Saber vivir

Carencia afectiva infantil

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 6, 2014

La causa principal de los sufrimientos de los seres humanos es la carencia afectiva infantil: muchos de ellos (la mayoría) no aprendieron a amar a sus hijos porque no fueron amados por sus padres; y así, el problema se perpetúa de generación en generación.

Es que todos los seres humanos —durante los primeros 12 años— requieren recibir una dosis suficiente de amor por parte de sus padres; si alguno recibe menos, no podrá desarrollar todas sus capacidades psicológicas (emocionales y afectivas) normalmente, y se expondrá a una cantidad mayor o menor (de acuerdo con el mayor o menor cariño no recibido) de problemas relacionales e, incluso, laborales.

Un niño de esa edad, cuando no es amado, no puede entender ni expresar el dolor que siente, ni mucho menos lo logra manejar, pues en esa edad no se tienen las herramientas para conseguirlo. Por eso sufre sin saber cómo asimilar ese dolor ni qué hacer con él.

Y es por eso que más adelante empieza a desarrollar actitudes no sanas: unos se vuelven agresivos para disimular su dolor; otros se hacen pusilánimes (les falta ánimo y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes), miedosos, cobardes…; otros se dedican a distraer su dolor con los placeres o los vicios, etc. Pero todos, absolutamente todos, actúan así porque quieren llenar los vacíos afectivos que les quedaron en su alma.

Al salir de la infancia, esta carencia afectiva, produce una constante actitud autocompasiva, autoevaluativa, autodolorosa y, la mayoría de las veces, autodestructiva. Efectivamente, la mayoría de quienes sufren por esto se vuelven sobre sí mismos, preguntándose cómo solucionar sus inestabilidades, sus inseguridades, sus altibajos emocionales, sus variaciones afectivas…

Muchos de ellos dedican sus vidas a leer y tratar de poner en práctica libros de autoayuda; otros acuden a terapistas, psicólogos y psiquiatras; algunos ingresan a grupos espirituales…; y así se encuentran miles de personas que concentran su vida en sí mismos, lo que los aísla en mayor o menor grado de los demás y, lo que es peor, su situación anímica y sentimental se agrava paulatinamente, hasta darse casos en los que ya no son capaces de amar, de servir y darse a los demás, sino que simplemente usan a otros para llenar sus carencias afectivas, con lo que convierten sus relaciones interpersonales en actitudes utilitaristas.

Para completar su desgracia, cuando las personas que están a su alrededor caen en cuenta de que están siendo utilizadas, suelen alejarse de estos personajes, dejándolos muy destruidos desde el punto de vista afectivo…

Con la repetición de estas experiencias, se genera en ellos una creciente ansiedad afectiva y emocional, se aferran cada vez más en las nuevas relaciones, haciéndose totalmente psicodependientes.

La solución de esta situación es contraria a la que les suelen proponer: en vez de decirles que salgan de esa autoconcentración, de ese egocentrismo, les establecen terapias de constante autoevaluación, autoestudio y autosuperación.

Sus terapeutas se apoyan en la idea de que nadie puede ayudar a otro si no está bien primero él.

Pero, ¡qué pocos son los que salen de esa situación por estos medios! Es que no se percatan de que agravan la situación de sus pacientes al hacer que reconcentren sus mentes en sí mismos. Y olvidan un criterio principalísimo: que todos —hasta el más enfermo— tienen talentos escondidos hasta que los ponen al servicio de los demás.

En cambio, aquellos profesionales que inducen a sus pacientes a salir de sí mismos, a dejar de pensar en sus propios problemas, a ocuparse en ayudar a otros, consiguen lo que los desconocedores del tema llaman milagros: con sus talentos ya despiertos, descubren primero que pueden ser útiles; después, que hay más alegría en dar que en recibir y, finalmente, que no hay mayor felicidad que la que obtiene el que se entrega —él mismo, su misma persona— a luchar por un ideal de servicio a los demás.

Pero el mayor milagro se da cuando sus terapeutas comprenden:

1) que el tratamiento más eficaz consiste en sacar a los pacientes de su preocupación por sí mismos y lanzarlos a que se ocupen en el bienestar ajeno,

2) que nadie tiene que esperar a estar bien para poder dar y

3) que a nadie se le debe decir: «Usted puede salir de esta situación. Repita muchas veces: “¡Yo puedo!”», sino simplemente: «Ayude a otros», y se curará.

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