Saber vivir

El papá, causa de estrés

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 «El 80 % de los factores etiológicos del estrés es el papá.» Cuando escuché eso de una persona que se dedicaba a atender a las personas con estrés, le pregunté de dónde sacaba tamaña afirmación. Me contestó que el grupo de psicólogos, psiquiatras y psicólogos clínicos con los que trabajaba habían llegado a esa conclusión después de muchos años de experiencia clínica. No le creí.

Sin embargo, luego de casi un decenio, he descubierto que se quedó corto: en más del noventa por ciento de los pacientes que padecen estrés he encontrado ese factor etiológico, además de algunas otras causas.

Algún lector entendido en estas lides podrá preguntarse cómo lo he averiguado. La respuesta está en la terapia que se le implanta a esos pacientes, y que consta de tres pasos:

En la primera fase, se instruye a la persona para que recuerde todo aquello que le disgustó de su padre en las etapas más tiernas de su vida, las de su niñez y las de su adolescencia: maltrato verbal, psicológico, físico, moral… Luego se le explican las posibles causas de ese comportamiento de su padre: la educación que él recibió, las circunstancias que vivió y que lo llevaron a creer que eso era lo correcto, los genes que recibió, los amigos que tuvo y que influyeron en su comportamiento, etc. De aquí se pasa a fomentar en el paciente una actitud de comprensión para con su padre: «Si usted hubiera tenido la herencia genética de su papá, si hubiera vivido la vida que a él le tocó vivir, ¿no cree que habría terminado actuando como él?» Y, por último, se le da la oportunidad de que lo perdone de corazón, aunque no se lo diga personalmente. Esto puede llevarse a cabo aun cuando su progenitor haya muerto: el paciente se comunica con él (en el más allá o donde crea que esté), le dice que lo comprende y que lo perdona, porque nunca dejó de amarlo, aunque por un tiempo se convenció de lo contrario.

La segunda fase del tratamiento consiste en que el paciente se perdone a sí mismo, por no haber perdonado a su padre durante todos esos años.

Y la última es pedir perdón a Dios por no haber perdonado al papá.

Parecerá mentira lo que sigue, pero los resultados son mágicos: desde ese momento muchas y muchos dejan de pelear con todo el mundo, se arreglan matrimonios, se acaban disputas intrafamiliares y laborales; algunos dejan de fumar sin saber por qué, otros comienzan a tener gozo por la vida; y a todos, en mayor o menor grado, les llega un poco de paz.

¿De qué depende que a unos les haga más efecto que a otros? De la cantidad e incidencia que tengan en su psique esos recuerdos de los malos tratos paternos no perdonados.

Lo que me llama la atención es algo que no he podido dilucidar: ¿Por qué a la mamá siempre la perdonamos, mientras que al papá le capitalizamos todo error para guardarlo y castigarlo en nuestra mente no perdonándolo? Les he expuesto mi teoría a varios especialistas, quienes afirman que puedo no estar lejos de la verdad:

Los padres tratamos de proyectar en nuestros hijos una imagen de «papá perfecto» para lograr, según nuestro erróneo y machista entender, «educarlos» adecuadamente: nuestras órdenes son perentorias, concluyentes, sin apelaciones; nosotros —por ser padres— nunca nos equivocamos, «sabemos qué es lo mejor y punto»; y si el muchacho o muchacha pretende cuestionarnos o cuestionar nuestras órdenes, aunque a veces tenga la razón, recibe siempre un: «Yo soy su papá.», o un: «¡Usted qué va a saber!», o un: «¡Me obedece, carajo!», o algo parecido o peor…

Así vamos formando en el niño y el adolescente primero la idea de que «Papá nunca se equivoca.» «Papá no se puede equivocar.» Y cuando llega el «Papá sí se equivocó», aparece el «¡No lo puedo perdonar!»

¡Qué distinta suele ser la actitud de las mamás que acepta sus errores, que dialoga con su hijo, que tiene tolerancia…! ¡Por eso quizá la perdonamos!

El papá que nunca ha pedido perdón a su niño está sembrando en su corazoncito una de las taras psíquicas más dañinas.

El papá que comprende y perdona enseña con su ejemplo a comprender y a perdonar.

El padre que acepta sus errores inspira ánimo a su hijo para superar sus defectos.

El papá que muestra que es un ser humano como cualquiera cosechará hijos muy sanos desde el punto de vista psicológico.

 

 

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