Saber vivir

Tres cosas para recordar*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

1.- Generosidad para con quienes te sirven

En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa.

«¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?», preguntó el niño.

«Cincuenta centavos», respondió la mesera.

El niño sacó su mano de su bolsillo y examinó un número de monedas.

«Y, ¿cuánto cuesta el helado solo?», volvió a preguntar.

Algunas personas estaban esperando, y la mesera ya estaba un poco impaciente.

«Treinta y cinco centavos», dijo ella bruscamente.

El niño volvió a contar las monedas.

«Quiero el helado solo», dijo el niño.

La mesera le trajo el helado, puso la cuenta en la mesa y se fue.

El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue.

Cuando la mesera volvió, empezó a limpiar la mesa y entonces le impresionó lo que vio: allí, puestos ordenadamente junto al plato vacío, había veinticinco centavos… ¡su propina!

Jamás juzgues a alguien antes de tiempo

2.- Los obstáculos en nuestro camino

Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un camino. Entonces se escondió y se quedó observando para ver si alguien quitaba la tremenda roca…

Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y cortesanos vinieron, y simplemente le dieron una vuelta a la roca. Muchos culparon al rey por no mantener los caminos despejados, pero ninguno hizo algo para sacar la piedra grande del camino.

Entonces pasó un campesino con una carga de verduras. Al aproximarse a la roca, el campesino puso su carga en el piso y trató de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y fatigarse mucho, lo logró. Mientras recogía su carga de vegetales, notó una cartera en el piso, justo donde había estado la roca. La cartera contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey indicando que el oro era para la persona que removiera la piedra del camino.

Cada obstáculo presenta una oportunidad

3.- Donando sangre…, donando vida

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un Hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz que sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado anticuerpos necesarios para combatir la enfermedad.

El doctor le explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por un momento antes de suspirar y decir:

«Sí, lo haré si eso salva a Liz.»

Mientras le hacían la transfusión, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana; permanecía sonriente mientras nosotros lo asistíamos a él y a su hermana, viendo retornar el color a las mejillas de la niña.

De pronto, el niño miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa:

«¿A qué hora empezaré a morirme?»

Como era solo un niño, no había comprendido al doctor: creía que le daría toda su sangre a su hermana. Y aun así se la daba.

Da todo por quienes amas

Anónimo

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