Saber vivir

Unión libre, ¿por qué?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

Tras años de estudio sobre la experiencia vivida en Colombia, podemos afirmar que nuestros compatriotas no se casan o lo hacen “por lo civil” por las siguientes razones, en orden de prevalencia:

 

1.  “No estoy preparado(a) para algo tan serio, hay que probar antes… quiero estar más seguro(a). Esto puede fallar.”

2.  “No quiero amarrarme, quiero ser libre.”

3.  “El matrimonio católico es de mal agüero: una amiga mía que vivía muy bien desde hace cinco años se casó en la Iglesia y a los pocos meses su unión se destruyó… y sé que hay muchos casos más.”

4.  “El matrimonio es un papel, simplemente. Algo que aprueba las relaciones sexuales socialmente. Yo quiero ser libre.”

 

Analizando estas respuestas, sobresale entre todas las causas el hecho indudable de que el ser humano moderno no está preparado para el amor verdadero.

 

El amor verdadero

 

Se ha afirmado con certeza que el amor de una madre es el amor más perfecto que existe y que los hijos nunca logran amar tanto a sus madres. Y así es efectivamente: el amor materno es desinteresado y no busca recompensa.

Una madre es capaz de aguantar los mareos, vómitos y hasta desmayos del primer trimestre del embarazo producidos por el cambio hormonal; una madre es capaz de soportar el peso y las incomodidades de los últimos meses; una madre es capaz de sufrir los dolores del parto o aceptar la cesárea, si es necesaria. Todo a cambio de que su hijo nazca bien y sea sano.

Una madre es tan fuerte, que amamanta a su hijo, bajo pena de que le muerdan los pechos, muchas veces hasta que aparezcan grietas y aun cuando sangran; una madre es tan fuerte que se levanta todas las veces que considere necesario para verificar que su hijo está bien o para darle de comer; una madre es tan fuerte que le cambia los pañales cada vez que llora por la incomodidad que le produce la humedad, haciendo a un lado el asco de oler y/o untarse…

Si su hijo llega a enfermarse, no repara en gasto de tiempo, sueño, dinero, etc. para que ceda o desaparezca su malestar…

Más adelante, cuando su hijo crezca lo seguirá amando con la misma fuerza y lo defenderá de los demás, si quieren dañarlo física o psicológicamente.

Y, aunque se comporte como un mal hijo, siempre lo perdonará, olvidará con facilidad las veces que la ofenda… lo disculpará ante los demás y hablará siempre muy bien de él…

Sólo una madre puede ser ejemplo del verdadero de amor.

Se puede observar también que en la mayoría de los casos la madre es capaz de privarse de sus necesidades más esenciales por lograr la felicidad de su hijo; además, no repara en esfuerzos y, siempre, sin esperar nada a cambio.

¿Se encontrará un amor igual en la tierra? Nadie ama o perdona tanto como una madre (y, efectivamente, nadie hace por su madre todo lo que ella hace por él).

Todo esto es entrega desinteresada. Todo esto es sacrificio. Todo esto es amor.

Por tanto, el amor es sacrificio.

No significa sacrificio sino que es sacrificio.

De modo que si se quiere saber cuánto se ama, se debe preguntar cuánto se ha sacrificado por ese ser, objeto del cual es ese posible amor.

Los novios pueden hacer ese ejercicio: “¿Me quieres y te quiero con un amor así?, ¿eso que sentimos es suficiente para que nos entreguemos completamente?”.

Y los que viven en unión libre, otro tanto: “¿Esto que nos hizo vivir juntos es tan fuerte como para dar el paso al matrimonio?”.

 

El “amor” que se descubre en los medios de comunicación

 

En cambio, el medio ambiente social y, muy especialmente, los medios de comunicación, hacen que el hombre actual crea que el amor son otros valores:

Cada vez que en una propaganda se muestra un hombre o una mujer siempre jóvenes, esbeltos, atractivos, con un cuerpo sensual, rodeado de aclamaciones, siempre sonriente, el televidente, el cinéfilo o el lector reciben en el subconsciente la idea de que “gozar” es la felicidad.

Así, el joven en proceso de formación va creando en su interior el concepto claro e irrefutable de que todo lo que le produzca placer es bueno para él, y, por tanto, útil en la búsqueda de la felicidad.

En las relaciones interpersonales – y sobretodo teniendo en cuenta el marcado criterio machista de hoy – este modo de pensar hace que el muchacho frecuentemente encuentre a la mujer como “algo” que le pueda producir esa sensación de goce, y no alguien con quien quiera compartir su vida y a quien quiere hacer feliz, es decir, que la vea como un objeto de placer.

En las mujeres se da el mismo caso: si pretenden llenar su vacío de amor – circunstancia más frecuente de lo que pueda parecer -, o intentan simplemente “sentirse amadas” con su novio, estarán usándolo para experimentar ese placer psicológico, y no ser su complemento para viajar juntos en pos de la felicidad.

Esta postura, conocida como el utilitarismo, es tratarse mutuamente como cosas: sólo para utilizarse, buscando así, como lo predica su máxima, el máximo de placer y el mínimo de pena y de dolor en la vida.

Si se traslada el utilitarismo al plano conyugal, se puede descubrir la razón más frecuente de los fracasos matrimoniales.

 

La disyuntiva

 

Ante estas dos presentaciones de la felicidad del mundo moderno (el sacrificio como muestra y fuente verdadera de amor, y el placer como medio para alcanzar la “felicidad”), el muchacho o la niña se ven frecuentemente impulsados a elegir la postura más fácil y la más cómoda: los sentidos se van tras los “dioses” del mundo moderno: el dinero, el placer, la comodidad, el prestigio…, y la felicidad individual de cada uno de los jóvenes, la de la pareja, la de la familia y la de la sociedad no pasarán de ser una ilusión.

En cambio, si la relación se basa en desear para el otro lo mejor, aun a costa de ceder en mis propios intereses, y el otro hace lo mismo, la armonía crecerá en ese hogar, el enriquecimiento con valores humanos no se hará esperar y se tendrán mayores facultades para educar a los hijos en ese mismo camino, lo cual sí hará un cambio paulatino en la sociedad.

Amar, entonces, no puede definirse sino como tender ambos al bien. Si tú eres un bien para mí y yo deseo el bien para ti, la relación ya no será el caminar de dos “yo” juntos, sino el de un “nosotros”. Este amor no morirá con la vejez, la enfermedad, la falta de dinero o la disminución de la libido. Y lo que es mejor, sólo esa entrega generosa y desinteresada salvará a la familia, célula de la sociedad.

Si se quiere entender el rechazo por el matrimonio y se desea cambiar esa situación, esto es lo que se debe enseñar a todos.

 

 

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