Saber vivir

Posts Tagged ‘Biología’

El dinero de los esposos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 21, 2018

 

Antes de que se estableciera el matrimonio como la ceremonia que conocemos, la entrega de una pareja de adultos entre los primeros seres humanos, consistía en un tácito acuerdo de fidelidad absoluta. Así, por ejemplo, en una entrevista, el doctor Terrence Deacon (paleoantropólogo) explica, hablando de las características propias del Homo Sapiens:

“Creo que el problema que se plantea […] es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder […]. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.” (“Hombre mono”, Rod Caird: entrevista a Terrence Deacon, neurobiólogo de la universidad de Boston, agosto de 1993)

Asimismo, desde sus inicios, ese acuerdo implicaba la entrega mutua, total, sin condiciones e irreversible de sus seres: el uno se da al otro totalmente y para siempre.

Junto con otras, ambas características, según este y otros paleoantropólogos, definen al ser humano y lo diferencian de las otras especies.

El matrimonio de hoy es ese ritual —ya explícito— en que dos seres humanos de distinto sexo se comprometen ante la sociedad toda (y ante un Dios, entre los creyentes) a amarse, entregándose no solo todas sus pertenencias, sino también y principalmente ellos mismos: sus mismos seres, para el enriquecimiento del otro; una donación total que se hace con la única finalidad de construir un nosotros, en el que siguen su camino —ahora juntos— para alcanzar la plenitud de la felicidad en el plano afectivo.

Pero esa entrega total implica que se dé en los 3 planos en los que se mueve el ser humano: el biológico (sus cuerpos), el psicológico (afectos, emociones) y el espiritual (lo hacen para siempre). Pretenden así llegar a la realización personal en el plano afectivo, y a la felicidad personal y de pareja. Y, como consecuencia natural de esa entrega total, se da la procreación (si no hay impedimento de salud), evidencia sublime de ese amor, de esa entrega.

Es en este contexto en donde se entienden mejor esas exclusiones sexuales de por vida que se dan en los seres humanos, desde sus comienzos, y que tanto los distinguen de las demás especies: había una promesa implícita de vivir en adelante el uno para el otro, con todo su ser.

En esta entrega total, con todas las connotaciones descritas, es totalmente incomprensible la conducta tan arraigada hoy entre la parejas: que cada uno maneje su propio dinero, y que cada uno se encargue de determinados gastos del hogar; o  el que haya esposos varones que manejan esos gastos, sin permitir que sus esposas (aquellas que no tienen ingresos) intervengan. Peor aún es el caso de quienes le dan una mesada a sus esposas o que ni siquiera hacen eso: nunca les dan nada. La incongruencia es total: en una relación auténticamente humana se supone que entregan todos sus seres el uno al otro, ¿y se reservan el dinero?

Ese actuar está muy por debajo de la entrega que debería darse ente dos individuos y desdice de su dignidad. Lo humano es que los ingresos sean manejados por ambos.

Lo peor de esta conducta es que los esposos se van acostumbrando a esa idea de no compartirlo todo: comienzan por el dinero y las cosas materiales y terminan aislándose afectivamente cada día más. Y los hijos observan ese comportamiento tan poco humano, con lo que se presagia también en ellos la infelicidad conyugal que aprendieron de sus padres.

 

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Regreso a lo natural

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 3, 2017

Se está dando en todas partes: la medicina, reconociendo que la farmacología nació principalmente de las plantas y de los animales, se está abriendo a los conocimientos ancestrales de las que hoy se conocen como medicinas alternativas o, como han dicho algunos, complementarias (para denotar así que no se trata de una rivalidad entre las 2 ciencias). Efectivamente, en el Mundo entero se están abriendo facultades de medicina y posgrados de medicina natural.

En cuanto a nutrición se refiere, pululan por todas partes de la Red y en las librerías artículos, libros, audios y videos que expresan criterios naturales para la alimentación humana, y que muestran resultados sorprendentes en cuanto se refiere a la prevención y tratamiento de las enfermedades. Aunado a esto se pretende propiciar el manejo natural de la producción de alimentos no contaminados por pesticidas o cualquier tipo de preservativos o conservantes químicos, que dañan la salud.

Y, en general, se han disparado  criterios que buscan eliminar toda la complejidad de vida que tanto la industrialización como la filosofía del consumismo trajeron al mundo moderno: desde cursos para conseguir la paz interior hasta criterios de vida como el Minimalismo (vivir con lo mínimo necesario) se ofrecen hoy al ser humano moderno.

De entre todo este bagaje, conviene resaltar un pensamiento que quizá los abriga a todos: cuanto más ajustemos nuestras costumbres a nuestra esencia, a nuestra naturaleza, tanto más bienestar cosecharemos. Y este concepto se equipara, precisamente, a la definición de la palabra natural: aquello que es conforme a la cualidad o propiedad de algo.

 

Nuestra sustancia

Ahora bien: en nosotros, ese “algo” es nuestra sustancia, nuestra esencia, nuestra naturaleza. Por eso es imprescindible definirnos y verificar los planos en los que vivimos.

Para definirnos, podríamos afirmar primero lo que no somos: ni ángeles ni animales; estamos ubicados entre ambos. Tenemos cuerpo como los animales y espíritu como los ángeles. Además, como todo ser vivo, tenemos algo que nos anima (que nos mantiene vivos): un ánima, un alma. En las plantas, esa alma se llama vegetativa; la de los animales es un alma sensible y la nuestra es denominada espiritual.

Volviendo al diccionario, encontraremos allí que el alma espiritual se define como alma “racional e inmortal”, lo que especifica nuestra naturaleza: tanto el alma vegetativa de las plantas como el alma sensible de los animales mueren con sus cuerpos, mientras que la nuestra atraviesa el umbral de la muerte, tal y como lo entendieron los primeros seres humanos según lo describen los paleoantropólogos, quienes afirman que es muy distinto tapar con tierra un cadáver maloliente que, con un rito fúnebre y sagrado, despedir al difunto que partía en su viaje al más allá. Esta conducta de nuestros ancestros nos ilustra acerca de la conciencia cierta, segura, de nuestra trascendencia, y que acompaña al ser humano desde sus inicios.

Por esto, podemos afirmar que nosotros nos movemos no sólo en el plano biológico y en el psicológico, sino también en el plano espiritual.

Así, pues, el regreso a lo natural debería darse en los 3 planos. Esto significa que, además de propiciar una medicina, costumbres y nutrición más naturales, deberíamos volver también a una psicología y una espiritualidad más acordes con nuestra naturaleza, nuestra esencia, nuestra sustancia.

Pero no podemos dejar de lado un aspecto fundamental de la esencia del ser humano: las características que nos diferencian de los animales son muchas, pero hay 3 que emergen como las más importantes de todas, y que deben describirse en un orden invertido, del tercer al primer lugar de importancia:

En tercer lugar está la facultad de la razón, nuestra inteligencia. Nadie puede llegar a afirmar que su mascota es tan inteligente como un ser humano; ni siquiera los primates más parecidos al hombre pueden sumar o restar, filosofar o deducir, entender el pasado o el futuro, preguntarse por su esencia o su finalidad en esta vida…

En segundo lugar, nosotros tenemos la facultad de la voluntad: los animales se mueven por instinto; nosotros, en cambio, podemos manejar el instinto o la impulsión con nuestra voluntad libre: aunque nos apetezca mucho ingerir alimentos menos nutritivos y quizá dañinos para nuestra salud, podemos decidir no comerlos. Somos libres, incluso, de doblegar nuestros apetitos para conseguir un bien mayor.

Pero lo que más nos diferencia de los animales se muestra en el hecho de que cuando una hembra es perseguida por un predador y en un momento debe decidir entre su cría y ella misma, prefiere abandonar a su cría para salvar su vida: a eso la lleva su instinto. Por el contrario, una madre humana daría la vida por salvar a su hijo. Nosotros somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos por amor a otro; podemos amar. La historia nos recuerda las innumerables ocasiones en las que, por eso, porque pueden amar, los humanos se han sacrificado por amor.

Con esta descripción de la esencia del ser humano, se puede deducir que es más feliz quien más ama.

 

Lo natural en el crecimiento

Es natural —es parte de su esencia— que los niños tengan un desarrollo progresivo, una continuidad en el crecimiento psicológico, una sucesión ordenada de eventos afectivos y emocionales que preserven su salud psicológica.

Antes, esto era más fácil: los niños entraban a estudiar ya cumplidos los 5 años de vida; y esto permitía que el desarrollo psicoafectivo y psicoemocional fuera acorde con su naturaleza humana:

En su primer año de vida miraba su entorno, lo empezaba a reconocer; percibía sensaciones auditivas (la voz de su mamá, de su papá…), táctiles (frío, calor, dolor), visuales, gustativos, olfativos…

En el segundo año empezaba a formarse un vínculo más estrecho con su mamá y se esbozaban en su mente y en sus sentimientos las nociones: Mujer y Mamá, obviamente de un modo rudimentario, pero que iba a ser definitivo en su vida.

En el tercer año hacía lo mismo con su papá (qué importante es por eso que los padres inviertan el mayor tiempo posible con sus hijos siempre, pero principalmente en esta etapa): surgen en el niño las primeras ideas de hombre y de papá.

En los años cuarto y quinto comenzaba su conciencia de sí mismo —su propio conocimiento—, y formaba incipientemente los conceptos, también rudimentarios pero fundamentales, de familia y, si tenía hermanitos, también de fraternidad.

Para cuando el niño cumplía 5 años, no sólo ya había preconceptualizado las nociones fundamentales de su vida personal y familiar, sino que, como antaño no había para los padres tanta demanda de consumir por consumir y no existían los afanes del tráfico y el atafago de la moderna vida laboral, había recibido gran estabilidad emocional y afectiva: los padres tenían más tiempo para sus hijos, para la vida familiar: aunque no todos aprovechaban esa valiosísima oportunidad, la mayoría disfrutaba compartiendo con sus hijos, y así les infundía la seguridad de su amor, los proveía del hogar, ese nicho, ese refugio desde el cual podían salir a experimentar confiados la aventura de la vida.

Así, pues, estos 5 primeros años de vida marcan ¡y guían! definitivamente las vidas de todos los seres humanos.

 

Lo antinatural

Pero de esta naturalidad en la vida familiar se salió a lo antinatural: aparecieron los jardines infantiles, las guarderías, salacunas y muchas alternativas más para que los papás puedan desentenderse de sus hijos pequeños para irse a trabajar, unas veces por absoluta necesidad y otras porque el mundo moderno, con sus ideas antinaturales, basadas casi exclusivamente en la búsqueda del placer, en el consumismo y en ese querer proyectar una buena imagen a los demás, ha distorsionado la esencia misma del niño, y lo ha relegado a un segundo lugar: para muchos padres primero están el trabajo, el dinero, su “espacio”…

Así comprendida la vida, el bienestar de los hijos se redujo a darles únicamente lo material; y los padres se dieron una tácita consigna: que cuantas más cosas materiales se les dé tanto más suplen su dolor (el de sus hijos y el suyo propio). Pero esta consigna es falsa: es un autoengaño para los padres y fuente de dolor y daños para sus hijos.

Es que con frecuencia no se tiene en cuenta que los niños, en la precariedad en la que se encuentran, no tienen otro recurso, otra “medida” para saber si son amados, que el tiempo que cada uno de sus padres le dedica: “Mi papá tiene tiempo para su trabajo pero no para mí; entonces ama más a su trabajo que a mí.” “No me ama.” Pero apenas perciben esa verdad, apenas la intuyen: la sienten —ni siquiera la entienden, solo la sufren— y, por supuesto, no tienen las herramientas necesarias para darle solución.

Y, como la esencia de la felicidad de un ser humano depende del amor que pueda dar (como se explicó más arriba), esos hijos serán seguramente infelices, aunque recibieran todas las cosas materiales del mundo, pues nadie les habría enseñado a amar realmente. Por más consejos que recibieran, por más conferencias que escucharan, por más libros que leyeran, no aprenderán jamás a amar, cosa que sólo se aprende experimentalmente (con hechos, no con palabras) cuando uno es amado con un amor auténtico, especialmente durante la etapa en la que absorbemos todo como por inercia: en la niñez.

Por lo que se dijo anteriormente, a esa edad no se tienen los medios para solucionar esta tragedia e intenso dolor. Y es una verdadera tragedia, porque daña la esencia misma del ser humano: ¡no aprendió a amar, no sabe amar! que es lo que más lo diferencia de los animales y, por ende, lo que más humano lo hace… He ahí el porqué de la intensidad de su dolor.

Comienza entonces —en unos— un deterioro de su situación afectiva, desarrollando una búsqueda enfermiza del amor y fuertes y continuas psicodependencias y altibajos afectivos y emocionales, con las que menos podrán aprender a amar ni a dejarse amar. Otros se enfrascarán en sí mismos, haciéndose pusilánimes (sin ánimo para emprender grandes empresas) y cobardes o se harán agresivos y violentos…, buscando en todos los casos ocultar su dolor… En fin, empiezan a aparecer los trastornos psicológicos más variados.

 

La tendencia homosexual

Una de las búsquedas angustiosas y enfermizas del amor es la tendencia homosexual.

Antes de explicarla, conviene saber que la homosexualidad no es genética, pues por el sexo cromosómico o genético, sabemos que los hombres homosexuales tienen el cromosoma «Y» en todas las células de su organismo, como cualquier hombre no-homosexual; y que ninguna de las mujeres lesbianas tienen ese cromosoma: son mujeres.

Se puede decir entonces, que el sexo nace antes que nosotros. Somos varones o hembras desde el día de la fecundación y lo somos de manera irreversible: el desarrollo de las hormonas masculinas (testosterona) y femeninas (estrógenos y progesterona) depende precisamente del sexo genético; el funcionamiento del sistema nervioso, los ciclos periódicos y la configuración física de nuestra sexualidad no son otra cosa que resultados naturales del sexo genético.

Quiere decir esto que la homosexualidad no es natural ni tampoco lo es la tendencia homosexual.

 

Cómo se da la tendencia homosexual

Según los últimos análisis psicológicos realizados en estos individuos, el ingrediente que más puede incidir para que aparezca la propensión a la conducta homosexual masculina es la ausencia de cariño paterno.

Esto ocurre porque, en el niño la imagen paterno–masculina se entremezcla en su cerebro infantil, sin que pueda hacer una distinción clara de ambos conceptos–personas. Al crecer, justamente por la carencia afectiva, les cuesta mucho más trabajo, en el proceso de maduración, deshacer ese conflicto. En esas condiciones, se opta por conseguir ese cariño inexistente o pobre, a toda costa, en un afecto varonil. Este factor, pues, es determinante.

El caso de las mujeres —más raro que el de los hombres pero más frecuente de lo que se suele creer— se desarrolla también con más facilidad si falta el cariño paterno, aunque la secuencia psicológica es distinta: Por la carencia afectiva del padre, algunas de ellas desarrollan —sobre todo cuando el papá fue violento con la mamá— una aversión contra el sexo masculino, que a veces llega hasta el odio. De ahí que sólo aceptan relaciones abiertas y confiadas con las mujeres, mientras que a los hombres los consideran seres despreciables u odiables, con quienes no conviene interrelacionar, ni compartir abiertamente con ellos las emociones de la vida y, mucho menos, la entrega de sus afectos…

 

Conclusión

Ya que el movimiento hacia lo natural se está dando en todo el mundo y en todas las áreas de la vida del ser humano, conviene también que se propicie en el ámbito de la familia: es necesario fomentar lo natural en la familia, lo que siempre se ha llamado paternidad y maternidad responsables: que los padres evalúen si van a tener suficiente TIEMPO (es decir: amor) para darle a su hijo, antes de pensar en concebirlo.

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Antes de ser padres y madres

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 13, 2017

Todos los educadores son unánimes al respecto: se nota cuando los estudiantes tienen papás, tanto en el rendimiento académico como en el comportamiento.

Y así es, efectivamente: los educandos que sobresalen en las notas y quienes mejores relaciones tienen con sus compañeros y profesores son aquellos que son los que recibieron cariño, atención.

Antes de que aflore la prepubertad, hacia los doce años de edad, todo niño requiere una dosis de atención, cuidado, esmero por parte de sus padres. Y la única medida que tienen para ello es el tiempo que se les dedica.

Ser padres no solo implica procrear, generar una nueva vida, sino darle a ese nuevo ser todo lo necesario para su desarrollo integral: biológico, emocional, moral, espiritual, relacional, afectivo, laboral, cultural, social, lúdico…

Todo esto deben evaluar quienes deseen ser padres antes de dar este paso tan importante: ¿Tendré tiempo suficiente para estar al lado de mi hijo/a hasta que se haga hombre/mujer? ¿Tendré la capacidad de estar a su lado hasta que sea capaz, por sí mismo/a, de acometer todos los desafíos de su vida? ¿Seré capaz de anteponer mi paternidad/maternidad a otras metas personales?…

También las estadísticas afirman que quienes crecieron sin ese apoyo, sin esa ayuda, no solamente no logran su estabilidad en lo emocional y en lo afectivo, sino que desarrollan mucha falencias que los incapacitan para muchas tareas, ¡especialmente para ser padres!, con lo que se perpetúa el problema por generaciones.

La tarea más importante del ser humano es el legado que dejará en la sociedad; y aunque ese legado pueden ser logros profesionales que ayuden a la especie humana, el mayor de todos es dejar nuevos individuos sanos y aptos para aportar lo necesario para la instauración de una vida humana más digna en este mundo: hijos que no tienen problemas emocionales ni afectivos.

Así, pues, antes de ser padres o madres, debemos preguntarnos si lo único que buscamos es llenar un capricho personal egoísta o si queremos dar a esos hijos la mayor estabilidad psicológica posible y los medios necesarios para que se forjen su propia felicidad.

 

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¿Hay vida en otros planetas?*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 2, 2013

Universo

¿Estamos solos en el Universo?

En este video se muestra lo que dice la ciencia al respecto:

https://www.youtube.com/watch?v=_Yv57I7dOcA

 

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Educación sexual obligatoria: tarea compleja

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 11, 2008

Educación sexual obligatoria: tarea compleja

 

Establecida como obligatoria, la cátedra escolar de Educación Sexual ha desatado la preocupación de muchos de los docentes y la polémica por la forma de presentación a los estudiantes.

¿Desde qué edad se debe implantar? ¿Qué tópicos se deben tocar en las edades más tempranas? ¿El estudiante debe conocer la anatomía y la fisiología (funcionamiento) genital? ¿Quién debe ser encargado de la cátedra? ¿un médico? ¿un psicólogo? ¿un sacerdote? ¿Cómo desmitificar la sexualidad, sin llegar a estropear el crecimiento integral del niño y del adolescente?… Son muchas las preguntas que salen a relucir y muy pocas las que se han contestado: es frecuente encontrar profesores que manifiestan no tener los instrumentos necesarios para salir airosos en el  nuevo cargo que se les ha asignado. Es posible que acudan a algún médico, a revistas o libros especializados que les den orientación o que acudan a los manuales, para ello preparados, de instrucción gradual en la sexualidad.

Sobre este tema, que toca directamente la esencia del ser humano, ha salido una cantidad asombrosa de publicaciones, dentro de las que destacan, por su número, las que tienden a lograr únicamente un incremento en el placer sexual, haciendo aparecer la sexualidad como algo superficial, poco profundo, meramente hedonista y, por ende,  no propio del ser humano.

Por otra parte, es frecuente encontrar que el sistema genital o reproductor se estudia de manera similar a como se lo hace con los demás sistemas en el organismo, como el sistema gástrico, el linfático o el cardiovascular: su anatomía, su funcionamiento fisiológico, las patologías (enfermedades) que pueden presentarse, etc. Si se tiene en cuenta que la sexualidad implica comportamientos humanos, lo que no se da en los otros sistemas (no existe, por ejemplo, un comportamiento humano voluntario para el sistema gástrico), se comprenderá que, en esos casos no se está estudiando la sexualidad, sino meramente la genitalidad. Una consideración únicamente biológica del hombre, entonces, haría que se le tratase como a un simple animal, de la misma manera que una cerrada acepción espiritual del hombre, haría de él un ángel. Otro tanto ocurrirá si se limita el concepto del hombre a su aspecto psicológico, dejando de lado su espiritualidad y su corporeidad.

Para tratar el tema de la sexualidad, es necesario adentrarse en la escénica de la totalidad del ser humano: su biología, su psicología y su espiritualidad.  Sólo así se puede entender que no se le puede fraccionar en las partes en las cuales está compuesto.

De este modo, todo comportamiento humano impone la participación del ser, de una manera integral: es toda su composición biológica, psicológica y espiritual la que actúa en el ámbito del comportamiento en general y, por supuesto, en las acciones sexuales. Si un hombre y una mujer cohabitan, se dan todos ellos: no sólo se entregan en el aspecto genital, sino que la entrega es de todos sus seres.

Esto es, precisamente, lo que hace diferente al ser humano de los otros seres: que su entrega comporta el mutuo don de su cuerpo, su alma y su espíritu.

Cuando la entrega está condicionada por alguna circunstancia, el ser humano no llega a cubrir las demandas de su dignidad, y decrece como tal: si alguien busca, en una relación sexual, únicamente el placer que esto le depara, estará dejando de lado partes esenciales de su condición humana, como son el aspecto psicológico y el aspecto espiritual y su acción será meramente animal.

Así mismo, si lo que busca con esa acción es satisfacer la necesidad de sentirse deseado o incluso “amado” (si a esto se le puede llamar amor verdadero) estará mutando también la finalidad del acto y denigrándose a sí mismo. Por esa razón, en ambas circunstancias, el hombre descubre un alto grado de insatisfacción que nace de la sensación de haber utilizado al otro o haber sido utilizado. Aunque esta sensación quiera ser considerada fútil, intrascendente o de poca importancia, siempre quedará ese sabor amargo de la entrega parcial, que es el único que da explicación a la inestabilidad matrimonial actual, cuando se la compara con la que había hace veinticinco años, cuando se suscitó la polémica sobre el uso de la píldora anticonceptiva, el DIU y otros métodos anticoncepcionales artificiales en la relación marital, ya que se hacen a un lado el aspecto natural de la concepción (resultado final de la cópula en los períodos fértiles) y la entrega mutua y total de los cónyuges, haciendo de ellos un par de cómplices de una acción utilitarista, aunque sea de común acuerdo, ya que ambos se estarían utilizando recíprocamente; además, ésta sería una relación que denota entrega parcial y, por lo tanto, no sincera, un acto que destruye la estabilidad de cada uno de los individuos y de la pareja, dando al traste con una de las finalidades de la unión matrimonial, la educación de la prole, quienes no podrán desarrollarse desde el punto de vista psicológico y espiritual, sin asistencia profesional especializada.

Como se comprenderá, la trascendencia de esta circunstancia en la sociedad es la que se observa hoy: muchos de los niños que mañana serán los motores del mundo están creciendo sin uno de sus padres y en una situación precaria de educación humana integral (emocional, espiritual, cultural y de conocimientos) que culminará en un retroceso en la moral de muchas naciones, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de los hombres y de su relación con los demás.

Urge que los educadores a los que se les ha asignado la enseñanza de la Educación Sexual se instruyan primero en la noción integral del ser humano, para que puedan mutar el currículo que hasta ahora se tiene, reducido a veces, a informar sobre la existencia de anticonceptivos, su modo de uso, y a intentar dar “tranquilidad” a los educandos preocupados por enfermedades como el sida. En segundo lugar, es necesario que conozcan los últimos avances científicos sobre métodos anticonceptivos naturales, como el de la temperatura basal o el del moco cervical, los cuales han demostrado gran eficacia, para que la sexualidad no sea simplemente genitalidad y esté basada en el raciocinio, y se pueda hablar ahora sí de paternidad responsable.

Sólo con el engrandecimiento del ser humano (que se da cuando la razón domina sus instintos) se puede propender al auge de la moral y de las buenas costumbres, único camino hábil de quienes pretenden mejorar la sociedad, para el bienestar de sus hijos.

  

 

 

 

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El sexo ‛débil’

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

Un análisis concienzudo de las diferencias entre el hombre y la mujer puede llevar a sorprender a más de uno… ¡y a más de una!

Para comenzar, es necesario recordar que son tres los planos en los que opera el ser humano: el biológico, lo que corresponde a la fisiología; el psicológico, que comprende la afectividad, las emociones, los sentimientos, etc.; y el espiritual, el plano en el que se maneja lo trascendental: la otra vida y lo que dejamos como huella en este mundo.

Conviene pormenorizar cada uno de los planos en los dos sexos:

 

El plano biológico

· Ningún hombre puede quedar, hasta ahora, embarazado. Tampoco puede disfrutar de esa experiencia maternal durante la gestación: los movimientos de su hijo, la sensación de tenerlo dentro de sí, de sentirlo vivo…

· Tampoco hay varón que pueda amamantar a su hijo, darle el alimento de su propio cuerpo, con todo lo que ello representa afectivamente…

· En la definición que da el Diccionario de la lengua española de las tetillas dice que son “menos desarrolladas que las de las hembras”. Efectivamente, se puede decir que estas son una atrofia de las glándulas mamarias, las cuales nunca se desarrollaron en ellos. Debe destacarse, además, que las telillas no sirven para nada.

· El sujeto masculino posee una hormona sexual: la testosterona y sus derivados, mientras que la mujer tiene dos principales: los estrógenos que desarrollan y mantienen los órganos genitales y fomentan los caracteres sexuales secundarios, por un lado; y por el otro, la progesterona o gestágeno, que faculta a la mujer para concebir y ayudar a desarrollar al producto de la fecundación.

· Si los hombres tenemos una zona erógena principal, el pene, las mujeres tienen dos: el clítoris y los bulbos vestibulares, trabeculado venoso ubicado a los lados de la entrada vaginal, con los cuales puede llegar también al orgasmo. Por eso la extirpación del clítoris —como se hace en alguna tribu africana con el nombre de “circuncisión”— es insuficiente para eliminar la satisfacción genital en la mujer.

· En el aspecto de la excitación sexual, no se sabe de hombres que puedan experimentar varios orgasmos durante una cópula, como sí se ha reportado en varias mujeres.

· En la misma línea, los orgasmos femeninos son más intensos: se sabe que, muchas veces, la mujer pierde el sentido durante el clímax, cosa que nunca ocurre en el varón. De hecho, la experiencia muestra que la mujer queda más satisfecha y, quizá por eso, no está pendiente de la próxima relación genital con tanta ansia como muchos hombres.

· Pasando a otro tema, por todos es conocido que la mujer tiene el umbral del dolor más alto que los hombres, en cuanto se refiere al dolor visceral (cólicos, gripe, etc.).

 

El plano psicológico

· En el campo de la responsabilidad hay superioridad: en el trabajo, por ejemplo, a las mujeres les cuesta un poco “salirse” de las reglas establecidas en las empresas; por eso, las estadísticas muestran que son más los gerentes que roban a su compañía. Debido a esto, hoy las corporaciones de ahorro tienen más mujeres como directoras de sus oficinas.

· Y las palabras de los gerentes y de los jefes de personal de las empresas muestran mucho: sus empleados más eficientes son mujeres, aun las que han sido abandonadas por sus esposos, con sus hijos, obviamente.

· En el campo afectivo, si alguien —por ejemplo— cuenta en un auditorio femenino la historia trágica de una mujer embarazada que va en un tren cargando a su hijo —un niño de brazos— y que cuando, al descarrilarse la máquina, intenta sin éxito evitar que las ruedas pasen cercenando un brazo de su pequeño niño, y que lo ve gritar de dolor, las mujeres se erizarán de pena y de dolor. Por su parte, esa misma historia presentada ante un público masculino haría que ellos simplemente dijeran levantando los hombros: “Huy, qué vaina”. Esto quiere decir que los sujetos masculinos no están, por norma general, tan cerca del dolor ajeno como las mujeres; a ellas les “llega” más, se conduelen más fácilmente, sienten con los demás.

· También su ternura innata y su interés por ayudar y por consolar las hace más humanas, la mayoría de las veces.

El plano espiritual

· En el aspecto religioso se nota un sentido de responsabilidad mayor en la mujer: basta visitar las iglesias y observar qué porcentaje de varones hay (en cualquier credo).

· En este plano, el de la trascendencia, se erige como principal la labor educativa (los hijos son, de algún modo, la continuación de nuestros seres), y en este campo se nota que la mujer, como madre, es más paciente, tolerante y comprensiva. Pocas veces las órdenes perentorias de los padres consiguen tanto como las palabras cariñosas de las madres.

· Ellas son, casi siempre, más respetuosas de los sentimientos de sus hijos y saben entender que, algunas veces, esas emociones les impiden actuar bien o responder más rápido y que es bueno esperar un poco. Claro, todo esto es lo común, porque hay muy buenos padres y madres malas, que por fortuna son la excepción.

· Las estadísticas muestran que, cuando hay una separación, la mamá suele quedarse con los hijos (son muy pocos los que luchan por sus hijos), y que a ellas les queda más fácil asumir el papel de padre que al revés: los padres el de las madres.

· Las capacidades para sacar un hogar adelante en ausencia del otro, el encargarse del sostén económico, afectivo y educativo muestran también el talento de la mujer.

· La mujer, además, tiene la potestad de hacer de su novio un digno padre para sus hijos, la capacidad de ir educando y hasta “moldeando” la personalidad de su esposo con esa coquetería, con ese “tire y afloje”: ¿Cómo reaccionaría un hombre si su esposa se niega a la intimidad tras una mirada impura suya a otra mujer? ¿Cómo cambiaría un muchacho si su novia lo va dirigiendo hacia su alma enseñándole que el amor es la lucha total por hacer feliz al otro aun a costa de los propios intereses?

· Y si son madres, son mucho más valiosas: ellas creen que no hacen nada siendo madres. ¡Cómo se nota cuando están ausentes! Algunas veces los descuidan para darles cosas materiales y luego se los encuentra por ahí, dando tumbos, queriendo sólo ganar dinero, poder, honra, placer, bienes materiales… sin nada en el interior… A veces se unen a ellos malas compañías que, junto con el ocio, los inducen a ser viciosos y se vuelven alcohólicos y hasta drogadictos…

La crisis de la sociedad es una crisis de madres: sólo con ellas se puede dar una educación integral a los hijos, sólo con ellas se formarán buenos ciudadanos, sólo con ellas habrá hijos felices que hagan el bien a sus semejantes, sólo con madres que dan amor —realidad que sí nos diferencia de los animales— se cambiará al mundo.

Pero para eso hace falta tiempo. Tiempo para sus hijos. A veces es necesario ayudar al esposo con las cargas económicas del hogar, pero en otras ocasiones, el bienestar material se pone por encima del bienestar psicoemocional, o mejor, integral de los hijos. A veces una supuesta “realización personal” (no hay mejor realización que ser madre) deja huérfanos de tiempo. A veces, las metas materiales de las madres dejan el vacío de lo más importante para un niño: el amor. Algunos y algunas se engañan diciéndose que es más importante la calidad del tiempo que se les dedica que la cantidad. Y ellos necesitan a la mamá —aunque suene redundante— cuando ellos la necesitan, no cuando ellas “pueden” darles ese tiempo: cuando el niño regresa del jardín infantil o del colegio, cuando hacen sus tareas escolares, cuando juegan con sus amigos (¿cómo se sabrá qué clase de amigos tiene nuestro hijo?), cuando tienen percances o accidentes, cuando, al ir creciendo, se sientan solos o tristes, cuando incluso su padre haya sido un poco duro con ellos…, en fin, siempre que se es hijo, se está creciendo y se debe tener una madre. Procrear con la intención clara de que los hijos no van a tener una madre a su lado es injusto e ilógico: nadie puede suplir a las madres; ni la abuela, ni la tía, ni el mismo esposo (los hombres somos menos cuando estamos solos que ellas sin nosotros), ni mucho menos, por supuesto, “la mejor empleada del mundo”.

 

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Si cambiamos otra vez la Constitución, si cambiamos al Presidente, si cambiamos a los dirigentes, si cambiamos la infraestructura del país… no cambiará el futuro de nuestra patria, pero si la mujer cambia habrá esperanza.

¡Y dicen que es el sexo débil!

¡No hay hombre que pueda tanto como una madre! ¡En sus manos está la resurrección del mundo! ¡Si quisieran salvarnos…!

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

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