Saber vivir

¿Sembramos nosotros mismos el terrorismo?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

Más de 119 torres de energía voladas, casi 100 municipios de Colombia sin luz, intento de acabar con el agua potable de la ciudad de Bogotá, varios puentes destruidos que aíslan grandes zonas del país, secuestros y asesinatos de ciudadanos, etc., etc., etc. ¿Son estas las acciones de un movimiento que defiende unos ideales?

Mientras tanto, el pueblo debe sufragar las reparaciones: el costo de la guerra que el gobierno no evitó; se  incrementa la ya difícil situación económica de la ciudadanía, en la capital se aprueba un impuesto de valorización para seguir embelleciendo la ciudad, los servicios se incrementan, la UVR sigue el mismo patrón del antiguo UPAC, etc., etc., etc. ¿Es esta la actitud correcta de un gobierno democrático?

Usted hace todo lo que puede: busca modos para mejorar sus ingresos y no los encuentra, disminuye sus gastos eliminando todo lo superfluo en su vida y a pesar de eso no le alcanza, reduce su canasta familiar pero se siente cada vez más apretado, etc., etc., etc. ¿Cree acaso que eso es una vida normal?

¿No será este el momento para recapacitar? ¿Por qué no evaluar lo que hemos hecho y actuar en consecuencia?

Fabricamos una sociedad que estimula el consumo para poder vender, aunque muchos de los productos que compramos no son realmente útiles para nuestra felicidad: la ambición de comodidad y bienestar material se erigió en la meta según la cual seríamos felices, pero se multiplicaron los problemas psicológicos y la infelicidad: descubrimos que somos insaciables, y que cuanto más anhelamos tanto más nos desilusionamos, hallando o no lo que deseábamos. El malestar del consumismo ya es evidente.

Es que nos ocupamos tanto en tener que se nos olvidó ser.

Esa ambición por cosas materiales dejó a un lado el enriquecimiento verdaderamente humano: las familias, célula de la sociedad, están enfermas porque los padres no tienen tiempo para sus hijos (están trabajando para darles «todo»), y ellos vagan sin sentido por los mundos del Internet, los videos, el alcoholismo, la drogadicción, la promiscuidad y el satanismo; el amor es un sueño de idealistas, porque lo que ahora importa es el nivel de comodidad y riquezas; el servicio social no mueve ningún corazón, a pesar de estarse viendo esa descomposición general; Dios se dejó exclusivamente para los momentos de apremio (como los de ahora): Él no es un Dios personal que nos ama y dio su vida por nosotros sino un ente «arreglalotodo»; el trabajo como medio de enriquecimiento integral del ser humano que se interrelaciona con los demás, sirviéndolos y sirviéndose de ellos se convirtió en una carga necesaria para lograr lo que nunca se logró…

Todos aprendimos los falsos estereotipos de la felicidad y, lo que es peor, los seguimos con vehemencia, ímpetu y fervor, para luego descubrir que habíamos destruido lo principal: la dignidad del ser humano.

Buscamos el dios–placer, y siempre quisimos más y más para volver frustrados… Fuimos tras el dios–tener, y regresamos desilusionados… Perseguimos la buena honra, el aplauso de los demás, el dios–fama, y al quedar a solas descubrimos que no pudimos tapar nuestras propias limitaciones…

Muchos otros, sin principios morales ni valores, se dejan arrastrar por estos mismos ídolos: secuestran, matan y destruyen el país en el que viven, buscando el mayor autoengaño del ser humano: que la felicidad está en lo material.

¿Por qué pensar y vivir tan rastreramente si somos capaces de ideales más nobles y metas más altas?

 

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