Saber vivir

Posts Tagged ‘Matrimonio’

El dinero de los esposos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 21, 2018

 

Antes de que se estableciera el matrimonio como la ceremonia que conocemos, la entrega de una pareja de adultos entre los primeros seres humanos, consistía en un tácito acuerdo de fidelidad absoluta. Así, por ejemplo, en una entrevista, el doctor Terrence Deacon (paleoantropólogo) explica, hablando de las características propias del Homo Sapiens:

“Creo que el problema que se plantea […] es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder […]. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.” (“Hombre mono”, Rod Caird: entrevista a Terrence Deacon, neurobiólogo de la universidad de Boston, agosto de 1993)

Asimismo, desde sus inicios, ese acuerdo implicaba la entrega mutua, total, sin condiciones e irreversible de sus seres: el uno se da al otro totalmente y para siempre.

Junto con otras, ambas características, según este y otros paleoantropólogos, definen al ser humano y lo diferencian de las otras especies.

El matrimonio de hoy es ese ritual —ya explícito— en que dos seres humanos de distinto sexo se comprometen ante la sociedad toda (y ante un Dios, entre los creyentes) a amarse, entregándose no solo todas sus pertenencias, sino también y principalmente ellos mismos: sus mismos seres, para el enriquecimiento del otro; una donación total que se hace con la única finalidad de construir un nosotros, en el que siguen su camino —ahora juntos— para alcanzar la plenitud de la felicidad en el plano afectivo.

Pero esa entrega total implica que se dé en los 3 planos en los que se mueve el ser humano: el biológico (sus cuerpos), el psicológico (afectos, emociones) y el espiritual (lo hacen para siempre). Pretenden así llegar a la realización personal en el plano afectivo, y a la felicidad personal y de pareja. Y, como consecuencia natural de esa entrega total, se da la procreación (si no hay impedimento de salud), evidencia sublime de ese amor, de esa entrega.

Es en este contexto en donde se entienden mejor esas exclusiones sexuales de por vida que se dan en los seres humanos, desde sus comienzos, y que tanto los distinguen de las demás especies: había una promesa implícita de vivir en adelante el uno para el otro, con todo su ser.

En esta entrega total, con todas las connotaciones descritas, es totalmente incomprensible la conducta tan arraigada hoy entre la parejas: que cada uno maneje su propio dinero, y que cada uno se encargue de determinados gastos del hogar; o  el que haya esposos varones que manejan esos gastos, sin permitir que sus esposas (aquellas que no tienen ingresos) intervengan. Peor aún es el caso de quienes le dan una mesada a sus esposas o que ni siquiera hacen eso: nunca les dan nada. La incongruencia es total: en una relación auténticamente humana se supone que entregan todos sus seres el uno al otro, ¿y se reservan el dinero?

Ese actuar está muy por debajo de la entrega que debería darse ente dos individuos y desdice de su dignidad. Lo humano es que los ingresos sean manejados por ambos.

Lo peor de esta conducta es que los esposos se van acostumbrando a esa idea de no compartirlo todo: comienzan por el dinero y las cosas materiales y terminan aislándose afectivamente cada día más. Y los hijos observan ese comportamiento tan poco humano, con lo que se presagia también en ellos la infelicidad conyugal que aprendieron de sus padres.

 

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La inconsciencia

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 19, 2015

DestinoEl ser humano tiene la facultad de preguntarse acerca de su origen, su destino y la razón de su existencia. Esto lo hace único y superior a todas las especies. Por esto, la humanidad ha producido miles de pensamientos y pensadores, todos tratando de resolver estos interrogantes.

No es necesario ser filósofo para descubrir que, ya no miles sino millones de personas viven su existencia indiferentes ante esas inquietudes. Y esto no es coherente.

Alguien afirmó jocosa y sarcásticamente alguna vez que el ser humano, como las plantas y los animales, simplemente nace, crece, se reproduce y muere. A veces esta sentencia no parece tan disparatada: si se le pregunta a un joven cuál es la razón de ser de su existencia, cuál es su misión en este mundo, de dónde vino y para dónde va, es muy posible que no tenga respuestas. Pero teniendo en cuenta que la juventud es la etapa de la vida en la que nacen esas preguntas, está claro que no se le pueden exigir.

Lo que sí sorprende es que tampoco los adultos ni los viejos suelen tener respuestas… En algún momento de su existencia, el joven inquieto por estos cuestionamientos deja de hacérselos. ¿Por qué?

En la mayoría de los casos, las respuestas a esas preguntas quedan ahogadas por las circunstancias de la vida moderna: el estudio universitario, el noviazgo y el matrimonio, los afanes económicos, profesionales, laborales, las exigencias sociales y culturales, y hasta por el poco tiempo que deja hoy la tecnología…

Es difícil admitir que el ser humano contemporáneo vive tan agobiado por el hacer que se olvidó del ser. Y esto es dramático: ¡No sabe qué es él ni por qué vive, pero sí se ocupa en miles de actividades, como si supiera por qué y para qué hace todo eso!

La masa humana, aunque acepta teóricamente la posibilidad de su felicidad —la llama: realización personal— y la busca cotidianamente, no cree en ella.

La verdad es que la especie humana tiene tácita, colectiva e inconscientemente determinado que su finalidad es simplemente el bienestar. Esta es su máxima aspiración. Para la mayoría, el concepto de felicidad es tan pobre que se reduce a eso: un bienestar principalmente físico y, si se pudiera, ojalá también psicológico. “Si se pudiera…”, lo dice desesperanzado…

La pregunta obvia es: ¿Cómo puede realizarse un ser que no conoce su propia identidad, su valor, su esencia, su propósito, el objetivo de su existencia?

Y la respuesta también es elemental: No puede.

¡Qué triste es ver por el mundo, más que seres humanos, entes buscadores de placer y de poseer, maquinitas para producir, sujetos anhelantes de fama y de poder, esclavos de la sociedad de consumo y de los medios de comunicación, que los hacen pensar y desear lo que ellos venden!…

Podemos preguntar si eso es vida, vida humana… Y se nos responderá que la mayoría de los seres humanos no viven sus vidas, no tienen control sobre ellas: son autómatas dominados por lo que los rodea; no son libres. La vida que llevan vive por ellos. Están como muertos, aunque parezcan vivos; y a eso se lo denomina zombis.

 

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La enfermedad del III milenio

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 16, 2014

 

¿Tiene la vida algún sentido? ¿Por qué existe la enfermedad? ¿Qué explicación hay para el sufrimiento humano? ¿Por qué nacen algunos en hogares ricos y otros son tan pobres? ¿Dónde se encuentra la felicidad auténtica? ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Existe la suerte… o el destino? ¿Por qué sufrimos estrés? ¿En qué consiste el amor?…

Por supuesto: hay muchas preguntas más. Pero la más importante es: ¿Puede ser feliz un ser humano sin resolver estas inquietudes?

Y tú, ¿ya contestaste estas y tantas preguntas que nacen durante la adolescencia? ¿O las muchas ocupaciones de la vida —estudios, trabajo, amistades, noviazgo, matrimonio, cónyuge, hijos, etc.—, hicieron que te olvidaras de buscar el sentido de tu existencia?

Tal vez lo que hiciste fue elegir creer en lo que subjetivamente te pareció más factible, sin el menor estudio… Así decidiste en qué dios creer, qué te puede dar más felicidad, qué es lo correcto, con quién casarte, si tener hijos o no, qué estudiar, etc.

Y quizá las circunstancias, sin preguntarte siquiera, dispusieron en qué empresa debías trabajar, cuánto ganar, dónde vivir, con quién…

Efectivamente, ahora que comenzó el tercer milenio, los seres humanos —que llevan cerca de doscientos mil años sobre la tierra— nunca habían vivido más inconscientes:

No solamente ignoran su esencia sino que toman las decisiones más importantes de su vida sin criterios seguros, obviamente porque una cosa lleva a la otra: si ni siquiera sé quién soy, qué soy, ¿cómo voy a saber lo que me hará feliz? Si no conozco mi dignidad, mi valor como ser humano, ¿cómo voy a dimensionar si los actos que realizo me procurarán el verdadero bienestar?

Y lo que es peor: al no tener una norma objetiva para la toma de decisiones, la mayoría de los habitantes de este globo terráqueo usan el primer criterio subjetivo que les viene a la mente:

  • unos se entregan por completo a divertirse y procurarse los mayores placeres, reduciéndose así a una especie de máquinas de autocomplacencia;

  • otros dedican todos su esfuerzos a ganar dinero y poder, esclavizados por el deseo de tener, en el que fundamentan todas sus seguridades, sin pensar siquiera qué harán cuando les llegue a faltar;

  • algunos encaminan sus vidas a sobresalir en el campo profesional, a lucirse en cualquier arte o con la apariencia, pensado así atraer las miradas y la admiración de los demás, demostrando con esto lo vacíos que se sienten por dentro;

  • hay quienes a lo único que aspiran es a no padecer dolores y sufrimientos, convirtiéndose así en seres pusilánimes (incapaces de emprender cualquier ideal), cobardes y apocados, siempre tristes…

Y son todos estos quienes deciden casarse por infinidad de razones distintas al amor auténtico, único criterio que asegura la felicidad conyugal perenne; y también de estos grupos es de donde salen esas personas que eligen la vida religiosa o sacerdotal por capricho, para esconderse, por seguridad económica, comodidad…, por cualquier razón diferente al amor a Dios…

No tienen ideales algunos, fuera de sus mezquinos egoísmos.

Son los que uno les pregunta por qué salen a estudiar o a trabajar, y contestan un par de palabras que denotan su esclavitud, su falta de libertad: “Porque toca”.

Suelen ser mediocres en sus vidas, en sus labores, en sus relaciones… ¡Ni siquiera se les ocurre dejar un legado en este mundo!…

No parecen seres humanos vivos, parecen zombis (muertos que parecen vivos), porque en realidad no están vivos: vivir es tener una razón para hacerlo; sobrevivir es apenas mantenerse vivo. Los animales, por ejemplo, simplemente sobreviven.

Para agravar su desgracia, precisamente porque no perciben el gran valor que tienen como personas humanas, piensan y actúan en contra de su propia naturaleza, de su propia dignidad:

  • usan la sexualidad, no para donarse y enriquecerse mutuamente y abiertos a la procreación como expresión natural del amor verdadero, sino para usarse el uno al otro en un utilitarismo degradante, que hace del otro un simple objeto de placer sexual, no una persona con valores y sentimientos que desea ser respetada y amada, facilitando la promiscuidad vil, cada vez más pare3cida a la conducta animal;

  • con este mismo criterio sobre la vida sexual, inducen a la infidelidad, que cae sobre el otro, con toda su carga de frustración y dolor, y que deja secuelas psicológicas graves en sus hijos, casi imposibles de superar sin ayuda profesional especializada (se llegan a propiciar, como si fueran naturales, orgías sexuales en las que mezclan los cónyuges de dos o más parejas);

  • defienden la idea de que la homosexualidad es simplemente una opción —a pesar de ser antifisiológica y contraria a la anatomía natural—, y hasta exigen el “derecho” de las parejas homosexuales a adoptar hijos, olvidándose del natural derecho del niño a tener un padre y una madre;

  • llegan a defender el homicidio de personas humanas en el vientre materno, sin tener en cuenta los conocimientos científicos —genéticos y embriológicos— que demuestran lo que el sentido común ya sabía: que la vida comienza con la concepción y que, por ser humana, merece el mismo respeto que la de un adulto…

Se podría seguir indefinidamente mostrando qué tan ruin puede llegar a ser el individuo por este camino.

En fin, basados en la falacia de que “todo lo moderno es mejor”, promueven todos esos errores contrarios a su propia esencia, como si fueran aciertos, sin darse cuenta que jamás los llevarán —ni a ellos ni a quienes intentan persuadir— por los caminos de la felicidad, pues tanto cuando se vulnera el derecho a la vida como cuando se viola la entraña misma de su dignidad, aparecen tal corrupción y tal perversión, que la vida se deshumaniza y esclaviza.

En cambio, quienes son coherentes, es decir, quienes saben que sus actos no deben ir en contra de su propia naturaleza, se esfuerzan en conocer esa naturaleza profundamente y ejecutan cada una de sus acciones en concordancia con ella.

Con esta libertad de pensamiento y de acción (ya no se dejan guiar por el error), sin permitir que el acaso o las circunstancias decidan por ellos, eligen acertadamente entre las diferentes opciones y descubren que hay una razón para su existencia en este mundo, que tienen una misión y que cumpliéndola se realizarán como verdaderos seres humanos, dirigiendo sus vidas hacia la auténtica felicidad.

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Amor es…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 8, 2012

Cada ser humano tiene, basado primero en las circunstancias sociales en las que nació y creció, y también en las experiencias personales, una propia y casi exclusiva visión personal del amor verdadero.

Una vez que se enuncia la pregunta: “¿Qué es el amor?”, las respuestas son tan numerosas, y a veces tan dispares, que algunos han declinado en la lucha por lograr explicarlo.

Debe concluirse que si todos tenemos una versión propia acerca del amor, muchos serán los equivocados. Aunque obvio, esto no deja de ser sorprendente: aparte de la razón y la voluntad -y aun por encima de ellas- el amor es lo que nos diferencia de los otros seres y esto es, paradójicamente, una de las cosas que menos se conoce.

He aquí el por qué de tantos fracasos matrimoniales.

Sin embargo, algunas de las definiciones tienen, al menos, una dirección similar -algo que es un consenso- basados en lo cual, se puede lograr un acercamiento inicial:

Se ha afirmado con certeza que el amor de una madre es el amor más perfecto que existe y que los hijos nunca logran amar tanto a sus madres. Y así es efectivamente: el amor materno es desinteresado y no busca recompensa.

Analicemos la conducta de las madres:

Una madre es capaz de aguantar los mareos, vómitos y hasta desmayos del primer trimestre del embarazo producidos por el cambio hormonal; una madre es capaz de soportar el peso y las incomodidades de los últimos meses; una madre es capaz de sufrir los dolores del parto o aceptar la cesárea, si es necesaria. Todo a cambio de que su hijo nazca bien y sea sano.

Una madre es tan fuerte, que amamanta a su hijo, so pena de que le muerdan los pezones, muchas veces hasta que aparezcan grietas y aun cuando sangran; una madre es tan fuerte que se levanta todas las veces que considere necesario para verificar que su hijo está bien o para darle de comer; una madre es tan fuerte que le cambia los pañales cada vez que llora por la incomodidad que le produce la humedad, haciendo a un lado el asco de oler y/o untarse…

Si su hijo llega a enfermarse, no repara en gasto de tiempo, sueño, dinero, etc. para que ceda o desaparezca su malestar…

Más adelante, cuando su hijo crezca lo seguirá amando con la misma fuerza y lo defenderá de los demás, si quieren dañarlo física o psicológicamente.

Y, aunque se comporte como un mal hijo, siempre lo perdonará, olvidará con facilidad las veces que la ofenda… lo disculpará ante los demás y hablará siempre muy bien de él…

Sólo una madre puede ser ejemplo del verdadero de amor.

Al hacer un análisis del amor materno, se puede observar que en la mayoría de los casos la madre no solo es capaz de hacer muchas cosas por su hijo, sino de privarse de sus necesidades más esenciales por lograrlo; además, no repara en esfuerzos y, siempre, sin esperar nada a cambio.

¿Se encontrará un amor igual en la tierra? Nadie ama o perdona tanto como una madre (y, efectivamente, nadie hace por su madre todo lo que ella hace por él).

Todo esto es entrega desinteresada. Todo esto es sacrificio. Todo esto es amor.

Por tanto el amor es sacrificio.

No significa sacrificio sino que es sacrificio.

De modo que si se quiere saber cuánto se ama, se debe preguntar cuánto se ha sacrificado por ese ser, objeto del cual es ese posible amor.

En cambio, el medio ambiente social y, muy especialmente, los medios de comunicación, hacen que el hombre actual crea que el amor son otros valores:

Cada vez que en una propaganda se muestra un hombre o una mujer siempre jóvenes, esbeltos, atractivos, con un cuerpo sensual, rodeado de aclamaciones, siempre sonriente, quizá fumando un cigarrillo, quizá comprando una beca para estudiar, tal vez adquiriendo determinado producto, el televidente, el cinéfilo o el lector reciben en el subconsciente la idea de que “gozar” es la felicidad.

En este contexto es imperante analizar la palabra “gozar”: gozar es usar algo y experimentar placer con ello.

Así, el joven en proceso de formación va creando en su interior el concepto claro e irrefutable de que todo lo que le produzca placer es bueno para él, y por tanto, útil en la búsqueda de la felicidad.

En las relaciones interpersonales -y sobretodo teniendo en cuenta el marcado criterio machista de hoy- este modo de pensar hace que el muchacho frecuentemente encuentre a la mujer como “algo” que le pueda producir esa sensación de goce, y no alguien con quien quiera compartir su vida y a quien quiere hacer feliz, es decir, que la vea como un objeto de placer.

En las mujeres se da el mismo caso: si pretenden llenar su vacío de amor -circunstancia más frecuente de lo que pueda parecer-, o intentan simplemente “sentirse amadas” cuando buscan a su novio, estarán usándolo para experimentar ese placer meramente psicológico, y no ser su complemento para viajar juntos en pos de la felicidad.

Esta postura, conocida como el utilitarismo, es tratarse mutuamente como cosas: sólo para utilizarse, buscando así, como lo predica su máxima, el máximo de placer y el mínimo de pena y de dolor en la vida.

Si se analiza con profundidad, el utilitarismo es imposible: en algunas ocasiones tendrá que ser placer para el otro (y no gozará del máximo placer), para que luego ese otro sea su fuente de placer.

Por eso este camino es ilógico: o somos destinatarios de ese placer o somos medios para el placer de otros; debo aceptar ser medio, pues eso considero al otro.

Si la miramos con detenimiento, esta posición es errada ya que el valor intrínseco de la persona -su propia dignidad- no puede subordinarse al valor del placer.

Si se traslada el utilitarismo al plano conyugal, se puede descubrir la razón más frecuente de los fracasos matrimoniales: cuando acaba el provecho común, no quedará nada.

Ante estas dos presentaciones de la felicidad del mundo moderno (el sacrificio como fuente verdadera de amor y el placer como medio para alcanzar la “felicidad”), el muchacho o la niña se ven frecuentemente impulsados a elegir la postura más fácil y la más cómoda: aunque el ejemplo del hogar -de la madre- haya sido de valores humanos y de entrega sin interés, los ojos, los oídos y, en general, los sentidos se irán tras los “dioses” del mundo moderno: el dinero, el placer, la comodidad, el prestigio…, y la felicidad individual de cada uno de los jóvenes, la de la pareja, la de la familia y la de la sociedad no pasarán de ser una ilusión.

En cambio, si la relación se basa en desear para el otro lo mejor, aun a costa de ceder en mis propios intereses, y el otro hace lo mismo, la armonía crecerá en ese hogar, el enriquecimiento con valores humanos no se hará esperar y se tendrán mayores facultades para educar a los hijos en ese mismo camino, lo cual sí hará un cambio paulatino en la sociedad.

Amar, entonces, no puede definirse sino como tender ambos al bien. Si tú eres un bien para mí y yo deseo el bien para ti, la relación ya no será el caminar de dos “yo” juntos, sino el de un “nosotros”. Este amor no morirá con la vejez, la enfermedad, la falta de dinero o la disminución de la líbido.

Es por eso que están equivocados quienes colocan el amor conyugal en una mesa cuyas cuatro patas son el amor, el dinero, la salud y la genitalidad, pues en el momento en que falle uno de esos cuatro pilares, tambaleará la relación. Si el amor conyugal se sostiene en un sólo pilar -el amor verdadero- que se abre en abanico para soportar todos los otros aspectos de la vida, que pasarán, obviamente, a un importante pero secundario lugar en sus vidas, el triunfo será más factible: si el dinero falta en ese hogar, no faltará la fuerza del amor para colaborar en su consecución; si la genitalidad de uno es menos fogosa o decrece, la capacidad de entrega generosa del otro la suplirá con su ternura; si aparece la enfermedad, siempre se tendrá quién vele amorosamente por él…; en fin, ante la presencia de cualquier circunstancia negativa -circunstancias que siempre se presentarán-, el amor sostendrá la relación.

Sólo el amor lo puede todo. Sólo con amor se solventarán las dificultades. Sólo la entrega generosa y desinteresada salvará a la familia, célula de la sociedad.

Pero volvamos un poco atrás en el tiempo: al noviazgo. Nada se quiere si no se conoce. Por eso es necesario pasar del atractivo que se siente inicialmente (atractivo hacia la persona, no a una parte) a la amistad, y luego, al cariño, antes de llegar al amor. El noviazgo es la etapa que madura ese amor. Además, el noviazgo inicia y desarrolla el proceso de adaptación que lleva al triunfo en la relación y, por ende, al matrimonio. Al no darse adecuadamente, llevará a la ruptura o a una unión desdichada.

Antes de tomar la determinación de casarse, entonces, es necesario que cada uno pueda valorar el amor que se tienen verificando cuántas veces el uno ha sido generoso con el otro, cuántas veces ha dejado a un lado sus intereses, metas e ilusiones personales en pro del otro; es decir cuántas veces se ha sacrificado por él.

Si ambos han demostrado esa capacidad de sacrificio -amor-, y lo han hecho en muchas ocasiones, podrán dar el salto a la unión definitiva contando con el mejor aliado: la generosidad, esto es ¡de nuevo! el amor.

En ese proceso, es necesario evadir las inclinaciones erróneas más frecuentes de cada sexo: el hombre tiende a pensar que el amor es genitalidad, mientras que la mujer se inclina a creer que el amor es sólo sentimentalismo. Ambos están equivocados, como vimos. El amor marital tiene sentimientos, tiene genitalidad, y tiene otros componentes pero, en esencia, es sacrificio.

Si la relación se sostiene en la genitalidad o en el sentimentalismo, como sucede tantas veces (por no decir siempre que fracasa), tarde o temprano sucumbirá.

Los novios pueden evaluarse personal y mutuamente en eso, en cambio, para los esposos esa evaluación casi siempre llegará tarde, especialmente si ya tienen hijos. He aquí la importancia del examen prematuro.

Es por eso que la entrega parcial y prematura, que se da con las relaciones genitales prematrimoniales puede llevar a la frustración: la entrega, como quedó claro, se debe dar en los tres planos para que sea verdadera y humana: entrega en lo espiritual, en lo psicológico y en lo biológico. Estas relaciones genitales son entrega, como su nombre lo dice, genital -biológica-, y es frecuente que los novios se den también en el aspecto psicológico temporalmente, pero su entrega no es espiritual, ya que está condicionada por el tiempo, y una entrega espiritual es para siempre, como se vio en el primer capítulo. Además, nunca una entrega verdadera tiene condiciones.

La prueba de amor más grande es el sacrificio; en ese contexto, si él espera hasta el matrimonio, estará probando su amor verdadero; no así si se hace como se acostumbra: que ella “pruebe su amor” entregándose en lo genital, convirtiéndose en objeto de manipulación y de placer del otro.

En fin, desear la felicidad del otro es la senda del amor verdadero. Pero desearla con los pensamientos, con los sentimientos, con las palabras y, especialmente, con las obras: trabajando por ella con todo el ahínco, con toda la fuerza de que se es capaz. Si la voluntad no cede a lo que no atrae más que a los sentidos y a los sentimientos, su propia aportación creadora en el amor no puede aparecer.

Por tanto, la formación de los jóvenes es fundamental: quienes tiendan a una entrega total tendrán más posibilidades de ser felices.

Debe enfatizarse sin cansancio lo que puede servir de resumen de estas líneas dedicadas al aspecto más humano del hombre: el amor: el amor vedadero implica una mutua entrega.

Llegamos así al final de este capítulo agregando tres características del amor verdadero:

1. El amor real es creciente, ya que está en una pendiente, no puede estancarse, pues rodará. Aquel que note que su amor no crece, que sepa que está disminuyendo.

2. El amor no espera, es afanado. Quien ama de veras quiere la unión lo más pronto posible. Los noviazgos largos son prueba, casi siempre, de que el amor no es verdadero, o mejor, de que sencillamente no hay amor.

3. El amor verdadero se hace extensivo a cada vez más personas: si se aprende a amar a una persona, se notará que cada vez se ensancha más el corazón para que quepan más y más personas a quienes querremos también con hechos.

La entrega

El amor matrimonial difiere de todos los otros modos de vivir el amor: consiste en el don total de la persona. Su esencia es el don de sí mismo, de su propio “yo”. Todos los modos de salir de sí mismo para ir hacia otra persona poniendo la mira en el bien de ella no van tan lejos como en el amor matrimonial. “Darse” es más que “querer el bien”.

Una vez que se ha afirmado el valor -la dignidad- de la otra persona, viene la pertenencia recíproca de ambos, comprometiéndose así mutuamente su libertad. Y este compromiso, paradójicamente, es libre.

Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión (común unión) de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal para la generación y educación de nuevas vidas: ese “nosotros” caminando hacia el enriquecimiento personal y la procreación, evidencia palpable y hermosísima de su amor y continuación de sus propios seres.

Esta entrega tiene cuatro características:

1. Es humana, es decir, es sensible y espiritual, lo que significa que la voluntad y la razón gobernarán a los instintos.

2. Es total, esto es sin condicionamientos o reservas.

3. Es fiel y exclusiva hasta la muerte, dicho de un modo más sencillo, es de uno con una y para siempre.

4. Por último, es fecunda, no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinada a propagarse suscitando nuevas vidas

Todo esto significa más que lo que puede parecer:

Con el concepto claro acerca de los tres planos en los que se manifiesta el amor, se puede afirmar con certeza que la entrega debe ser total e incondicionada en lo biológico, total e incondicionada en lo psicológico y total e incondicionada en lo espiritual. Sólo así se hablará de amor verdadero.

La entrega del ser humano, de acuerdo con su propia dignidad -espiritual-, debe ser total, sin reservas egoístas.

Cuando el acto está condicionado, este amor no existe: por ejemplo, cuando un hombre va a una película pornográfica, se exita genitalmente y llega a su casa a obtener satisfacción de esos instintos con su esposa, simplemente la está usando como objeto de placer; del mismo modo, si ella se siente apenada, por ejemplo, porque tuvo un disgusto con su madre y busca un “sentirse amada” pidiendo a su marido que tengan una relación genital, estará usándolo como objeto en lo psicológico…

La afectividad más en la mujer que en el hombre y la sensualidad en este pueden hacer que se equivoque el concepto acertado de entrega. La afectividad pura (las percepciones y las emociones que se experimentan en el trato) no puede sostener una relación y creer que esa afectividad es amor es causa de muchas decepciones. Al igual, después de un tiempo, cuando se desvela la pasión que guió la entrega, no quedará nada sólido. Y todo esto ocurre porque la entrega no fue total, se entregó parte (la afectividad o la sensualidad), no la totalidad de la persona.

Otro tanto ocurrirá si a la entrega se le ponen condiciones.

Para que un acto no esté condicionado, es necesario que, al darse, el ser humano asuma las consecuencias que con ello vengan, sin violar las leyes de la naturaleza, sin destruir el orden cosmológico: la biología seguirá su curso y ese acto tendrá sus consecuencias: el nacimiento, en los días fértiles, de un hijo.

Es así como el amor conyugal verdadero se va convirtiendo, sin perder su valor, sino más bien incrementándolo, en amor paternal y amor maternal.

Se puede ir concluyendo que, cuando la entrega conyugal es verdadera, siempre estará orientada hacia la preservación de la dignidad humana, no a la utilización del otro, y que estará también encaminada hacia la finalidad de la genitalidad: la procreación. Con esto, se logrará paulatinamente la maduración de cada uno de los componentes de la pareja y, lo que es igualmente valioso, la integración sexual de la totalidad de la personalidad de ambos.

El acto conyugal, entonces, tiene dos significados: el unitivo (que une a la pareja) y el paternal.

Por otro lado, esta transmutación gradual y enriquecedora de amor conyugal a amor paternal y maternal propiciará el bien de la comunidad, ya que la célula de la sociedad es la familia.

Un ejemplo didáctico de esto es cualquier enfermedad: cuando un órgano está afectado, como el hígado o el ojo, son sus células (los hepatocitos o los conos y bastones del ojo, respectivamente) las que tienen algún daño en su membrana, en su citoplasma o en su núcleo. En cambio, si las células están sanas, el órgano gozará de salud. De la misma forma, la sociedad siempre se verá afectada por la moralidad de sus familias. Una vez se establezcan la salvaguarda y la estabilidad de la familia, habrá salvaguarda y estabilidad en la comunidad.

En cambio, si la entrega no es total o está condicionada -y por tanto no es verdadera- los esposos estarán a la merced de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones, y un sentimentalismo irracional e inestable será, la mayor parte de las veces, su móvil. En esas condiciones será casi imposible hablar de sinceridad en la relación, y la seguridad de la fidelidad -requisito del amor- no existirá sostén. Es seguro, como se vio, que en estas circunstancias, el ego es el móvil de la relación, lo cual es casi siempre premonitorio del fracaso total.

Si ya son suficientes los hijos, ¿cuál anticonceptivo usar?

A. La píldora

En el año 1953, los doctores Pincus y Chang descubrieron la píldora anticonceptiva. Hoy muchas mujeres toman la píldora.

La base del tratamiento reside en suministrar al organismo una cantidad de hormonas sexuales femeninas que intentan frenar la liberación de las gonadotropinas de la hipófifis, de manera que no se produzca la maduración de los folículos ováricos ni la ovulación.

Pero parece que la información científica que los esposos tienen sobre los anticonceptivos es muy errada:

La píldora es el medicamento más “seguro” en las estadísticas (menos del 1% de “fracasos”).

Se presenta en pastillas de toma diaria, en inyecciones cada cierto tiempo y en forma subcutánea. Están compuestas por estrógenos y progesterona, ambas hormonas sexuales femeninas, que intentan evitar la ovulación y mudan el estado del endometrio (parte interna del útero) para que el huevo fecundado no anide, no se adhiera a su madre.

Lo que poco se publica es que estos medicamentos producen muchos efectos secundarios, principalmente trastornos vasculares: tromboflevitis y flevotrombosis, razón por la que muchas pacientes se encuentran en hospitales por infartos de miocardio y trombosis cerebral; además se reportan casos de hipertensión. Fuera de estos, los libros y revistas científicos informan sobre alteraciones del ciclo menstrual, problemas digestivos, nerviosos y hepáticos, alteraciones mamarias, trastornos metabólicos y cutáneos, todos estos de larga descripción y por ello, imposible de reseñar completamente.

Los síntomas son dolores de cabeza o náuseas, pero hay otros de menor incidencia, como el aumento de peso, que se presenta sobretodo en aquellas mujeres que tienen cierta predisposición a la obesidad. Para contrarrestar estos efectos adversos se ha optado por disminuir las dosis de hormonas contenidas en las pastillas anticonceptivas.

Algunas veces, al dejar la píldora después de haberla tomado largo tiempo, aparece una amenorrea transitoria. Esto sucede porque el organismo se habitúa a las hormonas que contiene la píldora y, al faltar esta, necesita tiempo para recobrar su ritmo hormonal normal.

Pero lo peor de todo es que se ha probado que, ya que falla con alguna frecuencia como anovulatorio, actúa como abortivo: el medicamento mata al nuevo ser humano. He aquí la explicación:

De acuerdo con los últimos descubrimientos científicos en genética, el nuevo ser humano aparece con la fecundación: los 46 genes que ya posee el óvulo fecundado (23 de la madre y 23 del padre) hacen de él un ser único espiritual y biológicamente: son ellos los que guían la construcción del cerebro, establecen el color de los ojos, de la piel y de los cabellos, el sexo, las huellas digitales, la talla aproximada, algunos rasgos de la personalidad, etc.

Sin embargo, como se vio, los anticonceptivos orales permiten la ovulación: un óvulo sale a la trompa de Falopio, donde puede ser fecundado por un espermatozoide. La pareja continúa tranquila sus cópulas sexuales, pues la paciente sigue tomando el medicamento.

En un estadio del ciclo, los estrógenos que se encuentran en los anticonceptivos orales aumentan la movilidad del nuevo ser humano -óvulo fecundado- y hacen que llegue al útero muy joven (antes de estar preparado para asentarse en él) y muera.

La progesterona, por el contrario, disminuye su movilidad, haciendo que el óvulo fecundado llegue tarde al útero, cuando ya está muerto, por falta de nutrición.

Así mismo, el anticonceptivo actúa sobre la mucosa del útero, impidiendo que el endometrio o pared interna de la matriz quede dispuesto para recibir el óvulo fecundado.

Al disminuir las dosis de hormonas contenidas en las pastillas anticonceptivas para corregir los efectos adversos, como se dijo anteriormente, se corre aún más riesgo.

Con esto se concluye que los anticonceptivos orales o “píldoras” matan a ese

nuevo ser humano, es decir, actúan como abortivos.

Desde hace tiempo se conocen estos mecanismos abortivos de la famosa “píldora”, pero se han ocultado sistemáticamente.

Así, hoy es imposible estar de acuerdo con el uso los anticonceptivos orales, sin estar de acuerdo con el homicidio de inocentes.

Por otra parte, se ha probado que este, que es el método más utilizado -la píldora- afecta, por las hormonas que contiene, a la mujer, haciendo que esté agresiva, que se disminuya su líbido (apetito sexual) y otras consecuencias como trastornos emocionales, ya que las hormonas cambian su patrón psicológico, así como lo hacen durante el embarazo y, a veces, en los días que preceden a la menstruación.

B. El dispositivo intrauterino (DIU)

Con mayor índice de “fracasos” (cercano al 4%), y por eso mucho menos utilizado, el dispositivo intrauterino (DIU) es el tercer anticonceptivo más popular después de la píldora y el preservativo.

Es una pieza de plástico pequeña y flexible, de entre 2 y 4 centímetros de longitud, que se coloca en el útero. Actualmente los hay de varias formas y tamaños. Algunos tienen una envoltura de cobre que rodea al plástico y que va cayendo en el útero en pequeñas cantidades. Esta clase de DIU tiene que ser cambiado cada dos años más o menos, mientras que los que no llevan cobre pueden usarse indefinidamente. Todos ellos tienen unos hilos que cuelgan de la vagina, de modo que pueden extraerse fácilmente

El mecanismo de funcionamiento consiste en la producción de cambios en las células del revestimiento del útero o invirtiendo las contracciones uterinas. Ello dificulta la adherencia en el mismo de un óvulo fertilizado. Así ha probado también ser abortivo: como su nombre lo dice, está dentro (intra) del útero (uterino); allí mata al nuevo ser humano que, con seis o siete días de vida, llega buscando posarse en el endometrio. Fuera de eso, si un óvulo fecundado consiguiese implantarse allí, la presencia del DIU le impedirá proseguir su desarrollo.

No se sabe exactamente cómo se producen estos cambios, pero sí que cualquier cuerpo extraño introducido en el útero provoca la misma respuesta que una infección. La producción de células que atacan a los organismos invasores se incrementa y es posible que sean estas células las que hacen al endometrio inapropiado para el nuevo ser humano. El cobre que se emplea en algunos se utiliza porque se cree que tiene un efecto adicional en la acumulación de dichas células.

El DIU también puede provocar cambios en las paredes de las trompas de Falopio, haciendo que el óvulo descienda por ellas más de prisa y que no llegue en el momento adecuado.

Finalmente, se sabe de casos en los que el niño nace con el dispositivo atravesando su oreja o cualquier otra zona de la piel, lo cual induce a pensar que una muerte posterior también es posible.

Aunado a todo esto, los dispositivos intrauterinos favorecen a veces la formación de infecciones en el útero. Dichas infecciones, que se manifiestan con abundante flujo vaginal, pueden ser debidas a la irritación de la mucosa uterina originada por la implantación del DIU, o bien a la entrada de gérmenes procedentes de la vagina a través del cordón que asoma por el cuello del útero y que sirve también para comprobar la colocación correcta del aparato. En algunos casos las infecciones persisten a pesar del tratamiento, por lo cual es conveniente retirar el DIU.

Además, se presentan trastornos o inflamaciones dolorosas en el bajo vientre materno, con o sin procesos hemorrágicos graves, y hasta se han reportado casos de contracciones uterinas que lo expulsan.

Por último, el DIU favorece el embarazo ectópico (fuera del útero, generalmente en las trompas de Falopio) en el caso de que se haya producido una fecundación por falla en su mecanismo anticonceptivo. Este dispositivo altera los movimientos de los cilios (filamentos) del interior de las trompas, impidiendo con ello la progresión del óvulo fecundado hacia el útero.

C. El preservativo o condón de látex

Con un índice de embarazos que oscila entre el 5 y el 20 %, desplazó al obsoleto condón de membrana, que fracasaba más todavía.

El condón es una especie de funda que se coloca sobre el pene en erección para recoger el semen de la eyaculación del hombre. Casi siempre tiene un extremo en forma de tetilla para contener el semen, de manera que no se filtre por los lados o haga que el preservativo se filtre por los lados. Los hay para mujeres también; en este caso se colocan en la vagina antes de la penetración.

Es este uno de los métodos “de barrera”, junto con los diafragmas, y es el que se utiliza desde hace más tiempo. De hecho, antes del advenimiento de la píldora, era el anticonceptivo más popular.

El uso del preservativos no produce efectos orgánicos, pero se han reportado efectos psicológicos, especialmente en el hombre: algunos se sienten incómodos al colocárselo o al retirárselo. Además, tanto en ellos como en las mujeres se presenta con frecuencia la queja de disminución de la sensibilidad.

Por el índice de fracasos tan alto, algunos trabajadores en la planificación familiar recomiendan el uso adicional de un espermaticida, una sustancia química que mata a los espermatozoides (a veces esta sustancia viene recubriendo el condón), para tener una mayor protección. Así mismo, recomiendan lubricar el condón con una sustancia -además del lubricante con el que ahora vienen-, con el fin de disminuir el riesgo de rotura, y especialmente para impedir que la mujer sienta dolor debido a la fricción del caucho. Se añade que no se use vaselina o cierto tipo de cremas que puedan estropear el látex, disminuir sus características o producir sequedad de la lubricación natural de la vagina. Las precauciones incluyen no “herirlo” con las uñas, el adecuado desenrollado, comprobar la fecha de envoltura, no exponerlo al calor y otros cuidados adicionales que son los que hacen que el índice de fracasos sea tan variado.

Aun en el caso de que se sigan todas esas instrucciones, en el mejor de los casos, el índice de embarazos no baja del 5%. Por ese fracaso tan alto como anticonceptivo, hoy se usa más como profiláctico de enfermedades de transmisión sexual y, en forma errónea, como se comprobó científicamente en el III capítulo, para prevenir la infección del sida (ver: “D. Sida y otras enfermedades”).

D. Ovulos, cremas espermicidas, diafragmas, esponjas y otros

Realmente despreciables desde el punto de vista eficacia (el índice de embarazos es muy alto), estas técnicas se han ido dejando de lado.

E. Cirugías: vasectomía y ligadura de trompas

La vasectomía (corte y ligadura del conducto deferente) en los hombres impide el paso de los espermatozoides desde los testículos a la uretra. El hombre que se ha sometido a esta intervención no dispone de espermatozoides en su semen, por lo que es incapaz de fecundar. Sin embargo, seguirá teniendo eyaculaciones normales, expulsando la secreción elaborada en las vesículas seminales y en la próstata.

La persona que se somete a una vasectomía debería considerar que este medio de esterilización es irreversible. Algunas veces, es posible intentar unir de nuevo los extremos del conducto deferente que se seccionó. Si el tubo se permeabiliza, los espermatozoides vuelven a poder atravezarlo, aunque no hay la seguridad de que tal cosa ocurra. También cabe que, en el transcurso de la vasectomía, algunos espermatozoides salgan del conducto seccionado y entren en contacto con el tejido interno. En tal caso se formarán anticuerpos contra los espermatozoides, que los dañarían si se unen de nuevo los conductos.

En la mujer se hace la ligadura de trompas (las trompas de Falopio, que comunican al ovario con el útero). Además de los riesgos que conlleva este tipo de intervenciones quirúrgicas, dejan al paciente sin la posibilidad de engendrar nuevos hijos en caso de que en el futuro así lo deseen.

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Hasta aquí los análisis de los anticonceptivos artificiales desde el punto de vista eminentemente científico, por supuesto menos importantes siempre que el humano, del que se puede decir lo siguiente:

Los anticonceptivos artificiales destruyen el orden cosmológico del que ya se ha escrito suficiente, ya que con ellos se hace a un lado el aspecto natural de la concepción (resultado final de la cópula en los períodos fértiles), se rompe la unidad biología-psicología-espiritualidad, propia del ser humano, desordenando así la esencia de la relación marital.

Si alguien busca en una relación únicamente el placer que le depara, estará dejando de lado partes esenciales de su condición humana, como son el aspecto psicológico y el aspecto espiritual, y su acción será meramente carnal. Así mismo, si lo que busca con esa acción es satisfacer la necesidad de sentirse deseado o incluso “amado” (si a esto se le puede llamar amor verdadero) estará mutando también la finalidad del acto y denigrándose a sí mismo.

Por esa razón, en ambas circunstancias, el hombre descubre un alto grado de insatisfacción que nace de la sensación de haber utilizado al otro o haber sido utilizado. Aunque esta sensación quiera ser considerada fútil, intrascendente o de poca importancia, siempre quedará ese sabor amargo de la entrega parcial, que es uno de los aspectos que dan explicación a la gran inestabilidad matrimonial de nuestros días.

La entrega con condiciones hace de los cónyuges un par de cómplices de una acción utilitarista, aun cuando se haya hecho de común acuerdo, ya que ambos se estarían utilizando recíprocamente; además, esta es una entrega parcial y, por lo tanto, no sincera, un acto que destruye la estabilidad de cada uno de los individuos y de la pareja, dando al traste con una de las principales finalidades de la unión matrimonial, la educación de la prole, quienes frecuentemente no podrán desarrollarse desde el punto de vista psicológico y espiritual sin asistencia profesional especializada.

Como se comprenderá, la trascendencia de esta circunstancia en la sociedad se observa hoy: muchos de los niños que mañana serán los motores del mundo están creciendo sin uno de sus padres y en una situación precaria de educación humana integral (emocional, espiritual, cultural y de conocimientos) que culminará en un retroceso en la moral de muchas naciones, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de los hombres y de su relación con los demás.

Además, con el uso de los anticonceptivos artificiales se abrió un camino fácil y amplio para la infidelidad conyugal y se impulsó aún más la pérdida del respeto por la mujer.

Uno de los acontecimientos que impulsó la creación de los anticonceptivos fue que en 1798 Thomas Robert Malthus dijo que “el poder de la población es infinitamente más grande que el poder de la tierra para producir subsistencia para el hombre”. Pero Malthus olvidó que el poder de la inteligencia y de la fuerza de voluntad, actitudes que distinguen al hombre de los seres irracionales, da siempre paso a nuevas opciones, uno de cuyos ejemplos de las cuales son los cultivos hidropónicos, donde se multiplican los sembrados, fuera de la tierra.

Si, en cambio, los padres conocen los últimos avances científicos sobre métodos anticonceptivos naturales, los cuales han demostrado gran eficacia, podrán decidir con responsabilidad no tener más hijos, sin detrimento de su salud corporal, psicológica y/o espiritual.

Como se explicó anteriormente, sólo 4 días de un ciclo promedio de 28 son fértiles. Si se tiene en cuenta que la variabilidad biológica es grande, este lapso debe aumentarse para tener absoluta seguridad en el control de la natalidad. Por eso se habla de 11 días fértiles.

Pero esos once días se pueden reducir con estos métodos.

(Como se verá, conocer estos tiempos son el mejor método para lograr la concepción, en los casos en los que esta ha sido difícil.)

No se tratará aquí del método llamado del “ritmo” o de Ogino, ya que este método se considera hoy la historia de los métodos naturales.

F. El método del moco cervical, de la ovulación o Billings

Este método, desarrollado por el doctor Billings, médico australiano, enseña a las mujeres a examinar sus secreciones vaginales diarias para detectar cambios en la cantidad y calidad del fluido del cuello uterino, o moco cervical. Hasta la fecha es el mejor método para predecir cuándo se va a producir la ovulación.

A medida que el ciclo menstrual de la mujer avanza, la cantidad, color y consistencia de las secreciones mucosas del cuello del útero van cambiando probablemente como resultado de los cambios en lo niveles de estrógenos y progesterona del cuerpo. Al principio del mes (es decir, el primer día de la menstruación) hay más estrógeno circulando por la sangre y después de la ovulación, más progesterona.

En las fases iniciales del ciclo, inmediatamente después de la menstruación, puede haber uno o dos días “secos” con muy poca secreción evidente. La mucosidad normal es espesa y pegajosa durante estos días y forma una especie de tapón en el cuello uterino que impide el paso del esperma.

A medida que se acerca la ovulación, la mucosidad aumenta en cantidad y se vuelve viscosa y elástica -su textura es parecida a la de una clara de huevo-. En este momento, la mujer puede experimentar una sensación de humedad y “apertura” en su zona vaginal y puede observar esa mucosidad muy fácilmente. Fue sorprendente para muchos ginecólogos enterarse de qué tan bien puede la mujer identificar ese tipo de flujo. Es suficiente entonces explicarles eso y enseñarles a aplicar el método.

Esa secreción más clara y menos espesa permite el paso de los espermatozoides en dirección al óvulo y va aumentando en cantidad hasta el último día o día cumbre, lo que indica que la ovulación es inminente, antes de adoptar de nuevo una consistencia más turbia y espesa que precede a la sequedad de la siguiente fase.

Tan pronto como la paciente detecte el menor indicio de este moco más claro y elástico debe abstenerse de practicar el coito hasta 4 días después del último día en que la paciente puede detectar la menor evidencia de la misma, no importa cuál sea su cantidad.

Desde el cuarto día después del día cumbre hasta la menstruación (en un ciclo promedio de 28 días, esto representa aproximadamente unos 10 días) se puede considerar que la mujer no es fértil.

Aunque no es imprescindible, conviene espaciar la relaciones genitales cada dos días, para obviar la presencia del semen que podría, eventualmente, confundirse con la mucosidad vaginal.

Se han hecho pruebas que demuestran que muchas mujeres pueden identificar perfectamente los síntomas de sus mucosidades, lo cual permite que ellas puedan distinguirlas de las que se producen por aumentos patológicos.

Su fiabilidad está cerca al  98.5%, según datos de la Organización Mundial de la Salud y, según las investigaciones llevadas a cabo por el doctor Billings, al 99.2%.

G. El control de la temperatura basal

El fundamento del método de control de la temperatura basal reside en el aumento que experimenta la temperatura corporal inmediatamente después de la ovulación. El incremento de la temperatura se debe al efecto de la progesterona, cuya presencia en el torrente circulatorio es mayor durante y después de la ovulación.

El término “temperatura basal” se refiere a la temperatura del cuerpo en completo reposo. Por lo tanto, debe tomarse diariamente por la mañana, en el momento de despertarse, en ayunas y antes de levantarse de la cama. Se utiliza un termómetro corriente, que puede aplicarse en cualquiera de las cavidades del cuerpo (boca, vagina o recto), si bien es necesario que sea siempre la misma. Si se desea hay termómetros especiales marcados con décimas de grado que pueden ser más útiles para ese fin. El resultado ha de observarse transcurridos 5 minutos desde la postura del termómetro.

En la primera parte del ciclo, la temperatura de la mujer, en circunstancias normales, se encuentra entre los 35,5 y los 36,5 grados centígrados. A causa de los antes aludidos cambios hormonales hay un aumento de temperatura que oscila entre 0,2 y 0,5 grados centígrados. Si se detecta esta fase es posible determinar, no sólo el período fértil de la mujer para casos de infertilidad, sino todos los días infértliles de cada ciclo, con el fin de espaciar o evitar el nacimiento de nuevos hijos. De este modo, se calcula que el tiempo de infecundidad segura va desde el tercer o cuarto día hasta los primeros días que siguen a la menstruación próxima.

H. El método síntomo-térmico, de la doble verificación o muco-térmico

Este método combina tres sistemas diferentes con el objeto de aumentar la efectividad y predecir más exactamente en número de días fériles. Por ejemplo, combinando el método Billings y el de la temperatura, se pueden predecir el inicio de su período fértil obsevando sus mucosidades y anotando los aumentos de temperatura y los cambios posteriores en la secreción mucosa.

Con un poco de entrenamiento y observación también se puede aprender a detectar los diversos síntomas que indican la ovulación en un gran número de mujeres. Por ejemplo, algunas mujeres pueden detectar un leve dolor punzante en la parte baja y posterior del abdomen acompañada de una sensación de calambre. Esto se conoce como mittelschmerz. También se puede observar una ligera pérdida de sangre, fenómeno conocido como “punteo”. Malestar en el pecho, dolores de cabeza, depresiones recurrentes en momentos determinados del ciclo, también pueden ser indicios de que se está apunto de ovular. Algunos de estos cambios pueden ser muy sutiles y naturalmente varían mucho en cada caso, por eso, si se practica este método es bueno fijarse bien en los cambios que se produzcan en su cuerpo, pues no hay reglas generales aplicables a todas las mujeres. No obstante, casi todas las mujeres tienen una facilidad inmensa para observar y “sentir” los cambios propios de su cuerpo y de su funcionamiento fisiológico.

Vale la pena añadir que aunque todos estos métodos son buenos (bien manejados alcanzan un promedio del 98% de eficacia) es muy importante que la paciente, con ayuda de su esposo, elija el que mejor se adecue a su fisiología y a su personalidad.

I. El PG 56

Ahora se dispone de un sistema llamado PG 56, que consiste en un lente con el que se observa el moco: en el caso de que este se trate de un moco ovulatorio, se podrá ver una estructura parecida a la de un helecho. Si esto es así se sabrá, con certeza, que se está produciendo la ovulación y, por tanto, que no se deben tener relaciones genitales si no se desean tener hijos.

Su precio es bastante bajo, teniendo en cuenta que puede servir durante muchos años, e incluso de por vida.

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Si un hombre no es capaz de esperar a que pase la menstruación de su esposa para tener relaciones genitales, simplemente porque a ella le disgusta hacerlo durante esos días, se podrá verificar qué tan poco la ama, qué tan importante para él es lo genital en la relación y tal vez qué era lo que buscaba.

¿Qué pensar entonces de otro que no pueda esperar unos días por amor y por decisión mutua? Se trata simplemente de dominar las energías de la naturaleza y orientarlas al bien personal, conyugal, familiar y social: la ganancia es muy grande comparada con el esfuerzo que se realiza:

Estos métodos no agreden a ninguno de los cónyuges, ni química, ni mecánicamente. Son métodos reversibles. Pueden ser usados por cualquier pareja. Se acomodan a cualquier irregularidad menstrual, por grande que sea. Y son gratuitos.

Además, los métodos artificiales comprometen, casi siempre, a la mujer, y algunas veces -si se usa el condón- al hombre, lo cual hace injusta la relación: se le da la responsabilidad a uno sólo de los cónyuges. En cambio, con los métodos naturales se comprometen ambos en pro del bien común.

Todos estos métodos siguen los lineamientos de la naturaleza -no rompen el orden cosmológico- y, al requerir cierta dosis de dominio de la razón sobre los instintos, están a la altura de la dignidad del ser humano y lo engrandecen, ya que ese espíritu de sacrificio -es decir, amor verdadero (del que se habló bastante en el capítulo anterior)- los probará cada cierto tiempo y hará de su matrimonio una unión tan fuerte que nada ni nadie podrá destruir. La experiencia personal de muchas parejas -incluyendo la del autor de estas líneas, quien quiere participarlo a todos para que se amen con la misma fuerza- es prueba evidente de ello.

Todos los que se han animado a utilizar estos métodos naturales desean gritar al mundo entero que esta vía es una cadena de aspectos positivos que llevan a la felicidad conyugal: al disminuir la esclavitud de las pasiones, crece cierto instinto espiritual, ese enriquecimiento con valores espirituales hace que la lucha contra el egoísmo -cuna del desamor- sea mayor y más expedita y, lo que es mejor, se incrementa la capacidad para educar a los hijos, ya que el espíritu de sacrificio entrena a los cónyuges para crecer en ese amor, el cual, con el ejemplo, edificará un hogar compuesto por seres que saben anteponer la felicidad del otro a su egoísmo. Con este ambiente “en el aire” los hijos respirarán la alegría de dar, única capaz de granjearles la verdadera felicidad.

Ahora sí se puede hablar de paternidad responsable. Responsable viene del latín “responsum”, supino de “respondêre”, responder. Responder a los actos que libremente realizamos, es decir, saber respetar el orden cosmológico, no violarlo para destruirnos; saber que los genitales, como su nombre lo dice están en el cuerpo para generar nuevas vidas; saber que sólo somos libres cuando los instintos son dominados por la voluntad, guiada por la inteligencia; saber que lo que más diferencia al ser humano de las bestias es el amor…

 

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

 

 Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

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Problemas de comunicación

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 1, 2012

 

Carlos y Juana son una pareja de esposos que se quieren mucho.

Un día deciden regalar a una de sus mascotas. Por fin encuentran otra pareja que vive en el campo…

Juana le tiene un gran cariño a sus mascotas y, por eso, siente gran tristeza al desprenderse de la que decidieron entregar.

Carlos le dice:

–Estará bien. Es una casa de campo, y allá tendrá muchas comodidades y bienestar. Además, se ve que quieren mucho a los animales…

Sin embargo, eso no disminuye el desconsuelo de Juana: se despiden de los adoptantes y comienza a llorar.

Carlos no sabe qué hacer ni qué decir, y le repite las mismas palabras:

–No te preocupes; ya verás que estará bien…

Ocho días después van a la casa donde dejaron a su mascota.

Juana tiene la oportunidad de acariciar de nuevo a su ex-mascota y, al despedirse, se pone a llorar otra vez: su corazón siente gran nostalgia y, por un momento, piensa que los nuevos dueños jamás le dará el cariño que ella le daba; para desahogarse, dice en medio de suspiros:

–¡Pobrecito!

Es una forma de sacar afuera sus sentimientos, de aligerar su dolor…

Pero su esposo no comprende sino el lamento: “¡Pobrecito!”.

Inmediatamente, con el único fin de ayudar a su esposa a pasar ese trago amargo, dice lo que a él le serviría de alivio:

–¡Pero por qué “Pobrecito”, si se ve que está muy bien! Yo no lo veo mal…

Es que, a diferencia de las mujeres, para los hombres el remedio siempre proviene de un raciocinio; lo que él alcanza a pensar es lo siguiente:

Por la expresión de su esposa: “Pobrecito”, deduce que lo que ella siente es lástima por la mascota; y muy contento, cree tener la solución para quitarle esa pena: demostrarle a ella que no hay por qué sentir lástima, pues el animal está bien.

Lo que él no adivina es que las mujeres no expresan sus emociones con palabras exactas, sino simplemente muestran su tristeza, su dolor, intentan desahogarse…

Por eso, las buenas intenciones del hombre son malinterpretadas; ella le dice:

–¿Por qué siempre me dices que “por qué pobrecito”?

Y es posible que —al sentir que no encuentra el apoyo que esperaba de su esposo— añada:

–Sí; ya sé que soy una boba; que me pongo a llorar por bobadas…

Y esto desestabiliza al hombre, que puede sentirse defraudado porque su buena intención no dio resultado.

En algunos casos estas frustraciones se pueden traducir en irritación, que estalla en quejas y, por la situación anímica de ambos, todo esto puede derivar en una pelea conyugal.

 

Este suceso es apenas una pequeña muestra de lo que en la vida cotidiana de una pareja puede ocurrir, con más frecuencia de la que quisiéramos: como las mujeres desean expresar sentimientos y están heridas en esos momentos, suelen mostrar su dolor más a través de sus actitudes y el tono de su voz al hablar, que hablando con palabras acertadas, esperando que su cónyuge sepa interpretar todo dentro del contexto de su aflicción; por su parte, el esposo se ciñe a las palabras textuales y, tratando de ayudar, agrava el problema. Dicho de otra manera: por el dolor que la embarga, ella expresa con algo de imprecisión lo que siente, y él lo interpreta literalmente.

Ambos terminan frustrados y tristes y, a veces, más o menos enojados.

Definitivamente: las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte. Por eso, conviene que los marcianos se esfuercen mucho para tratar de entender a las venusinas, y al revés; así también se demuestran el amor.

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La leyenda del medio corazón*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 7, 2011

 

Cuenta una leyenda que cuando Dios crea un hombre, toma un corazón en la mano y lo parte por la mitad, y medio corazón lo coloca en su cuer­po y el otro medio lo pone en el cuerpo de una mujer. Y ambos los echa al mundo, cada cual con su medio corazón.

Cuando los dos crecen, notan que no tienen más que medio corazón y deben entregarse a la búsqueda del otro medio que a cada uno le falta. Pero aquí viene la dificultad: ¿Dónde estará ese medio corazón que a cada uno le falta? ¿Estará cerca? ¿Estará lejos? Ninguno de los dos sabe. Por eso añade la leyenda que ni él ni ella deben descansar hasta que encuentren el medio corazón que a cada uno le falta. Una vez que ya lo encuentran, tienen que unir los dos medios corazones para formar uno solo, y para lograrlo, solamente hay un pegante, el pegante del amor.

Hermosa leyenda que nos ilustra lo gratificante y lo valioso del ma­trimonio que hoy celebran delante de Dios y de esta comunidad: N y N. Como no hay mejor pegante que el amor para formar un solo corazón… y con éste los dos serán una sola carne, como lo ratifican las Sagradas Escrituras, la ceremonia del matrimonio será la primera capa de pegan­te, la cual se irá consolidando hasta lograr la unión perfecta durante toda la vida.

Y es que, efectivamente, el amor es la base, el fundamento, la causa formal de la vida matrimonial. Es el alma que debe llenar la vida en­tera de los esposos. Sin él no hay posibilidad de edificar una comunidad matrimonial ni familiar.

Con toda razón puede afirmarse: El matrimonio nace del amor, se sos­tiene y desarrolla por el amor y se realiza en el amor. Por un acto divino se formó la pareja humana y por (otros) actos de amor deberán formarse las nuevas parejas que surjan a través de los tiempos.

La unión de padres e hijos es temporal y por tanto disoluble; en cam­bio, la unión de los esposos es indisoluble y eterna. No deberán separarse jamás.

De manera que un matrimonio sin amor, no tiene razón de ser ni de existir. De aquí se desprenden varias conclusiones:

1.  Sin amor no deben casarse los novios. No importa que lleven mucho tiempo y hasta años de relaciones; no importa tampoco que lo exijan las presiones familiares o sociales; ni siquiera importa que tengan sufi­ciente dinero para vivir bien. La falta de amor es razón suficiente para no casarse.

2.  Sin amor, ¿qué significado pueden tener las palabras de mutua entrega que se hacen ante el altar? Será una entrega fingida, engañosa y ridícula.

3.  Sin amor, ¿cómo van a vivir dos esposos bajo el mismo techo, no digo ya unos años o meses, sino un solo día?

4.  Sin amor, ¿fruto de qué van a ser los hijos?

5.  Sin amor, ¿cómo será el matrimonio, signo sacramental de otro amor, “del amor que Cristo tiene a su Iglesia”, como dice san Pablo?

El pueblo chino guarda una atrayente tradición: llevar a las bodas una pareja de gansos, símbolo de fidelidad. Estos animales, al igual que los cisnes, no cambian de pareja y conservan una relación estable de por vida.

 

Tomado de: bonilla, Héctor. Parábolas para la vida. San Pablo, Bogotá. 2007.

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¿Matrimonio para siempre?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 14, 2011

 

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII: «La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente».

 

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¿Matrimonio de homosexuales?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 5, 2010

 

En todas las células de un hombre homosexual hay un cromosoma «Y». Por su parte, nunca se ha encontrado ese cromosoma «Y» en una lesbiana. Por esto, desde el punto de vista genético está probado que el individuo no nace homosexual: aunque haya factores que lo favorezcan, ninguno de ellos es capaz de determinarlo, es decir, ninguno de esos factores obliga al individuo a ser homosexual.

Según los últimos análisis psicológicos realizados en estos seres humanos, dentro de los factores predisponentes, dos comportamientos paternos son los que más inducen a la homosexualidad de un hijo: el padre distante, alejado o frío en el trato con su hijo, y el padre enérgico y duro y hasta violento

Estas circunstancias son bastante más frecuentes de lo que parece en las sociedades eminentemente machistas de hoy: es habitual, por ejemplo, el argumento de muchos padres que creen que si tratan con ternura o dulzura a su hijo varón, lo impulsarán a la homosexualidad. Y lo que sucede es exactamente lo contrario: hoy se sabe con certeza que es precisamente la falta de cariño paterno lo que hace que ellos traten de suplirla buscando el afecto de otro varón.

Esto ocurre porque, en el niño la imagen paterno–masculina se entremezcla en su cerebro infantil, sin que pueda hacer una distinción clara de ambos conceptos–personas. Al crecer, justamente por la carencia afectiva, les cuesta mucho más trabajo, en el proceso de maduración, deshacer ese conflicto. En esas condiciones, se opta por conseguir ese cariño inexistente o pobre, a toda costa, en un afecto varonil.

Este factor, pues, es determinante.

Y si a esta conducta paterna se suma una madre del tipo de la mujer seductora, que domina y minimiza a su marido —lo demuestran también las estadísticas—, se impulsará más la orientación a la homosexualidad.

Un ser humano con este trastorno, tiene los mismos derechos de los demás; lo que sí no admite dudas es que ellos, mientras no sean tratados adecuadamente, precisamente por el trastorno que padecen, no están en la capacidad de dirigir y desarrollar adecuadamente sus relaciones, porque su situación psicoafectiva los hace muy inestables. Es rarísimo, por ejemplo, el caso de una relación de homosexuales que sea duradera: las estadísticas que hay muestran que, a pesar de la gran cantidad de parejas de esposos que se separan hoy día, nunca alcanzan los índices de inestabilidad que se verifica entre los homosexuales.

Por esta afectación psicológica, tanto en el ámbito afectivo como emocional, les queda más difícil entender lo que es una entrega de amor auténtico, en la que haya una donación total de sus seres, tanto en el plano biológico, como en el psicológico y el espiritual.

Este amor auténtico del que se está hablando es la entrega total de la vida para conseguir un solo objetivo: la felicidad del ser amado, y quien así actúa logra su propia felicidad; es frecuente que los que aman así digan que su felicidad es la felicidad de ella (o de él).

Si aun entre parejas —hombres y mujeres sin este tipo de problemas— es difícil vivir este auténtico amor, lo es más para quienes están tan afectados psicológicamente con estas carencias afectivas, tal y como sucede con los homosexuales.

Y es lógico que suceda así, puesto que la complementariedad no se puede dar entre ellos: así como en el aspecto biológico sus genitales no se complementan, tampoco sus psiques masculinas, porque por más que intenten volverlas femeninas, siempre tendrán un sustrato, una esencia, un fundamento genético masculino, del que no podrán deshacerse jamás. Y lo mismo sucede entre dos lesbianas: sus sustratos son y serán femeninos.

Por eso, el matrimonio de homosexuales no es conveniente: al fallar el tan deseado complemento, sus carencias afectivas y emocionales obviamente se incrementarán; y esto sucederá una y otra vez, repitiéndose consecutivamente tres sentimientos: el anhelo de felicidad, la ilusión de que una nueva relación podrá llevarlos a la meta y la frustración por no haberla logrado…

El matrimonio de homosexuales produce, por lo tanto, más daños que beneficios: al no lograr el bien que se pretende, se aumentan cada vez más las ansiedades, las angustias y la sensación de frustración…

Y todavía es peor el hecho de que los homosexuales adopten hijos, puesto que, como se dijo, la situación psicológica de los homosexuales los hace menos capaces para educar acertadamente a los adoptados. Es, además, evidente que no podrán formar en ellos ni la imagen masculino–paterna, ni la femenino–materna, con lo que se propicirán en los niños errores de concepción; y esto no puede darse, pues el derecho de los niños a un desarrollo normal desde los puntos de vista afectivo y emocional está por encima de cualquier otra consideración o derecho de los adultos que los tienen a cargo.

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Las características del amor auténtico

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 27, 2009

Quien ama busca sólo el bienestar de la persona amada. Por tanto, es imposible aceptar aquella idea que esbozan algunos, cuando afirman que hay muchas formas de amor, como el amor egoísta: solo quien no ama busca su propio bienestar antes que el de la persona amada.

Se desprende de esto que el amor y el egoísmo son antagónicos. Cada acción que proviene del amor destruye algo del egoísmo que la actual sociedad trata de hacernos vivir, y cada acción egoísta destruye el intento por ser feliz, pues mina nuestra capacidad de amar, ya que en el amar radica la felicidad de un ser humano.

Por eso, la actual teoría de la psicología según la cual los seres humanos de hoy necesitan mucha autoestima es peligrosa. El hombre crece más cuando más destruye su ego en pro de los demás: es así como se da cuenta de que puede dar de sí mismo algo positivo a los que están a su alrededor.

Se trata de recorrer el único camino para eliminar el estrés, pues todo egoísmo tiene su fuente en el estrés: si pienso únicamente en mi bienestar, permaneceré angustiado; si, por el contrario, me olvido de mí para dar felicidad a todos los que entren en contacto conmigo, nada me afectará.

Además, los hombres están hechos para ser felices y esa felicidad es imposible en el egoísmo, y ni siquiera en el egocentrismo. Dar para recibir es simplemente un negocio; un negocio que deja siempre la sensación de usamos al otro, de que fuimos interesados.

Otro aspecto de vital importancia es la máxima más sabia de todas: “El amor verdadero nunca muere”: si algo murió es porque nunca fue amor. Dentro de este contexto, no se puede entender aquello que se oye a veces: que un amor se extinguió tras los años. Si el decrecer de la genitalidad se “debe” contrarrestar con la ternura u otra característica cualquiera, se estará dando importancia superlativa a la genitalidad, lo cual contrasta con nuestros postulados.

Si se dice, por ejemplo, que la base de la estabilidad matrimonial es mantener el interés del otro con aspectos de la vida conyugal distintos del amor (el erotismo, la sexualidad, las emociones…) dará la impresión de que el amor es incapaz de sostenerse solo; sin embargo, nada es más firme y de más sostén que el amor.

Nadie es una necesidad para nadie. Si yo amo de veras, deseo lo mejor para la persona que amo. Querer retenerla junto a mí es pensar en mí, no en ella, y eso no es amor, es egoísmo. El amor me hace pensar en lo mejor para ella, me lleva a hacer lo mejor por ella, me impulsa a decir y hacer lo que más le conviene a ella; el egoísmo (lo contrario al amor) me llevaría a sentirlo como una necesidad para mí.

Por último, si yo amo, no es porque encuentre placer alguno con esa relación, ni tampoco por sentir el placer de servir a los demás, ni siquiera por experimentar el placer que da el no ser egoísta; es simplemente porque deseo lo mejor para la persona que amo. Y esto es lo que da la felicidad auténtica. No hay otro modo de conseguirla.

  

 

 

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Porqué tantos fracasos conyugales

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2009

El amor matrimonial difiere de todos los otros modos de vivir el amor: consiste en el don total de la persona. Es el don de sí mismo, del propio «yo». Todos los modos de salir de sí mismo para ir hacia otra persona poniendo la mira en el bien de ella no van tan lejos como en el amor matrimonial. «Darse» es más que «querer el bien».

Una vez que se ha afirmado el valor —la dignidad— de la otra persona, viene la pertenencia recíproca de ambos, comprometiéndose así mutuamente su libertad. Y este compromiso, paradójicamente, es libre.

Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión (común unión) de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal para la generación y educación de nuevas vidas: ese «nosotros» caminando hacia el enriquecimiento personal y la procreación, evidencia palpable y hermosísima de su amor y continuación de sus propios seres.

Esta entrega tiene cuatro características:

1. Es humana, es decir, es sensible y espiritual, lo que significa que la voluntad y la razón gobernarán a los instintos.

2. Es total, esto es sin condicionamientos o reservas.

3. Es fiel y exclusiva hasta la muerte, dicho de un modo más sencillo, es de uno con una y para siempre.

4. Por último, es fecunda, no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinada a propagarse suscitando nuevas vidas

Todo esto significa más que lo que puede parecer:

Para que exista el amor auténtico, la entrega debe ser total e incondicionada en lo biológico, total e incondicionada en lo psicológico y total e incondicionada en lo espiritual.

La entrega del ser humano, de acuerdo con su propia dignidad —espiritual—, debe ser total, sin reservas egoístas.

La afectividad más en la mujer que en el hombre y la sensualidad en este pueden hacer que se equivoque el concepto acertado de entrega. La afectividad pura (las percepciones y las emociones que se experimentan en el trato) no puede sostener una relación y creer que esa afectividad es amor es causa de muchas decepciones. Al igual, después de un tiempo, cuando se desvela que la pasión fue la que guió la entrega, no quedará nada sólido. Y todo esto ocurre porque la entrega no fue total, se entregó parte (la afectividad o la sensualidad), no la totalidad de la persona.

Otro tanto ocurrirá si a la entrega se le ponen condiciones.

Si la entrega no es total o está condicionada —y por tanto no es verdadera— los esposos estarán a la merced de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones, y un sentimentalismo irracional e inestable será, la mayor parte de las veces, su móvil. En esas condiciones será casi imposible hablar de sinceridad en la relación, y la seguridad de la fidelidad —requisito del amor— no existirá. Es seguro que en estas circunstancias el ego es el móvil de la relación, lo cual es casi siempre premonitorio del fracaso.

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La educación sexual: ¿en el justo medio?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 5, 2009

Todos los padres desean que sus hijos e hijas no tengan hijos prematuramente y que no adquieran sida o enfermedades de transmisión sexual.

Nadie desea que su hija sea violada. Ni que sufra de frigidez o sea ninfomaníaca.

Quieren que sus hijos no tengan relaciones con prostitutas ni que, mucho menos, se prostituyan. Ni que sufran de eyaculación precoz o de impotencia. Ni tampoco que sean promiscuos.

Adicionalmente, ningún padre desea que alguno de sus hijos sea homosexual. Es sorprendente saber que ni siquiera lo desean la mayoría de los padres homosexuales. Todos los padres quieren que sus hijos sean felices, que lleguen con dignidad al matrimonio y que, ya en él, la mantengan.

De manera pues, que aunque es muy importante poder curar, es preciso y siempre mejor prevenir.

Para lograr estos deseos, es necesario estar en el justo medio: lo más ecuánime, pero también lo más difícil, es lograr el punto intermedio entre dos extremos.

En contraposición al antiguo y mojigato concepto de que toda información podía estimular la libido, hoy es constante en algunos sexólogos la idea de que los problemas que se presentan en los jóvenes provienen de la falta de información acerca de los temas genitales.

Por esa razón se ha creído necesario “llenar” al adolescente de datos estadísticos y científicos en lo que se refiere a evitar el embarazo y las enfermedades como el sida.

Los descritos son los dos extremos: ignorancia absoluta o relativa, y superinformación.

Pero las estadísticas muestran que los errores generalmente los producen la falta de voluntad, de formación, no de información; el punto intermedio —el justo medio— de estos dos extremos es educar.

Existe una gran diferencia entre “informar” y “formar”: con lo primero no se logra inducir el comportamiento hacia el bienestar propio de cada educando, sino que se le crea una cantidad grande de prevenciones que no lo encaminarán hacia el enriquecimiento personal integral, sino que, por el contrario, le dirán simplemente hasta dónde pueden llegar sus instintos con el mínimo riesgo de enfermedad o de embarazo. Al formar, en cambio se crea un ser capaz de entregarse sin reservas egoístas y, por tanto, de tomar decisiones desesclavizado de las pasiones, es decir, libre.

Contra el vicio, el egoísmo, la rutina y la comodidad —que impelen, por el conformismo, al divorcio—, la educación da un entrenamiento en el dominio de sí mismo, forma el carácter e incentiva el espíritu de sacrificio. Esto llevará de la mano a la estabilidad conyugal.

Otro mito que existía, el mantener todo escondido, hizo que, por reacción de rebote, muchos se inclinasen por intentar destapar todo. Resultado de esto fue, como se pretendía, la desmitificación de muchos errores, pero también, el hedonismo – doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida- y su consecuencia obvia, la denigración general de la moralidad y del valor que se le tiene a la mujer.

Esos, de nuevo, son los extremos. El justo medio es lo natural.

Tampoco debe tratar de vivirse la sexualidad en los extremos: ni “todo es pecaminoso”, ni “todo es correcto”. Ni seguir como los animales el instinto, ni tratar de domarlo maniqueísticamente, pensando que lo genital es malo. Otra vez, el justo medio es lo natural: ni mito, ni pudor excesivo.

En fin, el amor verdadero es el punto intermedio entre la pasión desenfrenada y el sentimentalismo irracional.

Por último, el justo medio debe estar también presente en el plan educativo: la información gradual, adecuada a la edad y, muy especialmente, coherente con la dignidad del ser humano será la medida para producir únicamente beneficios en los jóvenes.

 

 

 

 

 

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Unión libre, ¿por qué?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

Tras años de estudio sobre la experiencia vivida en Colombia, podemos afirmar que nuestros compatriotas no se casan o lo hacen “por lo civil” por las siguientes razones, en orden de prevalencia:

 

1.  “No estoy preparado(a) para algo tan serio, hay que probar antes… quiero estar más seguro(a). Esto puede fallar.”

2.  “No quiero amarrarme, quiero ser libre.”

3.  “El matrimonio católico es de mal agüero: una amiga mía que vivía muy bien desde hace cinco años se casó en la Iglesia y a los pocos meses su unión se destruyó… y sé que hay muchos casos más.”

4.  “El matrimonio es un papel, simplemente. Algo que aprueba las relaciones sexuales socialmente. Yo quiero ser libre.”

 

Analizando estas respuestas, sobresale entre todas las causas el hecho indudable de que el ser humano moderno no está preparado para el amor verdadero.

 

El amor verdadero

 

Se ha afirmado con certeza que el amor de una madre es el amor más perfecto que existe y que los hijos nunca logran amar tanto a sus madres. Y así es efectivamente: el amor materno es desinteresado y no busca recompensa.

Una madre es capaz de aguantar los mareos, vómitos y hasta desmayos del primer trimestre del embarazo producidos por el cambio hormonal; una madre es capaz de soportar el peso y las incomodidades de los últimos meses; una madre es capaz de sufrir los dolores del parto o aceptar la cesárea, si es necesaria. Todo a cambio de que su hijo nazca bien y sea sano.

Una madre es tan fuerte, que amamanta a su hijo, bajo pena de que le muerdan los pechos, muchas veces hasta que aparezcan grietas y aun cuando sangran; una madre es tan fuerte que se levanta todas las veces que considere necesario para verificar que su hijo está bien o para darle de comer; una madre es tan fuerte que le cambia los pañales cada vez que llora por la incomodidad que le produce la humedad, haciendo a un lado el asco de oler y/o untarse…

Si su hijo llega a enfermarse, no repara en gasto de tiempo, sueño, dinero, etc. para que ceda o desaparezca su malestar…

Más adelante, cuando su hijo crezca lo seguirá amando con la misma fuerza y lo defenderá de los demás, si quieren dañarlo física o psicológicamente.

Y, aunque se comporte como un mal hijo, siempre lo perdonará, olvidará con facilidad las veces que la ofenda… lo disculpará ante los demás y hablará siempre muy bien de él…

Sólo una madre puede ser ejemplo del verdadero de amor.

Se puede observar también que en la mayoría de los casos la madre es capaz de privarse de sus necesidades más esenciales por lograr la felicidad de su hijo; además, no repara en esfuerzos y, siempre, sin esperar nada a cambio.

¿Se encontrará un amor igual en la tierra? Nadie ama o perdona tanto como una madre (y, efectivamente, nadie hace por su madre todo lo que ella hace por él).

Todo esto es entrega desinteresada. Todo esto es sacrificio. Todo esto es amor.

Por tanto, el amor es sacrificio.

No significa sacrificio sino que es sacrificio.

De modo que si se quiere saber cuánto se ama, se debe preguntar cuánto se ha sacrificado por ese ser, objeto del cual es ese posible amor.

Los novios pueden hacer ese ejercicio: “¿Me quieres y te quiero con un amor así?, ¿eso que sentimos es suficiente para que nos entreguemos completamente?”.

Y los que viven en unión libre, otro tanto: “¿Esto que nos hizo vivir juntos es tan fuerte como para dar el paso al matrimonio?”.

 

El “amor” que se descubre en los medios de comunicación

 

En cambio, el medio ambiente social y, muy especialmente, los medios de comunicación, hacen que el hombre actual crea que el amor son otros valores:

Cada vez que en una propaganda se muestra un hombre o una mujer siempre jóvenes, esbeltos, atractivos, con un cuerpo sensual, rodeado de aclamaciones, siempre sonriente, el televidente, el cinéfilo o el lector reciben en el subconsciente la idea de que “gozar” es la felicidad.

Así, el joven en proceso de formación va creando en su interior el concepto claro e irrefutable de que todo lo que le produzca placer es bueno para él, y, por tanto, útil en la búsqueda de la felicidad.

En las relaciones interpersonales – y sobretodo teniendo en cuenta el marcado criterio machista de hoy – este modo de pensar hace que el muchacho frecuentemente encuentre a la mujer como “algo” que le pueda producir esa sensación de goce, y no alguien con quien quiera compartir su vida y a quien quiere hacer feliz, es decir, que la vea como un objeto de placer.

En las mujeres se da el mismo caso: si pretenden llenar su vacío de amor – circunstancia más frecuente de lo que pueda parecer -, o intentan simplemente “sentirse amadas” con su novio, estarán usándolo para experimentar ese placer psicológico, y no ser su complemento para viajar juntos en pos de la felicidad.

Esta postura, conocida como el utilitarismo, es tratarse mutuamente como cosas: sólo para utilizarse, buscando así, como lo predica su máxima, el máximo de placer y el mínimo de pena y de dolor en la vida.

Si se traslada el utilitarismo al plano conyugal, se puede descubrir la razón más frecuente de los fracasos matrimoniales.

 

La disyuntiva

 

Ante estas dos presentaciones de la felicidad del mundo moderno (el sacrificio como muestra y fuente verdadera de amor, y el placer como medio para alcanzar la “felicidad”), el muchacho o la niña se ven frecuentemente impulsados a elegir la postura más fácil y la más cómoda: los sentidos se van tras los “dioses” del mundo moderno: el dinero, el placer, la comodidad, el prestigio…, y la felicidad individual de cada uno de los jóvenes, la de la pareja, la de la familia y la de la sociedad no pasarán de ser una ilusión.

En cambio, si la relación se basa en desear para el otro lo mejor, aun a costa de ceder en mis propios intereses, y el otro hace lo mismo, la armonía crecerá en ese hogar, el enriquecimiento con valores humanos no se hará esperar y se tendrán mayores facultades para educar a los hijos en ese mismo camino, lo cual sí hará un cambio paulatino en la sociedad.

Amar, entonces, no puede definirse sino como tender ambos al bien. Si tú eres un bien para mí y yo deseo el bien para ti, la relación ya no será el caminar de dos “yo” juntos, sino el de un “nosotros”. Este amor no morirá con la vejez, la enfermedad, la falta de dinero o la disminución de la libido. Y lo que es mejor, sólo esa entrega generosa y desinteresada salvará a la familia, célula de la sociedad.

Si se quiere entender el rechazo por el matrimonio y se desea cambiar esa situación, esto es lo que se debe enseñar a todos.

 

 

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Tener hijos, ¿para qué?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

Sucedió en Bucaramanga: una señora que, para realizarse como profesional, dejaba a su hijo de cinco años al cuidado de la empleada del servicio doméstico, a la que, como casi siempre dicen, consideraba la “mejor empleada del mundo”.

Un día, hacia las diez de la mañana, el niño se cayó de la baranda de los pasillos que daban acceso a su apartamento, el cual queda en un sexto piso. La muerte no fue instantánea: pasó ocho días en el hospital, en estado de coma; y cuando se lo llevó a una habitación, murió.

La “mejor empleada del mundo” admitió que el niño jugaba con frecuencia en los pasillos del piso y que se descuidó “un minuto”, mientras supervisaba el almuerzo.

–Así, ¡para qué tener hijos! —se lamentó una vecina—. Si uno los va a descuidar de esa manera, dejándolos con una sirvienta, nada bueno se debe esperar…

Los habitantes del edificio se enfrascaron en una gran disputa, pues unos pensaban como la vecina, mientras que otros se oponían… Se acaloraron los ánimos y no quedó nada como conclusión.

Lo que sí debe llevar a todos a sacar conclusiones es la estadística que un psicólogo llevó a cabo: en los hogares donde la madre está ausente se da algo más del sesenta y siete por ciento de los hijos que caen en el alcoholismo, la drogadicción, la prostitución infantil y juvenil o el satanismo. Al mismo tiempo, en otro estudio se mostró cómo los problemas psicológicos afectan más a los niños o jóvenes que, al llegar a la casa después de clases, no encuentran a su madre.

La mayoría de las veces, esas madres se excusan diciéndose que “es más importante la calidad que la cantidad de tiempo que se les dedica a sus hijos”. Pero, desafortunadamente, los niños y los adolescentes necesitan a la mamá cuando ellos la necesitan; no cuando ella puede estar presente. Por otra parte, se sabe que la mujer, aunque en términos generales sea más comprensiva, tolerante y resistente que el hombre, llega cansada del trabajo y con deseos de reposar, lo que disminuye su capacidad de entrega y se ocupa poco de las que considera “pequeñeces” de sus hijos.

Es más: no se sabe qué sucede en la psique de esos jóvenes, pero parece que algo les impide perdonar a la mamá que trabaja sin necesidad: en una población de unas trescientas familias estudiada para tal efecto, se descubrió que la rebeldía de los niños pequeños era inmensamente superior en los hogares en los cuales la madre salía a “distraerse con una labor”, a “ganarse unos pesitos adicionales” o a “realizarse como persona”.

Esta actitud del niño “que no perdona a su mamá” se da porque, según dicen los que se atreven a explicar su conducta, “no me quiere” o “le importa más su trabajo que yo”; es decir, están diciendo que la madre le presta más atención a otras cosas que a ellos.

Esta conducta materna tiene consecuencias graves en el proceso evolutivo de los hijos, ya que su emotividad se ve afectada, lo mismo que su afectividad: serán adultos que, a su vez, no sabrán amar a los suyos, reaccionarán erróneamente en los momentos difíciles de sus vidas y, especialmente, tendrán dificultad para relacionarse con otros… Además, como se leyó líneas más arriba, están los peligros graves del alcohol, la droga, la prostitución y el satanismo.

En fin, como decía otro psicólogo, la explicación de la situación actual de la sociedad está en una verdadera crisis de madres: no hay madres que eduquen a los hijos, no hay madres que tengan tiempo para sus hijos, no hay madres que estén disponibles para apoyarlos psicológicamente cuando las necesitan…

Y, contrario a lo que se puede deducir, ni ellas ni ellos se dan cuenta de la labor tan importante que realizan las mamás en sus hogares: si se promueve un modo de aliviar las cargas que implica su trabajo, si los esposos las estimulan, las valoran y las apoyan en esa difícil pero valiosa tarea, si el gobierno favorece los empleos de medio tiempo para la mujer, habrá de nuevo muchas mamás y la sociedad se reoxigenará con valores humanos y con principios morales que tanto le están haciendo falta… Así sí se podrá decir que el mundo habrá progresado, puesto que su célula, la familia, habrá mejorado.

De la mujer dependemos. En ella está el secreto del bienestar social. Vale la pena que los hombres la valoren y que ellas se den cuenta de su dignidad.

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¡Yo no me caso!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

En una investigación llevada a cabo en la ciudad de Bogotá se descubrió que, de cada 100 parejas de casados, 88 hombres y 61 mujeres manifestaron ser felices en su matrimonio. Pero, al hacer una encuesta con asesoría psicológica en la que se dejó velada la intención de averiguar cuántos estaban realmente satisfechos con su relación, se descubrió que solamente el 8% de los hombres y el 2,4% de las mujeres se sienten complacidos con su pareja.

En ellas, la decepción es la causa primordial para pensar así: la relación no llegó a ser lo que ellas esperaban. Por su parte, la monotonía en el trato y la “cantaleta” de sus esposas estuvieron en el punto más alto en las estadísticas para que los varones se sintieran mal en su matrimonio.

Si se analiza con profundidad este hecho, se pueden deducir varias posturas típicas de cada sexo: la mujer idealiza la relación marital, el hombre pretende con frecuencia llenar su vida de emociones o, al menos, de logros continuos, y se cansa con la actitud psicológica femenina que busca desahogarse hablando…

Pero detrás de esas posiciones está el desamor. Es imposible concebir que un hombre ame a su mujer si no es capaz de comprender ese deseo de aliviarse hablando de los problemas; tampoco se entiende el amor que pretendía lograr metas meramente egoístas…

Sin embargo, hay aspectos trascendentales que quedan sin ventilar: la mujer es la que queda embarazada y es la que amamanta; es ella a la que, por su naturaleza más comprensiva y paciente, trata mejor a los hijos, los educa con más tolerancia (por supuesto que también hay hombres así, pero son muy pocos); es a ella a quien le afectan los cambios hormonales del ciclo menstrual, del embarazo y del puerperio (estado delicado de salud de la mujer en el tiempo que inmediatamente sigue al parto); es ella la que se regocija con el bebé cuando tiene el tiempo para dedicarse a ello; es la mujer la que en la mayoría de las ocasiones tiene mejor talento para estimular a los niños y a los jóvenes en su crecimiento integral, es decir, afectivo, emocional, intelectual, social, cultural y espiritual, etc. Al mismo tiempo, es la mujer la que necesita del apoyo de su esposo para realizar cabalmente todas esas tareas tan sublimes, pero tan desestimadas por la sociedad actual.

Por eso, no conviene que ella elija mal. Un esposo cariñoso, afectuoso, amoroso, será siempre un estímulo para la mujer. Un consorte delicado, comprensivo y que sepa escuchar, disparará la capacidad de entrega y de generosidad de su mujer. Un compañero de vida que comprenda los ciclos fisiológicos de la mujer y que se acomode a ellos, respetándola y amándola, será un caldo de cultivo para el desarrollo armonioso y pacífico de su labor materna y conyugal…

Cuando se estaba dando esta explicación en una conferencia, tanto le impactó a una mujer del auditorio, que gritó en medio del público: «¡Yo no me caso!».

Muchos y muchas de los asistentes, aunque sobresaltados, asintieron con movimientos de la cabeza. Es que la inteligencia no podía aceptar ya todos esos innumerables episodios de mujeres que se casan por tener la experiencia de engendrar un hijo, por no quedarse solteras (o, como dicen despectivamente, “solteronas”), por miedo a la soledad, o porque “ese hombre parece buena persona”, etc.

No. Hoy se necesita más para que una mujer valiosa entregue —como casi siempre lo hace— su vida entera a un hombre, mientras que él se conforma con conseguir una mujer para mostrar, una criadora de sus hijos, una sirvienta y una amante.

Desdichadamente no todas las mujeres estuvieron presentes para escuchar aquel grito emancipador de esa dama. Ojalá estas líneas hagan reaccionar a quienes las lean: a ellas, para que sepan valorar la labor que realizarán como esposas y madres, y para que sepan darse cuenta de lo valiosas que son por el hecho de ser mujeres, por la forma como se comprometen en la mayoría de los casos cuando se casan y por la potestad que tienen de ser madres; y a ellos, para que sean conscientes de lo que se ganan cuando se desposan.

 

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¡Se dispara la infidelidad femenina!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 

«Es que mi esposo me es infiel», «Necesitaba algo de cariño, me sentía muy sola», «Quería sentirme amada», «Mi pareja solo me busca por interés», «Mi vida era monótona hasta que lo hice: es una aventura maravillosa; me atrae vivir algo prohibido», «Hoy nadie es fiel»… Son todas respuestas dadas por muchas mujeres (cada vez más) que, sin saberlo su esposo, viven una «aventura» extramatrimonial.

¿Por qué algo que hasta hace poco casi solo se achacaba a los hombres es ahora una estadística creciente? ¿Qué está sucediendo en el cerebro de la mujer?

Las respuestas son tan variadas entre ellas como entre los psicólogos. Van desde cierta sensación de fatiga de la mujer hasta una especie de venganza social, según la mayoría de los asesores de pareja. La mujer parece decir hoy día: «Si ellos lo han hecho tanto, ahora es el turno de la mujer; además, debe tiene algo de atractivo». Otros piensan que el estrés de la vida moderna, ese «corre–corre» diario, incita a poner en tela de juicio las instituciones, incluido el matrimonio.

En el trasfondo de esta realidad yacen dos aspectos importantes: en primer lugar, algunas mujeres se dejaron ganar por el empuje de la cultura que exalta el egoísmo y los placeres por encima de otros principios, como el valor de la familia, del sentido del hogar, la estabilidad psicológica (emocional y afectiva) de los hijos, pues son valores que ya no se ven; a cambio de ellos les atrae el placer de sentirse amadas (que siempre deja en ellas una sensación de frustración, porque se sabe que esas relaciones son siempre pasajeras), el deseo de experimentar una «aventura» y de salirse de los patrones tipificados de la vida (actitud impulsada por los medios de comunicación, especialmente la televisión y el cine)…

En segundo lugar, parece que ha revivido aquella «angustia existencial» que se popularizó tanto hace algunas décadas: frecuentemente la mujer, como muchos hombres, no sabe de dónde viene, a dónde va y qué vino a hacer en esta tierra. Olvidaron ellas que Dios les dio unas privilegios altísimos: la maternidad, el contacto íntimo con su hijo durante el amamantamiento, más hormonas que el hombre, dos zonas erógenas principales (el hombre tiene una), mayor intensidad en el placer sexual, un umbral del dolor visceral más alto, mayor responsabilidad laboral (según las estadísticas), mayor cercanía al dolor ajeno, mayor ternura promedio, mayor sentido de la religión (basta visitar las iglesias y observar qué porcentaje de varones hay); cuando madres suelen ser más pacientes, tolerantes y comprensivas que los padres, son (casi siempre) más respetuosas de los sentimientos de sus hijos y saben entender que esas emociones a veces les impiden actuar bien o responder más rápido; por otro lado, las estadísticas muestran que cuando hay una separación la mamá suele quedarse con los hijos y que a ellas les queda más fácil asumir el papel de padre que al revés, frecuentemente sacan sus hogares adelante en ausencia del marido: se encargan con valentía del sostén económico, afectivo y educativo…

Todo esto explica la dignidad tan alta de la mujer, y le da el norte a su vida: si la mujer se prostituye la sociedad queda prostituida; mientras que si la mujer se dignifica se construirá una sociedad más noble, que fructificará en las futuras generaciones.

Si la mujer conoce esta hermosa y alta responsabilidad, y el hombre la valora y respeta, los índices de infidelidad disminuirán de parte y parte, y obtendremos una sociedad sana para nuestros hijos.

 

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¿Perdonar la infidelidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 

«Eso a mí no me molesta; yo sé que para mi esposo yo soy la más importante». Es una frase frecuente de las mujeres a las que les pregunta por qué toleran la infidelidad de su marido. Hay otras respuestas parecidas: «Es que las otras son las iglesias, pero yo soy La Catedral», «Todos los hombres son infieles; no hay nada qué hacer», «Eso fue una simple “canita al aire”; yo sé que él me ama», «Mientras pase el dinero necesario, a mí no me importa»…

 

Se repite con frecuencia, a manera de estribillo, que ellas deben seguir el ejemplo de Jesús perdonando a sus esposos la infidelidad, la violencia verbal y física, que se emborrachen con frecuencia…

 

La estadística recogida hasta el momento muestra que, de cada 100 parejas con problemas de infidelidad, el hombre es culpable en 96 casos; en uno falla la mujer sin que haya caído su marido, y los otros 3 son mujeres que se «vengan» de su esposo haciendo lo mismo. Pero lo más extraño y alarmante de todo es que, de cada 100 «perdonados», 100 reinciden en el adulterio, ¡y 99 mujeres los vuelven a perdonar!

 

¿Qué está pasando? ¿Por qué se da esta situación? ¿Qué sucede en el cerebro del varón? Y, ¿qué le pasa a la mujer? Quizá lo que ocurre es que se tiene poca información acerca del matrimonio y de la dignidad del ser humano:

 

1.  El amor entre un hombre y una mujer, cuando es verdadero, tiene las siguientes características: es una entrega del ser personal, total, sin condiciones, para siempre y fiel. La dignidad del ser humano lo exige: mi «yo» personal es tan valioso que precisa de la entrega total, incondicional, infinita y fiel del otro; al mismo tiempo, tampoco le puedo ofrecer menos al «tú» de mi futuro cónyuge, por ser también tan valioso.

 

2.  Mi esposa sabe que lo único que no comparto más que con ella es la genitalidad, y yo sé que ella no vive su genitalidad sino conmigo. Lo demás se comparte con otros: las comidas, el trabajo, la vida social, los viajes, etc. Dicho de otro modo, la genitalidad es lo que distingue la relación conyugal y es excluyente para con los demás.

 

3.  Cuando hay fidelidad, consiguientemente, los hijos tienen la salvaguardia de su estabilidad. Lo prueban las estadísticas: los problemas psicológicos afectan mucho más a la prole de matrimonios infieles.

 

4.  La fidelidad es prueba de amor. La infidelidad es prueba de desamor. Si yo amo, no tengo por qué buscar a otra ni tengo por qué caer en la tentación, porque en ese instante viene a mi mente ese santuario que es el cuerpo sagrado de mi esposa donde se gestaron o se gestarán nuestros hijos, recuerdo además su dignidad y la mía, pienso en la nobleza de mi hogar y rememoro la bondad que Dios ha tenido para conmigo.

 

5.  La infidelidad lesiona la dignidad de la familia, donde nacen nuestros hijos, expresión sublime de la continuidad de nuestros seres.

 

Pero, sobre toda consideración acerca de la infidelidad, emerge el hecho de que el perdón se da a quien demuestra su arrepentimiento por la falta cometida y su firme determinación de no volver a fallar. De esto resulta que se debe perdonar sólo a quienes cumplan esos 2 requisitos.

 

Por eso, si se perdona al que no pide perdón, ni se muestra realmente arrepentido, ni prueba su firmísima determinación de cambiar, ¡se lo impulsa a seguir pecando!

 

Pero, ¿por qué se valora tan poco la mujer? Como se vio más arriba, el índice de las que toleran esa burla a su dignidad de esposas, de mujeres y de madres, es altísimo. Una señora engañada afirmaba que sólo lo perdonaría si durante unos diez años le mostrara su contrición sincera implorándole su perdón, llorando de rodillas, llevándole rosas…

 

Tal vez el problema esté en ese supuesto «perdón»: si fue infiel es porque no ama. Y si no ama, ¿qué se le va a perdonar: el hecho de no amar? ¿Acaso se lo puede obligar a amar?

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¿Por qué se acaba un matrimonio?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

UN ACERCAMIENTO EN LAS ESTADÍSTICAS

 

Los índices no mienten: incompatibilidad sexual o de caracteres, inmadurez, infidelidad, maltrato psicológico y aun físico, abuso sexual, desincentivación o desinterés, frialdad en el amor, frigidez y otros motivos son los que aducen tanto quienes se han separado como quienes manifiestan el deseo de hacerlo.

 

En un segundo lugar están el alcoholismo o la drogadicción de uno de los cónyuges, la depresión y otras enfermedades neurológicas, la bisexualidad, el «vaginismo» o dispareunia, la impotencia, el excesivo interés por el trabajo con el consecuente descuido del cónyuge y de los hijos, los celos, el mal genio…

 

En la primera lista, parece que hay dos grupos de causas: las sexuales y las psicológicas. Al desentrañarlas, los expertos se han llevado sorpresas:

 

La frigidez consiste en la inhibición de la excitación sexual de la mujer. Cuando es de origen orgánico es rarísima; por el contrario, es muy frecuente que se informe de casos en los que la mujer descubre que su esposo solo la busca para complacerse genitalmente, lo que deriva en esa ausencia anormal de deseo o de goce sexual.

 

Y, ¿a qué obedece esto?

 

Parte de la respuesta a esta pregunta hay que encontrarla en la conducta femenina: si una muchacha pretende conquistar a un joven a través de incitaciones a lo genital, (como por ejemplo, usando minifaldas altas, pantalones descaderados y ajustados a su cuerpo, escotes que dejan ver parte de las mamas, etc.), lo inducirá indirectamente a que se sienta atraído hacia su cuerpo, no hacia ella.

 

Después, ya casados, será más difícil que ella pueda mutar los sentimientos de su esposo por otros más importantes en la relación de pareja: que él aprenda a compartir las emociones y los afectos con ella y viceversa, y que la ame desde la profundidad de su ser.

 

En cambio, cuando la relación está basada en la entrega mutua y total del propio «yo», sin condiciones ni reservas egoístas, y para siempre, habrá verdadero amor. La felicidad del otro se erige en lo principal: el que ama trabaja por la felicidad del otro con todo el ahínco, con toda la fuerza de que se es capaz, y no le importa el sacrificio que para ello tenga que realizar. Por eso, la prueba de amor más grande es el sacrificio.

 

Antes de tomar la determinación de casarse, entonces, es necesario que cada uno de los novios pueda valorar el amor que se tienen verificando cuántas veces el uno ha sido generoso con el otro, cuántas veces ha dejado a un lado sus intereses, metas e ilusiones personales, para buscar la felicidad del otro…; es decir, cuántas veces se ha sacrificado por él.

 

Si ambos han demostrado esa capacidad de sacrificio y lo han hecho en muchas ocasiones, podrán dar el salto a la unión definitiva contando con el mejor aval de la felicidad conyugal: el amor auténtico.

 

Es necesario entonces que la hermosa y femenina coquetería sea siempre dirigida por la perspicacia, el ingenio propio de las mujeres, para que el hombre la mire a los ojos, a su alma, y así se enamore de ella y no de su cuerpo; o peor, de una parte de su cuerpo, como suele suceder.

 

En ese proceso, también es necesario evadir el error más frecuente del sexo femenino: si el hombre tiende a pensar que el amor es solamente genitalidad, la mujer se inclina más a creer que el amor es sólo sentimentalismo. Ambos están equivocados: el amor marital tiene sentimientos, tiene genitalidad; pero, en esencia, es capacidad de sacrificio para hallar la felicidad juntos.

 

Si la relación se sostiene en la genitalidad o en el sentimentalismo, tarde o temprano sucumbirá; y esto es, precisamente, lo que sucede casi siempre que fracasa.

 

En cambio, si la relación se fundamenta en el amor verdadero, no habrá incompatibilidad de caracteres, ni inmadurez, ni posibilidad de maltrato psicológico (y mucho menos físico), ni desincentivación o desinterés, ni frialdad en el amor, ya que el amor verdadero nunca muere.

 

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La felicidad conyugal

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

EDUCAR AL HOMBRE

La experiencia muestra que, cuando se casan, la mayoría de los hombres buscan una forma de «estabilizarse» (sexualmente) con una sola amante, tener quién se encargue de «esas cosas del hogar» y de toda la responsabilidad que representa ser padres y, a veces, tener una mujer qué mostrar.

Por su parte, la mayoría de ellas desean tener un esposo de quién recibir amor, ver crecer a sus hijos y formar un hogar donde haya paz y prosperidad…

El «pecado» —siempre— es creer que los hombres piensan como ellas.

Si se dieran cuenta de la realidad, elegirían con mayor cautela a su novio: un hombre con principios morales e ideales nobles y, además, responsable con Dios y con los demás: su familia, el trabajo, sus amigos…

Luego, lo educarían antes de dar el salto al matrimonio: con delicadeza demandarían de él espíritu de entrega y de generosidad con algún sacrificio de sus propios gustos que demuestre su amor por ella; más adelante, lo probarían para verificar si es capaz de dejar hasta sus metas nobles por la felicidad de su novia… Y así, irían exigiendo cada vez un poco más, hasta que ese hombre esté capacitado para luchar por la felicidad de ella y de sus hijos. Con ello se lograría, no solo el anhelo de la mujer, sino su propio enriquecimiento personal.

«¡Un hombre así sí vale la pena!», exclamó una señora cuando escuchó esto en una charla.

Y tenía razón: con hombres educados así se conformarían matrimonios más estables y hogares luminosos y alegres; sus hijos serían mejores ciudadanos, lo cual ennoblecería la sociedad en que vivimos.

Por otra parte, se disminuiría considerablemente la rata de fracasos conyugales y sus consecuencias lógicas: infelicidad de cada uno de los componentes de la pareja e inestabilidad afectiva y emocional de la prole.

La forma de lograrlo está plasmada en la frase que el conferenciante le contestó a la susodicha señora:

«Fórmelo usted, señora; y será feliz».

 

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Subvaloración y desprestigio del noviazgo

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

¿UNA DE LAS CAUSAS DE LA DISOLUCIÓN CONYUGAL?

 

–Me ennovié con Carlos.

–¿De verdad? Yo no tengo novio…

–¿No? ¡Increíble!

 

Esta conversación entre dos adolescentes de 13 años de edad, denota una realidad difícil de ocultar y de cambiar: el noviazgo, la preparación para el matrimonio, ha dejado de ser un preámbulo para convertirse en una entidad propia, sin finalidad alguna, fuera de la de producir placer de diferentes índoles:

En primer lugar, hace que los jóvenes puedan disfrutar de un “qué dirán” positivo. Se complacen al sentir que los demás los tienen en mejor estima al ver que han logrado uno de los estereotipos infantiles del “triunfo”: tener novio.

En segundo lugar, hoy muchas madres deben salir a colaborar económicamente con sus esposos, de modo que tienen poco tiempo para compartir con sus hijos; con frecuencia, esto hace que los muchachos busquen el cariño que dejan de sentir en sus hogares en una persona de distinto sexo, con el (o la) que comparten sus sentimientos. Dado que la calidad de la entrega en el aspecto emocional suele ser mayor en ellas, se observa esto más en las jóvenes.

En tercer lugar, y teniendo en cuenta que las hormonas los están haciendo pasar por una etapa diferente para ellos y para ellas, dirigen sus energías sexuales con temor, primero, y luego con pasión, a quien ha llenado las dos expectativas anteriormente descritas. Es aquí donde nacen las frases: “Eres todo para mí”, “No hay nadie como tú”, “Tú eres la razón de mi vida”, etc.

Lo más peligroso de todo es que si no hay una formación basada en valores humanos, una vez expresada esa fogosidad sexual, nada detendrá la fogosidad genital: de un intercambio de expresiones de sentimientos interiores se pasará a las caricias y a la cópula sexual.

Producto de esta cadena de pasiones son los embarazos no deseados, la facilidad de transmisión de enfermedades y el aborto; y, además, el detrimento de la autoestima, por la sensación de ser utilizados y por la indignidad del acto cometido.

Pero la cosa no termina ahí. En edades tan tempranas, haya o no esta clase de problemas, es habitual que la relación, basada en aspectos tan superficiales y no fundamentada en el amor y en la responsabilidad, tenga poca duración. Es entonces cuando se reinicia el ciclo con otro u otra joven.

Conviene, entonces, que los padres de familia conozcan y enseñen a sus hijos la esencia del noviazgo:

La tercera acepción de la palabra “novio, via” en el Diccionario de la Lengua Española es: “La [persona] que mantiene relaciones amorosas en expectativa de futuro matrimonio”.

¿Está un adolescente, por su condición y madurez, en una verdadera expectativa de matrimonio? De no ser así, esa relación lleva el apelativo de flirteo que, por el contrario, es el “Juego amoroso que no se formaliza ni supone compromiso”. En este estado, es fácil el decrecimiento del valor intrínseco de la palabra “noviazgo” en el cerebro del joven, y, lo que es peor, de la palabra “matrimonio”.

Amistad, que es lo que casi siempre se esconde verdaderamente en los mal llamados noviazgos, expresa “Afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco, que nace y se fortalece con el trato”.

Antes de que la muchacha o el muchacho entren en la etapa de la prepubertad es indispensable que conozcan estos significados, para que no caigan en el garrafal error del fracaso amoroso, en un estado en el cual la incapacidad para afrontar los resultados funestos que se pueden derivar es grande.

Y, además, conviene que sepan que se deben tener, no solo algunas, sino muchas amistades verdaderas para ir madurando el concepto que se tiene del otro sexo, antes de adentrarse en una relación amorosa que los llevará más fácilmente, aunque no sin tropiezos, a un matrimonio estable y feliz.

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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El comienzo del amor

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 20, 2008

Miles de parejas se separan. El matrimonio, como si fuera un producto de la sociedad de consumo, se convirtió en algo desechable. Tanto es así, que algunos asesores de parejas están afirmando que el amor verdadero no existe y, que por lo tanto, lo máximo a lo que puede aspirar el ser humano es a tratar de vivir lo mejor posible cada una de las relaciones que tenga durante su desdichada vida…

 

Pero otros psicólogos experimentados han descubierto que la mayoría de las personas cuyos matrimonios fracasaron han confundido el amor con sentimientos o pasiones que, en muchos casos, son completamente opuestas al amor verdadero.

 

La lista de esos sentimientos o pasiones que se confunden con el amor es común a ambos sexos, pero se da con ciertas preferencias en los hombres o en las mujeres así:

 

Los varones suelen tomar por amor el atractivo sexual, la estabilidad («organizarse», dicen ellos), la imagen y el encanto de tener esposa, niñera, ama de casa y criada.

 

Ellas, por su parte, suelen confundir más el amor con el hecho de sentirse amadas, halagadas, aduladas; tener un hogar, un buen marido —cariñoso, detallista— y unos hijos…

 

Pero lo que a ambos les resulta fácil entender erróneamente como amor (desde el punto de vista estadístico) es recibir el cariño que no han tenido en su infancia: las carencias afectivas se hacen evidentes al encontrar que alguien podría llenar ese vacío…

 

Y en donde cada uno busca su propia satisfacción es imposible que perdure una relación: al primer asomo de los errores del otro (que nunca faltarán) sobrevendrá la decepción.

 

El primer paso del amor verdadero no es sentir, sino trabajar útilmente en la felicidad de la persona amada: nada le importa a uno más que hacerla feliz.

 

Amar es luchar y trabajar por su felicidad, todo lo demás se posterga: metas personales, ilusiones, aun las más nobles; su felicidad es mi felicidad. Y esto, si es necesario, hasta el sacrificio. En este sentido, yo me sacrifico para que ella sea feliz, y este sacrificio es la prueba de que mi amor es verdadero, la garantía de la perpetuidad y de la mutua felicidad y, por lo tanto, la de los hijos que vengan.

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Cómo conquistar a una mujer

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2008

Diciéndole siempre la verdad

Ofreciéndole sólo lo que sea capaz de dar

Demostrándole con hechos lo que le dice al oído

Siendo varonil: tomando la iniciativa, no esperando a que ella lo haga

Siendo generoso con el tiempo y los gustos

Valorando todo su ser, no fijándose solo en el físico

Mirándola respetuosamente, como a un ser humano, no como un objeto de placer

Entregándose a luchar por su felicidad

Dándose del todo, no a medias

Ofreciéndose como tapete para que ella pise blando

Comprometiéndose a seguir así eternamente

Amando con hechos, no con palabras

Invitando a Dios a participar de la relación

 

 

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Contrato matrimonial

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2008

De cada cien parejas que se reciben en los consultorios de asesorías conyugales, noventa y tres tienen problemas graves en su matrimonio.

 

La infelicidad de los cónyuges es inmensa. Esto es más evidente en la mujer, que suele sufrir por la infidelidad de su esposo, por la violencia física y psicológica a la que es sometida, por el abandono y, especialmente, por la irresponsabilidad de su esposo con sus hijos.

 

Una vez separados, la inmensa mayoría de los padres delega irresponsablemente sus obligaciones a la mamá, para que se encargue de todo. Solo un porcentaje ínfimo cumple con sus obligaciones económicas para con ellos; y, ¿qué decir de las obligaciones afectivas y emocionales?, ¿de la cooperación en las tareas escolares?, ¿del apoyo moral que necesitan en su crecimiento?…

 

Son aterradoras las consecuencias de ese abandono: los índices de alcoholismo, drogadicción, prostitución infantil y satanismo están creciendo aceleradamente, pues la mamá debe salir a trabajar para mantener a sus hijos.

 

Por eso, se ideó el siguiente «Contrato Matrimonial», para que la mujer que desee unirse a un hombre —una vez él se comprometa ante Dios y ante la sociedad a trabajar por la felicidad de ella y la de sus hijos hasta que la muerte los separe— se lo haga firmar y lo registre en una notaría.

 

Todas las novias deben saber que el hombre que no sea capaz de firmar este Contrato no vale la pena como esposo; es mejor no echarse la soga al cuello: sería inmensamente desdichada y haría infelices a sus hijos. Por el contrario, esa firma servirá para que, en el futuro, se le hagan cumplir sus obligaciones a los padres y esposos que libremente le ofrecieron a una mujer amarla y respetarla durante toda la vida y que, también libremente, decidieron tener hijos.

 

Este contrato ayudará a frenar la desventajosa situación de las madres separadas y hará que las próximas generaciones puedan construir un mundo mejor.

 

 

 

Yo, _____________________________________________________, con C.C. nº ________________________, me comprometo, por medio de este documento, a amar y respetar a mi esposa, _____________________________­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­_________________________________, con C.C. nº ___________________________, de la siguiente manera:

 

1. Le seré fiel durante toda mi vida

2. Nunca utilizaré violencia física ni psicológica con ella.

3. Nunca la abandonaré.

4. No seré irresponsable con nuestros hijos:

   a) Aun en caso de separación, cumpliré con mis obligaciones económicas para con ellos: nunca les faltará salud, alimentación, vivienda, educación ni vestido. Además, me comprometo a darle esas mismas cosas a la madre de mis hijos, para que no tenga que salir a trabajar y pueda ocuparse de ellos cabalmente.

   b) Aun en caso de separación, cumpliré las obligaciones afectivas y emocionales: siempre tendrán un padre que los ama con sentimientos y con hechos, dedicándoles el tiempo necesario para lograr su bienestar psicológico.

   c) Aun en caso de separación, cooperaré en sus tareas escolares.

   d) Aun en caso de separación, siempre contarán con mi apoyo moral, para su crecimiento integral como personas.

 

Aseguro estar en pleno uso de mis facultades mentales y en completo ejercicio de mi libertad.

 

Dado en la ciudad de _________________________, a los _____ días del mes de ______________________ del año ________.

 

 

____________________________________

C. C. nº

 

 

 

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¿Celos?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2008

«Hay muchas clases de celos», es la afirmación más frecuente sobre este tema entre las señoras. Unas manifiestan que «si no se sienten celos no hay amor»; otras, que «eso es una enfermedad»; otras, que «es una debilidad»… Y todas tienen razón, unas más, otras menos: los celos consisten en la sospecha, la inquietud y el recelo de que la persona amada haya cambiado o cambie su amor, y ame a otro(a).

Pero los celos pueden nacer de causas reales o de causas imaginarias. Las sospechas y la desconfianza que causan esa inquietud, entonces, pueden aparecer cuando es evidente que la persona amada ya no nos quiere o cuando nos lo estamos imaginando.

Cuando nos lo estamos imaginando no hay nada qué hacer: él o ella nos sigue amando, aunque nosotros lo dudemos.

Y, ¿qué se puede hacer cuando es evidente que ya no nos quieren? Tampoco se puede hacer nada: esa persona simplemente no nos ama. Ni siquiera ella misma puede cambiar los sentimientos de su propio corazón.

Si un fulano le es infiel a su cónyuge, por ejemplo, es porque no la ama; la esposa puede hacer todo lo que quiera para cambiar ese sentimiento y nada logrará: ni siquiera él mismo puede hacerlo: él no la ama.

Es posible que un psicólogo le enseñe a valorar a la mujer de la que se está burlando, pero él simplemente no la ama. Es posible que un sacerdote le pueda ayudar a este hombre a comprender que está destruyendo un hogar y la salud psicológica de sus hijos, pero él sencillamente no la ama. Es posible que, por diversas circunstancias, ella pueda conquistarlo más adelante, pero hoy él no la ama. Es posible que algún día Dios convierta ese corazón, le dé capacidad para amar a su esposa y se inicie un matrimonio feliz, pero él, por ahora, ¡no la ama!

¿Qué sentido tiene, por lo tanto, celar al cónyuge? ¿Para qué tanto gasto de energía «cuidando» a la persona amada, por celos? Lo que está perdido, perdido está.

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¿Casados o solteros?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2008

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexualidad: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento: el hombre y la mujer se complementan en el plano biológico, en el plano psicológico y en el plano espiritual. Toda relación entre un hombre y una mujer tiene ese carácter sexual (salvo algunas relaciones particulares como la que hay entre hermanos o entre padres e hijos, etc.).

Cada persona humana jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra (o viceversa) porque ella (o él) es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del signo (sacramento) del matrimonio. Dios se convierte en el(la) esposo(a) del ser personal. La virginidad alcanza la realidad directamente.

De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da su verdadera dimensión.

La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí de la virginidad física ni de la psicológica (indivisibilidad del corazón) ni de la jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento. Virginidad esta que puede darse con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

Por el contrario, quien vive soltero no necesita el signo: puede ir directamente hacia la realidad —Dios— y, por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones; de este modo se capacita para un juicio más recto acerca de su propia sexualidad.

En el matrimonio la donación se lleva a cabo en el plano biológico (se entregan sus cuerpos), en el plano psicológico (se comparten la afectividad, la emotividad y los sentimientos) y en el plano espiritual (se dan el uno al otro para siempre). Todas sus acciones están encaminadas a lograr un verdadero complemento, enriqueciéndose ambos para encontrar, juntos, la verdadera y única felicidad.

El soltero puede entregar también su cuerpo a Dios eximiéndose de toda genitalidad<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> por amor a Él; comparte con Él su afectividad, su emotividad y sus sentimientos; y lo hace para siempre. Asimismo, todas sus acciones estarán encaminadas a hallar en Él su verdadero complemento, enriqueciéndose para encontrar la auténtica y única felicidad.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Se puede dar el caso de que un soltero, por ejemplo, viva su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato (soltería) sea mejor que el matrimonio. La ventaja que tiene es que se entrega directamente a Dios; además, tiene una capacidad mayor (como se vio arriba) para hacer un juicio más recto acerca de su propia sexualidad e, incluso, de la sexualidad de los demás, lo cual lo hace el mejor consejero.

Por otra parte, alguien podría decir que al casado le queda más fácil, más asequible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Tampoco existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

Si los casados se entregan por completo a la imagen de Dios —su cónyuge—, los solteros pueden, mientras llega el matrimonio, ofrecerse a Dios en su estado actual para comenzar a vivir esa virginidad evangélica, y así llegar a la plenitud del amor: viven una virginidad total en la que dirigen sus afectos, sin intermediarios, al Creador, objeto de su amor. Y eso los dignifica tanto o más que el matrimonio a los casados.

<!–[if !supportFootnotes]–>

<!–[endif]–>

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> La palabra “genital” viene de genitare, que significa generar, y se refiere a generar vidas; es decir, la genitalidad se ejerce para procrear.

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

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