Saber vivir

“Gracias, papá”*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 

Después de mucho reflexionar, aquel día salí corriendo hacia mi casa… Tenía urgencia de llegar. Debía hacer algunos cambios.

Llegué temprano, cosa que no sucede a menudo.

Encontré a mi esposa en la cocina. Me observó curiosa… Sin esperar más le dije: “Te amo”. Me observó, como preguntándose si estaba borracho o loco. Se lo repetí y la abracé… No sé cuánto tiempo habría pasado sin habérselo dicho.

El segundo motivo de aquel cambio en mí era mi hijo menor, un joven–problema: a sus quince años había sido expulsado de la mayoría de los colegios de la ciudad; la razón, siempre la misma: su pésimo comportamiento y desinterés por el estudio.

Quería hablar con él. Antes de entrar en su habitación, recordé algunos conceptos, y me dije: “Sin sermones, moralejas o consejos; simplemente escuchar y tratar de entender”.

Su habitación (confieso que llevaba años sin entrar en ella) me impactó al principio: toda una galería de ridículos artistas de pelo verde y anaranjado. Él se encontraba acostado, escribiendo, cosa en él bastante extraña. Sorprendido por mi presencia, se incorporó.

Comencé a mostrar interés por su singular decorado. Al principio, empezó a contestar con monosílabos… Me acomodé en un sillón y, poco a poco, el diálogo empezó a fluir.

Para mi sorpresa, cuando miré el reloj, eran las cuatro de la mañana. Creí prudente despedirme. Caminé hacia la puerta, y recordé en ese momento lo más importante. Me volví, lo abracé y le susurré al oído: “Hijo mío, perdóname por todos los errores que he cometido; y además quiero que sepas que te amo. Sí, te amo con toda el alma”. Y le di un sentido y cálido beso en la mejilla.

Empezó a llorar. Lloró y lloró con tanto sentimiento, que sus lágrimas me llegaron al corazón. No sé cuánto tiempo transcurrió. Finalmente me miró, y vi en sus labios una tímida sonrisa. Le di los buenos días.

Cuando cruzaba la puerta, sentí su mano en mi hombro. Me volví y, en ese momento, metió su mano en el bolsillo del pantalón, sacó un sobre y me lo entregó. Con curiosidad lo abrí y, para mi sorpresa, era un puñado de pastillas. Le pregunté: “¿Acaso son drogas?”

“No papá—me contestó—, hoy pensaba suicidarme. Cuando entraste, escribía mis razones.”

Tomó la carta, y la desgarró con sus manos. Finalmente me dijo: “Gracias papá por decirme que me amas.”

 

Anónimo

 

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