Saber vivir

Las verdaderas causas del estrés

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 1, 2010

 

Se presenta con mucha más frecuencia de lo que se quisiera el hecho de que se reaccione exageradamente a los momentos negativos de la vida: la tristeza, el desasosiego, la depresión, el desconsuelo, la ira, la sensación de impotencia y otras muchas patologías psicológicas son «el pan de cada día» en los consultorios de psicólogos.

Una investigación llevada a cabo en casi mil personas arrojaba resultados similares a todos los precedentes: 1) la disolución conyugal, 2) los problemas económicos, 3) la muerte de seres queridos, 4) el exceso de trabajo y 5) el trafico de las calles, encabezaban la lista de los factores etiológicos, es decir, de las causas que provocan los problemas psicológicos.

Sin embargo, al avanzar la investigación, fue sorprendente encontrar individuos que no sufrían estrés, a pesar de estar viviendo uno o varios de estos problemas. Por eso, se llegó a descubrir algo que reevalúa todos los criterios científicos que existían sobre el estrés: no son causas externas las que producen el estrés: no es el tráfico de las calles, ni los problemas conyugales, ni la falta de dinero, ni el exceso de trabajo lo que estresa al individuo, sino que hay individuos con propensión a sufrir de estrés; es decir, no existen situaciones estresantes sino individuos estresables. 

Pero, ¿de dónde sale esta ineptitud, esta incapacidad? La misma investigación lo respondió. Hay 5 causas: 1) la mentira, 2) la falta de coherencia de vida, 3) el comparar y sentir envidia, 4) el espíritu de competencia malsano y 5) el perder la libertad auténtica, dejándose comprar por los falsos estereotipos del triunfo: el tener, el placer, el poder y/o la fama. Estas verdaderas causales minan paulatinamente las capacidades normales de los sujetos para acometer los retos de la vida.

Analicemos las dos primeras; veamos, en primer lugar, la mentira: mentiras que se dicen, mentiras que se piensan mentiras que se viven… Los aparatos detectores de mentiras perciben el más mínimo cambio de la presión arterial, de las pulsaciones del corazón y de otras mediciones que hacen, cuando un individuo miente en algo superficial. Cuando el individuo está acostumbrado a mentir, experimentará continuamente esos cambios fisiológicos, lo que producirá deterioro de su salud física y psicológica: la adrenalina sale continuamente causando cambios en el sistema nervioso del individuo.

Ahora bien, ¿cuánto se incrementarán estas mediciones cuando las personas mienten en algo importante? ¿Qué cambios producirá en el organismo y en la psique una forma de vida falsa? Quienes les son infieles a su cónyuge, los ladrones, los que cobran comisiones injustas, los que levantan falsos testimonios de los demás… ¡Que débiles se van haciendo! ¡El menor problema conyugal, laboral, familiar o personal los afecta terriblemente! ¡Cómo no van a tener estrés!

Lo mismo sucede con los individuos que no tienen coherencia entre los actos que realizan y sus metas en la vida: hay quienes se mienten a sí mismos diciendo que creen en tal o cual religión o modo de vida, mientras sus vidas están alejadas de esos criterios. ¡Cuántos hay que no estudian ni intentan vivir bien su fe! Así es imposible esperar que no tengan estrés.

Aquellos que no saben de dónde vienen, para dónde van y qué vinieron a hacer en esta vida, no tienen la capacidad suficiente para luchar por solucionar los conflictos de sus vidas; esos individuos están más propensos al estrés.

En cambio, a quienes se dan a la tarea de profundizar en esos temas e inician un esfuerzo por ser coherentes se les disminuye el estrés y, a veces, se les acaba: ya no les afectan los problemas, sino que los encaran sabiamente, y salen avantes mejorando lo que pueden mejorar, cambiando lo que pueden cambiar, y reconociendo y aceptando con madurez lo que no se puede cambiar.

Es esta, entonces, una tarea para toda la vida. Primero, comenzar diciendo siempre la verdad, luego —un nivel más alto— pensar siempre la verdad y, finalmente, ser veraz: que los actos coincidan con las creencias y con los principios morales que se dicen tener.

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