don de sí mismo, del propio «yo». Todos los modos de salir de sí mismo para ir hacia otra persona poniendo la mira en el bien de ella no van tan lejos como en el amor matrimonial. «Darse» es más que «querer el bien».

Una vez que se ha afirmado el valor —la dignidad— de la otra persona, viene la pertenencia recíproca de ambos, comprometiéndose así mutuamente su libertad. Y este compromiso, paradójicamente, es libre.

Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión (común unión) de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal para la generación y educación de nuevas vidas: ese «nosotros» caminando hacia el enriquecimiento personal y la procreación, evidencia palpable y hermosísima de su amor y continuación de sus propios seres.

Esta entrega tiene cuatro características:

1. Es humana, es decir, es sensible y espiritual, lo que significa que la voluntad y la razón gobernarán a los instintos.

2. Es total, esto es sin condicionamientos o reservas.

3. Es fiel y exclusiva hasta la muerte, dicho de un modo más sencillo, es de uno con una y para siempre.

4. Por último, es fecunda, no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinada a propagarse suscitando nuevas vidas

Todo esto significa más que lo que puede parecer:

Para que exista el amor auténtico, la entrega debe ser total e incondicionada en lo biológico, total e incondicionada en lo psicológico y total e incondicionada en lo espiritual.

La entrega del ser humano, de acuerdo con su propia dignidad —espiritual—, debe ser total, sin reservas egoístas.

La afectividad más en la mujer que en el hombre y la sensualidad en este pueden hacer que se equivoque el concepto acertado de entrega. La afectividad pura (las percepciones y las emociones que se experimentan en el trato) no puede sostener una relación y creer que esa afectividad es amor es causa de muchas decepciones. Al igual, después de un tiempo, cuando se desvela que la pasión fue la que guió la entrega, no quedará nada sólido. Y todo esto ocurre porque la entrega no fue total, se entregó parte (la afectividad o la sensualidad), no la totalidad de la persona.

Otro tanto ocurrirá si a la entrega se le ponen condiciones.

Si la entrega no es total o está condicionada —y por tanto no es verdadera— los esposos estarán a la merced de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones, y un sentimentalismo irracional e inestable será, la mayor parte de las veces, su móvil. En esas condiciones será casi imposible hablar de sinceridad en la relación, y la seguridad de la fidelidad —requisito del amor— no existirá. Es seguro que en estas circunstancias el ego es el móvil de la relación, lo cual es casi siempre premonitorio del fracaso.

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‘Hallan el gen de la infidelidad’

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 7, 2009

Con este título se han publicado en Internet y en periódicos, varios artículos, basados en un estudio hecho recientemente en Estocolmo, Suecia, con los que la opinión pública, ajena a la metodología científica, deduce de inmediato, que los adúlteros solamente siguen un patrón genético del que no pueden escapar.

Así queda patente, ante el mundo entero, que la infidelidad no es ningún pecado y que erraron todos los que se atrevieron a “juzgar” a los adúlteros.

Los científicos sabemos que muchos estudios adolecen de fallas, entre otras, sostener una supuesta verdad con base solamente en las estadísticas, sin evaluar las variables que pudieron incidir en los resultados y producir resultados falsos. En palabras sencillas, si en la investigación hecha en Estocolmo no se evaluó la incidencia de la educación de los individuos estudiados, ni sus costumbres y el medio ambiente en el que se mueven (entre otras cosas, algo casi imposible de determinar) y otros factores más, los resultados pueden ser erróneos.

Pero lo más grave es confundir, como lo hacen los medios de comunicación, lo que concluyen los resultados de las investigaciones: no es lo mismo afirmar que el factor genético puede predisponer, puede hacer tender, puede inducir, que decir: “Hallan el gen de la infidelidad”. Porque, desde el punto de vista científico, es totalmente infundado afirmar que un gen (o varios de ellos) determinen la conducta de un individuo o, peor aún, que hagan perder la libertad, el libre albedrío.

Pero ahora resulta que la ciencia malinterpretada por los medios de comunicación descubre al mundo el gen de la infidelidad. Y si se permite este desafuero, seguirán afirmando que existe el gen de los homosexuales, descubrirán después el gen de los asesinos, de los violadores, de los secuestradores… Y tendremos que abolir las cárceles, las multas, los abogados…, porque, ¿qué culpa tienen los que cargan un gen así? Y llegaremos a una hecatombe.

Y si aplicamos el mismo criterio al ámbito de las relaciones personales, familiares, sociales, nacionales e internacionales, ¿cuándo habría que pedirse perdón?, ¿por qué razones habría de pedirse perdón? Es más: ¿“descubrirán” también el gen del perdón?

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¿Matrimonio para siempre?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Julio 1, 2008

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

 

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Unión libre, ¿por qué?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Tras años de estudio sobre la experiencia vivida en Colombia, podemos afirmar que nuestros compatriotas no se casan o lo hacen “por lo civil” por las siguientes razones, en orden de prevalencia:

 

1.  “No estoy preparado(a) para algo tan serio, hay que probar antes… quiero estar más seguro(a). Esto puede fallar.”

2.  “No quiero amarrarme, quiero ser libre.”

3.  “El matrimonio católico es de mal agüero: una amiga mía que vivía muy bien desde hace cinco años se casó en la Iglesia y a los pocos meses su unión se destruyó… y sé que hay muchos casos más.”

4.  “El matrimonio es un papel, simplemente. Algo que aprueba las relaciones sexuales socialmente. Yo quiero ser libre.”

 

Analizando estas respuestas, sobresale entre todas las causas el hecho indudable de que el ser humano moderno no está preparado para el amor verdadero.

 

El amor verdadero

 

Se ha afirmado con certeza que el amor de una madre es el amor más perfecto que existe y que los hijos nunca logran amar tanto a sus madres. Y así es efectivamente: el amor materno es desinteresado y no busca recompensa.

Una madre es capaz de aguantar los mareos, vómitos y hasta desmayos del primer trimestre del embarazo producidos por el cambio hormonal; una madre es capaz de soportar el peso y las incomodidades de los últimos meses; una madre es capaz de sufrir los dolores del parto o aceptar la cesárea, si es necesaria. Todo a cambio de que su hijo nazca bien y sea sano.

Una madre es tan fuerte, que amamanta a su hijo, bajo pena de que le muerdan los pechos, muchas veces hasta que aparezcan grietas y aun cuando sangran; una madre es tan fuerte que se levanta todas las veces que considere necesario para verificar que su hijo está bien o para darle de comer; una madre es tan fuerte que le cambia los pañales cada vez que llora por la incomodidad que le produce la humedad, haciendo a un lado el asco de oler y/o untarse…

Si su hijo llega a enfermarse, no repara en gasto de tiempo, sueño, dinero, etc. para que ceda o desaparezca su malestar…

Más adelante, cuando su hijo crezca lo seguirá amando con la misma fuerza y lo defenderá de los demás, si quieren dañarlo física o psicológicamente.

Y, aunque se comporte como un mal hijo, siempre lo perdonará, olvidará con facilidad las veces que la ofenda… lo disculpará ante los demás y hablará siempre muy bien de él…

Sólo una madre puede ser ejemplo del verdadero de amor.

Se puede observar también que en la mayoría de los casos la madre es capaz de privarse de sus necesidades más esenciales por lograr la felicidad de su hijo; además, no repara en esfuerzos y, siempre, sin esperar nada a cambio.

¿Se encontrará un amor igual en la tierra? Nadie ama o perdona tanto como una madre (y, efectivamente, nadie hace por su madre todo lo que ella hace por él).

Todo esto es entrega desinteresada. Todo esto es sacrificio. Todo esto es amor.

Por tanto, el amor es sacrificio.

No significa sacrificio sino que es sacrificio.

De modo que si se quiere saber cuánto se ama, se debe preguntar cuánto se ha sacrificado por ese ser, objeto del cual es ese posible amor.

Los novios pueden hacer ese ejercicio: “¿Me quieres y te quiero con un amor así?, ¿eso que sentimos es suficiente para que nos entreguemos completamente?”.

Y los que viven en unión libre, otro tanto: “¿Esto que nos hizo vivir juntos es tan fuerte como para dar el paso al matrimonio?”.

 

El “amor” que se descubre en los medios de comunicación

 

En cambio, el medio ambiente social y, muy especialmente, los medios de comunicación, hacen que el hombre actual crea que el amor son otros valores:

Cada vez que en una propaganda se muestra un hombre o una mujer siempre jóvenes, esbeltos, atractivos, con un cuerpo sensual, rodeado de aclamaciones, siempre sonriente, el televidente, el cinéfilo o el lector reciben en el subconsciente la idea de que “gozar” es la felicidad.

Así, el joven en proceso de formación va creando en su interior el concepto claro e irrefutable de que todo lo que le produzca placer es bueno para él, y, por tanto, útil en la búsqueda de la felicidad.

En las relaciones interpersonales – y sobretodo teniendo en cuenta el marcado criterio machista de hoy – este modo de pensar hace que el muchacho frecuentemente encuentre a la mujer como “algo” que le pueda producir esa sensación de goce, y no alguien con quien quiera compartir su vida y a quien quiere hacer feliz, es decir, que la vea como un objeto de placer.

En las mujeres se da el mismo caso: si pretenden llenar su vacío de amor – circunstancia más frecuente de lo que pueda parecer -, o intentan simplemente “sentirse amadas” con su novio, estarán usándolo para experimentar ese placer psicológico, y no ser su complemento para viajar juntos en pos de la felicidad.

Esta postura, conocida como el utilitarismo, es tratarse mutuamente como cosas: sólo para utilizarse, buscando así, como lo predica su máxima, el máximo de placer y el mínimo de pena y de dolor en la vida.

Si se traslada el utilitarismo al plano conyugal, se puede descubrir la razón más frecuente de los fracasos matrimoniales.

 

La disyuntiva

 

Ante estas dos presentaciones de la felicidad del mundo moderno (el sacrificio como muestra y fuente verdadera de amor, y el placer como medio para alcanzar la “felicidad”), el muchacho o la niña se ven frecuentemente impulsados a elegir la postura más fácil y la más cómoda: los sentidos se van tras los “dioses” del mundo moderno: el dinero, el placer, la comodidad, el prestigio…, y la felicidad individual de cada uno de los jóvenes, la de la pareja, la de la familia y la de la sociedad no pasarán de ser una ilusión.

En cambio, si la relación se basa en desear para el otro lo mejor, aun a costa de ceder en mis propios intereses, y el otro hace lo mismo, la armonía crecerá en ese hogar, el enriquecimiento con valores humanos no se hará esperar y se tendrán mayores facultades para educar a los hijos en ese mismo camino, lo cual sí hará un cambio paulatino en la sociedad.

Amar, entonces, no puede definirse sino como tender ambos al bien. Si tú eres un bien para mí y yo deseo el bien para ti, la relación ya no será el caminar de dos “yo” juntos, sino el de un “nosotros”. Este amor no morirá con la vejez, la enfermedad, la falta de dinero o la disminución de la libido. Y lo que es mejor, sólo esa entrega generosa y desinteresada salvará a la familia, célula de la sociedad.

Si se quiere entender el rechazo por el matrimonio y se desea cambiar esa situación, esto es lo que se debe enseñar a todos.

 

 

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Tener hijos, ¿para qué?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

Sucedió en Bucaramanga: una señora que, para realizarse como profesional, dejaba a su hijo de cinco años al cuidado de la empleada del servicio doméstico, a la que, como casi siempre dicen, consideraba la “mejor empleada del mundo”.

Un día, hacia las diez de la mañana, el niño se cayó de la baranda de los pasillos que daban acceso a su apartamento, el cual queda en un sexto piso. La muerte no fue instantánea: pasó ocho días en el hospital, en estado de coma; y cuando se lo llevó a una habitación, murió.

La “mejor empleada del mundo” admitió que el niño jugaba con frecuencia en los pasillos del piso y que se descuidó “un minuto”, mientras supervisaba el almuerzo.

–Así, ¡para qué tener hijos! —se lamentó una vecina—. Si uno los va a descuidar de esa manera, dejándolos con una sirvienta, nada bueno se debe esperar…

Los habitantes del edificio se enfrascaron en una gran disputa, pues unos pensaban como la vecina, mientras que otros se oponían… Se acaloraron los ánimos y no quedó nada como conclusión.

Lo que sí debe llevar a todos a sacar conclusiones es la estadística que un psicólogo llevó a cabo: en los hogares donde la madre está ausente se da algo más del sesenta y siete por ciento de los hijos que caen en el alcoholismo, la drogadicción, la prostitución infantil y juvenil o el satanismo. Al mismo tiempo, en otro estudio se mostró cómo los problemas psicológicos afectan más a los niños o jóvenes que, al llegar a la casa después de clases, no encuentran a su madre.

La mayoría de las veces, esas madres se excusan diciéndose que “es más importante la calidad que la cantidad de tiempo que se les dedica a sus hijos”. Pero, desafortunadamente, los niños y los adolescentes necesitan a la mamá cuando ellos la necesitan; no cuando ella puede estar presente. Por otra parte, se sabe que la mujer, aunque en términos generales sea más comprensiva, tolerante y resistente que el hombre, llega cansada del trabajo y con deseos de reposar, lo que disminuye su capacidad de entrega y se ocupa poco de las que considera “pequeñeces” de sus hijos.

Es más: no se sabe qué sucede en la psique de esos jóvenes, pero parece que algo les impide perdonar a la mamá que trabaja sin necesidad: en una población de unas trescientas familias estudiada para tal efecto, se descubrió que la rebeldía de los niños pequeños era inmensamente superior en los hogares en los cuales la madre salía a “distraerse con una labor”, a “ganarse unos pesitos adicionales” o a “realizarse como persona”.

Esta actitud del niño “que no perdona a su mamá” se da porque, según dicen los que se atreven a explicar su conducta, “no me quiere” o “le importa más su trabajo que yo”; es decir, están diciendo que la madre le presta más atención a otras cosas que a ellos.

Esta conducta materna tiene consecuencias graves en el proceso evolutivo de los hijos, ya que su emotividad se ve afectada, lo mismo que su afectividad: serán adultos que, a su vez, no sabrán amar a los suyos, reaccionarán erróneamente en los momentos difíciles de sus vidas y, especialmente, tendrán dificultad para relacionarse con otros… Además, como se leyó líneas más arriba, están los peligros graves del alcohol, la droga, la prostitución y el satanismo.

En fin, como decía otro psicólogo, la explicación de la situación actual de la sociedad está en una verdadera crisis de madres: no hay madres que eduquen a los hijos, no hay madres que tengan tiempo para sus hijos, no hay madres que estén disponibles para apoyarlos psicológicamente cuando las necesitan…

Y, contrario a lo que se puede deducir, ni ellas ni ellos se dan cuenta de la labor tan importante que realizan las mamás en sus hogares: si se promueve un modo de aliviar las cargas que implica su trabajo, si los esposos las estimulan, las valoran y las apoyan en esa difícil pero valiosa tarea, si el gobierno favorece los empleos de medio tiempo para la mujer, habrá de nuevo muchas mamás y la sociedad se reoxigenará con valores humanos y con principios morales que tanto le están haciendo falta… Así sí se podrá decir que el mundo habrá progresado, puesto que su célula, la familia, habrá mejorado.

De la mujer dependemos. En ella está el secreto del bienestar social. Vale la pena que los hombres la valoren y que ellas se den cuenta de su dignidad.

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¡Yo no me caso!

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

En una investigación llevada a cabo en la ciudad de Bogotá se descubrió que, de cada 100 parejas de casados, 88 hombres y 61 mujeres manifestaron ser felices en su matrimonio. Pero, al hacer una encuesta con asesoría psicológica en la que se dejó velada la intención de averiguar cuántos estaban realmente satisfechos con su relación, se descubrió que solamente el 8% de los hombres y el 2,4% de las mujeres se sienten complacidos con su pareja.

En ellas, la decepción es la causa primordial para pensar así: la relación no llegó a ser lo que ellas esperaban. Por su parte, la monotonía en el trato y la “cantaleta” de sus esposas estuvieron en el punto más alto en las estadísticas para que los varones se sintieran mal en su matrimonio.

Si se analiza con profundidad este hecho, se pueden deducir varias posturas típicas de cada sexo: la mujer idealiza la relación marital, el hombre pretende con frecuencia llenar su vida de emociones o, al menos, de logros continuos, y se cansa con la actitud psicológica femenina que busca desahogarse hablando…

Pero detrás de esas posiciones está el desamor. Es imposible concebir que un hombre ame a su mujer si no es capaz de comprender ese deseo de aliviarse hablando de los problemas; tampoco se entiende el amor que pretendía lograr metas meramente egoístas…

Sin embargo, hay aspectos trascendentales que quedan sin ventilar: la mujer es la que queda embarazada y es la que amamanta; es ella a la que, por su naturaleza más comprensiva y paciente, trata mejor a los hijos, los educa con más tolerancia (por supuesto que también hay hombres así, pero son muy pocos); es a ella a quien le afectan los cambios hormonales del ciclo menstrual, del embarazo y del puerperio (estado delicado de salud de la mujer en el tiempo que inmediatamente sigue al parto); es ella la que se regocija con el bebé cuando tiene el tiempo para dedicarse a ello; es la mujer la que en la mayoría de las ocasiones tiene mejor talento para estimular a los niños y a los jóvenes en su crecimiento integral, es decir, afectivo, emocional, intelectual, social, cultural y espiritual, etc. Al mismo tiempo, es la mujer la que necesita del apoyo de su esposo para realizar cabalmente todas esas tareas tan sublimes, pero tan desestimadas por la sociedad actual.

Por eso, no conviene que ella elija mal. Un esposo cariñoso, afectuoso, amoroso, será siempre un estímulo para la mujer. Un consorte delicado, comprensivo y que sepa escuchar, disparará la capacidad de entrega y de generosidad de su mujer. Un compañero de vida que comprenda los ciclos fisiológicos de la mujer y que se acomode a ellos, respetándola y amándola, será un caldo de cultivo para el desarrollo armonioso y pacífico de su labor materna y conyugal…

Cuando se estaba dando esta explicación en una conferencia, tanto le impactó a una mujer del auditorio, que gritó en medio del público: «¡Yo no me caso!».

Muchos y muchas de los asistentes, aunque sobresaltados, asintieron con movimientos de la cabeza. Es que la inteligencia no podía aceptar ya todos esos innumerables episodios de mujeres que se casan por tener la experiencia de engendrar un hijo, por no quedarse solteras (o, como dicen despectivamente, “solteronas”), por miedo a la soledad, o porque “ese hombre parece buena persona”, etc.

No. Hoy se necesita más para que una mujer valiosa entregue —como casi siempre lo hace— su vida entera a un hombre, mientras que él se conforma con conseguir una mujer para mostrar, una criadora de sus hijos, una sirvienta y una amante.

Desdichadamente no todas las mujeres estuvieron presentes para escuchar aquel grito emancipador de esa dama. Ojalá estas líneas hagan reaccionar a quienes las lean: a ellas, para que sepan valorar la labor que realizarán como esposas y madres, y para que sepan darse cuenta de lo valiosas que son por el hecho de ser mujeres, por la forma como se comprometen en la mayoría de los casos cuando se casan y por la potestad que tienen de ser madres; y a ellos, para que sean conscientes de lo que se ganan cuando se desposan.

 

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¡Se dispara la infidelidad femenina!

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 

«Es que mi esposo me es infiel», «Necesitaba algo de cariño, me sentía muy sola», «Quería sentirme amada», «Mi pareja solo me busca por interés», «Mi vida era monótona hasta que lo hice: es una aventura maravillosa; me atrae vivir algo prohibido», «Hoy nadie es fiel»… Son todas respuestas dadas por muchas mujeres (cada vez más) que, sin saberlo su esposo, viven una «aventura» extramatrimonial.

¿Por qué algo que hasta hace poco casi solo se achacaba a los hombres es ahora una estadística creciente? ¿Qué está sucediendo en el cerebro de la mujer?

Las respuestas son tan variadas entre ellas como entre los psicólogos. Van desde cierta sensación de fatiga de la mujer hasta una especie de venganza social, según la mayoría de los asesores de pareja. La mujer parece decir hoy día: «Si ellos lo han hecho tanto, ahora es el turno de la mujer; además, debe tiene algo de atractivo». Otros piensan que el estrés de la vida moderna, ese «corre–corre» diario, incita a poner en tela de juicio las instituciones, incluido el matrimonio.

En el trasfondo de esta realidad yacen dos aspectos importantes: en primer lugar, algunas mujeres se dejaron ganar por el empuje de la cultura que exalta el egoísmo y los placeres por encima de otros principios, como el valor de la familia, del sentido del hogar, la estabilidad psicológica (emocional y afectiva) de los hijos, pues son valores que ya no se ven; a cambio de ellos les atrae el placer de sentirse amadas (que siempre deja en ellas una sensación de frustración, porque se sabe que esas relaciones son siempre pasajeras), el deseo de experimentar una «aventura» y de salirse de los patrones tipificados de la vida (actitud impulsada por los medios de comunicación, especialmente la televisión y el cine)…

En segundo lugar, parece que ha revivido aquella «angustia existencial» que se popularizó tanto hace algunas décadas: frecuentemente la mujer, como muchos hombres, no sabe de dónde viene, a dónde va y qué vino a hacer en esta tierra. Olvidaron ellas que Dios les dio unas privilegios altísimos: la maternidad, el contacto íntimo con su hijo durante el amamantamiento, más hormonas que el hombre, dos zonas erógenas principales (el hombre tiene una), mayor intensidad en el placer sexual, un umbral del dolor visceral más alto, mayor responsabilidad laboral (según las estadísticas), mayor cercanía al dolor ajeno, mayor ternura promedio, mayor sentido de la religión (basta visitar las iglesias y observar qué porcentaje de varones hay); cuando madres suelen ser más pacientes, tolerantes y comprensivas que los padres, son (casi siempre) más respetuosas de los sentimientos de sus hijos y saben entender que esas emociones a veces les impiden actuar bien o responder más rápido; por otro lado, las estadísticas muestran que cuando hay una separación la mamá suele quedarse con los hijos y que a ellas les queda más fácil asumir el papel de padre que al revés, frecuentemente sacan sus hogares adelante en ausencia del marido: se encargan con valentía del sostén económico, afectivo y educativo…

Todo esto explica la dignidad tan alta de la mujer, y le da el norte a su vida: si la mujer se prostituye la sociedad queda prostituida; mientras que si la mujer se dignifica se construirá una sociedad más noble, que fructificará en las futuras generaciones.

Si la mujer conoce esta hermosa y alta responsabilidad, y el hombre la valora y respeta, los índices de infidelidad disminuirán de parte y parte, y obtendremos una sociedad sana para nuestros hijos.

 

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¿Perdonar la infidelidad?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

 

«Eso a mí no me molesta; yo sé que para mi esposo yo soy la más importante». Es una frase frecuente de las mujeres a las que les pregunta por qué toleran la infidelidad de su marido. Hay otras respuestas parecidas: «Es que las otras son las iglesias, pero yo soy La Catedral», «Todos los hombres son infieles; no hay nada qué hacer», «Eso fue una simple “canita al aire”; yo sé que él me ama», «Mientras pase el dinero necesario, a mí no me importa»…

 

Se repite con frecuencia, a manera de estribillo, que ellas deben seguir el ejemplo de Jesús perdonando a sus esposos la infidelidad, la violencia verbal y física, que se emborrachen con frecuencia…

 

La estadística recogida hasta el momento muestra que, de cada 100 parejas con problemas de infidelidad, el hombre es culpable en 96 casos; en uno falla la mujer sin que haya caído su marido, y los otros 3 son mujeres que se «vengan» de su esposo haciendo lo mismo. Pero lo más extraño y alarmante de todo es que, de cada 100 «perdonados», 100 reinciden en el adulterio, ¡y 99 mujeres los vuelven a perdonar!

 

¿Qué está pasando? ¿Por qué se da esta situación? ¿Qué sucede en el cerebro del varón? Y, ¿qué le pasa a la mujer? Quizá lo que ocurre es que se tiene poca información acerca del matrimonio y de la dignidad del ser humano:

 

1.  El amor entre un hombre y una mujer, cuando es verdadero, tiene las siguientes características: es una entrega del ser personal, total, sin condiciones, para siempre y fiel. La dignidad del ser humano lo exige: mi «yo» personal es tan valioso que precisa de la entrega total, incondicional, infinita y fiel del otro; al mismo tiempo, tampoco le puedo ofrecer menos al «tú» de mi futuro cónyuge, por ser también tan valioso.

 

2.  Mi esposa sabe que lo único que no comparto más que con ella es la genitalidad, y yo sé que ella no vive su genitalidad sino conmigo. Lo demás se comparte con otros: las comidas, el trabajo, la vida social, los viajes, etc. Dicho de otro modo, la genitalidad es lo que distingue la relación conyugal y es excluyente para con los demás.

 

3.  Cuando hay fidelidad, consiguientemente, los hijos tienen la salvaguardia de su estabilidad. Lo prueban las estadísticas: los problemas psicológicos afectan mucho más a la prole de matrimonios infieles.

 

4.  La fidelidad es prueba de amor. La infidelidad es prueba de desamor. Si yo amo, no tengo por qué buscar a otra ni tengo por qué caer en la tentación, porque en ese instante viene a mi mente ese santuario que es el cuerpo sagrado de mi esposa donde se gestaron o se gestarán nuestros hijos, recuerdo además su dignidad y la mía, pienso en la nobleza de mi hogar y rememoro la bondad que Dios ha tenido para conmigo.

 

5.  La infidelidad lesiona la dignidad de la familia, donde nacen nuestros hijos, expresión sublime de la continuidad de nuestros seres.

 

Pero, sobre toda consideración acerca de la infidelidad, emerge el hecho de que el perdón se da a quien demuestra su arrepentimiento por la falta cometida y su firme determinación de no volver a fallar. De esto resulta que se debe perdonar sólo a quienes cumplan esos 2 requisitos.

 

Por eso, si se perdona al que no pide perdón, ni se muestra realmente arrepentido, ni prueba su firmísima determinación de cambiar, ¡se lo impulsa a seguir pecando!

 

Pero, ¿por qué se valora tan poco la mujer? Como se vio más arriba, el índice de las que toleran esa burla a su dignidad de esposas, de mujeres y de madres, es altísimo. Una señora engañada afirmaba que sólo lo perdonaría si durante unos diez años le mostrara su contrición sincera implorándole su perdón, llorando de rodillas, llevándole rosas…

 

Tal vez el problema esté en ese supuesto «perdón»: si fue infiel es porque no ama. Y si no ama, ¿qué se le va a perdonar: el hecho de no amar? ¿Acaso se lo puede obligar a amar?

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La infidelidad: ¿común o normal?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

La fecha exacta de la aparición del homo sapiens es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que sucedió entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

A continuación se detallan algunas de las características que hacen a este ser tan especial:

1) Si se compara un computador con el cerebro del homo sapiens, se deduce inmediatamente que al computador hay que decirle qué hacer, mientras que el cerebro hace las cosas por su cuenta. La capacidad creadora independiente del cerebro hace que los humanos actuemos espontáneamente, y es la base de nuestra habilidad para pensar, planificar e influir drásticamente (para bien o para mal) sobre el medio ambiente. El mayor y más avanzado computador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software.

Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2) Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3) Los análisis realizados en chimpancés, especialmente los de la doctora Jane Goodall, a primera vista hacen pensar que en estos animales hay ciertas actitudes que algunos se aventuran a llamar “humanas”: maquinaciones, actitudes compasivas, engaños maquiavélicos, pequeñas muestras de lo que en el ser humano se llamaría ternura, violencia y crueldad. Pero en los estudios psicológicos se rechaza la idea de que estas características, por sí mismas, puedan definir al ser humano. De hecho, las llamadas “actitudes compasivas” y la “ternura” se explican con el instinto: todos hemos visto moverse la cola de un perro al ver u oír a su amo, lamerse a las leonas entre sí, arroparse a los mapaches… Y nadie a pensado jamás llamar ser humano a los mapaches, a los leones, a los perros ni a ningún otro animal. En suma, esas son actitudes animales, no características humanas, aunque el hombre las eleva a un nivel que los animales no alcanzan.

En cambio, lo que sí admira, es la aparición de la solidaridad. Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos… Pero, llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al leer la historia (o verla en cine o televisión) de tantos que han dado su vida por un ideal similar.

Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

4) Hay pruebas de que la competencia sexual era menos evidente entre los hombres, que la de sus antecesores, los animales: apareció una especie de respeto por la mujer del prójimo. Otro aspecto que algunos paleoantropólogos destacan es que, ya que en las especies anteriores al hombre había una diferencia notable entre las dimensiones corporales de los machos y las hembras, parece que los machos estaban rodeados de algo parecido a harenes de hembras. Sin embargo, el homo sapiens cambió de actitud: en una entrevista, el paleoantropólogo Terrence Deacon amplía su explicación sobre el lenguaje así:

“Creo que el problema que se plantea al instalarse en un entorno en que la carne se convierte en un elemento necesario para criar a la prole es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder, y esto es algo que no puede representarse con un gruñido o un gesto. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.”

El homo sapiens fue el primero que entendió la responsabilidad de la paternidad, de la maternidad y del concepto “familia”; y esto desde el punto de vista natural (es lo natural en el ser humano) y en orden a la procreación de los hijos: el hijo debe ser educado para seguir enriqueciéndose en todos los ámbitos de la vida, pues su esencia es diferente de la de los demás seres vivos: puede ser cada vez más sabio, cada vez más hábil, cada vez más dueño de sí mismo, puede amar cada vez más…

Los matrimonios de hoy, con sus ritos, movimientos y sonidos, y en presencia de la sociedad (como dijo Terrence Deacon) son un desarrollo más del homo sapiens en su historia.

De aquí se desprende la idea de que la infidelidad es un retroceso del hombre a etapas animales anteriores.

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué se acaba un matrimonio?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

UN ACERCAMIENTO EN LAS ESTADÍSTICAS

 

Los índices no mienten: incompatibilidad sexual o de caracteres, inmadurez, infidelidad, maltrato psicológico y aun físico, abuso sexual, desincentivación o desinterés, frialdad en el amor, frigidez y otros motivos son los que aducen tanto quienes se han separado como quienes manifiestan el deseo de hacerlo.

 

En un segundo lugar están el alcoholismo o la drogadicción de uno de los cónyuges, la depresión y otras enfermedades neurológicas, la bisexualidad, el «vaginismo» o dispareunia, la impotencia, el excesivo interés por el trabajo con el consecuente descuido del cónyuge y de los hijos, los celos, el mal genio…

 

En la primera lista, parece que hay dos grupos de causas: las sexuales y las psicológicas. Al desentrañarlas, los expertos se han llevado sorpresas:

 

La frigidez consiste en la inhibición de la excitación sexual de la mujer. Cuando es de origen orgánico es rarísima; por el contrario, es muy frecuente que se informe de casos en los que la mujer descubre que su esposo solo la busca para complacerse genitalmente, lo que deriva en esa ausencia anormal de deseo o de goce sexual.

 

Y, ¿a qué obedece esto?

 

Parte de la respuesta a esta pregunta hay que encontrarla en la conducta femenina: si una muchacha pretende conquistar a un joven a través de incitaciones a lo genital, (como por ejemplo, usando minifaldas altas, pantalones descaderados y ajustados a su cuerpo, escotes que dejan ver parte de las mamas, etc.), lo inducirá indirectamente a que se sienta atraído hacia su cuerpo, no hacia ella.

 

Después, ya casados, será más difícil que ella pueda mutar los sentimientos de su esposo por otros más importantes en la relación de pareja: que él aprenda a compartir las emociones y los afectos con ella y viceversa, y que la ame desde la profundidad de su ser.

 

En cambio, cuando la relación está basada en la entrega mutua y total del propio «yo», sin condiciones ni reservas egoístas, y para siempre, habrá verdadero amor. La felicidad del otro se erige en lo principal: el que ama trabaja por la felicidad del otro con todo el ahínco, con toda la fuerza de que se es capaz, y no le importa el sacrificio que para ello tenga que realizar. Por eso, la prueba de amor más grande es el sacrificio.

 

Antes de tomar la determinación de casarse, entonces, es necesario que cada uno de los novios pueda valorar el amor que se tienen verificando cuántas veces el uno ha sido generoso con el otro, cuántas veces ha dejado a un lado sus intereses, metas e ilusiones personales, para buscar la felicidad del otro…; es decir, cuántas veces se ha sacrificado por él.

 

Si ambos han demostrado esa capacidad de sacrificio y lo han hecho en muchas ocasiones, podrán dar el salto a la unión definitiva contando con el mejor aval de la felicidad conyugal: el amor auténtico.

 

Es necesario entonces que la hermosa y femenina coquetería sea siempre dirigida por la perspicacia, el ingenio propio de las mujeres, para que el hombre la mire a los ojos, a su alma, y así se enamore de ella y no de su cuerpo; o peor, de una parte de su cuerpo, como suele suceder.

 

En ese proceso, también es necesario evadir el error más frecuente del sexo femenino: si el hombre tiende a pensar que el amor es solamente genitalidad, la mujer se inclina más a creer que el amor es sólo sentimentalismo. Ambos están equivocados: el amor marital tiene sentimientos, tiene genitalidad; pero, en esencia, es capacidad de sacrificio para hallar la felicidad juntos.

 

Si la relación se sostiene en la genitalidad o en el sentimentalismo, tarde o temprano sucumbirá; y esto es, precisamente, lo que sucede casi siempre que fracasa.

 

En cambio, si la relación se fundamenta en el amor verdadero, no habrá incompatibilidad de caracteres, ni inmadurez, ni posibilidad de maltrato psicológico (y mucho menos físico), ni desincentivación o desinterés, ni frialdad en el amor, ya que el amor verdadero nunca muere.

 

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La felicidad conyugal

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 22, 2008

EDUCAR AL HOMBRE

La experiencia muestra que, cuando se casan, la mayoría de los hombres buscan una forma de «estabilizarse» (sexualmente) con una sola amante, tener quién se encargue de «esas cosas del hogar» y de toda la responsabilidad que representa ser padres y, a veces, tener una mujer qué mostrar.

Por su parte, la mayoría de ellas desean tener un esposo de quién recibir amor, ver crecer a sus hijos y formar un hogar donde haya paz y prosperidad…

El «pecado» —siempre— es creer que los hombres piensan como ellas.

Si se dieran cuenta de la realidad, elegirían con mayor cautela a su novio: un hombre con principios morales e ideales nobles y, además, responsable con Dios y con los demás: su familia, el trabajo, sus amigos…

Luego, lo educarían antes de dar el salto al matrimonio: con delicadeza demandarían de él espíritu de entrega y de generosidad con algún sacrificio de sus propios gustos que demuestre su amor por ella; más adelante, lo probarían para verificar si es capaz de dejar hasta sus metas nobles por la felicidad de su novia… Y así, irían exigiendo cada vez un poco más, hasta que ese hombre esté capacitado para luchar por la felicidad de ella y de sus hijos. Con ello se lograría, no solo el anhelo de la mujer, sino su propio enriquecimiento personal.

«¡Un hombre así sí vale la pena!», exclamó una señora cuando escuchó esto en una charla.

Y tenía razón: con hombres educados así se conformarían matrimonios más estables y hogares luminosos y alegres; sus hijos serían mejores ciudadanos, lo cual ennoblecería la sociedad en que vivimos.

Por otra parte, se disminuiría considerablemente la rata de fracasos conyugales y sus consecuencias lógicas: infelicidad de cada uno de los componentes de la pareja e inestabilidad afectiva y emocional de la prole.

La forma de lograrlo está plasmada en la frase que el conferenciante le contestó a la susodicha señora:

«Fórmelo usted, señora; y será feliz».

 

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Contrato matrimonial

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 15, 2008

De cada cien parejas que se reciben en los consultorios de asesorías conyugales, noventa y tres tienen problemas graves en su matrimonio.

 

La infelicidad de los cónyuges es inmensa. Esto es más evidente en la mujer, que suele sufrir por la infidelidad de su esposo, por la violencia física y psicológica a la que es sometida, por el abandono y, especialmente, por la irresponsabilidad de su esposo con sus hijos.

 

Una vez separados, la inmensa mayoría de los padres delega irresponsablemente sus obligaciones a la mamá, para que se encargue de todo. Solo un porcentaje ínfimo cumple con sus obligaciones económicas para con ellos; y, ¿qué decir de las obligaciones afectivas y emocionales?, ¿de la cooperación en las tareas escolares?, ¿del apoyo moral que necesitan en su crecimiento?…

 

Son aterradoras las consecuencias de ese abandono: los índices de alcoholismo, drogadicción, prostitución infantil y satanismo están creciendo aceleradamente, pues la mamá debe salir a trabajar para mantener a sus hijos.

 

Por eso, se ideó el siguiente «Contrato Matrimonial», para que la mujer que desee unirse a un hombre —una vez él se comprometa ante Dios y ante la sociedad a trabajar por la felicidad de ella y la de sus hijos hasta que la muerte los separe— se lo haga firmar y lo registre en una notaría.

 

Todas las novias deben saber que el hombre que no sea capaz de firmar este Contrato no vale la pena como esposo; es mejor no echarse la soga al cuello: sería inmensamente desdichada y haría infelices a sus hijos. Por el contrario, esa firma servirá para que, en el futuro, se le hagan cumplir sus obligaciones a los padres y esposos que libremente le ofrecieron a una mujer amarla y respetarla durante toda la vida y que, también libremente, decidieron tener hijos.

 

Este contrato ayudará a frenar la desventajosa situación de las madres separadas y hará que las próximas generaciones puedan construir un mundo mejor.

 

 

 

Yo, _____________________________________________________, con C.C. nº ________________________, me comprometo, por medio de este documento, a amar y respetar a mi esposa, _____________________________­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­_________________________________, con C.C. nº ___________________________, de la siguiente manera:

 

1. Le seré fiel durante toda mi vida

2. Nunca utilizaré violencia física ni psicológica con ella.

3. Nunca la abandonaré.

4. No seré irresponsable con nuestros hijos:

   a) Aun en caso de separación, cumpliré con mis obligaciones económicas para con ellos: nunca les faltará salud, alimentación, vivienda, educación ni vestido. Además, me comprometo a darle esas mismas cosas a la madre de mis hijos, para que no tenga que salir a trabajar y pueda ocuparse de ellos cabalmente.

   b) Aun en caso de separación, cumpliré las obligaciones afectivas y emocionales: siempre tendrán un padre que los ama con sentimientos y con hechos, dedicándoles el tiempo necesario para lograr su bienestar psicológico.

   c) Aun en caso de separación, cooperaré en sus tareas escolares.

   d) Aun en caso de separación, siempre contarán con mi apoyo moral, para su crecimiento integral como personas.

 

Aseguro estar en pleno uso de mis facultades mentales y en completo ejercicio de mi libertad.

 

Dado en la ciudad de _________________________, a los _____ días del mes de ______________________ del año ________.

 

 

____________________________________

C. C. nº

 

 

 

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¿Celos?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 15, 2008

«Hay muchas clases de celos», es la afirmación más frecuente sobre este tema entre las señoras. Unas manifiestan que «si no se sienten celos no hay amor»; otras, que «eso es una enfermedad»; otras, que «es una debilidad»… Y todas tienen razón, unas más, otras menos: los celos consisten en la sospecha, la inquietud y el recelo de que la persona amada haya cambiado o cambie su amor, y ame a otro(a).

Pero los celos pueden nacer de causas reales o de causas imaginarias. Las sospechas y la desconfianza que causan esa inquietud, entonces, pueden aparecer cuando es evidente que la persona amada ya no nos quiere o cuando nos lo estamos imaginando.

Cuando nos lo estamos imaginando no hay nada qué hacer: él o ella nos sigue amando, aunque nosotros lo dudemos.

Y, ¿qué se puede hacer cuando es evidente que ya no nos quieren? Tampoco se puede hacer nada: esa persona simplemente no nos ama. Ni siquiera ella misma puede cambiar los sentimientos de su propio corazón.

Si un fulano le es infiel a su cónyuge, por ejemplo, es porque no la ama; la esposa puede hacer todo lo que quiera para cambiar ese sentimiento y nada logrará: ni siquiera él mismo puede hacerlo: él no la ama.

Es posible que un psicólogo le enseñe a valorar a la mujer de la que se está burlando, pero él simplemente no la ama. Es posible que un sacerdote le pueda ayudar a este hombre a comprender que está destruyendo un hogar y la salud psicológica de sus hijos, pero él sencillamente no la ama. Es posible que, por diversas circunstancias, ella pueda conquistarlo más adelante, pero hoy él no la ama. Es posible que algún día Dios convierta ese corazón, le dé capacidad para amar a su esposa y se inicie un matrimonio feliz, pero él, por ahora, ¡no la ama!

¿Qué sentido tiene, por lo tanto, celar al cónyuge? ¿Para qué tanto gasto de energía «cuidando» a la persona amada, por celos? Lo que está perdido, perdido está.

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¿Casados o solteros?

Publicado por Mauricio Rubiano Carreño en Junio 15, 2008

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexualidad: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento: el hombre y la mujer se complementan en el plano biológico, en el plano psicológico y en el plano espiritual. Toda relación entre un hombre y una mujer tiene ese carácter sexual (salvo algunas relaciones particulares como la que hay entre hermanos o entre padres e hijos, etc.).

Cada persona humana jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra (o viceversa) porque ella (o él) es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del signo (sacramento) del matrimonio. Dios se convierte en el(la) esposo(a) del ser personal. La virginidad alcanza la realidad directamente.

De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da su verdadera dimensión.

La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí de la virginidad física ni de la psicológica (indivisibilidad del corazón) ni de la jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento. Virginidad esta que puede darse con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

Por el contrario, quien vive soltero no necesita el signo: puede ir directamente hacia la realidad —Dios— y, por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones; de este modo se capacita para un juicio más recto acerca de su propia sexualidad.

En el matrimonio la donación se lleva a cabo en el plano biológico (se entregan sus cuerpos), en el plano psicológico (se comparten la afectividad, la emotividad y los sentimientos) y en el plano espiritual (se dan el uno al otro para siempre). Todas sus acciones están encaminadas a lograr un verdadero complemento, enriqueciéndose ambos para encontrar, juntos, la verdadera y única felicidad.

El soltero puede entregar también su cuerpo a Dios eximiéndose de toda genitalidad<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> por amor a Él; comparte con Él su afectividad, su emotividad y sus sentimientos; y lo hace para siempre. Asimismo, todas sus acciones estarán encaminadas a hallar en Él su verdadero complemento, enriqueciéndose para encontrar la auténtica y única felicidad.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Se puede dar el caso de que un soltero, por ejemplo, viva su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato (soltería) sea mejor que el matrimonio. La ventaja que tiene es que se entrega directamente a Dios; además, tiene una capacidad mayor (como se vio arriba) para hacer un juicio más recto acerca de su propia sexualidad e, incluso, de la sexualidad de los demás, lo cual lo hace el mejor consejero.

Por otra parte, alguien podría decir que al casado le queda más fácil, más asequible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Tampoco existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

Si los casados se entregan por completo a la imagen de Dios —su cónyuge—, los solteros pueden, mientras llega el matrimonio, ofrecerse a Dios en su estado actual para comenzar a vivir esa virginidad evangélica, y así llegar a la plenitud del amor: viven una virginidad total en la que dirigen sus afectos, sin intermediarios, al Creador, objeto de su amor. Y eso los dignifica tanto o más que el matrimonio a los casados.

<!–[if !supportFootnotes]–>

<!–[endif]–>

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> La palabra “genital” viene de genitare, que significa generar, y se refiere a generar vidas; es decir, la genitalidad se ejerce para procrear.

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

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