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Posts Tagged ‘Democracia’

Una alternativa a la democracia

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 9, 2018

¿Monarquía? ¿Dictadura? ¿Aristocracia (el gobierno de los mejores)? ¿Plutocracia (gobierno de los más ricos)?, ¿Teocracia (gobierno de Dios o un representante suyo)? ¿Democracia? ¿Cuál sistema político es el mejor para regir una nación?

En la democracia —que es el más aceptado y el que impera en la mayoría de los países del mundo— muchos votantes no poseen un verdadero conocimiento de la vida, obra y propuestas de los candidatos: ¡Cuántas veces se ha evidenciado que los votantes los eligen por razones tan banales como la amistad, la simpatía, la apariencia!, o tan contrarias a la auténtica democracia como la conveniencia.

En muchos casos se compran votos con dinero en efectivo o, para el mismo fin, se reparten comidas y licor a ciudadanos pobres y hambrientos… Presionan empleados, amenazándolos con el despido si no votan por determinado candidato… En fin: no hay libertad para elegir (sin libertad no se puede dar la democracia).

La falta de honestidad y de valores han conducido actualmente a una degeneración de la democracia, llamada demagogia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder y, muchas veces, la masa los sigue tontamente. Los demagogos recurren sistemáticamente a polarizaciones absolutas (el bien o el mal, la democracia o la antidemocracia, el desarrollo o el atraso, la honestidad o la corrupción), o conceptos imprecisos (“el cambio”, “la alegría”, “la seguridad”, “la justicia”, “la paz”, etc.).

De todo esto se desprende que —aun cuando la corrupción y la desigualdad son fruto del obrar humano, no del sistema político que se tenga— la democracia, tal y como fue concebida, es una utopía.

¿Por qué no pensar entonces en otra alternativa que elimine o, por lo menos, disminuya toda esa fuente de errores en la aplicación práctica de la democracia?

A quienes defienden la democracia como la única opción viable y justa, es decir, a la inmensa mayoría de los seres humanos, les parecerá inadmisible esta propuesta:

Hoy es muy frecuente la especialización; en la medicina, por ejemplo, desde hace tiempo existen las subespecializaciones: médicos pediatras, por ejemplo, que son expertos en oncología pediátrica, neumología pediátrica y en muchas otras áreas específicas para niños. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, tener en cuenta el criterio o la opinión de un arquitecto en una junta médica de neurocirujanos, que estudia las opciones de tratamiento que tiene un determinado paciente.

Asimismo, hay personas más conocedoras de la ética, definida como “el conjunto de normas morales que rigen la conducta de las personas en cualquier ámbito de la vida” o como la “parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores”, encaminado a la consecución del bien común. Sería igualmente ilógico pensar que un joven de 18 años recién egresado de la educación secundaria tenga el mismo conocimiento y la capacidad de juicio de un experto en bioética.

La definición de la tecnocracia es: “el gobierno manejado por quienes tienen mayor formación técnica”. Esto significa que quienes deben administrar el país son quienes saben hacerlo, quienes conocen con profundidad el manejo de esta gran empresa llamada el Estado, es decir, a los expertos.

Consecuentemente, ¿no sería también lógico que fueran los expertos en ética quienes eligieran a nuestros representantes? Es evidente que están más capacitados para hacerlo, puesto que se han entrenado para saber quiénes obran acorde con el bien individual y, sobre todo, colectivo.

Se perdería —por supuesto— aquél ideal democrático de que todos tengan derecho a votar, pero se menguarían en grandísima medida los tremendos y abrumadores errores en los que ha caído histórica y reiterativamente la democracia —los reseñados más arriba—, principalmente el que voten tantos que en realidad ignoran lo que están haciendo en las urnas.

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¿La voz del pueblo es la voz de Dios?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 7, 2016

Vox populi, vox Dei. Esta sentencia —La voz del pueblo es la voz de Dios—, como muchas, se ha establecido como norma, como ley, como palabra inequívoca, irrefutable…, ¡como pronunciada por el mismísimo Dios!

Pero quizá no la hemos evaluado suficientemente, antes de repetirla.

Ejemplo: Después de un debate en una de las Comisiones del Senado de la República, se decide invitar a algunos expertos para que ilustren a los honorables senadores sobre el tópico que trataban y —¡oh, sorpresa!— la decisión de la mayoría cambia: quienes estaban a punto de votar a favor lo hacen en contra.

¿Qué ocurrió? Simplemente, que cuando fueron instruidos en un tema que desconocían adquirieron herramientas suficientes para tomar responsablemente una decisión. Eran ignorantes. Y así —siendo ignorantes— con frecuencia deciden la suerte de otros muchos.

Otro ejemplo: Hoy, muchas empresas privadas y estatales, en los servicios telefónicos de ayuda al usuario, le piden que al final de la llamada califiquen el servicio que prestó el asesor. Sin embargo, muchas veces los usuarios califican a la empresa, no al asesor y, dependiendo de los comentarios y votaciones de los usuarios, el empleado puede ser despedido.

Un último ejemplo muy generalizado en la actualidad: Las publicaciones en las redes sociales se evalúan de acuerdo al número de visitas recibidas. Ocurre con frecuencia que un video que muestra la importancia de la educación de la juventud con miras a la construcción de un mundo mejor tiene muy pocas visitas, mientras que otro muy superficial, vano y bajo, tanto en contenido (no aporta nada bueno) como en su forma (palabras soeces e imágenes vulgares), a los pocos minutos ya ha tenido millones de visitas.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿El número de votaciones (aprobaciones o desaprobaciones) de algo es indicativo de lo bueno o malo que es? ¿O más bien nos indica el grado de degradación de la sociedad que vota?

Por otra parte, a veces la voz del pueblo es totalmente contraria al bien común (a la voz de Dios): recordemos épocas en las que era totalmente inadmisible el voto de las mujeres o que las personas de raza negra tuvieran derechos…

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la mayoría de los votantes —tanto en las urnas de una democracia como en las redes sociales— no tienen el conocimiento suficiente para tomar una determinación sobre temas de trascendental importancia en la vida de los seres humanos, por lo menos no en todos los temas que tienen que ver con el bien común. Esta es la razón por la que en el primer ejemplo de este artículo, los senadores cambiaron su posición respecto al tema que se dirimía: no lo conocían suficientemente.

Lo grave es que eso ocurre diariamente: la inmensa mayoría de las personas opinan —y votan— sobre un tema sin estudiarlo con profundidad.

Por eso, es completamente equivocado dejar en manos de quienes ignoran un tema las decisiones importantes de la vida de los demás.

Sigamos con los ejemplos: son quienes no saben nada acerca de embriología y genética los que están de acuerdo con el aborto, pues desconocen que ya hay una vida desde la concepción; son quienes nada saben del tamaño del virus del sida ni de estadísticas sobre las conductas riesgosas los que creen que la solución para prevenirlo es el uso del preservativo; son quienes de psicología infantil ignoran casi todo los que abogan por la adopción de niños por parte de parejas de homosexuales; son los que nada han leído sobre sexo cromosómico, gonadal, embrionario, fenotípico o genital, quienes hablan sobre género, en vez de sexo…

No sobra repetirlo una vez más: la voz del pueblo no siempre es la voz de Dios.

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¿Libertad religiosa?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 27, 2015

DUDH 3

La libertad religiosa es un derecho fundamental que se refiere a la opción de cada ser humano de elegir libremente su religión, de no elegir ninguna (irreligión), o de no creer o validar la existencia de un Dios (ateísmo y agnosticismo), y ejercer dicha creencia públicamente, sin ser víctima de opresión, discriminación o intento de cambiarla a la fuerza.

Este concepto va más allá de la tolerancia religiosa, que consiste en el simple respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. También abarca el reconocimiento de inmunidad política a quienes profesan religiones distintas a la admitida oficialmente. Y permite, como una concesión gratuita, el ejercicio de profesar cualquier religión, es decir, la libertad de culto.

En las democracias modernas generalmente el Estado dice garantizar la libertad religiosa a todos sus ciudadanos; pero las situaciones de discriminación religiosa o intolerancia religiosa siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del mundo, registrándose casos de preferencia de una religión sobre otras, intolerancia y persecución a ciertos credos, hasta con el homicidio, inclusive.

La libertad religiosa es reconocida por el derecho internacional en varios documentos, como el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el art. 27 de este mismo pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14, y el artículo 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el citado artículo 18, indica:

«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

Asimismo, en la Constitución política de Colombia, Artículo 19, se garantiza la libertad de cultos: toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.

Además, también en Colombia, está vigente la Ley 133 de 1994 (mayo 23), reglamentada parcialmente por el Decreto Nacional 1396, de 1997, por la cual se desarrolla el Decreto de Libertad Religiosa y de Cultos, reconocido en el artículo 19 de la Constitución Política. La Ley 133 fue declarada exequible por la Corte Constitucional, según Sentencia C – 088 de 1994.

¿Libertad de culto?

Pero las medidas tomadas en algunos países de Europa —prohibir el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones, para no vulnerar los derechos de los otros— reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo:

¿Qué es más libertad de culto: impedir a todos los ciudadanos usar símbolos religiosos o permitirlos todos, en una apertura de mente y de conciencia respetuosa de los derechos de los demás?

La noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta la norteamericana, laica, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado.

La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico, que pretende excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen “deslaicizar la laicidad” para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe, sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos contrarios al Derecho. Así, incluso, se reconocen lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En Colombia, en este punto se ha seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, Hare Krishna, Israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc., etc., etc.

En cambio, en todos los sitios públicos de varios países de Europa (colegios, universidades, entre otros) está prohibido poner una Cruz cristiana, la Estrella de David judía o la Estrella y la Luna creciente del Islam…, adoptando la posición intolerante y coercitiva de Francia, ¡el país de los Derechos Humanos!

 

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¿Quién ganó las elecciones?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 5, 2011

Uno de los candidatos dice estar feliz, y declara que los resultados de la «fiesta democrática» que se vivió ayer lo favorecen: ahora se está viendo, según él, que son muchos los que apoyan sus tesis, los que votaron por él, sean o no de su partido.

Pero, ¿quién ganó realmente?

La respuesta a esta pregunta es fácil: el primer lugar lo ocupa el inmenso grupo de ciudadanos que no participaron en la jornada democrática: cerca de dos terceras partes de las personas con derecho a votar se abstuvieron.

En segundo lugar, teniendo también en cuenta el potencial de votantes (quienes están en capacidad de votar en el país), el candidato que más votos obtuvo alcanzó apenas ¡un poco más del doce por ciento de los votos!

Todo esto significa, en buen romance, que:

  1. La mayor parte de la población desea un cambio total en la democracia o no cree en ella

  2. El próximo presidente gobernará al país con el apoyo democrático de una mínima parte de ciudadanos

Ante estas incuestionables verdades, ¿qué podrán decir los demás candidatos?

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¿Democracia?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 1, 2010

 

“De todos los sistemas políticos que se han intentado en la historia, la democracia es el menos malo”; esta frase se repite constantemente cuando se explican las fallas que se le encuentran.

Efectivamente, ante las otras opciones —la monarquía, la dictadura, la aristocracia (el gobierno de los mejores), la tecnocracia (gobierno manejado por quienes tienen mayor formación técnica), la plutocracia (gobierno de los más ricos), la teocracia (gobierno de Dios o un representante suyo) y demás sistemas políticos por los que se podría regir una nación—, la mayoría de las personas prefiere la democracia pues, por definición, es el mismo pueblo quien ejerce la soberanía.

Desde el punto de vista etimológico, la palabra tiene dos elementos compositivos: demo–: pueblo y ­–cracia: fuerza; lo que significa: el poder del pueblo. Así pues, la democracia es un sistema político, cuya característica predominante es que las decisiones son tomadas por el pueblo, respondiendo a la voluntad colectiva.

La democracia es, además, una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales.

La elección es el principio básico de la democracia.

Al comienzo, en la Grecia antigua se prefería recurrir a la suerte para designar a los magistrados y a los altos funcionarios, por un tiempo relativa­mente corto, a fin de permitir a los ciudada­nos, por una rotación de funciones, ejercer por turno una función gubernamental. Los gobernados que asistían regularmente a la eclesia (asamblea de ciudadanos con derechos políticos) tenían también una participación di­recta en las decisiones gubernamentales.

En el siglo XVIII, el principio de elección fue reforza­do por la hipótesis de que el pueblo fuera representado por los elegidos, pero fue hasta el XIX cuando la lucha por las ideas democráticas se confundió con la lucha por el sufragio universal.

Desde entonces, democracia y elección fueron indisolubles, y se empezaron a distinguir dos tipos de democracia: una teórica e ideal, en la que la decisión es adoptada directamente por el pueblo, sin mediación de un órgano represen­tativo llamada democracia directa y la democracia representati­va, en la cual el pueblo es representado por algunos ciudadanos elegidos para tal fin.

Ahora existe también la democracia participativa, llamada así para resaltar la posibilidad del pueblo de participar directamente en la toma de las decisiones políticas: se facilita a los ciudadanos su capacidad de asociarse y organizarse de tal modo que puedan ejercer una influencia directa en las decisiones públicas o se les dan amplios mecanismos plebiscitarios (por ejemplo: consultas que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre soberanía, ciudadanía, poderes excepcionales, etc.).

Pero la realidad es otra:

  • La mayoría de los votantes no hacen un juicio maduro y responsable antes de elegir a sus representantes: ¡Cuántas veces se ha evidenciado que los votantes los eligen por razones tan banales como la amistad, simpatía, apariencia (“Voté por él porque tiene un bigote muy lindo”, decía un vez una ciudadana)…! o tan contrarias a la democracia como la conveniencia; no por un verdadero conocimiento de la vida, obra y propuestas de los candidatos, es decir, por un acto auténticamente democrático.

 

  • Lo anterior es poco viable, pues muy pocas veces los candidatos cumplen las propuestas y promesas que hacen en sus campañas; son innumerables las ocasiones en las que la oposición, los medios de comunicación y quienes los eligieron lo han comprobado y denunciado.

 

  • Además, las hojas de vida de los candidatos casi nunca indican los resultados del trabajo que realizarán como representantes del pueblo: no muestran cómo van a gobernar.

 

  • Con demasiada frecuencia no hay fidelidad a las ideas que postulan los candidatos: contrarios se alían tras un descalabro inicial en los resultados de la votación, haciendo componendas, acuerdos y pactos políticos que traicionan sus supuestos principios y postulados. Muchas veces, de quienes habían hablado mal en las campañas después los disculpan diciendo que nos se les probó nada…

 

  • Puesto que las campañas se deben financiar, casi siempre se quedan debiendo muchos favores que, en muchos casos, venden los principios, no solo del candidato sino hasta del partido que representan.

 

  • En muchos países pobres se le dan gigantescos auxilios económicos a los partidos para sus campañas políticas, mientras los numerosísimos pobres que hay en ellos todavía no tienen cubiertas sus necesidades básicas: educación, vivienda, alimentación, salud, vías…

 

  • En esas mismas naciones, cuando los candidatos no han logrado más del cincuenta por ciento de los sufragios, se hacen unas nuevas elecciones (las llamadas “segundas vueltas”), de altísimo costo para los contribuyentes, aun cuando sea evidente y arrollador el triunfo de uno de ellos.

 

  • De todo esto resulta que en realidad no hay verdadera representación: el pueblo que elige sigue carente de sus necesidades primordiales.

 

  • Es evidente que los ciudadanos no se benefician de igual modo de las libertades públicas.

 

  • Como si fuera poco, por la reinante corrupción administrativa, una buena parte del erario público es desmenuzado y repartido injustamente entre los representantes del pueblo y los intermediarios; de otro modo, con lo que se recauda, se verían obras que eliminarían verdaderamente las injusticias sociales.

 

  • En muchos casos se compran votos con dinero en efectivo o, para el mismo fin, se reparten comidas y licor a ciudadanos pobres y hambrientos… Presionan empleados, amenazándolos con el despido si no votan por determinado candidato… En fin: no hay libertad para elegir (sin libertad no se puede dar la democracia).

 

  • La falta de honestidad y de valores han conducido actualmente a una degeneración de la democracia, llamada demagogia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder y, muchas veces, la masa los sigue tontamente. Los demagogos recurren sistemáticamente a polarizaciones absolutas (el bien o el mal, la democracia o la antidemocracia, el desarrollo o el atraso, la honestidad o la corrupción), o conceptos imprecisos (“el cambio”, “la alegría”, “la seguridad”, “la justicia”, “la paz”, etc.).

 

  • Entre los congresistas es sabido que, para mantenerse, es necesario que sean aprobados sus proyectos de ley, sin importar si son realmente beneficiosos y útiles para los ciudadanos. De ahí que se legisle tanto y tan inútilmente.

 

  • Aunque de muchos políticos se habla de corrupción, pocas veces se los juzga y castiga: sus hojas de vida quedan incólumes.

 

  • Finalmente, las constantes denuncias —de hecho y de derecho— de fraudes electorales dejan siempre la duda sobre la veracidad de los resultados en el conteo de votos.

 

De todo esto se desprende que —aun cuando la corrupción y la desigualdad son fruto del obrar humano, no del sistema político que se tenga— la democracia, tal y como fue concebida, es una utopía.

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