Saber vivir

Dios ‘le’ bendiga

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 5, 2013

¿Cómo debe decirse? ¿«LO llamo después», «LA llamo después» o «LE llamo después»?

Muchos católicos optan por la tercera opción: «LES esperamos», «No LE pude llamar ayer», «¿Quién LE solicita?»… En vez de decir o escribir: «LOS esperamos», «No LO pude llamar ayer», «¿Quién LA solicita?»…

A veces hacen lo contrario: «Ella lo contó tal como sucedió, pero ellos no LA creyeron»(!?)…

Un ejemplo de esto se puede observar en el primer capítulo del Evangelio de san Lucas (versos 73-75), cuando Zacarías entona el cántico: «Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, LE sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días».

Según el párrafo, ¿a quién servimos libres de temor? A Dios, por supuesto; por eso sería mejor decir «LO sirvamos». De otro modo cabría la pregunta: «¿Qué LE servimos?» (¿Un vaso de vino? ¿Un plato de comida?…) Servir a Dios es servirLO; servirLE a Dios significa darLE algo servido.

Imaginémonos a un novio nariñense —quienes nunca se tutean— diciéndole a su amada: «Yo LE amo mucho» o, al revés: ella diciéndole a su futuro esposo: «Yo también LE quiero mucho»… Suena raro y artificioso.

Es usual que entre cristianos se despidan diciendo: «Que Dios LE bendiga». El aludido se puede preguntar: «¿Que Dios me bendiga qué: mis cosas, mi familia, mi trabajo…?».

Para evitar eso, es fácil decidir qué se debe decir o escribir: si hay una respuesta a un «Qué», debe decirse o escribirse: LE; si no hay opción de hacer una pregunta con la palabra «Qué», debe decirse o escribirse: LO o LA. Ejemplo: Si la frase fuera: «Que Dios LE bendiga su hogar», y el interlocutor no oyó el final de la frase, haría la pregunta: «¿Que me bendiga qué?» y la respuesta correspondiente sería: «Su hogar». Pero si la frase es: «Que Dios LO bendiga», no hay lugar a la pregunta, porque ya se sabe que se está deseando que Dios bendiga al interlocutor.

Llena está la Biblia de estas confusiones, como lo están los misales, leccionarios, libros de oraciones y millares de libros que tratan temas religiosos y, por consiguiente, también las palabras de numerosos sacerdotes y laicos que se han formado leyéndolos (no leyéndoLES).

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