Saber vivir

¿Perdonar la infidelidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 

«Eso a mí no me molesta; yo sé que para mi esposo yo soy la más importante». Es una frase frecuente de las mujeres a las que les pregunta por qué toleran la infidelidad de su marido. Hay otras respuestas parecidas: «Es que las otras son las iglesias, pero yo soy La Catedral», «Todos los hombres son infieles; no hay nada qué hacer», «Eso fue una simple “canita al aire”; yo sé que él me ama», «Mientras pase el dinero necesario, a mí no me importa»…

 

Se repite con frecuencia, a manera de estribillo, que ellas deben seguir el ejemplo de Jesús perdonando a sus esposos la infidelidad, la violencia verbal y física, que se emborrachen con frecuencia…

 

La estadística recogida hasta el momento muestra que, de cada 100 parejas con problemas de infidelidad, el hombre es culpable en 96 casos; en uno falla la mujer sin que haya caído su marido, y los otros 3 son mujeres que se «vengan» de su esposo haciendo lo mismo. Pero lo más extraño y alarmante de todo es que, de cada 100 «perdonados», 100 reinciden en el adulterio, ¡y 99 mujeres los vuelven a perdonar!

 

¿Qué está pasando? ¿Por qué se da esta situación? ¿Qué sucede en el cerebro del varón? Y, ¿qué le pasa a la mujer? Quizá lo que ocurre es que se tiene poca información acerca del matrimonio y de la dignidad del ser humano:

 

1.  El amor entre un hombre y una mujer, cuando es verdadero, tiene las siguientes características: es una entrega del ser personal, total, sin condiciones, para siempre y fiel. La dignidad del ser humano lo exige: mi «yo» personal es tan valioso que precisa de la entrega total, incondicional, infinita y fiel del otro; al mismo tiempo, tampoco le puedo ofrecer menos al «tú» de mi futuro cónyuge, por ser también tan valioso.

 

2.  Mi esposa sabe que lo único que no comparto más que con ella es la genitalidad, y yo sé que ella no vive su genitalidad sino conmigo. Lo demás se comparte con otros: las comidas, el trabajo, la vida social, los viajes, etc. Dicho de otro modo, la genitalidad es lo que distingue la relación conyugal y es excluyente para con los demás.

 

3.  Cuando hay fidelidad, consiguientemente, los hijos tienen la salvaguardia de su estabilidad. Lo prueban las estadísticas: los problemas psicológicos afectan mucho más a la prole de matrimonios infieles.

 

4.  La fidelidad es prueba de amor. La infidelidad es prueba de desamor. Si yo amo, no tengo por qué buscar a otra ni tengo por qué caer en la tentación, porque en ese instante viene a mi mente ese santuario que es el cuerpo sagrado de mi esposa donde se gestaron o se gestarán nuestros hijos, recuerdo además su dignidad y la mía, pienso en la nobleza de mi hogar y rememoro la bondad que Dios ha tenido para conmigo.

 

5.  La infidelidad lesiona la dignidad de la familia, donde nacen nuestros hijos, expresión sublime de la continuidad de nuestros seres.

 

Pero, sobre toda consideración acerca de la infidelidad, emerge el hecho de que el perdón se da a quien demuestra su arrepentimiento por la falta cometida y su firme determinación de no volver a fallar. De esto resulta que se debe perdonar sólo a quienes cumplan esos 2 requisitos.

 

Por eso, si se perdona al que no pide perdón, ni se muestra realmente arrepentido, ni prueba su firmísima determinación de cambiar, ¡se lo impulsa a seguir pecando!

 

Pero, ¿por qué se valora tan poco la mujer? Como se vio más arriba, el índice de las que toleran esa burla a su dignidad de esposas, de mujeres y de madres, es altísimo. Una señora engañada afirmaba que sólo lo perdonaría si durante unos diez años le mostrara su contrición sincera implorándole su perdón, llorando de rodillas, llevándole rosas…

 

Tal vez el problema esté en ese supuesto «perdón»: si fue infiel es porque no ama. Y si no ama, ¿qué se le va a perdonar: el hecho de no amar? ¿Acaso se lo puede obligar a amar?

Anuncios

Sorry, the comment form is closed at this time.