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¿Dejar los hijos con los abuelos?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 25, 2020

El matrimonio tiene un origen natural, es decir, está establecido en la naturaleza humana, desde que apareció el homo sapiens-sapiens, según lo demostraron los paleoantropólogos, como una promesa de fidelidad entre los 2 componentes de la pareja, con 2 finalidades: que se complementen el uno al otro y para procrear; ambas finalidades deben estar presentes en todo matrimonio: si una pareja se casa, por ejemplo, sólo para complementarse, sin contemplar la posibilidad de tener hijos, estaría yendo en contra de la esencia, la naturaleza, la sustancia misma del matrimonio, que tiene también la finalidad de procrear; y eso iría en contra de la pareja, pues todo lo que no siga su curso natural se daña y hasta se destruye, tal y como ocurriría si, por ejemplo, plantáramos una mata al revés: enterrando el tallo, las ramas y las hojas, y dejando por fuera las raíces: no cumpliría así su fin. Lo mismo ocurre en la especie humana: el ser humano lesiona su esencia si atenta contra su natural finalidad individual, contra su natural finalidad conyugal o contra su natural finalidad familiar; y, como consecuencia, no alcanzará su realización, la plenitud de vida: su felicidad.

Jamás se realizaría una mujer, por ejemplo, si llena todas sus expectativas profesionales y económicas, dejando de lado su grave responsabilidad como madre y esposa; y lo mismo ocurre con un hombre casado y con hijos que haga lo mismo: nunca serán felices. Ni harán felices a sus hijos.

Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que, en la especie humana, procrear no significa dar la vida y desentenderse del hijo: él requiere de todos los medios para crecer y desarrollarse, tanto en el plano físico, como en el psicológico (afectos, emociones) y en el espiritual (su trascendencia). Por esto, no está en consonancia con la esencia de la procreación el dejarle los hijos a los abuelos, para que los cuiden, alimenten, eduquen, etc.: todo esto es responsabilidad exclusiva de los padres que, por circunstancias especiales, podrían apoyarse en los abuelos en cortos períodos de tiempo, para luego retomar sus obligaciones como padres. Siempre que se pueda y la circunstancia sea pasajera, los abuelos deben ayudar a su hijo y cónyuge, cuidando a sus nietos durante un tiempo: eso es amor. Pero cuando los abuelos aceptan la responsabilidad, le están haciendo un daño muy grave a los padres, que no se podrán realizar ni se felices.

Es por esto que, antes de tener hijos, los padres responsables sopesan los pro y los contra, de modo que sepan si van a poder cumplir cabalmente con su responsabilidad: la palabra responsabilidad viene de: “respondere”, o sea: responder a un acto libre y voluntario: si libremente se tiene un hijo, se le debe dar todo lo que necesita para desarrollarse sano y sin taras que luego requerirían de tratamientos psicoafectivos o psicoemocionales, como ocurre siempre en los casos en los que uno de los padres o ambos están ausentes o incumplen sus obligaciones.

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El dinero de los esposos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 21, 2018

 

Antes de que se estableciera el matrimonio como la ceremonia que conocemos, la entrega de una pareja de adultos entre los primeros seres humanos, consistía en un tácito acuerdo de fidelidad absoluta. Así, por ejemplo, en una entrevista, el doctor Terrence Deacon (paleoantropólogo) explica, hablando de las características propias del Homo Sapiens:

“Creo que el problema que se plantea […] es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder […]. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.” (“Hombre mono”, Rod Caird: entrevista a Terrence Deacon, neurobiólogo de la universidad de Boston, agosto de 1993)

Asimismo, desde sus inicios, ese acuerdo implicaba la entrega mutua, total, sin condiciones e irreversible de sus seres: el uno se da al otro totalmente y para siempre.

Junto con otras, ambas características, según este y otros paleoantropólogos, definen al ser humano y lo diferencian de las otras especies.

El matrimonio de hoy es ese ritual —ya explícito— en que dos seres humanos de distinto sexo se comprometen ante la sociedad toda (y ante un Dios, entre los creyentes) a amarse, entregándose no solo todas sus pertenencias, sino también y principalmente ellos mismos: sus mismos seres, para el enriquecimiento del otro; una donación total que se hace con la única finalidad de construir un nosotros, en el que siguen su camino —ahora juntos— para alcanzar la plenitud de la felicidad en el plano afectivo.

Pero esa entrega total implica que se dé en los 3 planos en los que se mueve el ser humano: el biológico (sus cuerpos), el psicológico (afectos, emociones) y el espiritual (lo hacen para siempre). Pretenden así llegar a la realización personal en el plano afectivo, y a la felicidad personal y de pareja. Y, como consecuencia natural de esa entrega total, se da la procreación (si no hay impedimento de salud), evidencia sublime de ese amor, de esa entrega.

Es en este contexto en donde se entienden mejor esas exclusiones sexuales de por vida que se dan en los seres humanos, desde sus comienzos, y que tanto los distinguen de las demás especies: había una promesa implícita de vivir en adelante el uno para el otro, con todo su ser.

En esta entrega total, con todas las connotaciones descritas, es totalmente incomprensible la conducta tan arraigada hoy entre la parejas: que cada uno maneje su propio dinero, y que cada uno se encargue de determinados gastos del hogar; o  el que haya esposos varones que manejan esos gastos, sin permitir que sus esposas (aquellas que no tienen ingresos) intervengan. Peor aún es el caso de quienes le dan una mesada a sus esposas o que ni siquiera hacen eso: nunca les dan nada. La incongruencia es total: en una relación auténticamente humana se supone que entregan todos sus seres el uno al otro, ¿y se reservan el dinero?

Ese actuar está muy por debajo de la entrega que debería darse ente dos individuos y desdice de su dignidad. Lo humano es que los ingresos sean manejados por ambos.

Lo peor de esta conducta es que los esposos se van acostumbrando a esa idea de no compartirlo todo: comienzan por el dinero y las cosas materiales y terminan aislándose afectivamente cada día más. Y los hijos observan ese comportamiento tan poco humano, con lo que se presagia también en ellos la infelicidad conyugal que aprendieron de sus padres.

 

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