Saber vivir

Posts Tagged ‘Sufrimiento’

Crisis de madres

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 1, 2015

Madres, crisisLa característica que más nos diferencia de los animales, más allá de la inteligencia y de la facultad de decidir —la voluntad—, es nuestra capacidad de amar, de amar hasta el extremo de olvidarnos de nosotros mismos por alcanzar el bien de quien amamos.

El amor maternal es el que mejor lo puede expresar: una mamá es capaz de dejarse matar por su hijo. No así los animales: las madres animales defienden su cría de los predadores solamente hasta cuando deben escoger cuál vida salvar, y optan entonces por abandonar a su cría y salvarse.

El ser humano puede definirse, por lo tanto, como aquel ser vivo que ama. Quiere decir esto que nuestra esencia radica en el amor.

Es por eso que lo que más nos realiza como seres humanos es amar y ser amados y, en consecuencia, lo que más daño nos hace es no amar ni ser amados.

De esta verdad se deriva que la mayoría de los problemas afectivos y emocionales del hombre se forjan en su etapa de formación más tempana, la infancia o niñez, que es la fase de desarrollo comprendida entre el nacimiento y la prepubertad (hacia los doce años de edad), pues todo ser humano requiere en esa época de una dosis de amor suficiente, para ser estable en ambos aspectos de su vida: el afectivo y el emocional.

Si un individuo recibe bajos niveles de nutrición en esta etapa de desarrollo presentará un índice de crecimiento biológico menor y quedará más propenso a determinadas enfermedades. Asimismo, si durante esos años una persona recibe una dosis de amor inferior a la que se requiere, no solamente sufrirá esa carencia sin poder entenderla, sino que, por no tener las herramientas necesarias para solucionarla, ocultarla, disimularla o, al menos, tratar de vivir sin que le produzca muchos daños, esa carencia afectiva derivará en una incapacidad para dar y darse en una entrega recíproca de amor, pues en las relaciones que tenga como joven y adulto sólo buscará suplir de alguna manera lo que no recibió en la infancia.

Por eso, hay individuos que buscan denodadamente a alguna persona a quién reclamarle el amor que tanto les faltó —y les falta—, depositando en ella todos sus afectos de manera enfermiza, posesiva y siempre psicodependiente, mientras que otros tratarán de abstraerse del amor por todos los medios, para no tener que sufrir nunca… Esto, como se vio más arriba, impedirá que la persona pueda realizarse y ser feliz.

Además de la disfunción en las relaciones interpersonales que todos estos individuos presentan, también adolecen de inestabilidades emocionales, que los harán más proclives que otros a sufrir muchas patologías psicológicas, como estrés, ansiedad, angustia, depresión, agresividad o cobardías y pusilanimidades, etc.

Durante la mencionada etapa de la infancia, por la precariedad de sus juicios y criterios, el niño no tiene otra medida para evaluar el amor que el tiempo que se le dedica:

—Mi mamá no tiene tiempo para mí; eso quiere decir que no me ama.

Quizás algunos —más creciditos— sean capaces de deducir:

—A mi mamá le interesa más el trabajo que estar conmigo; por lo tanto ama más su trabajo que a mí.

Es verdad que siempre se ha presentado el caso de parejas de esposos que, por sus escasos ingresos y para cubrir las necesidades básicas suyas y de sus hijos, ambos deben trabajar. Pero en los tiempos modernos muchas mamás están también ausentes en las vidas de sus hijos: unas porque desean “realizarse” como profesionales; otras, porque creen que es más importante forjarles a sus hijos un futuro económico estable que un futuro psicoafectivo y psicoemocional estable.

“Todos esos son criterios retrógrados”, afirman algunos pero, por desprenderse de la esencia del ser humano, son perennes e inmutables.

Basado en ellos, el lector decidirá si tiene hijos y, en caso afirmativo, cuántos.

El lector decidirá así el futuro de la humanidad: Hombres y mujeres sanos o enfermos; felices o desdichados.

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Dar la vida por…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 1, 2014

Hay quienes dan la vida por un ideal: Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Jesucristo y muchos más fueron asesinados por defender sus metas.

Otros dan la vida, gota a gota, día a día, gastándola por una causa. Y la mayoría de ellos ha logrado sus sueños.

¿Y tú? ¿Por qué luchas? ¿Cuál ideal da sentido a tu existencia? ¿Para qué te levantas todos los días?

¿Acaso eres de los que responden: “Es que tengo que ir a trabajar” o: “a estudiar”?

Quizá no tengas ideales…

Entonces déjame preguntarte: ¿Qué impulsa tus actos? ¿Qué te mueve a trabajar? ¿Qué deseas en esta vida?

Existen seres humanos que lo único que quieren es no sufrir; pasan sus días tratando de evitar el dolor, los sufrimientos, las penas, los sinsabores… ¡Y jamás lo logran! ¿Sabes por qué? Porque en la vida humana, además de los gozos, siempre habrá sufrimientos.

Es que, con respecto a este tema, hay sólo dos opciones: trabajar sin miedo al sufrimiento ni a la muerte por conseguir un ideal o sufrir estúpidamente.

Recuerda la época de Alejandro Magno: la mayoría de sus coetáneos vivían para la gloria, luchaban por la fama, se sometían a cualquier sufrimiento por quedar como héroes, como los más valientes; arriesgaban su vida por ello y, si morían en el intento, se daban por bien pagados: su historia había quedado como un ejemplo para la posteridad…

Eso mismo —con connotaciones distintas— veíamos en las películas de vaqueros del oeste estadounidense: ¡Cuántas veces los oímos exclamar: “Es mejor morir como un valiente que vivir como un cobarde”!

La gloria ante los hombres. Algunos encuentran en esto una razón para vivir. Pero, dime: ¿Vale la pena vivir por eso?, ¿morir por eso?

Te lo digo porque hoy hay muchos y muchas que arriesgan su vida y se someten a toda clase de sacrificios por obtener una buena imagen: lo que no hacen por un gran ideal sí son capaces de hacerlo por ser delgadas y esbeltas —ellas— o ellos, por tener gran musculatura: ¡cuántas dietas y cirugías!, ¡cuántas horas pasan en el gimnasio!… Y la mayoría terminan igual que los demás: viejos, arrugados, olvidadizos (cuando no con alzheimer), encorvados, arrastrando los pies, dependientes… Eso no es gloria; ¡Es vanagloria!: gloria vana.

Lo mismo pasa con quienes intentan alcanzar la dicha con la fama, las alabanzas, los elogios, el prestigio… Buscan la popularidad, la reputación, el crédito, los honores… Compiten por premios, homenajes, distinciones, diplomas, estatuillas…; y persiguen todas estas cosas con ahínco, como si necesitaran el reconocimiento de los demás… Aquí no solo hay gloria vana sino también esclavitud.

Esclavitud parecida a la de aquellos que viven solo para el placer o el tener…

Otros, en cambio, han puesto sus talentos al servicio de la humanidad.

Te lo pregunto de nuevo: ¿Qué motiva tu vida? ¿Por cuál ideal estás dispuesto a sufrir?, ¿a morir?

El ideal que te motive le dará el valor a tu existencia. En otras palabras: tu valor como ser humano lo define aquello por lo que eres capaz de dar la vida.

Busca, pues, ese ideal. Pronto.

Y comienza a vivirlo. ¡Comienza a vivir!

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La infelicidad

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 19, 2008

Tras muchos años de investigación científica sobre el estrés, y con la experiencia de atender miles de personas que consultan para encontrar algo de felicidad en sus vidas, se pudo establecer una respuesta a las preguntas más frecuentes sobre la infelicidad:

¿Por qué sufrimos? ¿Cómo aparece la depresión?

¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos? ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia? ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira? ¿Qué nos enfurece?

¿Cómo se acaban las amistades? ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?

¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Y como se dedujo de la investigación, la soberbia es la causa de todos esos males.

El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra: «Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros» y «Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás».

Pero son muchas las formas que toma la soberbia: el orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas; la presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo; además, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que ocasionan daños a nosotros mismos, a nuestros seres queridos y a los demás seres que pueblan el mundo en que vivimos.

¿Y el remedio? La humildad, que es la virtud del que conoce sus limitaciones y debilidades y obra de acuerdo con este conocimiento.

No se trata de esa humildad de la que hablan a veces, cuando se refieren a quien tiene bajezas (de nacimiento o de otra cualquier especie). Tampoco es sumisión ni rendimiento, como se suele utilizar este vocablo.

Es ser conscientes de nuestra igualdad con todos los demás seres humanos quienes, con otras virtudes y defectos diferentes a los nuestros, luchan por encontrar algo de felicidad en esta vida.

Y esta actitud nos pone frente a los demás como lo que somos, y nos hace verlos como lo que son: seres limitados y necesitados de los demás… ¡Como nosotros!

Sufrimos más que todo porque se nos olvida eso, precisamente: que todos tenemos errores y con esos errores buscamos la felicidad…, y que todo sería más fácil si nos ayudáramos unos a otros.

Por eso discutimos acaloradamente y peleamos, por eso nace el sentimiento de envidia y por eso odiamos.

Por eso se acaban las amistades, los matrimonios…

Ese estrés moderno nos dejará cuando recordemos que todos sufrimos y que todos anhelamos lo mismo.

 

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Sufrimiento posaborto

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

SECUELAS PERSONALES Y FAMILIARES

 

La toma de la decisión antes de abortar, evidentemente, está impregnada de muchas emociones negativas. Las influencias externas que acompañan a esta determinación influyen también: las circunstancias por las que atraviesa la mujer, las opiniones de sus seres queridos o allegados, la incertidumbre sobre lo que le va a pasar, las razones que la llevaron a pensar así…

Mientras tanto, su sentido común y la conciencia la atacan sin descansar: algo le dice que no está actuando correctamente.

Pero, luego de realizarse un aborto, la mayoría de las mujeres experimentan una serie de impresiones psicológicas que trascienden a la vida familiar como se pasa a describir.

Primero aparece un tremendo complejo de culpa y, como afirman ellas mismas, “la terrible sensación de ser una asesina”.

Después, puede suceder que tenga con quién desahogarse contándole todo pormenorizadamente o que se calle y no comparta sus emociones, sino que las interiorice. En ambos casos, ella misma se disculpa con toda clase de argumentos para contradecir a su conciencia y para sumar una buena cantidad de “razones” que explicarían el aborto como tal, como también la determinación que tomó. Quienes la escuchan, obviamente, toman la misma actitud: no le van a reprochar algo que ya hizo y que no tiene retroceso, especialmente cuando la hace sufrir tanto.

En la tercera etapa, la sensación de culpa se oculta sin desaparecer produciendo gran cantidad de efectos en su emotividad y en su afectividad:

La primera afección psicológica es una baja en su estima personal. Como se sabe, estas mujeres, sin notarlo ni expresarlo, se sienten poco valiosas, dignas de reprobación, poco útiles, menospreciadas o frustradas…

Las actitudes en su vida diaria son muestra de estas sensaciones internas y, por eso, se dejan maltratar psicológicamente, verbalmente e, incluso, físicamente.

Esas fallas en su emotividad producen efectos nocivos en su afectividad: en primer lugar, sus seres queridos se ven afectados de una u otra forma, pero también todos los que se relacionan con ella.

La experiencia profesional ha mostrado que la relación de pareja y, si tiene otros hijos, la relación maternal, se ven continuamente deterioradas, hasta producir separaciones y fallas graves en el proceso educativo de los hijos.

 

Con frecuencia se dan casos de mujeres que no logran estabilidad laboral por sus continuas riñas con compañeros de trabajo y/o patronos, hasta que se curan, cuando acceden a la terapia psicológica que se hace en esos casos (y que hoy llaman: “sanación posaborto”). Otras veces nacen en ellas costumbres como el tabaquismo, alcoholismo o drogadicción, que también ceden o desaparecen con el tratamiento.

Pero aún hay más: reiteradamente los psicólogos son consultados por parejas o por individuos de ambos sexos que buscan disminuir la frigidez (reducción o pérdida del deseo sexual) que se presenta tras los abortos.

Muchas mujeres sienten una frustración de su instinto maternal que no manifiestan abiertamente, pero que las obliga a tomar actitudes de tristeza o depresión ante la vida.

Otras sienten un deseo vehemente de quedar nuevamente embarazadas para reemplazar al hijo “perdido”.

Y la mayoría suelen tomar actitudes que parecen extrañas pero que son explicables: anotan en un papel la fecha probable del parto del hijo que abortaron, y ese papel lo dejan en la mesita de noche (bajo el vidrio, entre el cajón o detrás de ella), debajo del colchón, tras un cuadro de la habitación…, siempre en su alcoba, como si quisieran castigarse al levantarse y al acostarse, todos los días de su vida, con el recuerdo de esa deplorable acción. Pero la cosa no termina allí: también es frecuente que se queden viendo con tristeza y mucho dolor a un niño o niña de la edad que tendría su hijo, si viviera; la mayoría de las veces en silencio.

A menudo se crea una fuerte aversión hacia su marido o compañero, lo que dificulta el trato en la pareja, con las consecuencias que se derivan en cuanto a relación interpersonal, a educación y armonía en el hogar.

Es habitual la presencia de neurosis, especialmente de tipo depresión reactiva, como también el insomnio de muy difícil curación, como consecuencias de practicarse el aborto.

Por último, el suicidio se presenta como secuela final en alrededor del treinta por ciento de las mujeres. Pero lo más sorprendente de todo es saber que, en Colombia, quienes se suicidan o piensan hacerlo eligen casi siempre una marca especial de veneno para matar ratones. Fue una sorpresa saber que la mayoría de las personas creen que ese veneno mata destruyendo las entrañas. ¿No será que, al matarse así, el castigo estaría a la altura del crimen que se cometió?

 

 

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¡Angustia!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

Aflicción, congoja, ansiedad, temores opresivos, aprietos, situaciones apuradas, sofoco, dolor, sufrimiento… ¿No es verdad que estos sinónimos parecieran estar describiendo muchos momentos de nuestras vidas?

 

Es por eso que —en medio de las crisis económicas— los centros de meditación trascendental, yoga, adivinación, astrología, Nueva era, esoterismo y todas las «nuevoterapias» están tan boyantes hoy día. Y es por eso que los únicos profesionales de la salud que no están con crisis económica son los psiquiatras y los psicólogos. La gente busca salidas a su situación…

 

La gente busca lo que no buscó ni encontró cuando era joven: respuestas a las preguntas más trascendentales de la vida. ¿De dónde vengo? ¿Qué viene después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de mi existencia? ¿Por qué existen el dolor, la enfermedad y la muerte?…

 

¿Será posible vivir sin responder estas preguntas? Vivir es distinto a sobrevivir: no saber la razón de ser de la vida, para qué levantarse de la cama todos los días, por qué luchar…

 

Resulta dramático descubrir que la vida maneja a quienes no se han planteado esas preguntas trascendentales o no las han respondido, poniéndolos a trabajar para buscar sus falsos estereotipos de felicidad: el placer, el tener, el poder, la fama…

 

Se les pregunta si son felices, y ni siquiera se atreven a encarar valientemente la pregunta y sus posibles respuestas; y terminan buscando por fuera lo que está dentro de sí mismos, trayendo angustia a sus vidas.

 

Y esa superficialidad de vida no se da solamente en el plano personal sino que, obligatoriamente, se lleva a la vida familiar, laboral y social. Y en estos ambientes también crece la angustia.

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