Saber vivir

La educación sexual: ¿en el justo medio?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 5, 2009

Todos los padres desean que sus hijos e hijas no tengan hijos prematuramente y que no adquieran sida o enfermedades de transmisión sexual.

Nadie desea que su hija sea violada. Ni que sufra de frigidez o sea ninfomaníaca.

Quieren que sus hijos no tengan relaciones con prostitutas ni que, mucho menos, se prostituyan. Ni que sufran de eyaculación precoz o de impotencia. Ni tampoco que sean promiscuos.

Adicionalmente, ningún padre desea que alguno de sus hijos sea homosexual. Es sorprendente saber que ni siquiera lo desean la mayoría de los padres homosexuales. Todos los padres quieren que sus hijos sean felices, que lleguen con dignidad al matrimonio y que, ya en él, la mantengan.

De manera pues, que aunque es muy importante poder curar, es preciso y siempre mejor prevenir.

Para lograr estos deseos, es necesario estar en el justo medio: lo más ecuánime, pero también lo más difícil, es lograr el punto intermedio entre dos extremos.

En contraposición al antiguo y mojigato concepto de que toda información podía estimular la libido, hoy es constante en algunos sexólogos la idea de que los problemas que se presentan en los jóvenes provienen de la falta de información acerca de los temas genitales.

Por esa razón se ha creído necesario “llenar” al adolescente de datos estadísticos y científicos en lo que se refiere a evitar el embarazo y las enfermedades como el sida.

Los descritos son los dos extremos: ignorancia absoluta o relativa, y superinformación.

Pero las estadísticas muestran que los errores generalmente los producen la falta de voluntad, de formación, no de información; el punto intermedio —el justo medio— de estos dos extremos es educar.

Existe una gran diferencia entre “informar” y “formar”: con lo primero no se logra inducir el comportamiento hacia el bienestar propio de cada educando, sino que se le crea una cantidad grande de prevenciones que no lo encaminarán hacia el enriquecimiento personal integral, sino que, por el contrario, le dirán simplemente hasta dónde pueden llegar sus instintos con el mínimo riesgo de enfermedad o de embarazo. Al formar, en cambio se crea un ser capaz de entregarse sin reservas egoístas y, por tanto, de tomar decisiones desesclavizado de las pasiones, es decir, libre.

Contra el vicio, el egoísmo, la rutina y la comodidad —que impelen, por el conformismo, al divorcio—, la educación da un entrenamiento en el dominio de sí mismo, forma el carácter e incentiva el espíritu de sacrificio. Esto llevará de la mano a la estabilidad conyugal.

Otro mito que existía, el mantener todo escondido, hizo que, por reacción de rebote, muchos se inclinasen por intentar destapar todo. Resultado de esto fue, como se pretendía, la desmitificación de muchos errores, pero también, el hedonismo – doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida- y su consecuencia obvia, la denigración general de la moralidad y del valor que se le tiene a la mujer.

Esos, de nuevo, son los extremos. El justo medio es lo natural.

Tampoco debe tratar de vivirse la sexualidad en los extremos: ni “todo es pecaminoso”, ni “todo es correcto”. Ni seguir como los animales el instinto, ni tratar de domarlo maniqueísticamente, pensando que lo genital es malo. Otra vez, el justo medio es lo natural: ni mito, ni pudor excesivo.

En fin, el amor verdadero es el punto intermedio entre la pasión desenfrenada y el sentimentalismo irracional.

Por último, el justo medio debe estar también presente en el plan educativo: la información gradual, adecuada a la edad y, muy especialmente, coherente con la dignidad del ser humano será la medida para producir únicamente beneficios en los jóvenes.

 

 

 

 

 

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