Saber vivir

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El mayor acto de estupidez

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 9, 2014

Una de las diez características que distingue al homo sapiens es la razón, su facultad de discurrir: el ser humano es capaz de reflexionar, pensar, hablar acerca de una cosa, aplicar la inteligencia. Solo la especie humana es capaz de razonar, inferir, deducir, preguntarse sobre su esencia y su futuro. Solo la especie humana despliega tanta capacidad de cambiar su entorno para su propio beneficio. Solo la especie humana tiene semejante inventiva…

Logró, por ejemplo, desarrollar la ciencia y la tecnología hasta niveles impensables en el pasado cercano, y que hoy se verifican asombrando tanto por su expansión como por la velocidad con que se sobreponen unos avances a otros.

Pero, después de 210.000 años sobre la tierra, se sigue comportando como si no tuviera inteligencia: la violencia continúa siendo la forma de dirimir sus diferencias. Se asemeja así más a los seres irracionales, que luchan atacándose unos a otros por un territorio o por las hembras; y los animales, en la mayoría de las ocasiones, en esas luchas no llegan hasta la muerte ni —mucho menos— a destruir su hábitat. Por todo esto, estas son acciones estúpidas.

¿Por qué se puede afirmar esto? Porque la definición de estúpido es: «Necio, falto de inteligencia». Y una de las acepciones de la palabra «Necio» es: «Falto de razón».

Lo más impresionante de todo es que la humanidad entera está en desacuerdo con la guerra, porque sabe que bajo los supuestos «motivos de peso» que mueven a las naciones en conflicto está, soterrado, el afán de poder y de dinero.

Aun las naciones que apoyan la guerra lo hacen porque deben favores o temen perderlos. Y esto es otro acto estúpido.

Unos pocos personajes, manejando las cuerdas de la política internacional, tienen divididas muchas regiones del mundo; y, mientras se despedazan vastos territorios y mueren seres humanos —y con ellos la dignidad de la especie—, algunos creen que se está haciendo lo correcto. Y eso es otra estupidez.

 

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Manejando el carro y a los hijos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 7, 2011

 

Aunque la teoría de la evolución sigue siendo eso -teoría- ya se puede decir que es aceptada por la mayoría de los paleoantropólogos y que es vox populi.

En el siguiente resumen cronológico se puede apreciar que el ser humano (homo sapiens) es muy reciente, aunque a veces nos parezca lo contrario:

Origen del universo                                                    15,000’000.000 de años A de C

Origen de la vida                                                          3,500’000.000 de años A de C

Dinosaurios                                         de 220’000.000 a 65’000.000 de años A de C

Primeros primates                                                            70’000.000 de años A de C

Propiopitecus                                                                    35’000.000 de años A de C

Driopitecus y ramapitecus                                              10’000.000 de años A de C

Australopiteco                                          de 4’000.000 a 2’,500.000 de años A de C

Homo habilis                                                        de 2’000.000 a 1’800.000 de años A de C

Homo erectus                                                    de 1’750.000 a 300.000 años A de C

Homo sapiens                                   de 230.000 ó 100.000 años A de C hasta hoy

Con base en esta secuencia, podemos hacer un análisis de los niveles de algunas de nuestras acciones. Por ejemplo, en el tráfico de las grandes ciudades, donde se dan constantemente momentos en los cuales se irrespetan las leyes y los derechos de los demás. En ese sentido se puede decir que:

El que mata al que, por ejemplo, se le cierra, actúa como un propiopitecus.

El que lo agarra a golpes es un driopitecus o un ramapitecus.

El que devuelve la misma agresión, es decir, el que también se le cierra, es un australopiteco.

El que lo insulta está todavía a la altura del homo habilis.

El que lo mira “feo” es apenas un homo erectus.

Y el homo sapiens es aquel que es capaz de entender que, por ejemplo, el ofensor está apurado o que no le enseñaron a ser cortés, etcétera. Además el homo sapiens recuerda siempre que él mismo pudo o puede cometer un error similar.

¿Qué talla tenemos en el tráfico? ¿la de un ser humano?

Pues bien, así como estos actos se pueden evaluar, veamos cómo estamos llevando a cabo la educación de nuestros hijos.

Educar, es dirigir, encaminar, doctrinar, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etcétera. ¡Cuánto bien se harían los padres al leer y analizar las anteriores definiciones antes de acometer la tarea de engendrar!

La tarea de los mamíferos, los más parecidos a nosotros en este sentido, usualmente consiste en darles a luz, amamantarlos, darles alguna protección inicial y, luego, abandonarlos a sus suerte: su alimentación, crecimiento y desarrollo, cuidado y reproducción, dependerá exclusivamente de ellos. Mientras tanto, en el ser humano, además de esos cuidados iniciales, es necesaria la tarea de formar, completamente distinta al simple informar. Por eso, los padres que se encargan de ir enriqueciendo a sus hijos en todos los aspectos -biológico, psicológico y espiritual- son quienes han entendido la responsabilidad que se han impuesto al procrear.

Ese derecho y ese deber de los padres es inalienable, es decir, nadie los puede reemplazar en esa tarea. En este sentido, por tanto, paternidad responsable es determinar si se puede educar a un hijo, antes de pensar en tenerlo: si se va a tener el tiempo suficiente, si se van a poder poner todos los medios para lograr hacerlo un hombre de bien y un hombre feliz.

Algunas madres creen que no hacen nada siendo madres, y ¡cómo se nota cuando están ausentes! A veces descuidan a sus hijos para poder darles cosas materiales y luego se los ve por ahí, dando tumbos, queriendo sólo ganar dinero, poder, honra, placer, bienes materiales… sin nada en el interior… Sólo ellas le pueden dar una educación integral a los hijos, sólo con ellas se formarán buenos ciudadanos, sólo con ellas habrá hijos felices que hagan el bien a sus semejantes, sólo con madres que dan amor -realidad que sí nos diferencia de los animales- se cambiará al mundo. Pero para eso hace falta tiempo. Tiempo para sus hijos.

A veces es necesario ayudar al esposo con las cargas económicas del hogar, pero en otras ocasiones, el bienestar material se pone por encima del bienestar psicológico o, mejor, integral de los hijos. Pero también a veces, las metas materiales de las madres dejan el vacío de lo más importante para un niño: el amor. A veces una supuesta “realización personal” (no hay mejor realización que ser madre) deja huérfanos de tiempo.

Algunos y algunas se engañan diciéndose que es más importante la calidad del tiempo que se les dedica que la cantidad. Y ellos necesitan a la madre cuando ellos la necesitan, no cuando ella “puede” darle ese tiempo. Y, ¿cuándo la necesitan? Cuando el niño regresa del jardín infantil o del colegio, cuando hace sus tareas escolares, cuando juega con sus amigos (¿cómo se sabrá qué clase de amiguitos tiene nuestro hijo?), cuando tiene percances o accidentes, cuando, al ir creciendo, se sienta solo o triste, cuando incluso su padre haya sido un poco duro con ellos…, en fin, siempre que se es hijo y se esté creciendo.

Traer hijos al mundo con la intención clara de que no van a tener una madre a su lado es injusto e ilógico: nadie puede suplir a las madres; ni la abuela, ni la tía, ni el mismo papá (los hombres somos menos cuando estamos solos que ellas sin nosotros), ni mucho menos, por supuesto, “la mejor empleada del mundo”.

En este punto, ya se puede hacer una lista:

Australopiteco es quien va a tener hijos, pero nunca le “estorbarán” para “realizarse”: una empleada o una enfermera la suplirá en esa responsabilidad.

Homo habilis es quien, sin necesidad, encarga de eso a un familiar cercano.

Homo erectus es quien tiene sus hijos y trabaja en el hogar, para ayudar al esposo con las cargas económicas del hogar, sin descuidar tanto a sus hijos.

Homo sapiens es la que, de común acuerdo con el esposo, decide con responsabilidad cuántos hijos va a tener, y dedica a ellos toda su vida y sus energías; luego, cuando entren al colegio, trabajará en su profesión, siempre pensando en regresar antes que sus hijos al hogar. Si los cónyuges creen que es imposible darles a sus hijos todo el tiempo que ellos necesitan, tendrán la voluntad suficiente para esperar un poco antes de tenerlos, hasta cuando ya estén dadas las condiciones favorables.

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Infidelidad: ¿avance del ser humano o retroceso?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 10, 2010

 

 La fecha exacta de la aparición del homo sapiens es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que sucedió entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

A continuación se detallarán algunas de las características que hacen a este ser tan especial:

1)  Si se compara un computador con el cerebro del homo sapiens, se infiere inmediatamente que al computador hay que decirle qué hacer, mientras que el cerebro hace las cosas por su cuenta. La capacidad creadora independiente del cerebro hace que los humanos actuemos espontáneamente, y es la base de nuestra habilidad para pensar, planificar e influir drásticamente (para bien o para mal) sobre el medio ambiente. El mayor y más avanzado computador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software.

Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2)  Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3)  Los análisis realizados en chimpancés, especialmente los de la doctora Jane Goodall, a primera vista hacen pensar que en estos animales hay ciertas actitudes que algunos se aventuran a llamar “humanas”: maquinaciones, actitudes compasivas, engaños maquiavélicos, pequeñas muestras de lo que en el ser humano se llamaría ternura, violencia y crueldad.

Pero en los estudios psicológicos se rechaza la idea de que estas características, por sí mismas, puedan definir al ser humano. De hecho, las llamadas “actitudes compasivas” y la “ternura” se explican con el instinto: todos hemos visto moverse la cola de un perro al ver u oír a su amo, lamerse a las leonas entre sí, arroparse a los mapaches… Y nadie a pensado jamás llamar ser humano a los mapaches, a los leones, a los perros ni a ningún otro animal. En suma, esas son actitudes animales, no características humanas, aunque el hombre las eleva a un nivel que los animales no alcanzan.

En cambio, lo que sí admira, es la aparición de la solidaridad.

Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Pero, llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al leer la historia (o verla en cine o televisión) de tantos que han dado su vida por un ideal similar.

Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

4)  Hay pruebas de que la competencia sexual era menos evidente entre los hombres, que la de sus antecesores, los animales: apareció una especie de respeto por la mujer del prójimo.

Otro aspecto que algunos paleoantropólogos destacan es que, ya que en las especies anteriores al hombre había una diferencia notable entre las dimensiones corporales de los machos y las hembras, parece que los machos estaban rodeados de algo parecido a harenes de hembras.

Sin embargo, el homo sapiens cambió de actitud:

En una entrevista, Terrence Deacon (paleoantropólogo) amplía su explicación sobre el lenguaje así:

“Creo que el problema que se plantea al instalarse en un entorno en que la carne se convierte en un elemento necesario para criar a la prole es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder, y esto es algo que no puede representarse con un gruñido o un gesto. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.”

El homo sapiens fue el primero que entendió la responsabilidad de la paternidad, de la maternidad y del concepto “familia”; y esto desde el punto de vista natural (es lo natural en el ser humano), y en orden a la procreación de los hijos: el hijo debe ser educado para seguir enriqueciéndose en todos los ámbitos de la vida, pues su esencia es diferente de la de los demás seres vivos: puede ser cada vez más sabio, cada vez más hábil, cada vez más dueño de sí mismo, puede amar cada vez más…

Los matrimonios de hoy, con sus ritos, movimientos y sonidos, y en presencia de la sociedad (como dijo Terrence Deacon) son un desarrollo más del homo sapiens en su historia.

De aquí se desprende la idea de que la infidelidad es un retroceso del hombre a etapas anteriores.

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Los 5 niveles de seres humanos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 11, 2009

El naturalista británico Charles Darwin desarrolló su teoría de la evolución de las especies en el siglo XIX. A partir de ella, se concibió la idea de la selección natural, que explicaría cómo la vida se desarrolló desde esas formas unicelulares que vivían 3,500 millones de años antes de Cristo (A de C) hasta los animales que hoy pueblan la tierra, los que surcan los mares, lagos y ríos, y los que vuelan por los aires.

Es posible —aunque no probado científicamente por ahora— que en ese panorama de la evolución también esté el hombre. Es más: existen científicos que, aun a pesar de la falta de evidencia sólida desde el punto de vista genético, ya consideran un axioma que el hombre proviene del mono.

Los primeros primates existieron desde 70 millones de años A de C. Los llamados primates avanzados hacia los 45 millones de años A de C. Luego vinieron los propiopitecus (35 millones de años A de C), los driopitecus, que vivían en los árboles, y los ramapitecus, que ya se desplazaban por la tierra, y que vivían hacia los 10 millones de años A de C.

Un primate de gran importancia fue el australopiteco, que usaba palos y piedras para defenderse y de quien algunos paleoantropólogos realizaron varios hallazgos de pisadas que se remontan a 3 millones y medio de años A de C.

Con un desarrollo cerebral un poco mayor que el de los australopitecos, el homo habilis vivió entre los 2 y 1,8 millones de años A de C. No solamente cazaba, sino que hay evidencia de que planeaba sus cacerías. Pero lo más llamativo de esta especie es que se han encontrado pruebas de que hacía trabajos en piedra: hachas, algunas formas primitivas de martillos y otros instrumentos útiles (de ahí su nombre). Hay evidencia de que algunas piedras eran utilizadas por ellos para conseguir alimentos. Por estas características hay quienes se atreven a considerarlos ya humanos. Sin embargo, como se verá más abajo, se necesita mucho más para completar las características que hacen a un ser humano.

Casi justo al desaparecer el homo habilis, es decir, entre 1’750.000 y 300.000 años A de C, vivió un ser de aspecto menos simiesco que su predecesor, que hoy se reconoce con el nombre de homo erectus, de características sorprendentes para todo estudioso: sus mandíbulas más pequeñas, lo mismo que sus dientes, nos muestran que la dieta era menos dura. El famoso hombre de Java, a cuyos restos se les atribuye hoy una antigüedad de 1’750.000 años, es el más representativo.

El uso del fuego (hacia los 500.000 años A de C) para cocinar alimentos, para calentarse e, incluso, para cazar, lo ponen por encima de todos sus antecesores. Pero, otra vez, estos rasgos todavía no completan la lista de los requisitos para que un ser pueda ser llamado humano.

La fecha exacta de su aparición —la del homo sapiens— es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que se trata de un tiempo que osciló entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

Las cinco principales características (hay muchas más, por supuesto) son las siguientes:

1) El mayor y más avanzado ordenador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software. Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Hasta este momento de la evolución, los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2) Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3) Otro aspecto que se ve en la historia del homo sapiens es la tolerancia, palabra que el Diccionario define como “Respeto o consideración hacia las prácticas o hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Obviamente este rasgo característico del ser humano no está presente en los animales.

4) De la tolerancia se desprende el respeto, rasgo que caracteriza, entre otros, al ser humano. Como se ve, el nivel que se observa en el homo sapiens es inmensamente superior.

5) Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al saber la historia de tantos que han dado su vida por un ideal similar. Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

Por otra parte, si nos observamos bien, somos los primeros homínidos de aspecto más bien frágil y musculatura débil. Esto ha sucedido, no solamente porque la vida es menos exigente desde el punto de vista muscular, es además (y posiblemente esta razón sea más su causa) porque el espíritu es el nivel superior al que estamos llamados, y provee al hombre de una infinidad de recursos para resolver problemas de cualquier índole.

En esta innovación, la presencia del espíritu, está centrada la esencia del ser humano: si un ser no tiene espíritu no es humano; por el contrario, si hay espíritu, estamos ante la presencia de un hombre o de una mujer.

Lo que se cree que realmente ocurrió es que el homo sapiens evolucionó y todavía hoy lo está haciendo, pero no es así siempre: con más frecuencia de la que quisiéramos cometemos errores y no solamente no progresamos, sino que regresamos a niveles anteriores, los de nuestros antepasados; parece que tuviéramos 4 niveles de seres humanos:

5º nivel: El salvaje, que usa la violencia física —animal— para defender sus derechos o conseguir lo que se propone o desea. El más bajo de todos es el que soluciona los problemas matando a sus congéneres.

4º nivel: El bravucón, que usa la violencia verbal, las amenazas, los gestos, los insultos para zanjar sus diferencias o defender sus supuestos o reales derechos.

3r nivel: El sarcástico, que usa el los fingimientos, las indirectas, la simulación, los tapujos, el disimulo… Dice las cosas sin significar explícita o claramente lo que quiere, dándola, sin embrago, a entender. Encubre con astucia las verdaderas intenciones. Este «arte» de soterrar es propio de los hipócritas: fingen cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tienen o experimentan. Es evidente que ser hipócrita es mentir. Pero lo más grave del hipócrita es su cobardía, puesto que no decir las cosas como son, sino amañarlas, hacerlas aparecer distintas de lo que son con engaño o artificio, es cobardía. Los valientes dicen siempre la verdad, aunque la verdad les acarree la muerte.

2º nivel: El racional, que pretende solucionar todo problema a través de la razón. Y para ello escoge como principales virtudes la equidad y la justicia; se deja llevar únicamente por ellas y con ellas dirime todo, sin dejarse llevar por sentimientos como la ira o la bondad. Sabe que la verdad no necesita ser defendida, que se sostiene por sí sola.

1r nivel: El homo sapiens es aquel que tiene como principio de conducta, y como modo de solucionar sus diferencias con los demás, esas 5 características que lo describieron más arriba como ser humano: la voluntad, la inteligencia, la tolerancia, el respeto y, sobre todo, el amor: servir antes que pensar en sí mismo.

¿En qué nivel estamos cuando actuamos: el de un ser humano?

 

 

 

 

 

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La historia del hombre

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

AMPLIANDO EL CAMPO VISUAL

 

 

Quienes estudian los hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., bien para explicar la identidad de un pueblo, una nación o el mundo entero, bien para interpretarlo, consideran a las religiones parte del entorno cultural en el que se mueven esos grupos de personas estudiadas. Además, afirman que este ambiente cultural forzosamente las condiciona.

 

Los historiadores tienden a estar «por encima» de los credos: para ellos, ese «asilarse» para «ver los toros desde la barrera» es un modo de facilitar su juicio eminentemente histórico, sin influencias culturales ni doctrinales. Así, piensan ellos, sus análisis sobre el curso de la historia resultarán más objetivos y, por lo tanto, más acordes con la verdad. Por eso, muchos llegan a creer que si se ajustaran a una creencia podrían no escapar a su influencia.

 

Es muy importante, entonces, estudiar la religiosidad del ser humano.

 

Lo más fascinante del homo sapiens es que fue la primera especie que hizo rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años A de C, ya enterraba los cadáveres de sus congéneres.

 

Los entierros obligan a pensar a cualquier paleoantropólogo que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual, con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

 

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte (a diferencia del miedo a una muerte inminente) hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

 

El arte simbólico que se encontró en las cavernas, con búfalos y rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre y, además, apareció la conciencia de que a través de esos rituales se podían someter las fuerzas de la naturaleza. Este sentido religioso se guió más tarde hacia una cultura mágica en los cazadores y hacia una cultura mítica en los agricultores.

 

Se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es su condición religiosa: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, sentimientos de veneración y temor hacia ella, normas morales para la conducta individual y social, y prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

 

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. El ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

 

Por eso aparecieron los cultos a los dioses y las religiones: antaño se deificaba al sol, la luna y las estrellas; más adelante se creía en la brujería, el espiritismo y otras artes similares; luego se fundaban religiones como el hinduismo, el budismo, confucionismo, etc; más recientemente nacieron nuevas filosofías de vida; y, en los últimos días han aparecido formas de pensar como la Nueva Era… Todas posibles respuestas a la pregunta más trascendental de la vida humana: ¿Qué sucede después de la muerte? Y todas expresiones del hombre que busca a Dios.

 

Todas menos una, en la que Dios mismo busca al hombre para decirle que no siga buscando, porque el Creador de todo es el único que puede tener respuestas verdaderas y ciertas; certeza absoluta y total que acabará con la demanda humana de la verdad: el mismísimo Dios se hace persona humana y le explica con hechos y con palabras la verdad de su historia, su razón de ser y lo que le sucederá después de la muerte.

 

¿Quién más podría hacerlo fuera de Dios, el creador del ser humano y del cosmos?

 

La historia del hombre está incompleta sin el bagaje de conocimientos recibidos de su Creador. La mayoría de los historiadores llega en sus investigaciones al comienzo de la especie humana; algunos más se remontan hasta el inicio de la vida o de la tierra; los más profundos hablan desde la creación del cosmos. Pero nuestra historia comienza con el Creador, en la eternidad; y terminará con Él.

 

El marco en el que se desarrolla el ser humano es su historia total. Ver al hombre sin su trascendencia es una visión parcial, incompleta; y, por lo tanto, equivocada, puesto que muchas otras cosas que inciden en él estarían por fuera de esa visión.

 

Por eso, al contrario de lo que se piensa, la Fe agranda el abanico con el que el historiador cuenta, analiza, deduce y completa la historia del homo sapiens. Solo entonces dejará de estar sesgada, solo entonces será su historia verdadera.

 

En ese contexto, ¿qué es la vida terrenal junto a la eternidad? ¿Cuánto dura? Lo dijo sabiamente santa Teresa de Ávila, encumbrada literata del siglo XVI: «Esta vida es solo una mala noche en una mala posada». Y, ¿qué es una sola noche comparada con la eternidad?

 

La carencia de esta información es la razón por la cual casi todos los historiadores narran los acontecimientos fomentando —muchas veces sin quererlo— impresiones y sentimientos que hacen depender nuestra felicidad del bienestar material: si somos o no explotados, si ya nos industrializamos o no, si somos o no países subdesarrollados… Si hemos alcanzado o no la sociedad de consumo.

 

Si se habla de libertad, algunos la enmarcan solamente dentro de la idea de poder viajar, comprar, tener comodidades, cosas materiales, placeres físicos, poderes políticos o económicos, o una buena reputación; si se piensa en los derechos o en cualquier otro valor, los intereses son los mismos. Estamos buscando llenarnos de artículos —tangibles o intangibles— para esta mala noche en esta mala posada.

 

La historia así narrada aumenta los apegos a esta tierra: nos apegamos a las cosas, a las personas, a ideas y, sobre todo, a nosotros mismos. Quien busca a Dios, quien sabe que está de viaje por esta tierra, sabe que va hacia una meta eterna, infinitamente mejor que la vida presente. Las enfermedades que experimenta, los sufrimientos que padece y las carencias materiales, son para él simplemente incomodidades del viaje. Y a la misma muerte la mira como el fin de su trayecto, la culminación de sus anhelos.

 

La historia nos cuenta que, en el siglo XIII, un hombre caminó así por la vida, y demostró que se puede ser feliz sin los falsos estereotipos del bienestar: cosas materiales con las que tratamos de llenar nuestros vacíos, amores que nunca nos satisfacen, ideas que siempre se quedan cortas, apetitos desordenados de ser preferidos a los demás…

 

Este hombre no solo no tuvo ninguna de estas cosas sino que voluntariamente renunció hasta a las más simples y elementales «necesidades»: su padre, rico mercader, poseía todas las riquezas materiales a que podía aspirar un joven de entonces; pero un día prefirió vestirse con un sayal (prenda hecha con una tela muy basta labrada de lana burda), andar descalzo y prescindir del dinero desde ese momento en adelante, cosas todas que cumplió a cabalidad hasta su muerte, acaecida a los 44 años de edad. Su nombre de pila era Juan Bernardone, pero el mundo lo conoce como san Francisco de Asís.

 

Su ejemplo dividió en dos partes la historia del cristianismo, porque se convirtió en un paradigma de vida para millones de personas que lo siguieron e imitaron. Todos ellos aprendieron a vivir con la mira puesta en el fin último del ser humano: su eternidad.

 

Este nuevo modo de ver la vida obedece a la certeza de que si eliminamos los apetitos desordenados por las criaturas (cosas, personas, ideas erróneas y nuestro propio yo), para optar por lo único que importa realmente —el Creador—, el hombre adquiere no solo una visión más completa y auténtica de su realidad histórica sino que alcanza la verdadera libertad: nada lo condicionará para amar.

 

Ya que no está apegada por las criaturas (sus semejantes, los otros seres vivos y el hábitat que lo rodea), sino que las ama en su verdadera y genuina dimensión: ve en todas ellas una expresión de Dios, un halo de su ser, una pincelada de la divinidad que lo invita a amarlas con desapego, con desprendimiento, sin el interés de obtener provecho alguno, gratuitamente. Gratuidad que es, precisamente, la garantía del amor verdadero.

 

Es tan desprendido este amor que solo busca el bienestar de los demás seres; ama la naturaleza y todo lo que contiene con una relación de hermandad: son hermanos tanto los pájaros como el lobo, el sol y la tierra misma, los árboles y los ríos, el mar y el aire… Toda la creación.

 

Esta fraternidad cósmica le valió a este extraordinario hombre su nombramiento como patrono de la Ecología.

 

Vivir con ese criterio de austeridad es contrario a la visión occidental y moderna, pero entraña una mirada cósmica y completa de la historia y, al deshacerse los apegos y anhelos que la sociedad de consumo quiere imponer, los sentimientos y el bienestar emocional del ser humano ya no dependerán de su bienestar material o físico.

 

Todas esas escenas desgarradoras de los pueblos que no han podido desarrollarse económicamente, que son explotados, que no han logrado su independencia, que no pueden disfrutar del bienestar material de las otras naciones, que miran muy de lejos valores que han acariciado pero a los que no han podido acceder, se derrumban al entrar en contacto con la visión franciscana de la historia.

 

Y, lo que es mejor, la fraternidad universal que se deriva de ella suscitará una comprensión caritativa de las carencias de los demás, lo que llevará a la distribución equitativa de las riquezas, sueño de muchos y realidad esquiva.

 

Como si esto fuera poco, el amor por la naturaleza guiará los manejos del hábitat humano hacia un verdadero respeto y cuidado de nuestra casa: el globo terráqueo.

 

Nuestros anhelos habrán cambiado, ya que estarán fincados en la eternidad; por eso, el malestar será medido en forma diferente. La solidaridad se hará más efectiva con los demás. La sociedad de consumo se acabará, puesto que se enfatizará la producción de artículos verdaderamente útiles en orden a alcanzar nuestro último fin. Y la paz y el bien —estribillo de san Francisco— se irán infiltrando en la sociedad, hasta lograr la utopía que tanto hemos perseguido.

 

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¿Puede ser ateo el ser humano?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

La fecha exacta de la aparición del homo sapiens es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que sucedió entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

A continuación se detallarán algunas de las características que hacen a este ser tan especial:

1) Si se compara un computador con el cerebro del homo sapiens, se infiere inmediatamente que al computador hay que decirle qué hacer, mientras que el cerebro hace las cosas por su cuenta. La capacidad creadora independiente del cerebro hace que los humanos actuemos espontáneamente, y es la base de nuestra habilidad para pensar, planificar e influir drásticamente (para bien o para mal) sobre el medio ambiente. El mayor y más avanzado computador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software.

Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2) Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3) Los análisis realizados en chimpancés, especialmente los de la doctora Jane Goodall, a primera vista hacen pensar que en estos animales hay ciertas actitudes que algunos se aventuran a llamar “humanas”: maquinaciones, actitudes compasivas, engaños maquiavélicos, pequeñas muestras de lo que en el ser humano se llamaría ternura, violencia y crueldad.

Pero en los estudios psicológicos se rechaza la idea de que estas características, por sí mismas, puedan definir al ser humano. De hecho, las llamadas “actitudes compasivas” y la “ternura” se explican con el instinto: todos hemos visto moverse la cola de un perro al ver u oír a su amo, lamerse a las leonas entre sí, arroparse a los mapaches… Y nadie a pensado jamás llamar ser humano a los mapaches, a los leones, a los perros ni a ningún otro animal. En suma, esas son actitudes animales, no características humanas, aunque el hombre las eleva a un nivel que los animales no alcanzan.

En cambio, lo que sí admira, es la aparición de la solidaridad.

Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Pero, llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al leer la historia (o verla en cine o televisión) de tantos que han dado su vida por un ideal similar.

Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

4) Pero lo más fascinante para el estudioso del homo sapiens es que fue el primero en hacer rituales y ceremonias religiosas. Los entierros obligan a pensar a cualquier investigador que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte (a diferencia del miedo a una muerte inminente) hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. Por eso es inexplicable la existencia de los ateos: el ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Adán y Eva o la teoría de la evolución?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

EL ORIGEN DEL HOMBRE:

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Se ha suscitado una polémica grande acerca del origen del hombre: hay quienes defienden la idea de que el ser humano es producto de la evolución y de que, por lo tanto, varios individuos dieron ese formidable paso del mono al hombre simultáneamente; otros, por el contrario, creen en la narración bíblica que afirma que fue en una sola pareja —Adán y Eva— en la que hizo patente el cambio.

El genetista especializado en estudio de poblaciones Luigi Lucca Cavally–Sfforza, de la universidad de Stanfford, explica algo que tiene gran trascendencia en el estudio de la génesis del hombre:

Está genéticamente bien establecido el momento exacto del origen de un nuevo ser humano: se da al unirse los núcleos de los dos gametos (el óvulo y el espermatozoide). En ese momento, el ácido desoxirribonucléico (ADN) contenido en los 23 cromosomas del espermatozoide se une al ADN de los 23 cromosomas del óvulo. Ese ADN interviene en la construcción de nuestro organismo durante el crecimiento. Este nuevo ser humano, con 46 cromosomas que contienen toda la información genética requerida para formar a un adulto con sus características particulares se llama cigoto. El ADN está constituido por bases, y se sabe que en este ADN hay 3.000’000.000 de pares de bases

Lo anterior es conocido por muchos, pero permanece muy olvidado un aspecto particular: mientras que del espermatozoide solo se usa su núcleo para la formación del cigoto, del óvulo se usan todas sus partes: núcleo, citoplasma y membrana celular. En el citoplasma femenino se encuentran unos organitos encargados de la respiración celular llamados mitocondrias, en donde hay unos pequeños trozos circulares de ADN, que se encargan de suministrar energía para el metabolismo celular (conjunto de reacciones químicas que efectúan constantemente las células de los seres vivos). A este se le llama el ADN mitocondrial, y tiene únicamente 16.500 pares de bases.

El ADN mitocondrial femenino se hereda de generación en generación solamente por línea materna.

Al compilar los estudios de las poblaciones en África, el doctor Cavally–Sfforza ha encontrado esa transmisión lineal femenina, y ha visto que las mutaciones (alteraciones producidas en la estructura o en el número de los genes o de los cromosomas) que se producen son menores en cualquier parte del mundo que en África, lo que sugiere que el linaje humano es más antiguo en ese continente. Además, la investigación ha revelado que las divergencias observadas son relativamente escasas, de apenas un 0,5 %.

Analizado esto con profundidad se llega a la conclusión lógica de que existió un antepasado común a todos los humanos y, por lo tanto, de que la especie humana proviene de una sola pareja.

Hoy son pocos los que todavía afirman que la primera mujer es resultado de un proceso evolutivo: basta mirar las gigantescas diferencias entre el homo sapiens y el homo erectus, su antecesor más inmediato, según los especialistas.

Y, lo que es más admirable aún, en ningún estudio genético se ve el menor rastro de material más antiguo que debería corresponder al homo erectus. Esto descarta la idea de que se hubiera producido un mestizaje entre el homo erectus y el ser humano, especie que la reemplazó completamente.

Este estudio genético de las mitocondrias del óvulo está consignado en varios artículos de varios genetistas reconocidos en el mundo entero, y ya lo llaman la “Eva mitocondrial”.

Ya que no hay datos que nieguen esta aseveración, sino que, por el contrario, varios estudios genéticos lo corroboran, cada día crece el número de científicos que tienen la certeza de que la especie humana nació de una pareja.

 

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

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