Saber vivir

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“TIPS” para la educación de los hijos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 2, 2016

Los siguientes son unos consejos puntuales que resumen casi todo lo que de actitud debe tener un padre o madre, para educar adecuadamente a sus hijos

• Castiga POR amor (no por rabia u otra razón) y CON amor (no con rabia o con otra emoción)

• Explica siempre por qué castigas
• Nunca grites ni levantes la voz; que tus hijos noten tanto tu serenidad como tu seguridad: suavidad y hasta dulzura en las palabras, junto con una decisión irrevocable
• Una vez establecido un castigo, no te retractes: jamás dejes de cumplirlo

• Nunca amenaces; actúa

• Verifica una y otra vez que tus órdenes se cumplan: no te distraigas: si ordenaste no correr, por ejemplo, fíjate si después de unos minutos ya no te están obedeciendo, para poner remedio de inmediato

• Cuando se han puesto todos los anteriores medios y no se consiguen resultados, apriétale el antebrazo a tu hijo (sin torcerlo) -y mirándolo fijamente a los ojos- repréndelo con voz firme y suave (sin levantar la voz)

• Si un padre decide algo, el otro debe hacerlo respetar (no importa si está de acuerdo o no)

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LEE ESTO TODOS LOS DÍAS, MEDÍTALO, PONLO EN PRÁCTICA, REVISA DIARAIAMENTE CÓMO ESTÁS CUMPLIENDO CADA CONSEJO, CORRÍGETE AL DÍA SIGUIENTE…

TERMINARÁS GANANDO AUTORIDAD, VIVIRÁS EN UN HOGAR LLENO DE PAZ Y, SOBRE TODO, ¡HARÁS FELICES A TUS HIJOS!

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¡Quite el freno!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 28, 2008

Con frecuencia se piensa que ser libre es no estar en la cárcel, no tener que pedir permisos u obedecer órdenes, no estar sujetos ni subordinados… Se cree que la libertad es poder hacer lo que se desea, no depender de nadie para tomar decisiones.

Pero, ¿qué sucede cuando es el mismo individuo quien coarta su propia libertad? A menudo se encuentran personas que viven condicionándose a sí mismas, y no se percatan de ello.

La libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Como se deduce, perder la libertad es perder esa capacidad, no solamente por condicionamientos externos, sino internos.

Puede suceder que estemos cohibidos para hacer algo positivo, por alguna experiencia de muestra infancia. Hay quien no puede, por ejemplo, contestar bien a una agresión, ya que el ejemplo que recibió de su padre fue reaccionar con violencia: siempre que se sintió vulnerado, gritó, insultó, golpeó, etc. Vivirá sin esa libertad hasta que un psicólogo o alguna circunstancia particular logre romper ese freno que tiene desde su infancia.

En otras ocasiones el individuo se da cuenta de que estuvo frenándose durante mucho tiempo. Este es el caso de una persona que le temía exageradamente a la oscuridad y, de pronto, descubrió que ese era un miedo tonto e infantil, nacido de los cuentos para niños que le leía su madre. Luego de que adquirió conciencia de ello, se forzó a caminar por un parqueadero oscuro varias veces, y después pudo afirmar que se quitó ese freno.

Y esto se da hasta en los actos más sublimes: es repetidísimo —por desgracia— el caso de quienes no logran amar porque sus padres nunca se amaron. Este freno es mucho más difícil de erradicar…

Pero el peor de todos los frenos es el de quienes se anulan completamente diciendo, por ejemplo: «Es que yo soy así», «Es mi forma de ser», «Nadie puede cambiar»… Porque los que piensan así se niegan la posibilidad de curarse, de crecer o de mejorar en cualquier campo: no intentan nada pues, según ellos, no existe la posibilidad de que alguien cambie. Y esto equivale a decirse a sí mismos que no pueden quitar el pie del freno.

Si bien los animales siguen ciegamente el instinto por un mecanismo bioquímico, como lo hacen las plantas al dirigirse siempre hacia el sol, el ser humano tiene algo que aquellos y estos no poseen: la voluntad.

La voluntad es la potencia que mueve a hacer o no hacer una cosa, el libre albedrío o la libre determinación. Y esta facultad no la tiene ninguna otra especie: solo nosotros podemos decir que no a los instintos, a los impulsos, al sentimentalismo, a las pasiones, a los condicionamientos…

Solo el ser humano puede revertir las limitaciones o restricciones —los frenos— que la educación equivocada o ciertas circunstancias pusieron en su naturaleza humana, con las que le hicieron perder su estado natural: su pureza inicial, la libertad con la que nació.

Si no fuera así, nadie tendría méritos y nadie merecería reprobación: diríamos que tanto los buenos como los malos son así, por naturaleza, y que ninguno de ellos puede cambiar. Por lo tanto, deberíamos abolir castigos y premios, cárceles y reconocimientos, aplausos y reproches, pergaminos y reprobaciones…

Si el ser humano no pudiera cambiar, ¿en qué consistiría educar o formar a los jóvenes?

En ese mismo supuesto, la psiquiatría y la psicología no habrían prestado tantos y tan buenos servicios a la humanidad, como se puede verificar en innumerables investigaciones en las que se comprobó científicamente cómo muchos hombres y mujeres lograron cambiar su modo de ser, de actuar o de ver la vida, siguiendo criterios que desconocían, con los que pudieron eliminar esos frenos o limitaciones, que les impedían vivir normalmente.

Además, ¿por qué inciden las filosofías y las religiones en la gente, hasta el punto de determinar en ellos nuevas conductas y modos de vida? ¿Cómo se explicarían las conversiones de tantos pecadores que dejaron atrás su mala vida e iniciaron una nueva, llena de aspectos positivos y enriquecedores?…

El mismísimo Dios vino a la tierra a predicar a los hombres, porque los creó con la capacidad de recibir su mensaje y convertirse, de cambiar, de quitarse los frenos que los atan y de ser libres y felices.

Entonces, ¡quítese los frenos! Y, si no puede solo, déjese ayudar. Pero, por favor, crea en usted tanto como Dios cree en su capacidad de cambio; crea que cambiar es posible para todo ser humano.

 

 

 

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La felicidad conyugal

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

EDUCAR AL HOMBRE

La experiencia muestra que, cuando se casan, la mayoría de los hombres buscan una forma de «estabilizarse» (sexualmente) con una sola amante, tener quién se encargue de «esas cosas del hogar» y de toda la responsabilidad que representa ser padres y, a veces, tener una mujer qué mostrar.

Por su parte, la mayoría de ellas desean tener un esposo de quién recibir amor, ver crecer a sus hijos y formar un hogar donde haya paz y prosperidad…

El «pecado» —siempre— es creer que los hombres piensan como ellas.

Si se dieran cuenta de la realidad, elegirían con mayor cautela a su novio: un hombre con principios morales e ideales nobles y, además, responsable con Dios y con los demás: su familia, el trabajo, sus amigos…

Luego, lo educarían antes de dar el salto al matrimonio: con delicadeza demandarían de él espíritu de entrega y de generosidad con algún sacrificio de sus propios gustos que demuestre su amor por ella; más adelante, lo probarían para verificar si es capaz de dejar hasta sus metas nobles por la felicidad de su novia… Y así, irían exigiendo cada vez un poco más, hasta que ese hombre esté capacitado para luchar por la felicidad de ella y de sus hijos. Con ello se lograría, no solo el anhelo de la mujer, sino su propio enriquecimiento personal.

«¡Un hombre así sí vale la pena!», exclamó una señora cuando escuchó esto en una charla.

Y tenía razón: con hombres educados así se conformarían matrimonios más estables y hogares luminosos y alegres; sus hijos serían mejores ciudadanos, lo cual ennoblecería la sociedad en que vivimos.

Por otra parte, se disminuiría considerablemente la rata de fracasos conyugales y sus consecuencias lógicas: infelicidad de cada uno de los componentes de la pareja e inestabilidad afectiva y emocional de la prole.

La forma de lograrlo está plasmada en la frase que el conferenciante le contestó a la susodicha señora:

«Fórmelo usted, señora; y será feliz».

 

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