Saber vivir

¡Yo no me caso!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

En una investigación llevada a cabo en la ciudad de Bogotá se descubrió que, de cada 100 parejas de casados, 88 hombres y 61 mujeres manifestaron ser felices en su matrimonio. Pero, al hacer una encuesta con asesoría psicológica en la que se dejó velada la intención de averiguar cuántos estaban realmente satisfechos con su relación, se descubrió que solamente el 8% de los hombres y el 2,4% de las mujeres se sienten complacidos con su pareja.

En ellas, la decepción es la causa primordial para pensar así: la relación no llegó a ser lo que ellas esperaban. Por su parte, la monotonía en el trato y la “cantaleta” de sus esposas estuvieron en el punto más alto en las estadísticas para que los varones se sintieran mal en su matrimonio.

Si se analiza con profundidad este hecho, se pueden deducir varias posturas típicas de cada sexo: la mujer idealiza la relación marital, el hombre pretende con frecuencia llenar su vida de emociones o, al menos, de logros continuos, y se cansa con la actitud psicológica femenina que busca desahogarse hablando…

Pero detrás de esas posiciones está el desamor. Es imposible concebir que un hombre ame a su mujer si no es capaz de comprender ese deseo de aliviarse hablando de los problemas; tampoco se entiende el amor que pretendía lograr metas meramente egoístas…

Sin embargo, hay aspectos trascendentales que quedan sin ventilar: la mujer es la que queda embarazada y es la que amamanta; es ella a la que, por su naturaleza más comprensiva y paciente, trata mejor a los hijos, los educa con más tolerancia (por supuesto que también hay hombres así, pero son muy pocos); es a ella a quien le afectan los cambios hormonales del ciclo menstrual, del embarazo y del puerperio (estado delicado de salud de la mujer en el tiempo que inmediatamente sigue al parto); es ella la que se regocija con el bebé cuando tiene el tiempo para dedicarse a ello; es la mujer la que en la mayoría de las ocasiones tiene mejor talento para estimular a los niños y a los jóvenes en su crecimiento integral, es decir, afectivo, emocional, intelectual, social, cultural y espiritual, etc. Al mismo tiempo, es la mujer la que necesita del apoyo de su esposo para realizar cabalmente todas esas tareas tan sublimes, pero tan desestimadas por la sociedad actual.

Por eso, no conviene que ella elija mal. Un esposo cariñoso, afectuoso, amoroso, será siempre un estímulo para la mujer. Un consorte delicado, comprensivo y que sepa escuchar, disparará la capacidad de entrega y de generosidad de su mujer. Un compañero de vida que comprenda los ciclos fisiológicos de la mujer y que se acomode a ellos, respetándola y amándola, será un caldo de cultivo para el desarrollo armonioso y pacífico de su labor materna y conyugal…

Cuando se estaba dando esta explicación en una conferencia, tanto le impactó a una mujer del auditorio, que gritó en medio del público: «¡Yo no me caso!».

Muchos y muchas de los asistentes, aunque sobresaltados, asintieron con movimientos de la cabeza. Es que la inteligencia no podía aceptar ya todos esos innumerables episodios de mujeres que se casan por tener la experiencia de engendrar un hijo, por no quedarse solteras (o, como dicen despectivamente, “solteronas”), por miedo a la soledad, o porque “ese hombre parece buena persona”, etc.

No. Hoy se necesita más para que una mujer valiosa entregue —como casi siempre lo hace— su vida entera a un hombre, mientras que él se conforma con conseguir una mujer para mostrar, una criadora de sus hijos, una sirvienta y una amante.

Desdichadamente no todas las mujeres estuvieron presentes para escuchar aquel grito emancipador de esa dama. Ojalá estas líneas hagan reaccionar a quienes las lean: a ellas, para que sepan valorar la labor que realizarán como esposas y madres, y para que sepan darse cuenta de lo valiosas que son por el hecho de ser mujeres, por la forma como se comprometen en la mayoría de los casos cuando se casan y por la potestad que tienen de ser madres; y a ellos, para que sean conscientes de lo que se ganan cuando se desposan.

 

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