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La homofobia y otras fobias

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 28, 2017

La homofobia o aversión hacia la homosexualidad o las personas homosexuales es hoy uno de las fobias más nombradas, y cobija a las lesbianas, los bisexuales, las personas transgénero e intersexuales.

Tanto ha crecido la popularidad de este vocablo, que la mínima mención de estas personas o conductas ya se tilda de aversión, es decir, de fobia; usted no puede opinar o decir nada acerca de ellas sin que lo llamen homófobo: si ve a dos lesbianas besándose en público y se le ocurre decir que eso lo deberían hacer en privado o siquiera las mira, inmediatamente habrá quien lo acuse de homófobo.

Lo curioso es que —también en nuestros tiempos— se propugna en todos los ambientes la idea del respeto por los principios y credos de los demás, impidiendo que en lugares públicos se coloquen símbolos religiosos, filosóficos o políticos; en otras palabras: amparados en el respeto que se le debe a los demás, se prohíbe expresar públicamente las creencias para no ir en contra del fuero interno de otros, pero no se considera incorrecto tener conductas que pueden ofender los valores y criterios de quienes no las comparten o, lo que es lo mismo, su fuero interno. Y esto es una fobia contra los valores y criterios de otros.

Se llega al extremo de tildar a los heterosexuales como una especie en extinción, retrógrados, personas que no han evolucionado, etc. Nace entonces la pregunta: ¿Eso no se podría denominar heterofobia: fobia contra los heterosexuales?

Hay ya quienes ponen en entredicho los valores y criterios familiares de algunos, calificándolos también de pasados de moda, retrógrados, medioevales… ¿No deberíamos llamar eso fobia contra la familia?

Otra cosa: ¿Acaso no existe hoy una gran fobia contra la moral y la ética?

En resumen: ¿Por qué se aplica únicamente la homofobia en los juicios? ¿Por qué no hay equidad en las fobias?

 

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¡Retrógrado!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 12, 2016

Así califican muchos a quienes piensan o tienen conductas que consideran propias de tiempos pasados, contrarias a las innovaciones o cambios: “Es una persona retrógrada”; “Tiene ideas retrógradas”

Pero este adjetivo se usa siempre en forma despectiva, peyorativamente: indicando algo desfavorable. Esto hay que aclararlo, porque hay conductas de tiempos pasados que fueron buenas y hasta mejores que las actuales. Un ejemplo: Hoy, en Colombia, por el supuesto derecho fundamental a la educación, un estudiante de Bachillerato puede matar al rector de la institución educativa a la que asiste: la Ley ordena que se lo debe graduar como a todos los demás, ¡y no se lo penaliza, por ser menor de edad!

Aquí cabe la pregunta: ¿Es esto un avance o un retroceso? O, si se quiere: ¿Se considerará retrógrado a quien pretenda cambiar las normatividad vigente por la anterior?

Otro ejemplo: ¿Defenderíamos como un avance la fabricación de armas más modernas (que matan más seres humanos en menos tiempo y que destruyen mucho más el hábitat que las anteriores) y tacharíamos de retrógrados a quienes se oponen a ello, invocando la sensatez del hombre moderno y procurando la paz?

Hay un fenómeno que ocurre con frecuencia en el ámbito de la medicina: se descubre que medicamentos y tratamientos antiguos logran curaciones más fácilmente, más rápidamente o con efectos colaterales menores que las técnicas más modernas…

Y lo mismo pasa con las ideas supuestamente retrógradas: con criterio objetivo, podemos afirmar que las hay mejores que las actuales.

Pensemos en los valores que se inculcaban antaño en los hogares y en los centros educativos, en las virtudes que se empeñaban en implantar tanto en los hijos como en los educandos, etc.

¡Cuánto nos sorprende escuchar a los abuelos contar aquello de que “En mi época no se hacían contratos ni promesas de compra-venta; se creía en la palabra dada, porque se respetaba.”!

Y nos sorprende porque las personas pícaras y hábiles para engañar  pululan por doquier. ¡Hoy más que antes! Lo que significa que —en este campo de la honestidad— sería mejor ser retrógrado, en el sentido auténtico de la palabra, sin esa connotación peyorativa: ¡a veces tener ideas o costumbres contrarias a las innovaciones o cambios es bueno!

En consecuencia a todo lo dicho, deberíamos eliminar de nuestro léxico la palabra “Retrógrado”; podríamos usar: “Anterior”, “Antiguo”, o cualquier otro adjetivo del gusto de cada uno.

Y esto implicará también evitar el uso indiscriminado de términos como: “Tradicionalista” o “Progresista”, que con frecuencia tienen un uso similar despectivo.

No se quiere decir con esto que todo tiempo pasado fue mejor, como se afirma a veces, sino que no deberíamos permitir que el fanatismo irracional nos esclavice criticando todo lo pasado…, o todo lo futuro o todo lo actual, pues en todo tiempo ha habido y habrá conductas e ideas malas y buenas.

 

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