Saber vivir

¿Es posible la reencarnación?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

DESDE EL PUNTO DE VISTA FILOSÓFICO

 

La variedad de circunstancias en las que nace y vive el ser humano: unos ricos, otros pobres; unos sanos, otros enfermos; unos con posibilidades de estudiar, otros no; unos que nacen en situaciones aceptables, otros en lugares donde el hambre los acaba recién nacidos…; todo esto hace pensar en la existencia, por justicia, de la llamada reencarnación.

 

Conforme a la creencia en la reencarnación, el alma vaga de cuerpo en cuerpo purificándose de sus malas acciones, palabras y pensamientos, con la finalidad de «purgar» todos esos pecados pasados y llegar «limpios» a la perfección, al llamado Nirvana.

 

Según la creencia más popular es posible vivir así miles de vidas, es decir, nuevas oportunidades para mejorar el nivel, porque también se da el descenso: una persona puede, en vez de mejorar, empeorar en la siguiente vida. Así se explica la presencia de los seres que llaman «desechables» y de los que han tenido «fortuna» en la vida, de ricos y pobres, de enfermos y sanos, de inteligentes y brutos, de capaces e incapaces, de sabios y necios, de gente con oportunidades y sin ellas…

 

La metempsicosis o metempsícosis es la doctrina filosófica y religiosa de varias escuelas orientales, y renovada por otras de occidente, según la cual transmigran las almas después de la muerte a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados en la existencia anterior. Un vocablo más preciso a utilizar sería metensomatosis ya que no es el cuerpo (soma) el que cambia de alma, sino el alma (psique) la que cambia de cuerpo.

 

Transmigrar es pasar un alma de un cuerpo a otro. Reencarnar, simplemente, es volver a encarnar. Estos dos términos son utilizados por los partidarios de la teosofía y del espiritismo. Sin embargo, se usa más frecuentemente “trasmigración” para hablar del paso de un alma humana a otro cuerpo humano, mientras que “reencarnación” aduce más veces al cambio de un alma humana al cuerpo de un animal o de una planta.

 

Algunos autores ven nacer la idea sobre la que se fundaría la metensomatosis en los pueblos mediterráneos, particularmente en Egipto, lo que explica el rito de la momificación y luego entre los griegos, en la época de Homero; pero esa idea era confusa todavía y no se entendía especialmente como metensomatosis. El orfismo ya admitió la necesidad de un continuo retornar de las almas a la tierra con el fin de purificarse sucesivamente. Platón también habló de esa catarsis (purificación necesaria). Luego, en Roma, Virgilio creyó en la metensomatosis y se apoyó en ella para ordenar que no se matara a los animales y así no dañar a un alma pariente de los hombres. Más adelante, el gnosticismo, el maniqueísmo, la escuela neoplatónica y Plotino la aceptaron.

 

Pero en Asia fue donde más se extendió la metensomatosis con matices diversos: el hinduismo y el brahmanismo hicieron de ella una doctrina fundamental, cuyo origen era la teoría del “Karma” o acto, ley de causalidad llevada al plano ético. Las almas que van de cuerpo en cuerpo sufren en estos el resultado de sus actos, de su karma, castigándolos o premiándolos, la cual llega así a ser una ley de justicia inmanente, actuando con una eficacia casi mecánica. El budismo y el jainismo aceptaron la ley del karma y la metensomatosis, origen del dolor, e impusieron la meditación y el yoga para liberar al hombre de la ignorancia primordial. De un modo diferente, el taoísmo también la admitió.

 

Hoy, el espiritismo y la teosofía han renovado las antiguas creencias paganas e, inclusive, la cábala (especie de gnosis judía) acepta la metensomatosis.

 

Desde el punto de vista filosófico, son muchas las partes que componen a un ser, un ente. De esas, unas son necesarias para que ese ser sea lo que es; sin eso, sencillamente, no sería o sería otro ente. Es lo permanente e invariable de las cosas y se llama sustancia o esencia. En cambio, otras son accidentes, podría decirse, circunstanciales, variables.

 

Un objeto sencillo e inanimado puede servir de ejemplo: un trozo de oro. Por más grande o pequeño que sea, es oro. Aun si lo partimos en dos, cada fragmento sigue siendo oro, individualmente. Esa es su sustancia: oro.

 

Otro ejemplo más complejo es una flor. La flor tiene algunos atributos: se forma en una planta, está compuesta por sépalos en cáliz que sostienen una corola formada por pétalos, una o dos coronas de estambres que rodean el pistilo, etc. Estos atributos son necesarios para que la flor sea flor; en cambio, no es necesario que tenga un color determinado para que sea flor, como tampoco es indispensable que crezca en una planta determinada: tan flor es una amapola, como un geranio o una margarita; su forma es también accidental.

 

El ser humano tiene por esencia, por sustancia, el alma (espíritu) y el cuerpo (materia). Sin alma este ser no sería humano, como también sin su cuerpo.

 

Desde otra perspectiva, el ser humano es un animal racional. Si, por ejemplo, no tuviera la capacidad de raciocinio sería simplemente un animal.

 

Otras cosas son accidentales, como el color de la piel (es tan hombre el de raza negra como el de raza amarilla o blanca), el idioma que hable o su cultura… Así mismo, si el hombre llegase a perder un brazo o ambos, o los cuatro miembros no dejaría de ser hombre.

 

Al transformarse el hombre en un animal irracional se perdería uno de los componentes esenciales del ser: además de no tener razón, el hombre estaría sin conciencia, sin libertad y sin la capacidad de amar.

 

Si existe la transmigración a otro cuerpo humano, ha de aceptarse la ruptura de la esencia del ser humano: sustancialmente, cada alma está unida a su propio cuerpo. Cuando se afirma que el hombre se compone de alma y cuerpo, se debe deducir, con criterio lógico, que sólo esa alma unida a ese cuerpo forman ese ser humano. Al darse la transmigración, ya no sería la unión de los mismos componentes esenciales, sino otra que, obviamente, sería un ser distinto, con una identidad propia y un destino diferente.

 

La ciencia genética moderna ha demostrado que desde el primer instante de su existencia el individuo adquiere una identidad con un código genético irrepetible, intransferible y propio; identidad que crece y se define con sus actos, emociones, sensaciones y decisiones. Es un ser único.

 

Todo esto hace filosóficamente inadmisible la metensomatosis.

 

Por otra parte, la pérdida del recuerdo que, según esta doctrina, se da de nuestra(s) vida(s) anteriores destruye su efectividad en el plano ético: sin este recuerdo, no se puede hablar de castigo o de recompensa, ya que para que el culpable se reconozca como tal, debe tener el recuerdo de sus faltas. ¿Cómo puede haber castigo si no hay memoria de la falta que se expía?

Además, si se concediera el chance de volver a arreglar las cuentas, cambiaría radicalmente la vida presente.

 

Lo contrario, la sensación de haber vivido ya una situación, saber cosas no estudiadas o reconocer parajes o personas no antes vistos, no prueba nada. Esta limitadísima experiencia no puede demostrar la metensomatosis.

 

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