Saber vivir

Preservativos, ¿la solución?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 26, 2008

PREVENCION DEL SIDA

Preservativos, ¿la solución?

El sólo hecho de pensar en que existe la posibilidad de contagiarse (a través de agujas, jeringas, instrumentos quirúrgicos, odontológicos, de peluquería… etc.) o infectarse (por medio de relaciones sexuales) produce pavor.

Angustiados por la magnitud del problema (o preocupados por obtener el premio Nobel), los científicos se ven impotentes buscando un tratamiento terapéutico.

Hasta este momento, tres medicamentos emergen como alternativas de tratamiento: la Zidovudina, la Dideoxiinosina (DDI) y la Dideoxicitidina (DCC). Infortunadamente —como lo dice The Medical Letter, en su Vol. 33, Nº 855 del 19 de octubre de 1991— “Con ninguno de los medicamentos comercializados en la actualidad para tratar el VIH [virus productor del SIDA] se ha podido curar la infección; todos ellos deben considerarse paliativos”, es decir, atenuantes. Agravando el problema, con su uso, en muchos pacientes surgen abundantes efectos adversos: cuando el paciente es tratado con Zidovudina se presenta anemias, neutropenias, náuseas, vómitos, cefalea, fatiga, confusión, malestar, miopatías (enfermedades de los músculos); cuando se ha elegido el DDI se observan cólicos abdominales, diarrea, neuropatía periferica dolorosa, pancreatitis, insuficiencia hepática; y con el uso del DDC se reportan erupciones cutáneas, estomatitis, fiebre y neuropatías periféricas.

Ante la perspectiva presente, otros han encaminado sus esfuerzos para ofrecer, por lo menos, un mecanismo de prevención que sea realmente eficaz. Fue cuando apareció el preservativo o condón, ya no como medio anticonceptivo, sino para evitar la infección por el VIH.

Apoyados por la enérgica publicidad de los productores, se inició la que hoy han atinado en llamar “la era del látex”: guantes que se utilizan en toda actividad que pueda tener riesgo de contagio como en cirugía, odontología, enfermería, bacteriología… en fin, en las áreas de la salud. La preocupación ha hecho que su uso se propague hasta en otras muchas actividades cuyo mejor ejemplo son las peleas de boxeo, en donde los árbitros se “cuidan” sus manos de posibles gotas de sangre de los adversarios, que acabarían infectando el VIH, y con él, la mortal enfermedad.

Ahora el peluquero y la manicurista se ven rutinariamente asediados con la pregunta sobre si limpiaron y esterilizaron sus instrumentos y cuchillas.

Y en el campo del comportamiento sexual, el preservativo se erige como la panacea de la prevención del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida:

“¿Es Ud. homosexual? ¿Es Ud. bisexual? ¿No vive Ud. la monogamia con su cónyuge? [Estos son los renglones donde se presenta mayor índice de prevalencia de la enfermedad]

Use el condón y tendrá la mejor prevención.”

“Sexo seguro”

En el campo médico, el tema ha sido tratado muy ampliamente: las revistas científicas y gremiales reiteradamente informan sobre el riesgo de contagio del profesional y sobre las precauciones que se debe tener al atender un paciente con la enfermedad o cuyo resultado haya sido positivo y, por lo tanto, sea un portador sano.

En odontología, por ejemplo, ha quedado establecido que, si bien algunos estudios muestran el virus en la saliva, ésta no ofrece posibilidad de contagio. No ocurre lo mismo con la sangre: si una gota de sangre infectada entra en contacto con cualquier erosión de la piel o de las mucosas de la boca, nariz u ojos del profesional, lo expone grandemente. De ahí que siempre que se entra a un consultorio odontológico, se le vea con guantes, tapabocas y gafas.

Parece que con estas precauciones fuera difícil el contagio del profesional, sobretodo, teniendo en cuenta que es poco probable que se sumen las tres condiciones para que se establezca el contagio:

1. Que el paciente sea un portador sano o sufra de SIDA,

2. Que salga sangre en el acto operatorio y

3. Que vaya a caer precisamente en el sitio de la excoriación, si es que la tiene.

Sin embargo, recientes estudios recomiendan a todo odontólogo el uso de doble guante.

En cambio, en el aspecto de las relaciones sexuales el trauma sobre las mucosas es —sin temor a equivocaciones— mucho mayor: después de cada acto sexual, en la mucosa del pene y de la vagina se presentan múltiples erosiones o excoriaciones, producto del fuerte roce o trauma normal. Para comprender esto de un modo mejor, en cualquier libro de medicina se encuentra como definición de erosión “destrucción o ulceración de un tejido por fricción, con pérdida del epitelio”; en este caso se pierde tejido epitelial de la mucosa, facilitando así el ingreso del virus al torrente circulatorio y, por lo tanto, de adquirir la infección o de desarrollar la enfermedad.

Si se considera que la mucosa del ano y del recto está completamente exenta de un moco capaz de lubricar, tal como lo hace la vagina en el coito, se deducirá que aparecerá un porcentaje mucho mayor de escoriaciones en las relaciones homosexuales entre hombres o en las de pareja, cuando la relación es anal. Completamente desatinado es creer que aquellos condones que tienen glicerina van a suplir en su función lubricante a la vagina, pues ésta lo hace durante todo el coito, mientras que la glicerina está destinada a lograr únicamente más facilidad de penetración al inicio de la relación.

En ese sentido, expertos suizos, como los doctores Scheriner y April en 1990, se refieren al tema diciendo: “no hay pruebas rigurosas de que [el preservativo] sea eficaz […] es una peligrosa ilusión”. En el Centro de Enfermedades de Atlanta se expresaron diciendo que el preservativo “puede reducir, pero no eliminar el riesgo” (Morbidity and Mortality Weekly Report, 1987).

Aunado a estos aspectos, ha de tenerse en cuenta la información recopilada por el Dr. Aquilino Polaino–Lorente, catedrático de medicina en la edición de Julio/Septiembre de 1992 de la revista española Atlántida, donde se afirma que los preservativos, como anticonceptivos, tienen un fracaso que oscila entre el 15 % y el 20 %. Entre sus diversas causas se ha establecido que el tamaño del espermatozoide representa un papel muy importante, ya que puede atravesar los poros del condón, falla que intentan mejorar todos los productores con novedosas adiciones químicas y físicas, pero que encarecen el costo de los mismos y que, hasta ahora, dan resultados poco satisfactorios.

El Dr. Sgreccia, en sus Actas de la IV Conferencia Internacional sobre SIDA: “SIDA y procreación responsable”, llama la atención sobre el hecho de que la partícula del VIH es 500 veces menor que el espermatozoide, lo cual hace más fácil su filtración y aumenta el porcentaje de transmisión.

Pandemia

No se trata de una endemia: “enfermedad que reina constantemente en épocas fijas en ciertos países por influencias de una causa local especial”.

Tampoco se trata de una epidemia: “enfermedad accidental, transitoria que ataca al mismo tiempo y en el mismo país o región a gran número de personas”.

El SIDA es una pandemia, ya que consiste en una epidemia extendida a muchos países.

La palabra clave es, entonces, prevención. Una manera de frenar la propagación de este mal.

Si la política gubernamental es entregar a los drogadictos jeringas desechables o donar preservativos a todo nivel, como dijera el año pasado el Director del Departamento de Epidemiología viral de Bethesda, en EE.UU., el Dr. Blattner, se logrará un aumento del abuso de drogas y un incremento en la promiscuidad sexual y, por ende, el aumento de las conductas arriesgadas.

Aquí vale la pena reevaluar las políticas estatales: la “seguridad” que dicen ofrecer los preservativos disparará la actividad sexual de homosexuales y de heterosexuales a niveles donde el porcentaje de infección -obviamente- crecerá proporcionalmente: no es lo mismo el porcentaje de SIDA de un número bajo de relaciones sexuales que el de uno alto que provenga, especialmente, de la promiscuidad.

El incremento de esas conductas arriesgadas irá —paradójicamente— en contra de la finalidad de toda política gubernamental que pretenda disminuir la incidencia de la infección.

Un aspecto del que no se puede hacer caso omiso y que quizá explique —por lo menos en parte— la actitud del gobierno, es la manipulación de que es objeto por parte de los productores del látex. Convencidos, como están, de que sus ganancias seguirán multiplicándose si el ejecutivo y el legislativo se persuaden de que el único camino para la detención de esta pandemia es el uso del preservativo, impulsan y apoyan con todos los medios a su alcance toda iniciativa publicitaria que el gobierno pretenda realizar en pro de su único interés: el lucro.

El modelo de prevención

Ya que todavía no se dispone de vacuna que prevenga la infección y teniendo en cuenta que la enfermedad no depende tanto de factores ambientales como sucede con el cólera u otra patología producida por virus, caso en el cual la estrategia iría encaminada a su control (agua, alimentos… etc.), como de comportamientos personales libres y voluntarios, no queda alternativa diferente a encaminar todos los esfuerzos para que el pueblo dirija sus actitudes sexuales de una manera racional, no solamente desde un punto de vista frívolo y hedonista.

El modelo de prevención, entonces, será completamente diferente a los acostumbrados en estos casos. Bastará contemplar los grupos de riesgo y los grupos en los que no lo hay o está disminuido, ya que éstos son bien conocidos por la constante información que imparten los medios de comunicación.

En este camino, el primer aspecto que debe replantearse es el aspecto del comportamiento sexual y el segundo es el comportamiento frente al uso de drogas. Para erradicar el SIDA o, por lo menos, para disminuir el número de contagios y de enfermos la llave está en modificar esos comportamientos y no tanto en marginar —injusta y estúpidamente— a los grupos en que es mayor la probabilidad de que aparezca la enfermedad. Por esa razón, es más exacto hablar de conductas de riesgo, en vez de “grupos de riesgo”.

Conductas de riesgo:

Homosexualidad o relaciones sexuales entre personas del mismo sexo (hombres, casi siempre).

Bisexualidad o relaciones sexuales con seres del otro y del mismo sexo.

Promiscuidad heterosexual o relaciones sexuales con diferentes personas del sexo opuesto.

Drogadicción o uso de fármacos que producen adicción y que se administren por vía parenteral (inyectados).

(Deben adicionarse, ya no como conductas de riesgo sino como grupo de riesgo los pacientes hemofílicos, los hijos de madres infectadas portadoras sanas o no y algunos profesionales de la salud.)

Casi completamente exento de riesgo, como se sabe, están los componentes de las parejas estables, monogámicas (un solo hombre con una sola mujer) no toxicodependientes.

Si el gobierno y los productores hubiesen dedicado todos sus esfuerzos —y los dineros gastados en difundir el uso del preservativo— para educar al ciudadano en los aspectos relacionados con la verdadera prevención, de manera que aprendieran a establecer relaciones sexuales sólo con una y la misma persona, dejar de consumir drogas, evitar transfusiones de sangre infectada, prevenir embarazos en las mujeres portadoras sanas o con sida, etc., ya se estarían observando los resultados de sus campañas en la disminución de la incidencia y de la prevalencia de esta terrible enfermedad; además, la amenaza que se cierne sobre gente inocente estaría también dramáticamente disminuida.

En muchos casos, aparece velado un intento de imponer una cultura que trivializa la sexualidad humana colocándola en un plano mucho menor del que posee per se: el plano donde todo está permitido, donde se separa el sexo del amor y de la fidelidad, donde el cónyuge se convierte en un objeto de utilización sexual, ya que lo único valedero, lo único que importa, el fin principal, es el placer.

El Estado debe asumir un compromiso cultural y educador, compromiso que está bastante alejado de la actual realidad que hace crear ilusiones vanas y falsas en un “sexo seguro” y propende a la irresponsabilidad sexual y no a la dignidad del hombre y al orden social.

Otro tanto deben hacer los medios de comunicación. ¿Cuándo asumirán la idea de que su responsabilidad es mayor que la que tienen como simples ciudadanos? En sus manos está una gran capacidad de influencia sobre la moral y las costumbres. ¿Por qué no aprovecharla en beneficio de un bien común?

“La Organización Mundial de la Salud quiere que se sepa que sólo la abstinencia sexual o la absoluta fidelidad eliminan el riesgo de infección” (EB 89. R 19, del 28 de enero de 1992).

Aún estamos a tiempo.

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

Anuncios

Sorry, the comment form is closed at this time.