Saber vivir

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Sencillez

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 3, 2017

Esta es una de las virtudes más valoradas: el hombre sencillo, la mujer sencilla, son acogidos en todas partes.

Obviamente, no se habla aquí de esa versión de la sencillez que usan algunos para descalificar a otros, por su poquedad de ánimo o de cultura y presencia; o porque son incautos, fáciles de engañar; no: quien posee la virtud de la sencillez es una persona natural, espontánea, habla sin sutilezas ni artimañas, no tiene doblez ni engaña.

Es sincero; jamás usa perspicacias ni simulaciones ni engaños. Nunca finge ni habla con tapujos. No es hipócrita. Ni siquiera dice verdades a medias ni mentiras “piadosas”.gota-de-agua

Cuando te habla, te mira a los ojos, te mira de frente, no habla de ti a tus espaldas, te dice en la cara lo que siente, nada se calla fuera de lo que la prudencia le dice que es inútil y puede producir males mayores.

Por otra parte, quienes son sencillos acogen lo que les dicen tal y como se los dicen; no están preguntándose: “¿Qué me habrá querido decir con eso?”. Con la misma sencillez con la que hablan, escuchan.

Contestan lo que les preguntan; eso, y nada más.

¡Pero qué escasa es esta hermosa virtud!

 

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Mentes abiertas

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en diciembre 26, 2016

mente-abiertaSegún la Real Academia de la Lengua, el fundamentalismo es una “exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”. En palabras sencillas, el fundamentalista te exige que te sometas a su modo de pensar o de actuar. Y te lo puede exigir de muchas maneras: no solamente por medio de violencia física, sino también agrediéndote verbalmente, presionándote para forzar tu voluntad, descalificándote si no piensas igual, burlándose de ti, etc.

Esta actitud está frecuentemente unida al fanatismo: “Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones.” Los fanáticos son esas personas incapaces de escuchar una opinión contraria, sin criticarla o atacarla de inmediato, pues no tienen la mente abierta a otros criterios: se cierran a priori a cualquier otra posición. Por eso se los denomina también personas de mente cerrada, absolutistas inmaduros, que no podrán alcanzar la verdad, pues se frenan, aferrándose a su posición.

Y los hay en todas las áreas: en la religión, en la política, en la opinión sobre temas públicos, en la historia, en el deporte…

Jamás aceptarán una cualidad de su oponente, abultarán sus errores y minimizarán los defectos de quienes defienden;  y lo mismo harán con su partido político, con su candidato o con sus creencias…

El hombre y la mujer libres, por el contrario, escuchan con atención e interés las nuevas propuestas o posiciones diferentes a las suyas, buscando las razones por las que otros las siguen, para verificar su viabilidad y, si así es -abiertos al cambio-, acogerlas con el fin de mejorar como seres humanos y avanzar más rápidamente en el descubrimiento de la verdad.

Si estos últimos fueran creciendo en número, no solamente disminuirían las polémicas inútiles, sino que un día se acabarían las guerras.

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Juzgar

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 8, 2014

En las discusiones, es muy frecuente que alguno (y a veces hasta todos los que discuten) tenga su posición sesgada, torcida hacia un lado, distinto de la verdad.

Esto suele ocurrir por una de estas 3 razones:

Primero, por prejuicios: tener opiniones anticipadas e inflexibles acerca de algo que se conoce mal. Por eso, prejuzgar consiste en juzgar las cosas sin tener de ellas un conocimiento completo. Este tema ya fue presentado en este blog, cuando se habló sobre la felicidad; se puede leer en:

https://mauriciorubiano.wordpress.com/2014/08/01/opinar-sobre-la-felicidad/

En segundo lugar, las personas suelen tener posiciones inclinadas anticipadamente hacia una postura determinada. Es el caso que quienes, por defender un credo o idea, adecúan todos los argumentos de la discusión con el único fin de demostrar que su posición es la correcta.

Por supuesto, en ambos casos se puede decir que esas personas no son totalmente libres para juzgar ni las situaciones ni las personas, pues para descubrir la verdad —toda la verdad— es necesario no solamente conocer bien el tema, sino estar abierto al diálogo y, sobre todo, a la posibilidad de estar equivocado. A esas personas les queda imposible salir del error.

Pero lo que más quita la libertad para juzgar una circunstancia es la tercera razón: no escuchar a ambas partes, antes de dar el juicio.

Los ejemplos pueden ser múltiples: si viéramos una película americana sobre la época de la Guerra fría y nos dejamos influenciar por ella, concluiremos que la Unión Soviética era la malvada entonces; pero, ¿qué ocurriría si viéramos una película hecha en la URSS?… Lo mismo sucedería si leyéramos un libro que analiza ese momento histórico: habría que averiguar primero de qué lado estaba quien lo escribió…

Es indispensable, pues, tener el equilibrio, la ecuanimidad de escuchar a las partes que están en discusión y sacar una conclusión más cercana a la realidad.

En el caso, por ejemplo, de los consejeros matrimoniales, si solo escuchan a uno de los cónyuges, tendrán un enfoque parcializado de la situación; es necesario que los oigan a ambos, para poder acercarse un poco más a la verdad (que nunca llegarán a abarcar completamente), y tener la capacidad de evaluar mejor la situación conyugal, con lo que podrán emitir un juicio más acertado, que los capacite para realizar un tratamiento más eficaz.

A esto se suma un par de conductas no tan poco comunes como se cree: las malas experiencias y la generalización. Otro ejemplo puede ayudarnos a comprenderlas: el caso de un niño violado por un sacerdote, que con el tiempo desarrolla una gran aversión a todo el clero, a la Iglesia y hasta a su doctrina; si canaliza su dolor leyendo todo documento anticatólico o anticlerical que encuentra, estimulará poco a poco su rencor, hasta que se convierta en odio. Y, si se encuentra con escritos sesgados que solo muestran el lado malo de la Iglesia, alimentará ese aborrecimiento más y más…

Estos son los individuos que más caen en los 2 errores anteriormente descritos: prejuzgar y acomodar la verdad para defender su posición.

Al llegar a este punto, debemos tener en cuenta que estamos hablando de seres humanos heridos (a veces muy gravemente), incapaces de encontrar la diferencia entre el individuo (un sacerdote malvado) y la institución a la que pertenece, tal y como lo hacen muchos con la conocida falacia: «Carlos es colombiano; muchos colombianos son narcotraficantes; en consecuencia, Carlos es narcotraficante».

A estas heridas e incapacidades se suman muchas más, especialmente la agresividad: en vez de exponer su enfoque con serenidad, dejando abierta a los demás la posibilidad de que discrepen de ellos, los tildan de ciegos e ignorantes, cuando no los ofenden más gravemente, evidenciando así su falta de seguridad en sus propios criterios. Olvidan que la verdad se sostiene sola, no necesita ser defendida, solo debe ser presentada para que brille por sí misma.

Esta inmadurez es debida, obviamente, a su historia de traumatismos, sumada a sus continuos desaciertos para eliminar su dolor interior o, al menos, disminuirlo.

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