Saber vivir

La eficacia del amor ordenado

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 12, 2008

Para quienes trabajan como asesores de parejas o en la educación infantil o juvenil, es impresionante ver cómo se destruyen muchas familias hoy día: no saben amar ni hacerse amar; no se ve armonía ni paz en los hogares, los niños nacen y crecen en medio de rencillas, disputas y hasta de odios; las parejas acuden a los psicólogos para que les indiquen cómo reencaminar a sus hijos por la senda del bien, cuando han caído en el alcoholismo, la drogadicción, la prostitución infantil o el satanismo; o bien se busca a los especialistas para que diriman conflictos conyugales de mayor o menor calibre, o para que los separe definitivamente.

Y todo esto se da por errores en la concepción de la afectividad.

La afectividad se desarrolla aprendiendo a amar. Pero este aprendizaje debe comenzar por definir el concepto “amar”. Amar es trabajar por la felicidad de otro. No es solo sentir agrado ni experimentar emociones positivas ante su presencia; se trata de acciones, hechos, obras que él(la) amante realiza por él(la) amado(a). Aquí está la principal causa de fracasos matrimoniales y educativos: muchos seres humanos se equivocan al confundir el amor verdadero con la pasión sexual (cosa que se da más en los hombres), con el sentimentalismo (que se da más en las mujeres), o con el deseo de llenar un vacío afectivo producido en sus hogares…

Para entender el amor verdadero, además, es preciso distinguir los diferentes caminos que puede tomar el amor: está el amor filial, fraternal, paternal, maternal, conyugal y, hasta cierto punto, el amor de amistad.

Y es necesario aprender a ordenarlos, según su importancia. En ese sentido, siempre se ha dicho que el orden más lógico es así: primero Dios, después los demás y, por último, Yo.

Por eso, es menester poner por encima de todos los amores el amor a Dios.

Al unirse en forma definitiva una pareja para formar un hogar, este amor se hace preponderante; así, para ellos, el segundo de todos los amores es el conyugal.

Alguno podrá decir que el amor por los hijos es mayor y otro dirá que es igual; se dará también el caso de quien afirma que es imposible dominar el amor y que, por lo tanto, no se puede ordenar. Pero lo que para el corazón es imposible, para la cabeza no: una vez que los hijos se casen y funden un nuevo hogar —como lo hicimos nosotros—, para ellos ese será el principal; en ese momento la pareja de padres queda sola de nuevo, como cuando empezó. Por eso siempre hay que cultivar el amor conyugal más que el que se profesa por los hijos. Este es, entonces el tercer amor.

El amor por los padres es el cuarto. El quinto, el de los hermanos y sus familias.

Y así sucesivamente…

Una vez ordenados, ya se puede establecer también un orden de prioridades: cada acción que debemos realizar por nuestros seres queridos se pondrá en ese orden; y así las iremos realizando.

Si, por ejemplo, a un hombre casado se le pide que realice gestiones para su esposa, para sus hijos, para sus padres, para sus primos y para el perro de la casa, ya sabrá cuáles debe hacer primero.

De este modo siempre irán quedando sin hacer las que en su lista son menos importantes.

Y nunca se dejará de asistir a la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto; no se olvidarán las obligaciones conyugales, paternales y maternales; siempre quedará tiempo para atender a las personas más importantes en la vida de cada individuo.

Los resultados no se harán esperar: la vida conyugal y familiar mejorará y, ya que la célula de la sociedad es el hogar, toda la humanidad será beneficiada.

En el ámbito personal, esta actitud no solamente ordenará el amor, sino que hará al individuo más eficiente en las diferentes responsabilidades que tiene y, lo que es mejor, le dará una paz muy grande: paz que se traducirá en armonía en la pareja de esposos, armonía en el hogar, armonía de esa familia con los demás y, más adelante, con el ejemplo continuo, armonía y paz en el mundo.

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