Saber vivir

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¿Virginidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 20, 2009

En Estados Unidos tres de cada cuatro jóvenes tienen relaciones sexuales antes de terminar la enseñanza secundaria y el cuarenta por ciento es sexualmente activo cuando ingresa a la enseñanza superior.

Aunque el porcentaje es menor en otros países, la incidencia crece de tal manera que pronto alcanzará niveles similares.

Este hecho hace que las parejas tomen el matrimonio casi como una relación más y no como una entrega total e imperecedera.

El ser humano, por la dignidad tan alta que posee, no puede estar jugando con entregas «a medias». Sin embargo, se dan muchas relaciones sexuales sin una entrega total del «yo» personal para luchar por la felicidad del otro; sin un compromiso cabal, serio y responsable para conseguir un enriquecimiento mutuo; sin la apertura a formar nuevas vidas; es decir, sin amor.

De hecho, una de las causas más frecuentes de ruptura conyugal es que los miembros de la pareja no aprendieron a amar. Confunden con frecuencia el amor verdadero con la pasión o el sentimentalismo, con la simpatía o empatía que puede haber entre ellos; y más frecuentemente lo que buscan es llenar carencias afectivas de la infancia…

Así se desvaloriza la entrega total, y los cónyuges suelen experimentar la sensación interior de no ser plenamente felices, lo que tiende a deteriorar el amor y a resquebrajar la armonía que debe imperar en la que es la célula de la sociedad: la familia.

Esta actitud, quiérase o no, es la esencia de la educación de los hijos (el ejemplo es siempre el más didáctico de los métodos de enseñanza), lo cual termina por crear seres con la misma inclinación utilitarista.

¿No es eso lo que a veces se ve en la actualidad: hombres y mujeres que crecen con el deseo ferviente de servirse de los demás en beneficio propio, seres que nunca aprendieron la alegría de dar?

Si, en cambio, las nuevas generaciones se proponen dar un valor mayor a las relaciones conyugales —el valor que realmente tienen—, se formarán mujeres y hombres con el poder de mejorar la sociedad intrínseca y extrínsecamente:

Los intentos por edificar matrimonios estables y duraderos darán éxito más fácilmente, los hijos nacerán en un ambiente propicio para aprender a amar, y la sociedad comenzará a mejorar paulatinamente, ya que su primer valor será la dignidad humana y esta se habrá solidificado desde su mismo interior, que es la familia.

  

 

 

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¿Casados o solteros?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 15, 2008

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexualidad: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento: el hombre y la mujer se complementan en el plano biológico, en el plano psicológico y en el plano espiritual. Toda relación entre un hombre y una mujer tiene ese carácter sexual (salvo algunas relaciones particulares como la que hay entre hermanos o entre padres e hijos, etc.).

Cada persona humana jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra (o viceversa) porque ella (o él) es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del signo (sacramento) del matrimonio. Dios se convierte en el(la) esposo(a) del ser personal. La virginidad alcanza la realidad directamente.

De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da su verdadera dimensión.

La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí de la virginidad física ni de la psicológica (indivisibilidad del corazón) ni de la jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento. Virginidad esta que puede darse con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

Por el contrario, quien vive soltero no necesita el signo: puede ir directamente hacia la realidad —Dios— y, por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones; de este modo se capacita para un juicio más recto acerca de su propia sexualidad.

En el matrimonio la donación se lleva a cabo en el plano biológico (se entregan sus cuerpos), en el plano psicológico (se comparten la afectividad, la emotividad y los sentimientos) y en el plano espiritual (se dan el uno al otro para siempre). Todas sus acciones están encaminadas a lograr un verdadero complemento, enriqueciéndose ambos para encontrar, juntos, la verdadera y única felicidad.

El soltero puede entregar también su cuerpo a Dios eximiéndose de toda genitalidad<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> por amor a Él; comparte con Él su afectividad, su emotividad y sus sentimientos; y lo hace para siempre. Asimismo, todas sus acciones estarán encaminadas a hallar en Él su verdadero complemento, enriqueciéndose para encontrar la auténtica y única felicidad.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Se puede dar el caso de que un soltero, por ejemplo, viva su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato (soltería) sea mejor que el matrimonio. La ventaja que tiene es que se entrega directamente a Dios; además, tiene una capacidad mayor (como se vio arriba) para hacer un juicio más recto acerca de su propia sexualidad e, incluso, de la sexualidad de los demás, lo cual lo hace el mejor consejero.

Por otra parte, alguien podría decir que al casado le queda más fácil, más asequible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Tampoco existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

Si los casados se entregan por completo a la imagen de Dios —su cónyuge—, los solteros pueden, mientras llega el matrimonio, ofrecerse a Dios en su estado actual para comenzar a vivir esa virginidad evangélica, y así llegar a la plenitud del amor: viven una virginidad total en la que dirigen sus afectos, sin intermediarios, al Creador, objeto de su amor. Y eso los dignifica tanto o más que el matrimonio a los casados.

<!–[if !supportFootnotes]–>

<!–[endif]–>

<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> La palabra “genital” viene de genitare, que significa generar, y se refiere a generar vidas; es decir, la genitalidad se ejerce para procrear.

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

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