Saber vivir

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¿Hay buenos padres?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 25, 2010

 

La historia se repite casi a diario:

–Papá, qué bueno que llegaste. ¿Me puedes ayudar a hacer una tarea?

–Ahora no, hijo; estoy muy cansado. Dile a tu mamá que te ayude.

A veces, la cosa no es tan cordial: son verdaderos desprecios los que hacen a sus hijos:

–¡Quite! ¡Quite, que estoy viendo televisión! No moleste.

–Las tareas las tiene que hacer usted, no yo. ¡Vaya! ¡Vaya! Sea responsable.

Y el irresponsable es el papá, que no planeó tiempo para sus hijos o que no planeó sus hijos. Tener hijos con la resuelta idea de no ser padre para ellos no es responsabilidad.

Los buenos papás escasean cada vez más. Y si lo decimos en forma adecuada, los verdaderos papás escasean; porque ser papá implica amar al hijo; y amar no solo significa preocuparse por su bienestar, sino ocuparse en ello.

La siguiente es una lista de preguntas que usted se puede hacer para saber cuánto ama a su hija o a su hijo:

  • ¿Cuántas veces —por ejemplo— los escucha con atención? ¿cuántas los rechaza para descansar o hacer sus cosas?
  • ¿Sabe qué le gusta más a sus hijos? ¿cuál es su pasatiempo favorito?
  • Diga los nombres de los tres mejores amigos de sus hijos.
  • ¿Cuál es la materia preferida de cada uno de ellos? ¿en cuál debe hacer progresos?
  • ¿Cuántos minutos habló hoy con cada uno de ellos? ¿le contaron lo que les pasó hoy? ¿sabe si pelearon con sus amigos?
  • Si ya son mayorcitos, ¿le han hecho preguntas trascendentales sobre la vida? ¿Nota que confían en usted? ¿A quién acuden primero: a un amigo(a)?

 

Las estadísticas no mienten: en una encuesta llevada a cabo en Colombia, hecho con 1450 padres, a los que se les hicieron 50 preguntas (de las que se entresacaron las anteriores), se mostró que, de cada 100 padres, solo entre 2 y 3 aman a sus hijos.

Por otra parte, hay padres que, por miedo a que sus hijos varones se vuelvan homosexuales, no les muestran cariño ni afecto, son fríos, aislados y secos… Sin embargo, las estadísticas muestran cómo los padres que tienen un verdadero contacto —léase: con tacto—, tienen menos hijos homosexuales. Es decir, los papás que dan rienda suelta a sus muestras de afectividad, con palabras, caricias y hasta con besos a sus hijos varones, los alejan del riesgo de la homosexualidad.

Por eso, ser papá es compartir la vida del hijo y que él comparta la de su padre: ¡cuántas veces se encuentra uno con muchachos y muchachas que ni si quieran saben en qué trabaja su papá! No es amigo aquel que no comparte las dichas y desdichas y, por lo tanto, no puede ser un buen papá quien no le cuenta a su hijo o a su hija los problemas que tiene en todos los ámbitos, quien no los comparte con ellos pensando que no los va a entender o que no puede aportarle nada para solucionarlos… Y ¡es que no se trata de que los solucione, sino de que haya amistad!

Padres, que no les vaya a pasar lo que le sucedió a este, en la conocida historia:

Mi hijo nació hace pocos días. Llegó a este mundo de una manera normal… Pero yo tenía que trabajar, ¡Tenía tantos compromisos!

Mi hijo aprendió a comer cundo menos lo esperaba… Comenzó a hablar cuando yo no estaba…

Cómo crece de rápido mi hijo. ¡Cómo pasa el tiempo!

Mi hijo, a medida que crecía me decía:

–Papá, ¡algún día yo seré como tú!

–¿Cuándo regresas a casa, papá?

–No lo sé, hijo, ando ocupado, trabajando duro por tu futuro; tú sabes… Pero cuando regrese jugaremos juntos, ya lo verás…

Mi hijo cumplió 10 años hace pocos días, y me dijo:

–Gracias por el balón, papá; ¿quieres jugar conmigo?

–Hoy no, hijo, tengo mucho qué hacer… negocios muy importantes… muchos riesgos… Tú sabes

–Está bien, papá. Otro día jugaremos.

Se fue sonriendo, y repitió las palabras de siempre:

–Yo quiero ser como tú.

Mi hijo regresó de la universidad el otro día. Ya es todo un hombre.

–Hijo, estoy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco.

–Hoy no, papá, tengo que estudiar donde unos amigos… Por favor préstame el carro….

Ya me jubilé, y mi hijo vive en su apartamento. Hoy lo llamé.

–Hola hijo; quiero verte, pásate por la casa.

–Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo; tú sabes: el trabajo… las responsabilidades… Pero gracias por llamar. Fue chévere oír tu voz.

Al colgar el teléfono, comprendí que no podía quejarme: mi hijo ya era como yo.

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