Saber vivir

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Las características del amor auténtico

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 27, 2009

Quien ama busca sólo el bienestar de la persona amada. Por tanto, es imposible aceptar aquella idea que esbozan algunos, cuando afirman que hay muchas formas de amor, como el amor egoísta: solo quien no ama busca su propio bienestar antes que el de la persona amada.

Se desprende de esto que el amor y el egoísmo son antagónicos. Cada acción que proviene del amor destruye algo del egoísmo que la actual sociedad trata de hacernos vivir, y cada acción egoísta destruye el intento por ser feliz, pues mina nuestra capacidad de amar, ya que en el amar radica la felicidad de un ser humano.

Por eso, la actual teoría de la psicología según la cual los seres humanos de hoy necesitan mucha autoestima es peligrosa. El hombre crece más cuando más destruye su ego en pro de los demás: es así como se da cuenta de que puede dar de sí mismo algo positivo a los que están a su alrededor.

Se trata de recorrer el único camino para eliminar el estrés, pues todo egoísmo tiene su fuente en el estrés: si pienso únicamente en mi bienestar, permaneceré angustiado; si, por el contrario, me olvido de mí para dar felicidad a todos los que entren en contacto conmigo, nada me afectará.

Además, los hombres están hechos para ser felices y esa felicidad es imposible en el egoísmo, y ni siquiera en el egocentrismo. Dar para recibir es simplemente un negocio; un negocio que deja siempre la sensación de usamos al otro, de que fuimos interesados.

Otro aspecto de vital importancia es la máxima más sabia de todas: “El amor verdadero nunca muere”: si algo murió es porque nunca fue amor. Dentro de este contexto, no se puede entender aquello que se oye a veces: que un amor se extinguió tras los años. Si el decrecer de la genitalidad se “debe” contrarrestar con la ternura u otra característica cualquiera, se estará dando importancia superlativa a la genitalidad, lo cual contrasta con nuestros postulados.

Si se dice, por ejemplo, que la base de la estabilidad matrimonial es mantener el interés del otro con aspectos de la vida conyugal distintos del amor (el erotismo, la sexualidad, las emociones…) dará la impresión de que el amor es incapaz de sostenerse solo; sin embargo, nada es más firme y de más sostén que el amor.

Nadie es una necesidad para nadie. Si yo amo de veras, deseo lo mejor para la persona que amo. Querer retenerla junto a mí es pensar en mí, no en ella, y eso no es amor, es egoísmo. El amor me hace pensar en lo mejor para ella, me lleva a hacer lo mejor por ella, me impulsa a decir y hacer lo que más le conviene a ella; el egoísmo (lo contrario al amor) me llevaría a sentirlo como una necesidad para mí.

Por último, si yo amo, no es porque encuentre placer alguno con esa relación, ni tampoco por sentir el placer de servir a los demás, ni siquiera por experimentar el placer que da el no ser egoísta; es simplemente porque deseo lo mejor para la persona que amo. Y esto es lo que da la felicidad auténtica. No hay otro modo de conseguirla.

  

 

 

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El perfil del educador en la sexualidad

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en diciembre 14, 2008

 

Al entender la diferencia entre sexualidad y genitalidad, se puede deducir que todos los profesores enseñan sexualidad todos los días, en todas sus clases, en los recreos, durante el almuerzo y en el bus…

He aquí la conveniencia de suscitar una elección del profesorado basada, no sólo en su probidad profesional, sino en la calidad humana y en el ejemplo que pueda dar a los alumnos. De no ser así, algunos profesores influirán negativamente en el desarrollo psicoemocional y humano de los educandos. Por eso se puede afirmar que la calidad de un colegio no la da la infraestructura física —material propiamente dicha—, ni la preparación académica de los docentes, sino sus cualidades como seres humanos.

Si bien todos los profesores deben tener criterios éticos, explicar la sexualidad para que se entienda requiere de alguien aún más especial, quien no solamente debe saberla sino también debe vivirla para que se pueda aprehender.

Consiguientemente, es imperante que el educador sexual sea un hombre o una mujer que pueda probar que su familia es estable, en donde reina el amor por encima de todos los otros aspectos, además de probo y calificado.

Para este propósito, aunque no es absolutamente necesario, se diría que conviene el profesor o la profesora sea casado y que tenga hijos (especialmente si es varón) para que pueda valorar a un niño y a un adolescente en su expresión más valedera: la expresión de un hijo a quien se ama de veras, a quien se le desea lo mejor, y quien, por tanto, es capaz de despertar los sentimientos necesarios en el educador para que se esfuerce siempre y sin descanso (como con un hijo) en la consecución de su fin, cual es su felicidad.

Lograr eso es imposible con un profesor al que se le note algún asomo, por pequeño que sea, de las tres causas de los daños producidos en las anteriores generaciones, esto es, de machismo, de hedonismo o de mojigatería.

Cualquier indicio de machismo, una sola sospecha de hedonismo o alguna muestra de mojigatería deberán alertar al personal directivo de la institución, bien en el momento de la entrevista para la selección, bien en los meses de prueba, y aun en el transcurso del tiempo que permanezca laborando.

Sobresale, entre todos estos conceptos, la valoración que el postulante tenga de la mujer, no solamente en el caso de los profesores varones, sino también en el de las profesoras. Recuérdese que si la mujer continúa siendo garante del machismo, nunca se acabará con él.

La mojigatería sería tan dañina como el mismo machismo.

El hedonismo de un maestro también acabaría fácilmente con cualquier pretensión de educación integral en la sexualidad de los muchachos.

Por eso conviene seleccionar a los profesores con cautela y encargar la importante y delicada misión de la educación sexual a aquellos maestros que, durante mucho tiempo, han demostrado ser los más idóneos para el cargo.

También ayudará que en las hojas de solicitud de empleo se hagan preguntas alusivas a la situación familiar y, dentro de ella, a la estabilidad individual de cada uno de sus componentes; además, sus gustos y las actividades a las cuales dedica su tiempo libre; una vez elegidos los posibles postulantes al cargo, se revisará con minuciosidad esa hoja.

En otras ocasiones será muy fácil hacer la elección adecuada, lo cual no indica que se deban suspender las periódicas evaluaciones.

Es siempre un error enunciar las virtudes de las que debe hacer gala alguien encargado de una labor importante (entre otras cosas, porque casi nadie las tiene todas), pero ya que el tema es tan trascendental, bien vale la pena destacar las principales: voluntad férrea, mayor inclinación a los valores que al desafuero, sencillez y naturalidad, amor por el hogar y por su cónyuge, generosidad con todos, espíritu de comprensión, veracidad… y, muy especialmente, decoro.

 

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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Educación sexual obligatoria: tarea compleja

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 11, 2008

Educación sexual obligatoria: tarea compleja

 

Establecida como obligatoria, la cátedra escolar de Educación Sexual ha desatado la preocupación de muchos de los docentes y la polémica por la forma de presentación a los estudiantes.

¿Desde qué edad se debe implantar? ¿Qué tópicos se deben tocar en las edades más tempranas? ¿El estudiante debe conocer la anatomía y la fisiología (funcionamiento) genital? ¿Quién debe ser encargado de la cátedra? ¿un médico? ¿un psicólogo? ¿un sacerdote? ¿Cómo desmitificar la sexualidad, sin llegar a estropear el crecimiento integral del niño y del adolescente?… Son muchas las preguntas que salen a relucir y muy pocas las que se han contestado: es frecuente encontrar profesores que manifiestan no tener los instrumentos necesarios para salir airosos en el  nuevo cargo que se les ha asignado. Es posible que acudan a algún médico, a revistas o libros especializados que les den orientación o que acudan a los manuales, para ello preparados, de instrucción gradual en la sexualidad.

Sobre este tema, que toca directamente la esencia del ser humano, ha salido una cantidad asombrosa de publicaciones, dentro de las que destacan, por su número, las que tienden a lograr únicamente un incremento en el placer sexual, haciendo aparecer la sexualidad como algo superficial, poco profundo, meramente hedonista y, por ende,  no propio del ser humano.

Por otra parte, es frecuente encontrar que el sistema genital o reproductor se estudia de manera similar a como se lo hace con los demás sistemas en el organismo, como el sistema gástrico, el linfático o el cardiovascular: su anatomía, su funcionamiento fisiológico, las patologías (enfermedades) que pueden presentarse, etc. Si se tiene en cuenta que la sexualidad implica comportamientos humanos, lo que no se da en los otros sistemas (no existe, por ejemplo, un comportamiento humano voluntario para el sistema gástrico), se comprenderá que, en esos casos no se está estudiando la sexualidad, sino meramente la genitalidad. Una consideración únicamente biológica del hombre, entonces, haría que se le tratase como a un simple animal, de la misma manera que una cerrada acepción espiritual del hombre, haría de él un ángel. Otro tanto ocurrirá si se limita el concepto del hombre a su aspecto psicológico, dejando de lado su espiritualidad y su corporeidad.

Para tratar el tema de la sexualidad, es necesario adentrarse en la escénica de la totalidad del ser humano: su biología, su psicología y su espiritualidad.  Sólo así se puede entender que no se le puede fraccionar en las partes en las cuales está compuesto.

De este modo, todo comportamiento humano impone la participación del ser, de una manera integral: es toda su composición biológica, psicológica y espiritual la que actúa en el ámbito del comportamiento en general y, por supuesto, en las acciones sexuales. Si un hombre y una mujer cohabitan, se dan todos ellos: no sólo se entregan en el aspecto genital, sino que la entrega es de todos sus seres.

Esto es, precisamente, lo que hace diferente al ser humano de los otros seres: que su entrega comporta el mutuo don de su cuerpo, su alma y su espíritu.

Cuando la entrega está condicionada por alguna circunstancia, el ser humano no llega a cubrir las demandas de su dignidad, y decrece como tal: si alguien busca, en una relación sexual, únicamente el placer que esto le depara, estará dejando de lado partes esenciales de su condición humana, como son el aspecto psicológico y el aspecto espiritual y su acción será meramente animal.

Así mismo, si lo que busca con esa acción es satisfacer la necesidad de sentirse deseado o incluso “amado” (si a esto se le puede llamar amor verdadero) estará mutando también la finalidad del acto y denigrándose a sí mismo. Por esa razón, en ambas circunstancias, el hombre descubre un alto grado de insatisfacción que nace de la sensación de haber utilizado al otro o haber sido utilizado. Aunque esta sensación quiera ser considerada fútil, intrascendente o de poca importancia, siempre quedará ese sabor amargo de la entrega parcial, que es el único que da explicación a la inestabilidad matrimonial actual, cuando se la compara con la que había hace veinticinco años, cuando se suscitó la polémica sobre el uso de la píldora anticonceptiva, el DIU y otros métodos anticoncepcionales artificiales en la relación marital, ya que se hacen a un lado el aspecto natural de la concepción (resultado final de la cópula en los períodos fértiles) y la entrega mutua y total de los cónyuges, haciendo de ellos un par de cómplices de una acción utilitarista, aunque sea de común acuerdo, ya que ambos se estarían utilizando recíprocamente; además, ésta sería una relación que denota entrega parcial y, por lo tanto, no sincera, un acto que destruye la estabilidad de cada uno de los individuos y de la pareja, dando al traste con una de las finalidades de la unión matrimonial, la educación de la prole, quienes no podrán desarrollarse desde el punto de vista psicológico y espiritual, sin asistencia profesional especializada.

Como se comprenderá, la trascendencia de esta circunstancia en la sociedad es la que se observa hoy: muchos de los niños que mañana serán los motores del mundo están creciendo sin uno de sus padres y en una situación precaria de educación humana integral (emocional, espiritual, cultural y de conocimientos) que culminará en un retroceso en la moral de muchas naciones, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de los hombres y de su relación con los demás.

Urge que los educadores a los que se les ha asignado la enseñanza de la Educación Sexual se instruyan primero en la noción integral del ser humano, para que puedan mutar el currículo que hasta ahora se tiene, reducido a veces, a informar sobre la existencia de anticonceptivos, su modo de uso, y a intentar dar “tranquilidad” a los educandos preocupados por enfermedades como el sida. En segundo lugar, es necesario que conozcan los últimos avances científicos sobre métodos anticonceptivos naturales, como el de la temperatura basal o el del moco cervical, los cuales han demostrado gran eficacia, para que la sexualidad no sea simplemente genitalidad y esté basada en el raciocinio, y se pueda hablar ahora sí de paternidad responsable.

Sólo con el engrandecimiento del ser humano (que se da cuando la razón domina sus instintos) se puede propender al auge de la moral y de las buenas costumbres, único camino hábil de quienes pretenden mejorar la sociedad, para el bienestar de sus hijos.

  

 

 

 

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