Saber vivir

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¡Quítese esas gafas!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 8, 2018

El ejemplo es clásico: si un musulmán afgano o iraní ve a una mujer en bikini, se le van los ojos, se escandaliza… y concibe el uso de ese traje como un pecado; pero si un occidental ve a una mujer musulmana envuelta en una burka o un chador, le va a parecer extraño, y más se sorprenderá al saber que en ambos países se considera pecadora a la mujer que no se vista así: considerará exagerado y hasta inconcebible que se tengan costumbres tan radicales…

 Guardando las diferencias, lo mismo ocurre con cada ser humano: la educación doméstica o escolar que recibió, la cultura en la que se desarrollaron su infancia y su adolescencia, las circunstancias que vivió, los amigos que tuvo, los lugares que frecuentó, etc., van creando en cada individuo una mentalidad, una cosmovisión, una conciencia, una ideología precisas, que hacen juzgar los actos y los comportamientos desde una perspectiva única, diferente a la de los demás.

Si, por ejemplo, una persona fue educada en un ambiente en el que se usan frecuentemente las sátiras, se formará con propensión a murmurar o criticar con malignidad casi siempre ingeniosa a todas las personas y las situaciones. En cambio, uno que fue formado en un ambiente de simplicidad, de sinceridad, de espontaneidad y naturalidad en el trato, se sorprenderá mucho cuando se encuentre con esas personas mordaces, que usan habitualmente la sátira en sus conversaciones.

Y esto se nota hasta en los niveles menos trascendentales de la vida: se da el caso de sujetos que se extrañan con los colores vivos amarillos y rojos —tal y como se acostumbran en la China, por ejemplo— que, al llegar a ese país, se cansan muy pronto y desean regresar a su país de origen, donde no se ven esos colores sino esporádicamente, como parte de un todo multicolor.

Para expresarlo en palabras sencillas y con un símil muy pedagógico, cada uno de nosotros tiene unas gafas puestas ante los ojos, que filtran la información que recibe, a través de unos criterios —filtros— preconcebidos e instaurados en su mente, por la formación y circunstancias en las que vivió. Es por eso que unos juzgan cada acontecimiento y cada actitud de otro (u otros) de un modo totalmente diferente a como lo hacen los demás.

En consecuencia, podemos afirmar que la visión individual es, en mayor o menor grado, subjetiva; dicho de otro modo: cada persona mira los acontecimientos y los comportamientos de acuerdo con su modo de pensar o de sentir, no como lo son en realidad y, por ende, su mirada, su juicio, no es objetivo.

Así como a una mujer que vio cómo su papá golpeaba a su mamá, cómo sus tíos hacían lo mismo con sus esposas y se casó con un hombre igualmente violento le es muy difícil concebir que esa es una conducta inaceptable, asimismo muchos seres humanos son incapaces de salir del error en el que se encuentran cuando imitan comportamientos errados, que suelen ser más velados todavía, como el caso de una persona educada en un ambiente donde se dicen las cosas indirectamente: expresan veladamente cosas con doble intención, escondiendo la finalidad de ofender al otro, aparentando un noble propósito. Ese individuo, al salir de ese ambiente, estimará que cada cosa que se le dice tiene una doble intención y se inclinará a pensar siempre mal de los demás; por el contrario, a quien no le enseñaron esos modos falsos y dobles de comunicación no se le ocurrirán esos pensamientos. Claro está que esta persona estará más propensa a no entender lo que le quisieron manifestar cuando le echaron una indirecta.

Con estos razonamientos podemos concluir que la libertad auténtica no consiste tanto en no estar presos en una cárcel ni en dejar de estar sometidos a cualquier autoridad, sino en no nublar nuestra mente con prejuicios. Pero conseguir esto es un trabajo difícil y dispendioso.

A veces el conocer otras culturas puede abrir nuestra mente, para mirar sin las gafas que se nos impusieron con la educación que recibimos o por el medio ambiente en el que nos movimos a temprana edad. Pero lo que más ayuda es saber escuchar: escuchar las razones, los motivos que mueven a las personas a prejuzgar, es decir: descubrir por qué tienen esa gafas que les tergiversan la realidad. Y no se trata solo de escuchar con los oídos, sino con nuestra mente, analizando a cada persona; pero lograr eso implica tener la mente abierta a todo: buscar las señales que muestren las secuelas de sus dolores infantiles y juveniles, las que los hacen juzgar personas y sucesos a priori, las que les impide tener objetividad, etc. En otras palabras, ir revelando de dónde vinieron las gafas que tienen puestas. Así se comprenderá mejor a las personas.

Nos sorprenderemos con los descubrimientos que hagamos. Veamos un caso de un aspecto poco trascendental de la vida diaria: en ocasiones juzgamos nerviosas o estresadas a algunas personas que hacen una cosa tras otra a gran velocidad; pero luego nos daremos cuenta de que viven así sin angustia, sin ansiedad, sin afligirse; es decir, corren en vez de caminar, pero van en paz. Como este, se pueden poner infinidad de ejemplos de temas mucho más importantes.

Y eso producirá un efecto casi mágico y maravilloso en nosotros: nos irá descubriendo nuestras propias gafas y, si somos hábiles, podremos irlas quitando de nuestras vidas, con lo que nos acercaremos más y más a la objetividad y, por ende, a la auténtica libertad.

 

 

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