Saber vivir

La historia del hombre

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

AMPLIANDO EL CAMPO VISUAL

 

 

Quienes estudian los hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., bien para explicar la identidad de un pueblo, una nación o el mundo entero, bien para interpretarlo, consideran a las religiones parte del entorno cultural en el que se mueven esos grupos de personas estudiadas. Además, afirman que este ambiente cultural forzosamente las condiciona.

 

Los historiadores tienden a estar «por encima» de los credos: para ellos, ese «asilarse» para «ver los toros desde la barrera» es un modo de facilitar su juicio eminentemente histórico, sin influencias culturales ni doctrinales. Así, piensan ellos, sus análisis sobre el curso de la historia resultarán más objetivos y, por lo tanto, más acordes con la verdad. Por eso, muchos llegan a creer que si se ajustaran a una creencia podrían no escapar a su influencia.

 

Es muy importante, entonces, estudiar la religiosidad del ser humano.

 

Lo más fascinante del homo sapiens es que fue la primera especie que hizo rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años A de C, ya enterraba los cadáveres de sus congéneres.

 

Los entierros obligan a pensar a cualquier paleoantropólogo que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual, con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

 

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte (a diferencia del miedo a una muerte inminente) hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

 

El arte simbólico que se encontró en las cavernas, con búfalos y rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre y, además, apareció la conciencia de que a través de esos rituales se podían someter las fuerzas de la naturaleza. Este sentido religioso se guió más tarde hacia una cultura mágica en los cazadores y hacia una cultura mítica en los agricultores.

 

Se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es su condición religiosa: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, sentimientos de veneración y temor hacia ella, normas morales para la conducta individual y social, y prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

 

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. El ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

 

Por eso aparecieron los cultos a los dioses y las religiones: antaño se deificaba al sol, la luna y las estrellas; más adelante se creía en la brujería, el espiritismo y otras artes similares; luego se fundaban religiones como el hinduismo, el budismo, confucionismo, etc; más recientemente nacieron nuevas filosofías de vida; y, en los últimos días han aparecido formas de pensar como la Nueva Era… Todas posibles respuestas a la pregunta más trascendental de la vida humana: ¿Qué sucede después de la muerte? Y todas expresiones del hombre que busca a Dios.

 

Todas menos una, en la que Dios mismo busca al hombre para decirle que no siga buscando, porque el Creador de todo es el único que puede tener respuestas verdaderas y ciertas; certeza absoluta y total que acabará con la demanda humana de la verdad: el mismísimo Dios se hace persona humana y le explica con hechos y con palabras la verdad de su historia, su razón de ser y lo que le sucederá después de la muerte.

 

¿Quién más podría hacerlo fuera de Dios, el creador del ser humano y del cosmos?

 

La historia del hombre está incompleta sin el bagaje de conocimientos recibidos de su Creador. La mayoría de los historiadores llega en sus investigaciones al comienzo de la especie humana; algunos más se remontan hasta el inicio de la vida o de la tierra; los más profundos hablan desde la creación del cosmos. Pero nuestra historia comienza con el Creador, en la eternidad; y terminará con Él.

 

El marco en el que se desarrolla el ser humano es su historia total. Ver al hombre sin su trascendencia es una visión parcial, incompleta; y, por lo tanto, equivocada, puesto que muchas otras cosas que inciden en él estarían por fuera de esa visión.

 

Por eso, al contrario de lo que se piensa, la Fe agranda el abanico con el que el historiador cuenta, analiza, deduce y completa la historia del homo sapiens. Solo entonces dejará de estar sesgada, solo entonces será su historia verdadera.

 

En ese contexto, ¿qué es la vida terrenal junto a la eternidad? ¿Cuánto dura? Lo dijo sabiamente santa Teresa de Ávila, encumbrada literata del siglo XVI: «Esta vida es solo una mala noche en una mala posada». Y, ¿qué es una sola noche comparada con la eternidad?

 

La carencia de esta información es la razón por la cual casi todos los historiadores narran los acontecimientos fomentando —muchas veces sin quererlo— impresiones y sentimientos que hacen depender nuestra felicidad del bienestar material: si somos o no explotados, si ya nos industrializamos o no, si somos o no países subdesarrollados… Si hemos alcanzado o no la sociedad de consumo.

 

Si se habla de libertad, algunos la enmarcan solamente dentro de la idea de poder viajar, comprar, tener comodidades, cosas materiales, placeres físicos, poderes políticos o económicos, o una buena reputación; si se piensa en los derechos o en cualquier otro valor, los intereses son los mismos. Estamos buscando llenarnos de artículos —tangibles o intangibles— para esta mala noche en esta mala posada.

 

La historia así narrada aumenta los apegos a esta tierra: nos apegamos a las cosas, a las personas, a ideas y, sobre todo, a nosotros mismos. Quien busca a Dios, quien sabe que está de viaje por esta tierra, sabe que va hacia una meta eterna, infinitamente mejor que la vida presente. Las enfermedades que experimenta, los sufrimientos que padece y las carencias materiales, son para él simplemente incomodidades del viaje. Y a la misma muerte la mira como el fin de su trayecto, la culminación de sus anhelos.

 

La historia nos cuenta que, en el siglo XIII, un hombre caminó así por la vida, y demostró que se puede ser feliz sin los falsos estereotipos del bienestar: cosas materiales con las que tratamos de llenar nuestros vacíos, amores que nunca nos satisfacen, ideas que siempre se quedan cortas, apetitos desordenados de ser preferidos a los demás…

 

Este hombre no solo no tuvo ninguna de estas cosas sino que voluntariamente renunció hasta a las más simples y elementales «necesidades»: su padre, rico mercader, poseía todas las riquezas materiales a que podía aspirar un joven de entonces; pero un día prefirió vestirse con un sayal (prenda hecha con una tela muy basta labrada de lana burda), andar descalzo y prescindir del dinero desde ese momento en adelante, cosas todas que cumplió a cabalidad hasta su muerte, acaecida a los 44 años de edad. Su nombre de pila era Juan Bernardone, pero el mundo lo conoce como san Francisco de Asís.

 

Su ejemplo dividió en dos partes la historia del cristianismo, porque se convirtió en un paradigma de vida para millones de personas que lo siguieron e imitaron. Todos ellos aprendieron a vivir con la mira puesta en el fin último del ser humano: su eternidad.

 

Este nuevo modo de ver la vida obedece a la certeza de que si eliminamos los apetitos desordenados por las criaturas (cosas, personas, ideas erróneas y nuestro propio yo), para optar por lo único que importa realmente —el Creador—, el hombre adquiere no solo una visión más completa y auténtica de su realidad histórica sino que alcanza la verdadera libertad: nada lo condicionará para amar.

 

Ya que no está apegada por las criaturas (sus semejantes, los otros seres vivos y el hábitat que lo rodea), sino que las ama en su verdadera y genuina dimensión: ve en todas ellas una expresión de Dios, un halo de su ser, una pincelada de la divinidad que lo invita a amarlas con desapego, con desprendimiento, sin el interés de obtener provecho alguno, gratuitamente. Gratuidad que es, precisamente, la garantía del amor verdadero.

 

Es tan desprendido este amor que solo busca el bienestar de los demás seres; ama la naturaleza y todo lo que contiene con una relación de hermandad: son hermanos tanto los pájaros como el lobo, el sol y la tierra misma, los árboles y los ríos, el mar y el aire… Toda la creación.

 

Esta fraternidad cósmica le valió a este extraordinario hombre su nombramiento como patrono de la Ecología.

 

Vivir con ese criterio de austeridad es contrario a la visión occidental y moderna, pero entraña una mirada cósmica y completa de la historia y, al deshacerse los apegos y anhelos que la sociedad de consumo quiere imponer, los sentimientos y el bienestar emocional del ser humano ya no dependerán de su bienestar material o físico.

 

Todas esas escenas desgarradoras de los pueblos que no han podido desarrollarse económicamente, que son explotados, que no han logrado su independencia, que no pueden disfrutar del bienestar material de las otras naciones, que miran muy de lejos valores que han acariciado pero a los que no han podido acceder, se derrumban al entrar en contacto con la visión franciscana de la historia.

 

Y, lo que es mejor, la fraternidad universal que se deriva de ella suscitará una comprensión caritativa de las carencias de los demás, lo que llevará a la distribución equitativa de las riquezas, sueño de muchos y realidad esquiva.

 

Como si esto fuera poco, el amor por la naturaleza guiará los manejos del hábitat humano hacia un verdadero respeto y cuidado de nuestra casa: el globo terráqueo.

 

Nuestros anhelos habrán cambiado, ya que estarán fincados en la eternidad; por eso, el malestar será medido en forma diferente. La solidaridad se hará más efectiva con los demás. La sociedad de consumo se acabará, puesto que se enfatizará la producción de artículos verdaderamente útiles en orden a alcanzar nuestro último fin. Y la paz y el bien —estribillo de san Francisco— se irán infiltrando en la sociedad, hasta lograr la utopía que tanto hemos perseguido.

 

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