Saber vivir

Jugando a Dios

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 8, 2009

 

Desde hace poco los médicos se han dado a la tarea de resolver problemas de infertilidad con nuevos adelantos científicos y tecnológicos, y a diagnosticar, prevenir y tratar patologías dentro del útero materno. Hoy se puede implantar un óvulo fecundado en el vientre de la madre portadora, en el de una necesitada de hijos con el esperma de su propio marido o el semen de otro (conocido o desconocido); también se hace clonación, esto es duplicación de cigotos o de embriones para producir gemelos idénticos; se habla de mejorar la raza al estilo de lo que ideaba utópicamente Hitler y, como él, de eliminar los seres imperfectos en pro de una vida “mejor” entre seres “más puros”.

Desde otra perspectiva completamente diferente, el afán por defender el hábitat del ser humano de comienzos del siglo XXI ha disparado una conciencia de preservación del medio ambiente con cambios de actitudes y campañas intensas que, junto con la “innovación” de la medicina natural, propenden hacia una estima a la naturaleza y al orden natural. Es así como aparecen cambios sensibles, desde los partos en cuclillas o bajo el agua, hasta tratamientos bioenergéticos, homeopáticos o naturalistas de entidades como el cáncer.

Paradójicamente, este amor por lo natural no está presente en la nueva revolución de la medicina, la fertilización in Vitro o bebé probeta y las madres sustitutas:

Sólo es verdaderamente padre quien aporta el espermatozoide en una relación deseada y natural, es decir, el coito o acto conyugal (no en el frío tubo de ensayo); y solo es padre el que luego da el amor y educa al producto de sus entrañas. Pero ahora se ha hecho de la palabra “padre” un nombre sin apellido: padre biológico, padre natural, padre adoptivo, padre afectivo

Del mismo modo, la maternidad está regida por la naturaleza: solo es madre aquella que aporta el óvulo en una relación natural, aquella que guarda en su seno esa vida incipiente mientras crece y se desarrolla, aquella que la pare y amamanta, aquella que le da su amor y la educa, completando así el ciclo natural de la vida humana (los animales no educan a sus hijos mas que en comportamientos instintivos de subsistencia).

Nadie puede afirmar, por ejemplo, si alguien es madre en toda la expresión de la palabra cuando cumple solo una de esas labores o algunas de ellas; en cambio, ninguno duda en poner ese dulce apelativo a quien las ha ejecutado todas.

Adicionalmente, aquellas que han dado el óvulo o prestado el vientre pueden decir, con razón, que el hijo es suyo, y muchas veces se establecen demandas que hieren profundamente a las dos o tres “madres”. Es que la naturaleza se subleva ante el desorden que se da en ella.

En cambio, en los casos en que una pareja decide adoptar un hijo abandonado o huérfano no se violan explícitamente las leyes de la naturaleza, ni aparece la duda de quién es la verdadera madre.

Lo mismo sucede en otros casos, como cuando la conciencia acusa al que decide realizar un aborto porque ya se sabe qué defectos tendrá al nacer.

Hoy, mediante un examen de increíble sencillez —el análisis de algunas proteínas del plasma sanguíneo de la madre por medio de una muestra de sangre—, se pueden saber varios datos acerca de la salud del feto. En un reciente congreso de obstetricia, por ejemplo, se llegó a pedir al auditorio prudencia para no eliminar embriones o fetos con problemas leves (!?).

Conforme a lo que hoy llaman la “verdad científica”, se está pensando en exterminar a los que no son “mejores”, “puros”, los que son “imperfectos”, destruyendo inmisericordemente la verdad natural, bandera de la nueva y desarrollada humanidad, dando al traste con todo principio moral y haciendo a un lado los valores que nos hacen diferentes de los seres irracionales.

 

   

 

 

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