Saber vivir

Posts Tagged ‘Mentira’

La cobarde hipocresía

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 17, 2011

 

En cuanto se refiere a lo que los guía, hay dos tipos de seres humanos: 1) los que viven según los criterios del mundo y 2) los que viven según principios espirituales.

Los primeros se guían según fingimientos, indirectas, simulación, tapujos, el “arte” de disimular… No son capaces de decir las cosas como son: las hacen aparecer a los demás, pero en forma disimulada, indirecta, con engaño. Y si alguien les pregunta: «¿Lo está diciendo por mí?» ellos responden soterradamente: «¡Nooo! Yo solo lo digo por decir…; es que hay personas que son así», y de esa manera huyen de la confrontación, escapándose cobardemente… Como se puede ver, no dicen la verdad, son hipócritas y son cobardes.

Y, basados en estos criterios de vida, se mantienen hiriendo a los demás, amargando las relaciones familiares, laborales y sociales, y amargándose ellos mismos… Predican el amor, la paz y el bien, pero sus verdaderas intenciones son siempre herir, ofender, corregir a los demás (sin pensar en sus propios defectos), “castigar” (se creen con ese derecho) a todos…

Y a todo esto lo llaman “astucia”, “inteligencia” u otros apelativos para hacer aparecer como buena esa conducta.

Sienten que todos les “echan indirectas” —pues ellos mismos las usan constantemente—, y contestan esos supuestos ataques con un veneno verdaderamente ponzoñoso…

Son personas cuyos criterios de vida no son la tolerancia, la convivencia, el respeto ni, mucho menos, la paz, la alegría, el afecto, el cariño… Pero predican estos mismos valores como si los vivieran…

 El segundo grupo es el de los seres humanos que guían sus vidas según criterios espirituales.

Son personas que procuran siempre el bien, aunque a veces se equivocan, como todo ser humano; nunca dicen nada con malicia; si los ofenden, no buscan cómo contraatacar, “quitándose la espinita”; si han de decir algo no buscan subterfugios para hacerlo; muestran estimación por quienes la tienen. En fin: son sinceros, sin ser groseros.

Y no son “interesados” como quienes tratan a los demás únicamente para sacar algún provecho de esas relaciones.

 

 

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Las verdaderas causas del estrés

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 1, 2010

 

Se presenta con mucha más frecuencia de lo que se quisiera el hecho de que se reaccione exageradamente a los momentos negativos de la vida: la tristeza, el desasosiego, la depresión, el desconsuelo, la ira, la sensación de impotencia y otras muchas patologías psicológicas son «el pan de cada día» en los consultorios de psicólogos.

Una investigación llevada a cabo en casi mil personas arrojaba resultados similares a todos los precedentes: 1) la disolución conyugal, 2) los problemas económicos, 3) la muerte de seres queridos, 4) el exceso de trabajo y 5) el trafico de las calles, encabezaban la lista de los factores etiológicos, es decir, de las causas que provocan los problemas psicológicos.

Sin embargo, al avanzar la investigación, fue sorprendente encontrar individuos que no sufrían estrés, a pesar de estar viviendo uno o varios de estos problemas. Por eso, se llegó a descubrir algo que reevalúa todos los criterios científicos que existían sobre el estrés: no son causas externas las que producen el estrés: no es el tráfico de las calles, ni los problemas conyugales, ni la falta de dinero, ni el exceso de trabajo lo que estresa al individuo, sino que hay individuos con propensión a sufrir de estrés; es decir, no existen situaciones estresantes sino individuos estresables. 

Pero, ¿de dónde sale esta ineptitud, esta incapacidad? La misma investigación lo respondió. Hay 5 causas: 1) la mentira, 2) la falta de coherencia de vida, 3) el comparar y sentir envidia, 4) el espíritu de competencia malsano y 5) el perder la libertad auténtica, dejándose comprar por los falsos estereotipos del triunfo: el tener, el placer, el poder y/o la fama. Estas verdaderas causales minan paulatinamente las capacidades normales de los sujetos para acometer los retos de la vida.

Analicemos las dos primeras; veamos, en primer lugar, la mentira: mentiras que se dicen, mentiras que se piensan mentiras que se viven… Los aparatos detectores de mentiras perciben el más mínimo cambio de la presión arterial, de las pulsaciones del corazón y de otras mediciones que hacen, cuando un individuo miente en algo superficial. Cuando el individuo está acostumbrado a mentir, experimentará continuamente esos cambios fisiológicos, lo que producirá deterioro de su salud física y psicológica: la adrenalina sale continuamente causando cambios en el sistema nervioso del individuo.

Ahora bien, ¿cuánto se incrementarán estas mediciones cuando las personas mienten en algo importante? ¿Qué cambios producirá en el organismo y en la psique una forma de vida falsa? Quienes les son infieles a su cónyuge, los ladrones, los que cobran comisiones injustas, los que levantan falsos testimonios de los demás… ¡Que débiles se van haciendo! ¡El menor problema conyugal, laboral, familiar o personal los afecta terriblemente! ¡Cómo no van a tener estrés!

Lo mismo sucede con los individuos que no tienen coherencia entre los actos que realizan y sus metas en la vida: hay quienes se mienten a sí mismos diciendo que creen en tal o cual religión o modo de vida, mientras sus vidas están alejadas de esos criterios. ¡Cuántos hay que no estudian ni intentan vivir bien su fe! Así es imposible esperar que no tengan estrés.

Aquellos que no saben de dónde vienen, para dónde van y qué vinieron a hacer en esta vida, no tienen la capacidad suficiente para luchar por solucionar los conflictos de sus vidas; esos individuos están más propensos al estrés.

En cambio, a quienes se dan a la tarea de profundizar en esos temas e inician un esfuerzo por ser coherentes se les disminuye el estrés y, a veces, se les acaba: ya no les afectan los problemas, sino que los encaran sabiamente, y salen avantes mejorando lo que pueden mejorar, cambiando lo que pueden cambiar, y reconociendo y aceptando con madurez lo que no se puede cambiar.

Es esta, entonces, una tarea para toda la vida. Primero, comenzar diciendo siempre la verdad, luego —un nivel más alto— pensar siempre la verdad y, finalmente, ser veraz: que los actos coincidan con las creencias y con los principios morales que se dicen tener.

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El siglo XXI, ¿siglo del estrés?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en enero 3, 2010

 

En una investigación, llevada a cabo durante los últimos 14 años, se descubrieron las principales causas del estrés de los seres humanos, en su orden de incidencia:

 

1.  La disolución conyugal

2.  La pérdida de un ser querido

3.  Los problemas económicos

4.  El exceso de trabajo

5.  El tráfico

6.  La pérdida de trabajo

7.  Los problemas laborales

 

La lista, por supuesto, es mucho más larga, pero con estos primeros 7 puntos se pueden hacer algunos análisis y sacar conclusiones útiles para la vida.

Se presenta con mucha más frecuencia de lo que se quisiera el hecho de que se reaccione exageradamente a los momentos negativos de la vida: la tristeza, el desasosiego, la depresión, el desconsuelo, la ira, la sensación de impotencia y otras muchas patologías psicológicas son “el pan de cada día” en los consultorios de psiquiatras y de psicólogos; y no son producidas estas por razones reales, sino porque el individuo no está capacitado para aceptar lo negativo en su vida, para emprender el cambio que solucionaría su problema o para sobrellevarlos.

Es evidente que el grado de afectación en cada una de esas circunstancias es diferente para cada ser: unos se deprimen severamente, otros sienten pánico, otros se sienten impotentes, otros luchan denodadamente por solucionar sus problemas, otros se alzan de hombros como si no les afectara…, en fin, las reacciones son tan dispares, que bien se puede deducir que todos somos muy diferentes.

Las primeras preguntas que surgen son: ¿Por qué algunos se afligen menos con esos problemas que otros?

Resulta obvio concluir que algunos están mejor preparados para enfrentar los sinsabores y sufrimientos de la vida. Pero, ¿de dónde proviene esa supuesta preparación?

La respuesta a esta pregunta está en un error de concepto acerca de la etiología (la causa) de los problemas emocionales: no son causas externas las que producen el estrés psicológico: no es el tráfico de las calles, ni los problemas conyugales, ni la falta de dinero, ni el exceso de trabajo lo que estresa al individuo, sino que el individuo mismo tiene propensión a sufrir de estrés; es decir, no existen situaciones estresantes sino individuos estresables.

En la investigación quedó patente que son los individuos débiles los incapaces de afrontar la vida con sus aspectos positivos y negativos, y los ineptos para asumir su responsabilidad como seres humanos.

Pero, ¿de dónde sale esa ineptitud, esa incapacidad?

1.  En primer lugar, de la mentira. Mentiras que se dicen, mentiras que se piensan mentiras que se viven…

Los aparatos detectores de mentiras perciben el más mínimo cambio en la presión arterial, en las pulsaciones del corazón y en las otras mediciones que hacen, cuando un individuo miente en algo superficial. ¿Cuánto cambiarán esas mediciones ante una mentira en algo importante? ¿Qué cambios producirá en el organismo una forma de vida falsa? Los infieles a su cónyuge, los ladrones, los que cobran comisiones injustas, los que levantan falsos testimonios de los demás… ¡Que débiles se van haciendo! ¡El menor problema conyugal, laboral, familiar o personal los afecta terriblemente! ¡Cómo no van a tener estrés!

Lo mismo sucede con los individuos que no tienen coherencia entre los actos que realizan y las metas que dicen tener en la vida: hay quienes se mienten a sí mismos diciendo que creen en tal o cual religión o modo de vida, mientras sus vidas están alejadas de esos criterios. ¡Cuántos cristianos hay que critican a los demás! ¡Cuántos que envidian! ¡Cuántos que no estudian ni intentan vivir bien su religión! Así es imposible esperar que no tengan estrés.

La experiencia ha demostrado que aquellos que no saben de dónde vienen, para dónde van y qué vinieron a hacer en esta vida, no tienen la capacidad suficiente para acometer la lucha por solucionar los conflictos de la vida; es decir, estos individuos están más propensos al estrés. Y la religión bien vivida es la única respuesta a esas preguntas.

Se concluye fácilmente que sin ahondar en la Fe y guiados por una persona conocedora, es imposible evitar el estrés; como también la experiencia ha demostrado que a quienes se dan a la tarea de profundizar en esos temas e inician una vida coherente se les disminuye el estrés y, a veces, se les acaba: ya no les afectan los problemas, sino que los encaran sabiamente, y salen avantes mejorando lo que pueden mejorar, cambiando lo que pueden cambiar, y reconociendo y aceptando como imposible lo que no se puede cambiar.

Es esta, entonces, una tarea para toda la vida. Primero, comenzar diciendo siempre la verdad, luego —un nivel más alto— pensar siempre la verdad y, finalmente, ser veraz: que los actos coincidan con las creencias y con los principios morales que se dicen tener.

2.  Otro aspecto bien documentado por la psicología moderna es la incapacidad que algunos seres tienen para perdonar. Millares de personas se curan de todo estrés cuando aprenden a perdonar, a aceptar que los demás, como ellos, tienen errores y que, así como los demás deben tolerarles sus propios defectos, ellos deben hacer lo mismo con las deficiencias de los demás.

Pero lo que más elimina el estrés es aprender a perdonar al papá. No se sabe la razón exacta, pero los humanos perdonan a la mamá, aunque ella sea una mala mujer, y la defienden de toda afrenta; pero con el papá no son tan indulgentes: recuerdan todos los malos momentos que les hizo pasar, los insultos, los golpes y pasan su vida con una carga inmensa y pesada en sus hombros, generándose a sí mismos un gigantesco estrés. La experiencia personal del autor confirma la estadística existente: casi el 80% del estrés proviene de no querer entender que el papá es también un ser humano con defectos, al que hay que comprender y perdonar de corazón, para no vivir autodestruyéndose.

A los padres de familia hay que reiterarles que ser demasiado exigentes con sus hijos o proyectar para ellos una imagen de perfección puede desencadenar en ellos ese mal. Deben saber los padres que, como seres humanos, cometen errores, y que el papá que no pide perdón a sus hijos cuando se equivoca suscita en ellos la idea de que él es perfecto, con lo que se les desencadena su incapacidad para perdonarlos…

3.  Diferente es el caso de quienes comparan, pero tiene la misma incidencia sobre la psique: los que con frecuencia comparan a los demás o se comparan con ellos, o comparan lo que poseen, son unos seres desgraciados, porque se van debilitando para eliminar el estrés. Las estadísticas muestran que, de cada 10 personas con estrés, 7 viven comparándose y comparando. Miden, verifican, tratan de estimar sus diferencias o semejanzas con otros, la suerte que les ha tocado…

4.  Y del hábito de comparar se pasa con mucha facilidad al juicio: se convierten en jueces de los demás. A estos seres humanos es muy fácil descubrirlos: son expertos en solucionar las vidas de los demás, pero la suya propia la viven my mal. Es imposible pretender que no tengan estrés. Como también es quimérico eliminar los sufrimientos producidos por la envidia, otra consecuencia de la comparación.

5.  El paso siguiente a la envidia, el odio, está a la vuelta de la esquina para estos seres. ¡Cuánto sufren estas personas! ¡Cuánto los afectan los problemas externos! Y el problema lo tienen adentro…

En fin, son tantas las verdaderas causas de estrés, que difícilmente cabrían en estas líneas. Baste decir que, fuera de las causas ya descritas, todo lo que el ser humano haga, diga o piense en contra de su propia naturaleza es lo que lo afecta en su interior, y lo hace menos competente para asumir los retos vitales.

Entonces, la vía para evitar los apuros, los aprietos, los conflictos, las dificultades, los apremios…, es no violar las leyes del cosmos, tanto del cosmos externo como del personal: la dignidad de la persona.

   

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Los 5 niveles de seres humanos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 11, 2009

El naturalista británico Charles Darwin desarrolló su teoría de la evolución de las especies en el siglo XIX. A partir de ella, se concibió la idea de la selección natural, que explicaría cómo la vida se desarrolló desde esas formas unicelulares que vivían 3,500 millones de años antes de Cristo (A de C) hasta los animales que hoy pueblan la tierra, los que surcan los mares, lagos y ríos, y los que vuelan por los aires.

Es posible —aunque no probado científicamente por ahora— que en ese panorama de la evolución también esté el hombre. Es más: existen científicos que, aun a pesar de la falta de evidencia sólida desde el punto de vista genético, ya consideran un axioma que el hombre proviene del mono.

Los primeros primates existieron desde 70 millones de años A de C. Los llamados primates avanzados hacia los 45 millones de años A de C. Luego vinieron los propiopitecus (35 millones de años A de C), los driopitecus, que vivían en los árboles, y los ramapitecus, que ya se desplazaban por la tierra, y que vivían hacia los 10 millones de años A de C.

Un primate de gran importancia fue el australopiteco, que usaba palos y piedras para defenderse y de quien algunos paleoantropólogos realizaron varios hallazgos de pisadas que se remontan a 3 millones y medio de años A de C.

Con un desarrollo cerebral un poco mayor que el de los australopitecos, el homo habilis vivió entre los 2 y 1,8 millones de años A de C. No solamente cazaba, sino que hay evidencia de que planeaba sus cacerías. Pero lo más llamativo de esta especie es que se han encontrado pruebas de que hacía trabajos en piedra: hachas, algunas formas primitivas de martillos y otros instrumentos útiles (de ahí su nombre). Hay evidencia de que algunas piedras eran utilizadas por ellos para conseguir alimentos. Por estas características hay quienes se atreven a considerarlos ya humanos. Sin embargo, como se verá más abajo, se necesita mucho más para completar las características que hacen a un ser humano.

Casi justo al desaparecer el homo habilis, es decir, entre 1’750.000 y 300.000 años A de C, vivió un ser de aspecto menos simiesco que su predecesor, que hoy se reconoce con el nombre de homo erectus, de características sorprendentes para todo estudioso: sus mandíbulas más pequeñas, lo mismo que sus dientes, nos muestran que la dieta era menos dura. El famoso hombre de Java, a cuyos restos se les atribuye hoy una antigüedad de 1’750.000 años, es el más representativo.

El uso del fuego (hacia los 500.000 años A de C) para cocinar alimentos, para calentarse e, incluso, para cazar, lo ponen por encima de todos sus antecesores. Pero, otra vez, estos rasgos todavía no completan la lista de los requisitos para que un ser pueda ser llamado humano.

La fecha exacta de su aparición —la del homo sapiens— es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que se trata de un tiempo que osciló entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

Las cinco principales características (hay muchas más, por supuesto) son las siguientes:

1) El mayor y más avanzado ordenador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software. Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Hasta este momento de la evolución, los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2) Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3) Otro aspecto que se ve en la historia del homo sapiens es la tolerancia, palabra que el Diccionario define como “Respeto o consideración hacia las prácticas o hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Obviamente este rasgo característico del ser humano no está presente en los animales.

4) De la tolerancia se desprende el respeto, rasgo que caracteriza, entre otros, al ser humano. Como se ve, el nivel que se observa en el homo sapiens es inmensamente superior.

5) Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al saber la historia de tantos que han dado su vida por un ideal similar. Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

Por otra parte, si nos observamos bien, somos los primeros homínidos de aspecto más bien frágil y musculatura débil. Esto ha sucedido, no solamente porque la vida es menos exigente desde el punto de vista muscular, es además (y posiblemente esta razón sea más su causa) porque el espíritu es el nivel superior al que estamos llamados, y provee al hombre de una infinidad de recursos para resolver problemas de cualquier índole.

En esta innovación, la presencia del espíritu, está centrada la esencia del ser humano: si un ser no tiene espíritu no es humano; por el contrario, si hay espíritu, estamos ante la presencia de un hombre o de una mujer.

Lo que se cree que realmente ocurrió es que el homo sapiens evolucionó y todavía hoy lo está haciendo, pero no es así siempre: con más frecuencia de la que quisiéramos cometemos errores y no solamente no progresamos, sino que regresamos a niveles anteriores, los de nuestros antepasados; parece que tuviéramos 4 niveles de seres humanos:

5º nivel: El salvaje, que usa la violencia física —animal— para defender sus derechos o conseguir lo que se propone o desea. El más bajo de todos es el que soluciona los problemas matando a sus congéneres.

4º nivel: El bravucón, que usa la violencia verbal, las amenazas, los gestos, los insultos para zanjar sus diferencias o defender sus supuestos o reales derechos.

3r nivel: El sarcástico, que usa el los fingimientos, las indirectas, la simulación, los tapujos, el disimulo… Dice las cosas sin significar explícita o claramente lo que quiere, dándola, sin embrago, a entender. Encubre con astucia las verdaderas intenciones. Este «arte» de soterrar es propio de los hipócritas: fingen cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tienen o experimentan. Es evidente que ser hipócrita es mentir. Pero lo más grave del hipócrita es su cobardía, puesto que no decir las cosas como son, sino amañarlas, hacerlas aparecer distintas de lo que son con engaño o artificio, es cobardía. Los valientes dicen siempre la verdad, aunque la verdad les acarree la muerte.

2º nivel: El racional, que pretende solucionar todo problema a través de la razón. Y para ello escoge como principales virtudes la equidad y la justicia; se deja llevar únicamente por ellas y con ellas dirime todo, sin dejarse llevar por sentimientos como la ira o la bondad. Sabe que la verdad no necesita ser defendida, que se sostiene por sí sola.

1r nivel: El homo sapiens es aquel que tiene como principio de conducta, y como modo de solucionar sus diferencias con los demás, esas 5 características que lo describieron más arriba como ser humano: la voluntad, la inteligencia, la tolerancia, el respeto y, sobre todo, el amor: servir antes que pensar en sí mismo.

¿En qué nivel estamos cuando actuamos: el de un ser humano?

 

 

 

 

 

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El arte de soterrar

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 18, 2008

 ¡Qué hermoso es encontrar personas sinceras! Sin caer en imprudencias o impertinencias, sin ser duros o agresivos, recordando siempre la caridad y el respeto para con los demás, dicen siempre la verdad, usan siempre la verdad y profesan siempre la verdad.

 

En cambio, cuánto nos molestan los fingimientos, las indirectas, la simulación, los tapujos, el arte de disimular…

 

¿Por qué no decir las cosas directamente, con franqueza? ¿Qué se pretende cuando se intenta hacer que una cosa parezca distinta de lo que es con simulación, engaño o apariencia?

 

¿Qué se gana cuando se dice algo para no significar explícita o claramente una cosa, y darla, sin embargo, a entender?

 

¿Sirve de algo representar cosas, fingiendo o imitando lo que no es?

 

¿Con qué fin se disimula para disfrazar u oscurecer la verdad?

 

¿Para qué encubrir con astucia las verdaderas intenciones? ¿Por qué disfrazar u ocultar cosas, para que parezcan distintas de lo que son?

 

Soterrar significa eso: esconder una cosa de modo que no aparezca. Y eso es lo que algunos acostumbran hacer, cuando no quieren decir lo que piensan directamente y sin tapujos.

 

El «arte» de soterrar, entonces, es propio de los hipócritas: fingen cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tienen o experimentan.

 

También es evidente que ser hipócrita es mentir; entre otras cosas porque no hay peor mentira que una verdad a medias.

 

Pero lo más grave del hipócrita es su cobardía, puesto que no decir las cosas como son, sino amañarlas, hacerlas aparecer distintas de lo que son con engaño o artificio, es cobardía. Los valientes dicen siempre la verdad, aunque la verdad les acarree la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

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Falacias*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 23, 2008

1. Definiciones elementales

 

Lógica: Disciplina formal cuyo objeto de estudio es el razonamiento, tanto el correcto como el incorrecto.

 

Dialéctica: Disciplina formal cuyo objeto de estudio es la lógica aplicada a la argumentación. Se asume, por lo general, que la argumentación sucede en contextos dialógicos, es decir, en contextos en los cuales una de las partes adelanta y defiende una tesis ante la otra parte.

 

Argumento: Herramienta formal mediante la cual se llega a —se ‘infiere’— una conclusión a partir de unas premisas. Se dice que un argumento es válido sólo si preserva la verdad, esto es, si, dado el caso de que las premisas sean verdaderas, necesariamente la conclusión también lo será. (Aún siendo válido, si un argumento parte de premisas falsas, puede llevar a conclusiones tanto verdaderas o falsas.) En su sentido propiamente dialéctico, un argumento es usado por alguien que quiere demostrarle —o tratar de convencer— a otro la verdad de una proposición. Desde la perspectiva del conocimiento (‘epistemológica’), un argumento busca explicar algo; sólo si la explicación es adecuada (esto es, si la explicación logra dar cuenta de lo que se investiga) se considera que el argumento es válido. Los argumentos sólo pueden ser válidos/inválidos, concluyentes/inconcluyentes, correctos/incorrectos, etc., pero nunca pueden ser verdaderos/falsos.

 

Premisa/conclusión: La premisa de un argumento es la proposición o afirmación de la cual parte quien pretende demostrar algo; el punto de llegada de un argumento, el cual también es una proposición, se llama la conclusión del mismo.

Tanto premisas como conclusiones pueden ser verdaderas o falsas, pero nunca válidas/inválidas.

 

Mentira: Proposición o afirmación falsa.

 

Falacia: Argumento que parece válido pero que en realidad no lo es. En otras palabras, es un argumento que no logra demostrar correctamente la conclusión, aparentando que sí lo hace. La diferencia entre una falacia y un mero error lógico es que éste es patentemente inválido mientras que aquélla oculta —intencionalmente o no— su invalidez. Así, desde la perspectiva dialéctica, una falacia ejerce sobre quienes deben ser persuadidos una ilusión engañosa de validez y, por lo tanto, de que la conclusión ha quedado demostrada. Desde la perspectiva epistemológica, una falacia es un argumento que parece ofrecer una explicación adecuada de algo aunque en realidad no lo hace. Debido a que la noción de ‘argumento’ es relativa a un contexto particular (en el cual una de las parte busca demostrar una tesis a la otra), ocurre habitualmente que un mismo argumento es falaz en un contexto, pero en otro no.

 

Sofisma: Sinónimo de falacia. Etimológicamente viene de ‘sofista’, dando a entender que los sofismas son los argumentos propios de los sofistas.

 

Argumentador: En teoría dialéctica se llama convencionalmente ‘argumentador’ a la parte que debe persuadir o demostrar algo.

 

Auditorio: En teoría dialéctica se llama convencionalmente ‘auditorio’ a la parte que debe ser persuadida de algo por el argumentador. El ‘auditorio’ puede por lo tanto ser compuesto por una sola persona, si ocurre que la argumentación es sólo entre dos personas: ella y el argumentador.

 

Carga de la prueba: La tiene el argumentador ante su auditorio. Muchas veces se usan argumentos o falacias destinados a desplazar la carga de la prueba entre argumentadores rivales. Los argumentos ‘ad’ (ver abajo) son especialmente útiles en ello.

 

2. Clasificación de las falacias

Aunque las falacias habían sido estudiadas por los llamados ‘sofistas’ desde mucho antes del siglo vi AC, Aristóteles fue el primero que adelantó una clasificación relativamente sistemática de las mismas. Con el paso del tiempo se hizo clara la existencia de una gran cantidad de falacias que no habían sido incluidas en la lista aristotélica original; una de las más célebres adiciones o apéndices a la clasificación de Aristóteles fue la del filósofo inglés John Locke, quien en el siglo XVII aportó una colección de sofismas conocidos luego como los ‘argumentos ad ’. A partir de finales del siglo XIX —gracias a los enormes avances teóricos que llevaron a la matematización sistemática de la lógica (o, según otros, a la logicización de la matemática) por parte de filósofos y lógicos como Cantor, Russell, Zermelo, Frænkel, Gödel, Skolem y Quine— el estudio de las falacias cobró nuevamente relevancia académica. Posteriormente, en 1970, el filósofo australiano C.L. Hamblin publicó su estudio clásico Fallacies, en donde no sólo realizaba una investigación detallada de la historia de las falacias y sus múltiples intentos de clasificación (añadiendo, dicho sea a propósito, más de 35 falacias ‘nuevas’ antes ignoradas), sino que argumentaba convincentemente en contra de la posibilidad de una clasificación exhaustiva; su posición descansa fuertemente sobre la idea de que no es posible formalizar los contextos argumentativos, esto es, la idea de que no es posible —o si lo fuera, no es funcional— una dialéctica formal. A las razones ofrecidas por la obra de Hamblin se le añadieron, desde otra perspectiva y con otras preocupaciones muy disímiles, las de la naciente corriente de la ‘filosofía del lenguaje común’ de Oxford, sugiriendo así la necesidad de crear una disciplina que tratara la argumentación de manera no formal; tal es el origen de la llamada ‘lógica informal’, cuyo principal exponente es ahora el filósofo canadiense D.N. Walton.

La amplitud del catálogo de razonamientos falaces, debida como dijimos al renacimiento contemporáneo del estudio académico y sistemático de la dialéctica, nos obliga a reducir el número de falacias que vamos a estudiar en nuestro curso.

Solamente consideraremos las siguientes:

 

a. Petición de principio. Falacia circular que procede asumiendo como punto de partida aquello que debe ser demostrado.

Explicación. Habíamos visto que, dialécticamente, un argumento es usado por el argumentador para demostrar y persuadir de la verdad de una tesis al auditorio; también vimos que un argumento requiere como punto de partida cierta de información que llamamos ‘premisas’. Se hace así evidente que la condición mínima necesaria para que todo argumento sea válido y funcional es que el auditorio acepte las premisas del argumentador —de lo contrario no hay posibilidad de persuasión.

‘Pongámonos de acuerdo con lo mínimo, y luego sí podemos discutir’, suele decirse. Así pues, el argumentador debe pedirle a su auditorio que le conceda ciertas proposiciones, las premisas de su argumento. La falacia de la petición de principio ocurre cuando el argumentador le pide al auditorio que conceda precisamente aquello que debe ser demostrado. Desde el punto de vista epistemológico, un argumento que busca explicar algo debe partir de cierta información que se asume como verdadera; si el argumento toma como información inicial aquello que debe explicar, entonces simplemente no logra dar explicación alguna de nada. Es usual que en falacias de este tipo ocurra que una de las premisas no tenga manifiestamente el mismo sentido que la conclusión, sino que éste esté velado u ocultado de alguna manera.

 

Ejemplos:

1) El alma es inmortal porque nunca muere.

2) La tierra se mueve porque el cielo está quieto.

3) Dios existe porque la Biblia lo dice, pero la Biblia es la palabra de Dios.

4) Todas las cosas caen porque todas las cosas tienden hacia el centro de la tierra.

5) ‘Puedes confiar en mí porque yo te lo aseguro’.

6) Esta cicla es de Héctor porque todas las ciclas de acá son de Héctor.

7) Voy a faltar mañana porque no voy a venir.

8) ‘La revolución no se argumenta; se hace.’ [Pero ¿no es éste un argumento a favor de la revolución?]

 

b. Causa falsa (‘Después de esto, por lo tanto a causa de esto’). Falacia que asume que una cosa o evento es la causa de otra u otro, partiendo del hecho de que están correlacionadas de alguna forma, por lo general temporalmente.

Ejemplos:

1) Puesto que estadísticamente hay un aumento durante una época del año en el número de cigüeñas y en el número de nacimientos de niños, se concluye que lo primero es la causa de lo segundo (o si se quiere, que las cigüeñas son la causa de los niños).

2) Hoy va a perder mi equipo porque siempre que me pongo esta camiseta mi equipo pierde (ponerme la camisa es la causa de que mi equipo pierda).

3) El Big Ben repica sus campanas porque yo camino delante de él (yo soy la causa del campaneo del Big Ben).

4) Gaviria es el culpable de la actual recesión económica porque ésta empezó después de su mandato.

5) Este año va a hacer buen clima en enero porque hubo buen clima durante el primero de enero.

 

c. Generalización indebida o falacia inductiva. Falacia que ocurre porque toma indebidamente a unos cuantos particulares como representantes de toda una colección.

Ejemplos:

1) Todos los colombianos son unos narcotraficantes (porque la DEA tiene una lista de 500 narcotraficantes colombianos).

2) Los profesores de matemáticas son exigentes (porque Farías, Mantilla y Héctor son exigentes).

3) ‘No coja taxi a las tres de la mañana porque lo atracan’ (porque a mi tía y a un amigo los atracaron a las tres de la mañana).

4) ‘No coja un taxi en la calle’ (porque todos los taxistas son unos hampones, porque este y ese taxista son hampones).

(Nótese cómo los tipos de falacias no son excluyentes entre sí: un mismo argumento puede cometer una petición de principio, una falsa causa y una generalización indebida).

 

c. Particularización indebida. Se concluye indebidamente que un particular pertenece a una colección, y que consecuentemente comparte todas o algunas de las propiedades de los demás miembros de la colección.

Ejemplos:

1) Huertas es un ladrón porque todos los colombianos son ladrones.

2) Lassie tiene pulgas porque todos los perros tienen pulgas.

3) ‘No se suba a ese taxi’ (porque este tipo es un taxista, y todos los taxistas son hampones).

 

d. Falacia de la división. Se infiere indebidamente que las partes tienen todas o algunas de las propiedades del todo.

Explicación. Para distinguir esta falacia de la anterior, recuérdese que el todo no es la suma de las partes, esto es, que el todo no es simplemente la colección de las partes.

Ejemplos:

1) Este tractor es grande, por lo tanto sus partes son grandes.

2) Colombia tiene deuda, por lo tanto todos los colombianos tienen deudas.

3) Los roedores tienen cuatro patas, por lo tanto los roedores están ampliamente distribuidos en la tierra. [Roedores como animalitos particulares vs. roedores como especie.]

4) Dos y tres son pares e impar; cinco es dos y tres; por lo tanto cinco es par e impar.

5) Los indígenas están desapareciendo; José es un indígena; por lo tanto José está desapareciendo.

6) Pedro es un apóstol; los apóstoles son doce personas; por lo tanto Pedro es doce personas.

 

d. Falacia de la composición. Se infiere indebidamente que el todo tiene todas o algunas de las propiedades de sus partes.

Ejemplos:

1) Todos los neoyorquinos pagan sus deudas; por lo tanto la ciudad de Nueva York paga sus deudas.

2) El equipo de básquet del colegio es bueno porque todos sus jugadores son buenos.

3) Nuestro batallón es bravo porque todos nosotros somos soldados bravos.

4) No hay diferencia entre el agua (H2O) y el agua oxigenada (H2O2) porque ambas están compuestas de los mismos elementos.

 

e. Falacia de la anfibolía o falacia de la ambigüedad. Se llega indebidamente a una conclusión porque se han equivocado dos sentidos de una palabra.

Ejemplos:

1) Los gatos son hidráulicos; mi gato se llama Kitty; por lo tanto Kitty es hidráulico.

2) Save soap and waste paper.

3) Yo ya no uso mi computador porque los ratones transmiten la tuberculosis.

4) Las arañas son mamíferos porque los gatos arañan.

5) Jiménez se baña con aceite 3en1 para poder estar en la rosca.

6) Es peligroso asistir a parrandas vallenatas y de carrilera porque siempre hay un músico con una guacharaca.

7) ‘El mago de Oz’ es un cuento pervertido porque uno de sus personajes es un hombre de paja.

 

f. Argumento al hombre. Se ataca personalmente de una u otra forma al oponente en lugar de atacar su tesis. En otras palabras, se argumenta a favor de una tesis no por la tesis misma sino mediante un análisis (usualmente desfavorable) de los motivos y contexto de sus defensores o de sus oponentes.

Ejemplos:

1) La Teoría de la relatividad de Eistein es falsa porque él era un borrachín que le pegaba a su esposa.

2) La filosofía de Spinoza es digna de repulsión porque Spinoza era un hombre despreciable.

3) ‘Usted no puede criticarme por cazar animales aduciendo que éstos son criaturas indefensas e inofensivas cruelmente asesinadas, precisamente porque usted come vacas, las cuales son animales indefensos e inofensivos que son cruelmente asesinados.

4) ‘No hay que creerle, su señoría, ni una palabra al testigo, pues es sabido que suele mentir.’

 

g. Argumento a la humildad o argumento de autoridad. Se apela sin mayor argumento a una autoridad como aval de la tesis que debe ser demostrada.

Ejemplos:

1) Esto es una falacia porque Vaughan lo dice.

2) El ají produce cáncer de colon porque eso dice el periódico.

3) Dios existe porque la Biblia lo dice.

 

h. Argumento ‘al bastón o ‘al garrote’. Se apela a la fuerza o a la coacción para demostrar una tesis; muchas veces la coacción está camuflada por la advertencia de una consecuencia indeseable si no se acepta la tesis.

Ejemplos:

1) Es mejor creer en Dios porque… nunca se sabe.

2) Si el Estado permita la inmigración de venezolanos entonces nos arriesgamos a lo peor.

3) Si no estudias, te tiras el año y entras a un colegio militar.

4) Si no estudias, harás de tu vida una miseria.

 

i. Argumento ‘a la ignorancia’, ‘al desconocimiento’. Se apela al desconocimiento o ignorancia de algo para demostrar una tesis. Este argumento tiene dos versiones:

a. No se sabe que x sea verdadero, por lo tanto es falso.

b. No se sabe que x no sea falso, por lo tanto es verdadero.

Ejemplos:

Versión a:

1) Jamás se ha demostrado el teorema de Fermat, por lo tanto es falso.

2) Hace años que no se sabe nada de Smith; no hay evidencia de que siga con vida; por lo tanto lo declaramos muerto para efectos legales.

Versión b:

 1) No sabemos a ciencia cierta que Uribe no sea paramilitar; por lo tanto asumimos que lo es y no votamos por él.

2) No sabemos a ciencia cierta que no haya extraterrestres; por lo tanto podemos concluir que existen.

3) No sabemos a ciencia cierta que Woody Allen no sea comunista, por lo tanto asumimos que lo es y lo metemos en la lista negra.

4) No sabemos que O.J. Simpson sea culpable —esto es, no sabemos que no sea inocente—, por lo tanto lo declaramos inocente.

5) Jamás se ha demostrado la falsedad del teorema de Fermat, por lo tanto asumimos que es verdadero.

 

j. Argumento ‘al pueblo’. Se apela al consenso, o al sentimiento, las pasiones, los prejuicios, etc., de la gente en una ubicación relativamente local (la casa, el barrio, la ciudad, el país) para demostrar una tesis.

Ejemplos:

1) Debemos votar contra Serpa porque de lo contrario el país se va al carajo.

2) Hay que evacuar la ciudad, porque no queremos que se repita lo de Armero.

3) Es el colmo que acusen a Alfonso Lizarazo y a César Perea de corruptos; todos sabemos que son buenos.

4) Votemos por para presidente del consejo estudiantil por Jiménez, porque él sabrá organizar muy bien las fiestas con cervecita y guarito.

 

k. Argumento ‘al buen juicio’ o Argumento ‘al consenso de la gente’.

Se apela al sentido común universal, a la racionalidad de la humanidad, o al consenso de todo el mundo para defender una tesis.

Ejemplos:

1) Dios existe porque no ha habido cultura que no haya creído en él.

2) Asesinar es un crimen de lesa humanidad.

3) Asesinar es un crimen porque la humanidad entera lo reprueba.

4) Debemos prohibir los nacimientos de niños porque la sobrepoblación acabará con la especie humana.

5) Es verdad lo que Vaughan dice porque es obvio para todos.

6) Es verdad lo que Vaughan dice; si no le creen es porque son imbéciles.

7) Debemos comer carne animal porque eso es lo natural.

8) Siempre habrá pobres y ricos porque eso es esencial a la naturaleza humana.

9) ‘El hombre desea conocer por naturaleza’ (Aristóteles).

10) Nadie duda que O.J. Simpson sea culpable.

 

l. Falacia del hombre de paja. Se comete al representar erradamente —generalmente ridiculizando— la posición del rival, haciéndola menos plausible de lo que en realidad es.

Ejemplos:

1) Ellos quieren hacer de este país un paraíso en la tierra acabando con todo el desarrollo industrial; ellos causarán por tanto que seamos desempleados.

2) Uribe quiere en últimas que este país se vuelva un Vietnam, al rechazar el diálogo con la guerrilla.

3) Vaughan sólo quiere rajarnos haciendo esos exámenes.

 

m. Afirmar el consecuente. Una proposición de tipo causal tiene la forma lógica de una proposición condicional.

Ejemplo: ‘La lluvia es la causa de que el piso esté mojado’ equivale formalmente a: ‘Si llueve, entonces el piso se moja’. La condición de una proposición de este tipo —la parte del ‘Si…’— se llama antecedente; lo condicionado —la parte del ‘entonces…’— se llama consecuente. La falacia en cuestión se comete al invertir el orden lógico de una proposición causal, afirmando el consecuente en lugar del antecedente; esto es, al tomar el efecto por la causa.

Ejemplos:

1) Llovió porque el piso está mojado.

2) El autor de Hamlet es un gran escritor; Nietzsche es un gran escritor; por lo tanto, Nietzsche es el autor de Hamlet.

3) Vaughan está furioso porque el profesor hizo un examen sorpresa.

4) La guerrilla es la causa del descontento de los colombianos.

5) Los motores del avión fallaron cuando éste se estrelló.

6) Estados Unidos tiene la culpa, en últimas, de la ola terrorista iniciada hace un año.

7) ‘Le eché mucho ají a la empanada porque está muy picante.’

8) El huevo es la causa de la gallina.

 

n. Ignorar la refutación; también se la traduce como ‘ignorar la cuestión’ o ‘conclusión irrelevante’). Se comete esta falacia si se adelanta un argumento que no está dirigido hacia la tesis en discusión sino —justa o injustamente— hacia otro punto diferente. Puede decirse que quien la comete se está ‘saliendo por la tangente’.

Ejemplos:

1) Los proyectos estatales de vivienda comunitaria no son una solución al problema de la falta de hogares porque no hay tal falta de hogares.

2) ‘No perdí mi tiempo en la universidad estudiando algo que odiaba porque allá conocí a mi esposa actual.’

3) ‘Debemos condenar a la silla eléctrica a O.J. Simpson porque el asesinato es un crimen horrible.’

4) Mockus es un pésimo alcalde porque se bajó los pantalones en la Universidad Nacional.

5) ‘El diablo pintó el mundo; pero no se le permite deducir los impuestos; ahora su sobrina aparece, en el año 1982; su sobrina tiene un affair con el primer ministro; por tal razón los árboles son verdes’ (P. Grijs).

6) Dios existe porque de lo contrario la vida no tendría sentido.

 

Por Nicolás Vaughan C., sofista

 

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