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¿La voz del pueblo es la voz de Dios?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 7, 2016

Vox populi, vox Dei. Esta sentencia —La voz del pueblo es la voz de Dios—, como muchas, se ha establecido como norma, como ley, como palabra inequívoca, irrefutable…, ¡como pronunciada por el mismísimo Dios!

Pero quizá no la hemos evaluado suficientemente, antes de repetirla.

Ejemplo: Después de un debate en una de las Comisiones del Senado de la República, se decide invitar a algunos expertos para que ilustren a los honorables senadores sobre el tópico que trataban y —¡oh, sorpresa!— la decisión de la mayoría cambia: quienes estaban a punto de votar a favor lo hacen en contra.

¿Qué ocurrió? Simplemente, que cuando fueron instruidos en un tema que desconocían adquirieron herramientas suficientes para tomar responsablemente una decisión. Eran ignorantes. Y así —siendo ignorantes— con frecuencia deciden la suerte de otros muchos.

Otro ejemplo: Hoy, muchas empresas privadas y estatales, en los servicios telefónicos de ayuda al usuario, le piden que al final de la llamada califiquen el servicio que prestó el asesor. Sin embargo, muchas veces los usuarios califican a la empresa, no al asesor y, dependiendo de los comentarios y votaciones de los usuarios, el empleado puede ser despedido.

Un último ejemplo muy generalizado en la actualidad: Las publicaciones en las redes sociales se evalúan de acuerdo al número de visitas recibidas. Ocurre con frecuencia que un video que muestra la importancia de la educación de la juventud con miras a la construcción de un mundo mejor tiene muy pocas visitas, mientras que otro muy superficial, vano y bajo, tanto en contenido (no aporta nada bueno) como en su forma (palabras soeces e imágenes vulgares), a los pocos minutos ya ha tenido millones de visitas.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿El número de votaciones (aprobaciones o desaprobaciones) de algo es indicativo de lo bueno o malo que es? ¿O más bien nos indica el grado de degradación de la sociedad que vota?

Por otra parte, a veces la voz del pueblo es totalmente contraria al bien común (a la voz de Dios): recordemos épocas en las que era totalmente inadmisible el voto de las mujeres o que las personas de raza negra tuvieran derechos…

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la mayoría de los votantes —tanto en las urnas de una democracia como en las redes sociales— no tienen el conocimiento suficiente para tomar una determinación sobre temas de trascendental importancia en la vida de los seres humanos, por lo menos no en todos los temas que tienen que ver con el bien común. Esta es la razón por la que en el primer ejemplo de este artículo, los senadores cambiaron su posición respecto al tema que se dirimía: no lo conocían suficientemente.

Lo grave es que eso ocurre diariamente: la inmensa mayoría de las personas opinan —y votan— sobre un tema sin estudiarlo con profundidad.

Por eso, es completamente equivocado dejar en manos de quienes ignoran un tema las decisiones importantes de la vida de los demás.

Sigamos con los ejemplos: son quienes no saben nada acerca de embriología y genética los que están de acuerdo con el aborto, pues desconocen que ya hay una vida desde la concepción; son quienes nada saben del tamaño del virus del sida ni de estadísticas sobre las conductas riesgosas los que creen que la solución para prevenirlo es el uso del preservativo; son quienes de psicología infantil ignoran casi todo los que abogan por la adopción de niños por parte de parejas de homosexuales; son los que nada han leído sobre sexo cromosómico, gonadal, embrionario, fenotípico o genital, quienes hablan sobre género, en vez de sexo…

No sobra repetirlo una vez más: la voz del pueblo no siempre es la voz de Dios.

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Bienestar duradero y estable

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 15, 2012

En un avance de la vigésima tercera edición de su Diccionario, la Real Academia Española define la palabra: Trastorno como: “Perturbación de las funciones psíquicas y del comportamiento”. Y así fue como denominé a la homosexualidad frente a una psicóloga que, con aire de librepensadora moderna, me cuestionó:

—¿Trastorno?

—Sí.

Ella repitió su pregunta con la sonrisa que suelen poner los doctos en una materia cuando habla un lego con ellos, mientras se le quebraba un poco su voz por una ligera risa refrenada que salía de su boca:

—¿Trastorno…?

—Ya que hablo con una profesional, me animo a explicarte que en una cópula sexual entre un hombre y una mujer, cuando ella está excitada, las glándulas de Bartolino, que se encuentran a la entrada vaginal, segregan una sustancia lubrificante para impedir que el roce de las mucosas produzca en ellas excoriaciones o erosiones (pérdida del epitelio o peladuras). En cambio, en el caso de dos hombres homosexuales, ni en el recto ni en el ano hay tales glándulas, lo que ocasiona esas excoriaciones, que explican en parte la alta incidencia de VIH positivo y sida entre los homosexuales, comparándola con los índices en heterosexuales. Esto quiere decir que la relación homosexual es antifisiológica o, lo que es lo mismo, va en contra de la función normal —natural— de los órganos genitales.

Ella repitió, casi de memoria y al pie de la letra, lo que enseñan en muchas facultades de psicología con base en la llamada Ideología de género:

—Es simplemente la elección de una opción. Y si eso los complace, ¿qué importa? ¿Qué tiene de malo? Lo que ocurre es que la cultura de nuestros retrasados pueblos y las religiones son un fardo que no nos deja ser actuales… Hay que tener “mente abierta”. En Noruega, por ejemplo, a todos les parece normal optar por la homosexualidad…

Lo que esta psicóloga está lejos de entender es que la felicidad auténtica es mucho más que una complacencia biológica transitoria, temporal, efímera, como lo es el placer sexual. Las estadísticas, por ejemplo, muestran al mismo tiempo que las uniones de homosexuales son más inestables que las heterosexuales y que tanto el índice de los trastornos psicoafectivos como psicoemocionales es más alto en el primer grupo. Por eso hablaba de trastorno: perturbación de las funciones psíquicas y del comportamiento.

Al explicarle todo esto, cambió súbitamente el tema (como suelen hacer quienes detectan en un interlocutor cualquier asomo de moralidad), y pasó a hablar del aborto:

—Otro tema en el que estoy de acuerdo es la interrupción del embarazo, sobre todo en el caso de una violación: ¿Cómo es posible que obliguen a una mujer a sufrir 9 meses por algo que ella no deseó? Yo critico a las mujeres que abortan cuando libremente quedan embarazadas; pero ¿¡una mujer violada!?

Y usó con la palabrita mágica que había utilizado para el tema anterior:

—Ella debe tener la opción de abortar.

Y continuó:

—Ella tiene el derecho a elegir no seguir con ese embarazo.

Le expliqué que la ciencia —la embriología y la genética principalmente— han dejado claro el instante en el que comienza una nueva vida: la concepción. Y añadí:

—Esa nueva vida tiene los mismos derechos que cualquier otro ser humano.

Asintiendo con su cabeza, dijo:

—Sí; yo estoy de acuerdo: la vida comienza con la concepción. Pero la madre va a sufrir mucho durante esos 9 meses…

Entonces le pregunté:

—¿Lo que quieres decir es que el derecho a la vida que ese nuevo ser humano tiene es menos importante que el derecho de su madre a no sufrir esos pocos meses?; porque en realidad no son 9, como dices, sino unos siete y medio, desde que se entera de que está embarazada. ¿Tiene ella el derecho de matar a ese ser indefenso solamente por no sufrir? ¿No crees que con ese criterio se podría crear el derecho de matar a quien nos haga sufrir?

Aquí repitió el argumento:

—Es que es ella quien va a tener ese hijo en su vientre ese tiempo… Ella tiene derecho…

Para tratar de regresar al tema del bienestar auténtico, anoté:

—Tú sabes, por experiencia, cuán difícil es tratar a una persona que abortó; sabes la cantidad de secuelas psicológicas que quedan…

—Sí. Es de los casos más difíciles de tratar. Las secuelas son aterradoras.

—Por eso te pregunto: ¿Qué es psicológicamente peor: soportar esos meses de embarazo y dar al niño en adopción o sufrir las secuelas del aborto?

Esto es lo que se olvida con más frecuencia: que el bienestar que se busca la mayoría de las veces es algo pasajero, temporal: pero lo que debe propiciarse es un bienestar duradero: la tranquilidad, la serenidad, la paz, la complacencia de haber hecho lo correcto.

El homosexual no se satisface con unos minutos de placer genital; se sentirá plenamente feliz cuando haya podido sentirse realmente amado.

Y a la mujer violada no se le debe sobrecargar —ya tiene un fardo bastante pesado con la violación de que fue objeto— con el peso psicológico de haber cometido un homicidio contra quien es —aunque sea a pesar suyo— ¡su propio hijo! Ella tiene la noble opción de dar a su hijo en adopción (hay muchas solicitudes hoy día) o, como lo han hecho otras mujeres, tener a ese hijo y educarlo, con la consecuente sensación de haber hecho algo loable, altruista, generoso, magnánimo, que no le depara malestar sino un bienestar psicológico muy alto.

No se trata, pues, de ver quién es más librepensador o más moderno; tampoco se trata de no sentirse ahogado por religiones o culturas atrasadas; y mucho menos de ser rebeldes contra unas normas pasadas de moda, teniendo “mente abierta”… Se trata de buscar lo mejor para el ser humano y que eso no sea temporal o pasajero, sino lo más duradero y estable: su felicidad auténtica.

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La educación sexual: ¿en el justo medio?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 5, 2009

Todos los padres desean que sus hijos e hijas no tengan hijos prematuramente y que no adquieran sida o enfermedades de transmisión sexual.

Nadie desea que su hija sea violada. Ni que sufra de frigidez o sea ninfomaníaca.

Quieren que sus hijos no tengan relaciones con prostitutas ni que, mucho menos, se prostituyan. Ni que sufran de eyaculación precoz o de impotencia. Ni tampoco que sean promiscuos.

Adicionalmente, ningún padre desea que alguno de sus hijos sea homosexual. Es sorprendente saber que ni siquiera lo desean la mayoría de los padres homosexuales. Todos los padres quieren que sus hijos sean felices, que lleguen con dignidad al matrimonio y que, ya en él, la mantengan.

De manera pues, que aunque es muy importante poder curar, es preciso y siempre mejor prevenir.

Para lograr estos deseos, es necesario estar en el justo medio: lo más ecuánime, pero también lo más difícil, es lograr el punto intermedio entre dos extremos.

En contraposición al antiguo y mojigato concepto de que toda información podía estimular la libido, hoy es constante en algunos sexólogos la idea de que los problemas que se presentan en los jóvenes provienen de la falta de información acerca de los temas genitales.

Por esa razón se ha creído necesario “llenar” al adolescente de datos estadísticos y científicos en lo que se refiere a evitar el embarazo y las enfermedades como el sida.

Los descritos son los dos extremos: ignorancia absoluta o relativa, y superinformación.

Pero las estadísticas muestran que los errores generalmente los producen la falta de voluntad, de formación, no de información; el punto intermedio —el justo medio— de estos dos extremos es educar.

Existe una gran diferencia entre “informar” y “formar”: con lo primero no se logra inducir el comportamiento hacia el bienestar propio de cada educando, sino que se le crea una cantidad grande de prevenciones que no lo encaminarán hacia el enriquecimiento personal integral, sino que, por el contrario, le dirán simplemente hasta dónde pueden llegar sus instintos con el mínimo riesgo de enfermedad o de embarazo. Al formar, en cambio se crea un ser capaz de entregarse sin reservas egoístas y, por tanto, de tomar decisiones desesclavizado de las pasiones, es decir, libre.

Contra el vicio, el egoísmo, la rutina y la comodidad —que impelen, por el conformismo, al divorcio—, la educación da un entrenamiento en el dominio de sí mismo, forma el carácter e incentiva el espíritu de sacrificio. Esto llevará de la mano a la estabilidad conyugal.

Otro mito que existía, el mantener todo escondido, hizo que, por reacción de rebote, muchos se inclinasen por intentar destapar todo. Resultado de esto fue, como se pretendía, la desmitificación de muchos errores, pero también, el hedonismo – doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida- y su consecuencia obvia, la denigración general de la moralidad y del valor que se le tiene a la mujer.

Esos, de nuevo, son los extremos. El justo medio es lo natural.

Tampoco debe tratar de vivirse la sexualidad en los extremos: ni “todo es pecaminoso”, ni “todo es correcto”. Ni seguir como los animales el instinto, ni tratar de domarlo maniqueísticamente, pensando que lo genital es malo. Otra vez, el justo medio es lo natural: ni mito, ni pudor excesivo.

En fin, el amor verdadero es el punto intermedio entre la pasión desenfrenada y el sentimentalismo irracional.

Por último, el justo medio debe estar también presente en el plan educativo: la información gradual, adecuada a la edad y, muy especialmente, coherente con la dignidad del ser humano será la medida para producir únicamente beneficios en los jóvenes.

 

 

 

 

 

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