Saber vivir

Posts Tagged ‘Egocentrismo’

El dolor humano

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 1, 2014

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y mientras más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir sólo unos pocos días bebiendo únicamente agua mineral: pero es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así son los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué en la naturaleza existe esa ley?

Es que cada acto de amor a otro extirpa de mí un poco de mi egoísmo o, por lo menos, de mi egocentrismo. Esta pequeña violencia que me hago al olvidar mi satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco mi egoísmo, y no me importa, puesto que estoy enamorado.

Ese “morir un poco mi egoísmo” es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en quien amo que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y —¡qué paradoja!— así me hago feliz.

En la medida en que tenga más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, me sacrifico más por él. Basta ver el amor de una madre, y hacer memoria de la cantidad ingente de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él… como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro yo, para que aparezca el : si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor de cada día el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor de cada día el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor de cada día el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

Si supiéramos qué tan bueno es el dolor, se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera.

Todo, aun lo que parece negativo, es para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

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Trastorno afectivo bipolar

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 5, 2014

¿Qué es el trastorno bipolar?

Este es el título del libro del Dr. Eduard Vieta*, psiquiatra del Hospital Clinic, de la Universidad de Barcelona, Francesc Colom y Anabel Martínez-Arán.

En él, los autores lo definen así (p. 7):

“La enfermedad bipolar consiste en una alteración de los mecanismos que regulan el estado de ánimo, de forma que los cambios habituales que experimenta cualquier persona en su tono vital se acentúan hasta un punto que puede llegar a requerir hospitalización.”

Esto quiere decir que las variaciones en el estado de ánimo que no llegan a esos niveles deben considerarse normales, que es lo que le ocurre a todo ser humano en su vida cotidiana: episodios de mayor o menor depresión y también episodios de mayor o menor manía, que hay que saber manejar, como lo hace la mayoría de los seres humanos.

Pero hoy se hacen muchos de diagnósticos de enfermedad bipolar en personas (no se deben llamarlos pacientes, pues no padecen enfermedad alguna) normales.

Lo que preocupa es que, una vez que un psiquiatra o psicólogo le dice a esas personas que padecen (convirtiéndolos así en pacientes) de trastorno afectivo bipolar o enfermedad bipolar, se sienten marcadas con ese calificativo, y desde entonces comienzan a autoevaluar constantemente sus comportamientos, para descubrir cuáles son característicos de esa enfermedad, autoinduciéndose así a concentrar la mente en sí mismos y en el “problema” que tienen (!?).

Obviamente, este egocentrismo genera en ellos un incremento de los síntomas, seguido de una sensación de autocompasión y también del deseo de producir compasión en quienes viven a su alrededor, máxime cuando el psiquiatra les dice a los familiares que el “paciente” sufre de esa enfermedad y que hay que cooperar en su tratamiento, como lo hace el libro del Dr. Vieta.

En cambio, cuando a la persona se le informa que su condición es la normal del ser humano y se le dan los medios para implantar en ellos las virtudes de las que carecen, el resultado es muy positivo: muchos de ellos empiezan a concentrar su vida en servir a los demás (haciendo a un lado la autocompasión y olvidándose de ese enfermizo interés en que los demás se ocupen de ellos), dejan los medicamentos y comienzan a vivir una vida normal, con sus luchas, sus triunfos y sus fracasos —que asumen con madurez—, aceptando vivir en adelante unas etapas de bienestar y optimismo y otras de malestar y pesimismo, como nos ocurre a todos.

Por eso, es utópico aspirar a que todos lleguen a una estabilidad anímica total, porque lo normal es esa variabilidad en el ánimo, más acentuada en las mujeres por sus cambios hormonales.

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*  El Profesor Eduard Vieta en la actualidad es profesor titular de Psiquiatría por la Universitad de Barcelona y Jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital Clinic de Barcelona, donde ejerce como médico consultor y director del Programa de Trastornos Bipolares. Dicho Programa es uno de los líderes mundiales en investigación clínica en trastorno bipolar y está financiado a través de proyectos competitivos por el Instituto de Salud Carlos III, el 7º Programa Marco de la Unión Europea, y el Stanley Medical Research Institute de Estados Unidos. El Dr. Vieta es también investigador del Institut dInvestigacions Biomèdiques August Pii Sunyer (IDIBAPS) y del Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM).

A lo largo de su vida profesional ha publicado más de 400 artículos originales en revistas internacionales, más de 200 capítulos de libros y 25 libros completos sobre trastorno bipolar, tanto puramente científicos como divulgativos. También forma parte del comité editorial de numerosas revistas científicas y ha recibido los premios internacionales Aristóteles y Mogens Schou a la excelencia investigadora por su trayectoria científica y el premio 2011 del Colegio de Médicos de Cataluña y Baleares (COMB) a la Excelencia profesional.

Ha sido asesor de la presidencia europea en investigación en neurociencia y profesor invitado de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.

 

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