Saber vivir

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Pedofilia en la Iglesia Católica

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 3, 2018

-¡Qué porquería! ¡Eso es la Iglesia Católica! ¡Qué asco!

-La Iglesia Católica: ¡todo un ejemplo a seguir!

-¿Qué pruebas más necesitan los católicos para saber que su religión es de pedófilos?

Estas son algunas de las frases que se oyen a propósito de los 301 curas pedófilos de Filadelfia que produjeron más de mil víctimas infantiles…

Y en verdad eso es algo atroz, de lo más pervertido que puede haber, inaceptable desde todo punto de vista. ¡Y lo hacían ocultando su maldad bajo el disfraz de la piedad y de la fe!

Por esto, deben ser castigados con las penas más severas, tanto desde el derecho canónico (inmediata pérdida del estado clerical y excomunión), como desde el derecho penal (según el estado o país).

Pero también sería bueno revisar la forma de hablar: si aplicamos esos mismos criterios para juzgar otros casos, por ejemplo, a los narcotraficantes, guerrilleros y secuestradores colombianos, ¿cómo nos sonarían esas mismas frases?:

-¡Qué porquería! ¡Eso es Colombia! ¡Qué asco!

-Los colombianos: ¡todo un ejemplo a seguir!

-¿Qué más pruebas necesita el mundo para saber que todos los colombianos son narcotraficantes, guerrilleros y secuestradores?

Así como el porcentaje de narcotraficantes, guerrilleros y secuestradores es mínimo, comparado con todos los colombianos de bien, el de los clérigos pedófilos también lo es: en el Mundo, hay cerca de 5.500 obispos, 416.000 presbíteros y 45.000 diáconos: un total de 466.500 clérigos o personas de la jerarquía eclesiástica. De ellos, se acaba de saber que 301 —el 0,064 %— son pedófilos. ¿Y el otro 99, 936 % acaso también lo es?

Además, la Iglesia Católica la componen los casi mil doscientos ochenta millones de bautizados, no solo la jerárquica eclesiástica. Cuando se dice que la Iglesia Católica es pedófila, ¿se está queriendo afirmar que todos los católicos lo son? ¿No sería más acertado decir que algunos -muy pocos- miembros de la Iglesia actúan así?

Es que generalizar es un acto irracional.

Seamos equilibrados, sensatos.

 

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¡Quítese esas gafas!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 8, 2018

El ejemplo es clásico: si un musulmán afgano o iraní ve a una mujer en bikini, se le van los ojos, se escandaliza… y concibe el uso de ese traje como un pecado; pero si un occidental ve a una mujer musulmana envuelta en una burka o un chador, le va a parecer extraño, y más se sorprenderá al saber que en ambos países se considera pecadora a la mujer que no se vista así: considerará exagerado y hasta inconcebible que se tengan costumbres tan radicales…

 Guardando las diferencias, lo mismo ocurre con cada ser humano: la educación doméstica o escolar que recibió, la cultura en la que se desarrollaron su infancia y su adolescencia, las circunstancias que vivió, los amigos que tuvo, los lugares que frecuentó, etc., van creando en cada individuo una mentalidad, una cosmovisión, una conciencia, una ideología precisas, que hacen juzgar los actos y los comportamientos desde una perspectiva única, diferente a la de los demás.

Si, por ejemplo, una persona fue educada en un ambiente en el que se usan frecuentemente las sátiras, se formará con propensión a murmurar o criticar con malignidad casi siempre ingeniosa a todas las personas y las situaciones. En cambio, uno que fue formado en un ambiente de simplicidad, de sinceridad, de espontaneidad y naturalidad en el trato, se sorprenderá mucho cuando se encuentre con esas personas mordaces, que usan habitualmente la sátira en sus conversaciones.

Y esto se nota hasta en los niveles menos trascendentales de la vida: se da el caso de sujetos que se extrañan con los colores vivos amarillos y rojos —tal y como se acostumbran en la China, por ejemplo— que, al llegar a ese país, se cansan muy pronto y desean regresar a su país de origen, donde no se ven esos colores sino esporádicamente, como parte de un todo multicolor.

Para expresarlo en palabras sencillas y con un símil muy pedagógico, cada uno de nosotros tiene unas gafas puestas ante los ojos, que filtran la información que recibe, a través de unos criterios —filtros— preconcebidos e instaurados en su mente, por la formación y circunstancias en las que vivió. Es por eso que unos juzgan cada acontecimiento y cada actitud de otro (u otros) de un modo totalmente diferente a como lo hacen los demás.

En consecuencia, podemos afirmar que la visión individual es, en mayor o menor grado, subjetiva; dicho de otro modo: cada persona mira los acontecimientos y los comportamientos de acuerdo con su modo de pensar o de sentir, no como lo son en realidad y, por ende, su mirada, su juicio, no es objetivo.

Así como a una mujer que vio cómo su papá golpeaba a su mamá, cómo sus tíos hacían lo mismo con sus esposas y se casó con un hombre igualmente violento le es muy difícil concebir que esa es una conducta inaceptable, asimismo muchos seres humanos son incapaces de salir del error en el que se encuentran cuando imitan comportamientos errados, que suelen ser más velados todavía, como el caso de una persona educada en un ambiente donde se dicen las cosas indirectamente: expresan veladamente cosas con doble intención, escondiendo la finalidad de ofender al otro, aparentando un noble propósito. Ese individuo, al salir de ese ambiente, estimará que cada cosa que se le dice tiene una doble intención y se inclinará a pensar siempre mal de los demás; por el contrario, a quien no le enseñaron esos modos falsos y dobles de comunicación no se le ocurrirán esos pensamientos. Claro está que esta persona estará más propensa a no entender lo que le quisieron manifestar cuando le echaron una indirecta.

Con estos razonamientos podemos concluir que la libertad auténtica no consiste tanto en no estar presos en una cárcel ni en dejar de estar sometidos a cualquier autoridad, sino en no nublar nuestra mente con prejuicios. Pero conseguir esto es un trabajo difícil y dispendioso.

A veces el conocer otras culturas puede abrir nuestra mente, para mirar sin las gafas que se nos impusieron con la educación que recibimos o por el medio ambiente en el que nos movimos a temprana edad. Pero lo que más ayuda es saber escuchar: escuchar las razones, los motivos que mueven a las personas a prejuzgar, es decir: descubrir por qué tienen esa gafas que les tergiversan la realidad. Y no se trata solo de escuchar con los oídos, sino con nuestra mente, analizando a cada persona; pero lograr eso implica tener la mente abierta a todo: buscar las señales que muestren las secuelas de sus dolores infantiles y juveniles, las que los hacen juzgar personas y sucesos a priori, las que les impide tener objetividad, etc. En otras palabras, ir revelando de dónde vinieron las gafas que tienen puestas. Así se comprenderá mejor a las personas.

Nos sorprenderemos con los descubrimientos que hagamos. Veamos un caso de un aspecto poco trascendental de la vida diaria: en ocasiones juzgamos nerviosas o estresadas a algunas personas que hacen una cosa tras otra a gran velocidad; pero luego nos daremos cuenta de que viven así sin angustia, sin ansiedad, sin afligirse; es decir, corren en vez de caminar, pero van en paz. Como este, se pueden poner infinidad de ejemplos de temas mucho más importantes.

Y eso producirá un efecto casi mágico y maravilloso en nosotros: nos irá descubriendo nuestras propias gafas y, si somos hábiles, podremos irlas quitando de nuestras vidas, con lo que nos acercaremos más y más a la objetividad y, por ende, a la auténtica libertad.

 

 

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¿Opinar sobre la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 1, 2014

 

Cada vez que observamos una circunstancia o un comportamiento humano, inmediatamente nos formamos un juicio interior sobre ello; y a veces —quizá con mucha frecuencia— hasta lo manifestamos.

Pero, ¿qué tan acertado es ese juicio?

En el caso de una persona, por ejemplo, ¿cuánto sabemos acerca de las circunstancias que se rodeaba? ¿Conocemos su historia?, ¿entendemos cómo la afectó su vida familiar en su infancia para actuar como lo hizo?…

Es conocidísimo el ejemplo que pusiera Steven Cobie en uno de sus best seller: el caso de una señora que, enojada con un hombre que mantenía los ojos en el piso y no controlaba a los bulliciosos niños con los que se subió al metro, lo reprendió con dureza. El señor la miró un instante, bajó los ojos de nuevo y dijo: “Sí, señora; tiene razón… Supongo que están así porque no saben cómo reaccionar… Acaban de perder a su madre…”

¡Pocas veces nos percatamos de haber hecho un juicio falso o por lo menos desacertado, al verificar que fueron otros los motivos los que movieron a la persona a actuar o hablar de determinada manera!: a veces un gesto de dolor lo interpretamos como agresión; un silencio como cobardía o algún cargo de conciencia; una sonrisa como una burla…

¿No es verdad que acostumbramos a lanzar juicios sobre personas que desconocemos o cuyos motivos de obrar ignoramos? Nos atrevemos a juzgar lo que no alcanzamos ni comprendemos completamente, lo que no penetramos.

Decimos lo que creemos, pensamos, opinamos, ¡juzgamos!

Y, si eso ocurre con una sola persona, ¿qué podremos decir en las discusiones entre dos? La ignorancia se multiplica por dos y el margen de error también.

 

Eso mismo hacemos con las instituciones: sin averiguar minuciosamente qué razones las llevan a tomar algunas determinaciones, con una facilidad asombrosa somos capaces de emitir opiniones sobre sus decisiones. Dictaminamos, sentenciamos, damos veredictos, basados casi siempre en nuestra ignorancia sobre el tema.

¿No es eso lo que ocurre cuando criticamos una decisión gubernamental, sin haber asistido a los debates previos con base en los cuales la produjeron? Un ejemplo más pequeño es el del conductor de automóvil que se queja de una restricción en un cruce, sin conocer las estadísticas de accidentes que instaron a la autoridad correspondiente a prohibirlo (esto no quiere decir que las autoridades siempre acierten; por eso mismo es necesario estudiar cada caso con profundidad).

Antes de juzgar, pues, es necesario saber.

¿Qué opinión puede dar, por ejemplo, un ingeniero civil en una junta médica que dirime lo que se le debe hacer a un enfermo de gravedad? O al revés: ¿Qué puede aportar un médico para realizar un cálculo de estructuras para un gran edificio?

Que cada cual opine en lo que sabe.

 

Además de todo esto, hay tres temas en los que la mayoría de las personas cree que puede opinar sin tener conocimiento suficiente. Y son los más controversiales: la ética, la felicidad y la fe.

Estos temas, que son los más investigados en la historia de la humanidad —hay una mole inmensa de investigaciones científicas serias—, son los que deberían estudiar previamente quienes desean discutirlos; pero precisamente son estas las investigaciones que menos se leen: la mayoría de los hombres opinan sobre la ética, la felicidad y la fe —tan estrechamente relacionados entre sí— basados únicamente en criterios subjetivos.

Como se deduce, argüir sin este conocimiento previo no produce utilidad alguna y, con más frecuencia de la que quisiéramos, la discusión termina produciendo acaloramientos fastidiosos y, a veces, hasta agresiones personales infantiles.

Y si no tenemos tiempo para estudiar, ¿no sería prudente dejarnos enseñar de quienes en la práctica están logrando la felicidad o ya la consiguieron?

 

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