Saber vivir

Bobby, mi mascota*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Aburrido ya de las gracias de mi perro, Bobby, un pastor de 3 años, decidí jugar con él de una manera diferente. Lo dejé con hambre y con mucha sed un día entero.

 

Luego quise saber qué le pasaría si en vez de agua le ponía en su bebedero leche de magnesio. El estúpido se lo tomó todito; me miraba esperando que le diera algo de comer, pero opté por encerrarlo para que no molestara.

 

Lo puse en la oscura bodega de herramientas, y les juro que si no es porque en la noche escuché un aullido, no hubiera recordado que el pobre estaba metido ahí; pero como ya era muy tarde, lo dejé hasta que se durmió.

 

Ya en la mañana lo fui a buscar, y había popó por todos lados; me imagino que hizo efecto el magnesio y, la verdad, se notaba muy débil y algo alterado por la luz que le daba directo en los ojos; pero yo me había levantado con más ganas de molestarlo, así que le halé el rabo, le hinqué los testículos, lo puncé con un tenedor… Realmente me pareció divertido…

 

Algo en él y en mí había cambiado; ya no era más mi mascota. Se estaba defendiendo, y me comenzó atacar. Sentí susto, pero sabía que estaba débil por la diarrea y las heridas del tenedor. Un poco más y me desgarra una pierna. Agarré un fierro y lo puncé; al desgraciado no le importó y no huyo; siguió intentando herirme, como si la venganza lo motivara, pero al fin y al cabo es un animal, y yo podía adivinar cada movimiento que él hacia…

 

No me percaté de las heridas de Bobby, ya que su pelo negro tapaba de alguna manera el rojo de su sangre, hasta que salió un chorro de sangre por su boca; estaba agotado: su lengua lo delataba, no la podía esconder. Me dio lástima el infeliz, pero, ¿qué le podía hacer? Ya estaba muy herido, y aun así quería atacar. No tuve más remedio que parar su sufrimiento: lo atravesé son el fierro, y ahí quedó lo que era Bobby…

 

Antes de que sigan pensando que soy un malvado, un perverso que no merece nada bueno, a quien ustedes no aplaudirían sino que posiblemente castigarían, hagamos un ejercicio mental: cambiemos a Bobby por un toro. Sí, un toro que, igual que Bobby, se puede defender un poco, pero que no puede hablar ni abrir las puertas o pedir ayuda… Entonces, ¿qué sería yo?, ¿un maestro?, ¿un artista?…

 

Un ser vivo es un ser vivo, sea un perro o sea un toro: siente, y sufre. No nos dejemos engañar por los enfermos que promocionan los eventos taurinos, que dicen que son buenos y que la tauromaquia es algo que pocos entienden…

 

No juguemos con el dolor ajeno, y digamos: ¡NO A LA TAUROMAQUIA!

 

Anónimo

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