Saber vivir

Estrés

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 29, 2008

¿QUÉ LO CAUSAREALMENTE?

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En una investigación llevada a cabo durante los últimos 14 años se descubrieron las principales causas del estrés de los colombianos, en su orden de incidencia:

 

1. La disolución conyugal

2. La pérdida de un ser querido

3. Los problemas económicos

4. El exceso de trabajo

5. El tráfico

6. La pérdida de trabajo

7. Los problemas laborales

 

La lista, por supuesto, es mucho más larga, pero con estos primeros 7 puntos se pueden hacer algunos análisis y sacar conclusiones útiles para la vida.

 

El estudio mostró, por ejemplo, que muchos seres humanos reaccionan exageradamente a los problemas de la vida: la tristeza, el desasosiego, la depresión, el desconsuelo, la ira, la sensación de impotencia y otras muchas enfermedades psicológicas son «el pan de cada día» en los consultorios de psiquiatras y de psicólogos. Y, la mayoría de las veces, estas patologías no son producidas por razones reales, sino porque el individuo no está capacitado para sobrellevar las dificultades de su vida y/o emprender sereno el cambio que solucionaría su problema.

 

También fue evidente que el grado de afectación de cada ser es diferente para cada ser: unos se deprimen severamente, otros sienten pánico, otros se sienten impotentes, otros luchan denodadamente por solucionar sus problemas, otros se alzan de hombros como si no les afectara…, en fin, las reacciones son muy dispares.

 

Es más: en la investigación, algunos no se vieron afectados, a pesar de estar envueltos en problemas con los que otros enfermarían gravísimamente…

 

La primera pregunta que surgió fue: ¿Por qué algunos se afligen menos con esos problemas que otros?

 

Resulta obvio concluir que algunos están mejor preparados para enfrentar los sinsabores y sufrimientos de la vida. Pero, ¿de dónde proviene esa supuesta preparación?

 

La respuesta a esta pregunta está en un error de concepto acerca de la etiología (la causa) de los problemas emocionales: no son causas externas las que producen el estrés psicológico: no es el tráfico de las calles, ni los problemas conyugales, ni la falta de dinero, ni el exceso de trabajo lo que «estresa» al individuo, sino que algunos individuos tienen propensión a sufrir de estrés; es decir, no existen tanto situaciones estresantes sino individuos «estresables».

 

En el estudio quedó patente que hay individuos débiles e incapaces de afrontar la vida con sus aspectos positivos y negativos y, hasta cierto grado, de asumir su responsabilidad como seres humanos.

 

Pero, ¿de dónde sale esa ineptitud, esa incapacidad?

 

En primer lugar, de la mentira. Mentiras que se dicen, mentiras que se piensan mentiras que se viven…

 

Los aparatos detectores de mentiras perciben el más mínimo cambio en la presión arterial, en las pulsaciones del corazón y en las otras mediciones que hacen, cuando un individuo miente en algo superficial. ¿Cuánto cambiarán esas mediciones ante una mentira en algo importante? ¿Qué cambios producirá en el organismo una forma de vida falsa? Los infieles a su cónyuge, los que roban a su empresa o explotan a sus empleados, los que cobran comisiones injustas, los que levantan falsos testimonios de los demás… ¡Qué débiles se van haciendo! ¡El menor problema conyugal, laboral, familiar o personal los afecta terriblemente! ¡Cómo no van a tener estrés!

 

Lo mismo sucede con los individuos que no tienen coherencia entre los actos que realizan y las metas que dicen tener en la vida: hay quienes se mienten a sí mismos diciendo que creen en tal o cual filosofía o modo de vida, que dicen profesar determinada Fe, mientras sus vidas están alejadas de esos criterios. ¡Cuántos cristianos, por ejemplo, hay que critican a los demás! ¡Cuántos que envidian! ¡Cuántos que no estudian ni intentan vivir bien su Fe! Así es imposible esperar que no tengan estrés.

 

La experiencia ha demostrado que aquellos que no saben de dónde vienen, para dónde van y qué vinieron a hacer en esta vida, no tienen la capacidad suficiente para solucionar los conflictos de la vida; es decir, estos individuos están más propensos al estrés. Y la Fe bien vivida es la única respuesta a esas preguntas.

 

Se concluye fácilmente que sin ahondar en la Fe y guiados por una persona conocedora, es imposible evitar el estrés. La experiencia también ha demostrado que quienes se dan a la tarea de profundizar en esos temas e inician una vida coherente se les disminuye el estrés y, a veces, se les acaba: ya no les afectan los problemas, sino que los encaran sabiamente, y salen avantes mejorando lo que pueden mejorar, cambiando lo que pueden cambiar, y reconociendo y aceptando lo que no se puede cambiar.

 

Es esta, entonces, una tarea para toda la vida: ser veraces. Primero, comenzar diciendo siempre la verdad, luego —un nivel más alto— pensar siempre la verdad y, finalmente, que los actos coincidan con las creencias y con los principios morales que se dicen tener.

 

Otro aspecto bien documentado por la psicología moderna es la incapacidad que algunos seres tienen para perdonar. Millares de personas se curan de su estrés cuando aprenden a perdonar, a aceptar que los demás, como ellos, tienen errores y que, así como los demás deben tolerarles sus propios defectos, ellos deben hacer lo mismo con las deficiencias de los demás.

 

En este campo, lo que más elimina el estrés es aprender a perdonar al papá. No se sabe la razón exacta, pero los humanos perdonan a la mamá, aunque ella sea una mala mujer, y la defienden de toda afrenta; pero con el papá no son tan indulgentes: recuerdan todos los malos momentos que les hizo pasar, los insultos, las humillaciones y los golpes (si los hubo), y pasan su vida con una carga inmensa y pesada en sus hombros, generándose a sí mismos un gigantesco estrés.

La experiencia profesional confirma la estadística existente: cerca del 80% del estrés proviene de no querer entender que el papá es también un ser humano con defectos, al que hay que comprender y perdonar de corazón, para no vivir autodestruyéndose.

 

Y a los papás hay que reiterarles que ser demasiado exigentes con sus hijos o proyectar en ellos una imagen de perfección puede desencadenarles ese mal. Deben saber los padres que, como seres humanos, cometen errores, y que el papá que no pide perdón a sus hijos cuando se equivoca suscita en ellos la idea de que él es perfecto, con lo que se les desarrolla su incapacidad para perdonarlos…

 

Diferente es el caso de quienes comparan, pero tiene la misma incidencia sobre la psique: los que con frecuencia comparan a los demás o se comparan con ellos, o comparan lo que poseen, son unos seres desgraciados, porque se van debilitando para eliminar el estrés. Las estadísticas muestran que, de cada 10 personas con estrés, 7 viven comparándose y comparando. Miden, verifican, tratan de estimar sus diferencias o semejanzas con otros, la suerte que les ha tocado…

 

Y del hábito de comparar se pasa con mucha facilidad al juicio: se convierten en jueces de los demás. A estos seres humanos es muy fácil descubrirlos: son expertos en solucionar las vidas de los demás, pero la suya propia la viven muy mal. Es imposible pretender que no tengan estrés.

 

También es una vana ilusión eliminar los sufrimientos producidos por la envidia, otra consecuencia de la comparación.

 

El paso siguiente a la envidia, el odio, está a la vuelta de la esquina para estos seres. ¡Cuánto sufren estas personas! ¡Cuánto los afectan los problemas externos! Y el problema lo tienen adentro…

 

En fin, son tantas las verdaderas causas de estrés, que difícilmente cabrían en estas líneas. Baste decir que todo lo que el ser humano piense, diga o haga en contra de su propia naturaleza —de su dignidad— es lo que lo afecta en su interior, y lo hace menos competente para asumir los retos vitales.

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