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¿Opinar sobre la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 1, 2014

 

Cada vez que observamos una circunstancia o un comportamiento humano, inmediatamente nos formamos un juicio interior sobre ello; y a veces —quizá con mucha frecuencia— hasta lo manifestamos.

Pero, ¿qué tan acertado es ese juicio?

En el caso de una persona, por ejemplo, ¿cuánto sabemos acerca de las circunstancias que se rodeaba? ¿Conocemos su historia?, ¿entendemos cómo la afectó su vida familiar en su infancia para actuar como lo hizo?…

Es conocidísimo el ejemplo que pusiera Steven Cobie en uno de sus best seller: el caso de una señora que, enojada con un hombre que mantenía los ojos en el piso y no controlaba a los bulliciosos niños con los que se subió al metro, lo reprendió con dureza. El señor la miró un instante, bajó los ojos de nuevo y dijo: “Sí, señora; tiene razón… Supongo que están así porque no saben cómo reaccionar… Acaban de perder a su madre…”

¡Pocas veces nos percatamos de haber hecho un juicio falso o por lo menos desacertado, al verificar que fueron otros los motivos los que movieron a la persona a actuar o hablar de determinada manera!: a veces un gesto de dolor lo interpretamos como agresión; un silencio como cobardía o algún cargo de conciencia; una sonrisa como una burla…

¿No es verdad que acostumbramos a lanzar juicios sobre personas que desconocemos o cuyos motivos de obrar ignoramos? Nos atrevemos a juzgar lo que no alcanzamos ni comprendemos completamente, lo que no penetramos.

Decimos lo que creemos, pensamos, opinamos, ¡juzgamos!

Y, si eso ocurre con una sola persona, ¿qué podremos decir en las discusiones entre dos? La ignorancia se multiplica por dos y el margen de error también.

 

Eso mismo hacemos con las instituciones: sin averiguar minuciosamente qué razones las llevan a tomar algunas determinaciones, con una facilidad asombrosa somos capaces de emitir opiniones sobre sus decisiones. Dictaminamos, sentenciamos, damos veredictos, basados casi siempre en nuestra ignorancia sobre el tema.

¿No es eso lo que ocurre cuando criticamos una decisión gubernamental, sin haber asistido a los debates previos con base en los cuales la produjeron? Un ejemplo más pequeño es el del conductor de automóvil que se queja de una restricción en un cruce, sin conocer las estadísticas de accidentes que instaron a la autoridad correspondiente a prohibirlo (esto no quiere decir que las autoridades siempre acierten; por eso mismo es necesario estudiar cada caso con profundidad).

Antes de juzgar, pues, es necesario saber.

¿Qué opinión puede dar, por ejemplo, un ingeniero civil en una junta médica que dirime lo que se le debe hacer a un enfermo de gravedad? O al revés: ¿Qué puede aportar un médico para realizar un cálculo de estructuras para un gran edificio?

Que cada cual opine en lo que sabe.

 

Además de todo esto, hay tres temas en los que la mayoría de las personas cree que puede opinar sin tener conocimiento suficiente. Y son los más controversiales: la ética, la felicidad y la fe.

Estos temas, que son los más investigados en la historia de la humanidad —hay una mole inmensa de investigaciones científicas serias—, son los que deberían estudiar previamente quienes desean discutirlos; pero precisamente son estas las investigaciones que menos se leen: la mayoría de los hombres opinan sobre la ética, la felicidad y la fe —tan estrechamente relacionados entre sí— basados únicamente en criterios subjetivos.

Como se deduce, argüir sin este conocimiento previo no produce utilidad alguna y, con más frecuencia de la que quisiéramos, la discusión termina produciendo acaloramientos fastidiosos y, a veces, hasta agresiones personales infantiles.

Y si no tenemos tiempo para estudiar, ¿no sería prudente dejarnos enseñar de quienes en la práctica están logrando la felicidad o ya la consiguieron?

 

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