Saber vivir

La felicidad se duplica*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse en su cama durante una hora cada tarde, para ayudar a drenar los fluidos de sus pulmones. Su cama estaba junto a la única ventana del cuarto. El otro hombre debía permanecer todo el tiempo en su cama tendido sobre su espalda.

 

Los hombres hablaban por horas y horas. Hablaban acerca de sus esposas y familias, de sus hogares, de sus trabajos, su servicio militar, de cuando habían estado de vacaciones… Y cada tarde, el que estaba en la cama cercana a la ventana y podía sentarse, se pasaba el tiempo decribiéndole a su compañero de cuarto las cosas que podía ver desde allí. El hombre de la otra cama, en esos pequeños lapsos de una hora, sentía como si su mundo se agrandara y reviviera por toda la actividad y el calor del mundo exterior.

 

El hombre de la ventana hablaba desde la ventana de un hermoso lago, cisnes, personas nadando y niños jugando con sus pequeños barcos de papel. Jóvenes enamorados caminaban abrazados entre todos los colores del arco iris. Grandes y viejos árboles adornaban el paisaje, y una ligera vista del horizonte en la ciudad podía divisarse. Como describía todo esto con exquisitez de detalle, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan pintorescas escenas. Una cálida tarde de verano, el hombre de la ventana le describió un desfile que pasaba por ahí. A pesar de que no podían escuchar a la banda, el otro enfermo podía ver todo en su mente, pues el caballero de la ventana le representaba todo con palabras muy descriptivas.

 

Días y semanas pasaron. Un día, la enfermera de la mañana llegó a la habitación llevando agua para el baño de cada uno de ellos, y descubrió el cuerpo sin vida del hombre de la ventana; había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía. Se entristeció mucho y llamó a los dependientes del hospital para sacar el cuerpo.

 

Tan pronto como creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podrá ser trasladado cerca de la ventana. La enfermera se puso feliz al realizar el cambio; luego de estar segura de que estaba confortable, lo dejó solo. Lenta y dolorosamente se incorporó apoyado en uno de sus codos para tener su primera visión del mundo exterior. Finalmente iba a tener la dicha de verlo por sí mismo. Se estiró lentamente, giró su cabeza y miró por la ventana. Vio una pared blanca.

 

El hombre preguntó a la enfermera qué pudo haber obligado a su compañero de cuarto a describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le contestó que ese hombre había quedado ciego en un accidente. Ella dijo: «Quizá él solamente quería darle ánimo».

Anónimo

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