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¿Somos realmente humanos?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 24, 2018

Cuando se analiza con profundidad el adjetivo “humano” se llega a comprender que eso es, precisamente, lo que nos hace diferentes de todos los demás seres: los pensamientos, las palabras, las acciones humanas, los sentimientos…

Esto implica, por supuesto, que aquellas acciones que realizan también los animales no pueden probar que somos hombres. Sólo las acciones que no pueden realizar esos seres inferiores hacen patente la diferencia y, como consecuencia lógica, marcan nuestra dignidad. Dignidad que se expresa en la conciencia de que somos los seres más excelentes que hay, cuando menos en nuestro sistema solar.

Para el autoconocimiento del hombre es de gran utilidad el uso de algunas ciencias:

  1. La antropología, de antropo- (hombre) y -logía (tratado, estudio, ciencia), que trata de los aspectos biológicos del hombre y de su comportamiento como miembro de una sociedad, y la paleoantropología (paleo-: de «antiguo» o «primitivo», referido frecuentemente a eras geológicas anteriores a la actual), que engloba al hombre dentro del tiempo.
  2. La genética, parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella.
  3. La geología, ciencia que trata de la forma exterior e interior del globo terrestre; de la naturaleza de las materias que lo componen y de su formación; de los cambios o alteraciones que estas han experimentado desde su origen, y de la colocación que tienen en su actual estado.
  4. La hermenéutica, arte de interpretar textos.
  5. La anatomía, ciencia que tiene por objeto dar a conocer el número, estructura, situación y relaciones de las diferentes partes del cuerpo de los animales y del hombre.

¿De dónde venimos? ¿Qué es exactamente lo que nos hace humanos? Son las preguntas que es necesario hacerse para hallar nuestra felicidad y que estas ciencias nos ayudarán a contestar.

 

  1. EL HOMBRE EN EL UNIVERSO

¿Cuál es la edad del universo? ¿cómo comenzó?…

¿Cuál fue el origen de la vida? ¿cuándo se inició?…

¿Cuándo apareció el ser humano? ¿Cómo se hizo el paso del mono al hombre? ¿Qué características se tienen en cuenta para clasificarlos como tales?…

Si somos capaces de comprender los cambios que se produjeron en el pasado, estaremos en mejores condiciones de comprendernos.

A continuación, trataremos de responder estas y otras preguntas, basados en todos los elementos de juicio que poseen hoy las ciencias.

Si bien el conocimiento que hoy se tiene es mucho menor del que quisiéramos, los avances son ahora muy significativos y, sobre todo, útiles; por eso en estas líneas se interpondrán con frecuencia los vocablos «probablemente», «tal vez», «aproximadamente», y otros parecidos, lo cual no quiere decir que no sean afirmaciones distantes de la verdad sino que, por el contrario, son las que mayor credibilidad tienen ahora en el ambiente científico.

 

  1. El universo

La edad del universo debe ser determinada por el modelo cosmológico correcto, y los científicos que lo utilizan han llegado a la conclusión de que su comienzo oscila entre los 15,000 y los 18,000 millones de años antes de Cristo (A de C), aunque en los últimos años algunos tienen la tendencia a hablar de valores un poco menores.

Respecto de la teoría del inicio de la actividad del universo por una explosión, y de que producto de la cual se está llevando a cabo en estos momentos una expansión del universo, casi todos los científicos del orbe están de acuerdo.

En lo que no hay claridad todavía es si esa explosión fue el comienzo del universo o es solo un episodio más en su evolución porque, para unos, más adelante habrá un retorno (implosión) al que seguirá otra explosión de modo que el ciclo continúe: postulan que se dé crédito a la idea de que el universo tiene límites y que, al llegar a ellos, la onda expansiva regresará.

De cualquier manera, la creación no puede coincidir con un estado del universo, ya que el Creador le dio el ser al universo de modo que funcionara bajo ciertos aspectos determinados, uno de los cuales (como se estudiará más adelante) puede ser el azar.

La tierra, una nebulosa inicialmente, se condensó unos 4,500 millones de años A de C. Fuego vomitado por volcanes primero, y luego, un enfriamiento paulatino que, con la presencia de agua, fueron el «caldo de cultivo» para la aparición de la vida unicelular.

 

  1. El origen de la vida

Solo hay vida cuando existe lo que llamamos animación, movimiento, esto es, nacimiento, crecimiento, multiplicación, descendencia… Para ello es necesaria la presencia de algo que anime, el alma, lo esencial y más importante de una cosa, que le da forma sustancial, es decir la informa.

Por eso los minerales no tienen alma.

Los vegetales tienen el alma vegetativa.

Los animales poseen un alma sensible.

En el hombre esta sustancia es espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, y también informa al cuerpo humano y con él constituye su esencia.

Pero tanto en los libros y en las enciclopedias más conocidas del mundo, como en las entrevistas hechas a los más conocedores del tema se encontró, como respuesta a la pregunta: «¿Cómo empezó la vida?», casi las mismas palabras: no hay respuesta cierta, verdadera, segura, indubitable.

Se han postulado numerosas teorías, todas inconsistentes. Algunos, por ejemplo, creen en la llegada de una primitiva forma de vida a la tierra a través de una especie de vientos que viajan por el espacio, idea que no explica su origen, pues la vida se habría formado en otra parte.

El mundo científico no ha podido dilucidar cómo se produjo el cambio desde la materia inanimada hasta la vida.

Por otro lado, los intentos por producir la vida han sido numerosos e infructuosos: se ha puesto a funcionar una vida siempre preexistente, se han formado cadenas de proteínas, pero no se ha podido crear la vida a partir de la materia.

Lo que sí se sabe es la fecha aproximada del origen de la vida: 3,500 millones de años A de C: las formas más tempranas de vida son unas células parecidas a las bacterias, estudiadas a partir de fósiles de esas épocas.

 

  1. La teoría de la evolución

¿Cómo se transformaron esas primeras células en plantas y animales?

El naturalista británico Charles Darwin desarrolló su teoría de la evolución de las especies en el siglo XIX. A partir de ella, se concibió la idea de la selección natural.

Según esta teoría, los organismos vivos producen constantemente nuevos rasgos. Muchos de estos rasgos son neutros, es decir, no resultan beneficiosos ni perjudiciales. Pero de vez en cuando hay una característica que funciona especialmente bien, porque se adecua mejor al medio ambiente que las versiones anteriores y proporciona una ventaja reproductora a sus poseedores.

Esto es muy importante, ya que el aspecto crucial de la evolución es la reproducción: toda característica que aumente las probabilidades de un organismo de producir más descendencia será seleccionada.

Todavía no sabemos con certeza cuál es el mecanismo por el que se heredan los genes que tienen las características seleccionadas y no los otros genes, pero una vez que el nuevo rasgo beneficioso ha sido adoptado y se ha extendido a otros miembros de la especie, puede decirse que se ha producido una mutación y que la evolución ha actuado. La selección natural es el motor de la evolución.

Existen 3 requisitos indispensables para que se produzca la selección natural:

  • Es preciso que haya variaciones, una especie de continuo variar genéticamente que produzca diferentes rasgos susceptibles de ser seleccionados o rechazados. Estas variaciones se llaman mutaciones.
  • Es necesario también que haya un mecanismo de herencia, de manera que los nuevos rasgos se transmitan a las siguientes generaciones.
  • Por último, debe haber competencia formándose así una especie de embudo a través del cual solo puedan pasar los mejores equipados, ya que si los recursos fueran ilimitados, todas las variaciones tendrían éxito.

La genética, única ciencia que podría probar seriamente la teoría de la selección natural, tiene dudas al respecto, ya que en los estudios de las poblaciones se pueden destacar algunos caracteres genéticos, pero otros no se hacen evidentes ni son cuantificables, aunque estén codificados en los genes. Dicho de otro modo, hay mucha información genética que no se conoce todavía ni se hace evidente, aunque está presente en los genes de las células; por lo tanto, la selección natural sigue siendo una teoría, aunque ningún estudio serio la niegue y por el contrario los otros parezcan confirmarla.

La evolución no es un proceso lógico con intenciones u objetivos a largo plazo, como puede ser el perfeccionamiento o cualquier cosa por el estilo. Es algo que sencillamente sucede, de forma impredecible, a un ritmo variable y de modo inconsistente. Esto es el concepto del azar, del que se hablaba anteriormente, y que constituye una de las reglas de la evolución de las especies.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre al lado de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), pero pendiente de su suerte e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está, como lo veremos, al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Así se producen, según los científicos que aceptan la teoría de la evolución, la extinción de las especies y la formación de nuevas especies. Estos dos mecanismos explicarían cómo la vida se desarrolló desde esas formas unicelulares que vivían 3,500 millones de años A de C hasta los animales que hoy pueblan la tierra, los que surcan los mares, lagos y ríos, y los que vuelan por los aires.

Es muy posible -y también quizá probable en un futuro no muy lejano- que en ese panorama de la evolución también esté el hombre. Es más: existen científicos que, aun a pesar de la falta de evidencia sólida desde el punto de vista genético, ya consideran un axioma que el hombre proviene del mono.

Si se acepta -como ellos- esta teoría, se entenderá cómo se llevaron a cabo la aparición de nuevas especies y la extinción de otras muchas.

Así se puede comprender que no solamente las glaciaciones (grandes invasiones de hielo que en épocas remotas acontecieron en zonas muy extensas de distintos continentes) y otros desastres naturales acabaron con algunas especies, como ocurrió con los dinosaurios que, luego de existir por unos 160 millones de años, se extinguieron hace 65.

En fin, dentro de ese proceso evolutivo debemos ubicarnos ahora en unos animales llamados antropomorfos, es decir, animales que, de algún modo, tienen forma o apariencia humana. Los más representativos son, en su orden, el lémur, el mono, el chimpancé y uno que ya dejó de existir: el australopiteco.

El científico Carl Von Linné (Linneo, 1707-1778) agrupó a los seres vivos así: el grupo más pequeño, integrado por individuos tan parecidos entre sí que, excepto en muy sutiles detalles, resultan idénticos en la práctica, es una especie; un grupo de especies pertenecen a un género; varios géneros constituyen una subfamilia; varias subfamilias se agrupan en una familia; las familias unidas entre sí hacen al orden; y los órdenes forman la categoría más amplia, denominada clase.

El orden de los primates es el de los mamíferos de superior organización, plantígrados, con extremidades terminadas en cinco dedos provistos de uñas, de los cuales el pulgar es oponible a los demás, por lo menos en los miembros torácicos (los miembros superiores).

Los primeros primates existieron desde 70 millones de años A de C. Los llamados primates avanzados hacia los 45 millones de años A de C. Luego vinieron los propiopitecus (35 millones de años A de C), los driopitecus, que vivían en los árboles, y los ramapitecus, que ya se desplazaban por la tierra, y que vivían hacia los 10 millones de años A de C.

Entre los primates de hoy están el lémur (mamífero cuadrúmano, con los dientes incisivos de la mandíbula inclinados hacia adelante y las uñas planas, menos la del índice de las extremidades torácicas, que son ganchudas, y la cola muy larga), el mono, el chimpancé y el hombre.

Los homínidos, familia a la que pertenece el hombre, está compuesta por todas las criaturas que han vivido en las líneas evolutivas desde la separación los chimpancés hasta el presente. Como se verá, incluye al australopiteco, al homo habilis, al homo erectus y al homo sapiens (este último es sinónimo de ser humano).

 

El australopiteco

Un primate de gran importancia fue el australopiteco, ya que, según las fuentes más conocedoras del tema, es uno de los eslabones de la cadena antecesora del hombre.

Se han descubierto dos grupos de fósiles: el australopiteco afarensis, que vivió entre los 4 y los 3 millones de años A de C, y el australopiteco africanis, cuyos restos apuntan hacia los 3,5 y 2,5 millones de años A de C.

Los restos de ambos fueron encontrados en África, razón por la que se ha afirmado siempre que la raza humana se inició en ese gran continente.

El australopiteco pertenece a la familia de los homínidos.

Medía un promedio de 1,20 m, tenía entre 30 y 70 kilos de peso y su cerebro era un poco mayor que el de los actuales monos.

Uno de los rasgos que lo hace tan especial es que se sabe, por las características de los huesos de sus piernas y por la presencia de arcos plantares de sus pies, que caminaba, es decir, con esta especie se inició el bipedismo. Efectivamente, Mary Leakey y otros paleoantropólogos realizaron varios hallazgos de pisadas que se remontan a tres millones y medio de años A de C.

Otra conducta diferente de la de los demás animales hace poner los ojos de los paleoantropólogos en esta especie: usaba palos y piedras para defenderse.

Como se ve, los rasgos descritos presagian al hombre, pero no son tan consistentes para poder llamar al australopiteco un ser humano (decir que el bipedismo es humano haría también a algunos pájaros seres humanos). Este es simplemente un animal más desarrollado.

 

El homo habilis

Con un desarrollo cerebral un poco mayor que el de los australopitecos, el homo habilis vivió entre los 2 y 1,8 millones de años A de C.

No solamente cazaba, sino que hay evidencia de que planeaba sus cacerías.

Pero lo más llamativo de esta especie es que se han encontrado pruebas de que hacía trabajos en piedra: hachas, algunas formas primitivas de martillos y otros instrumentos útiles (de ahí su nombre). Hay evidencia de que algunas piedras eran utilizadas por ellos para conseguir alimentos.

Por estas características hay quienes se atreven a considerarlos ya humanos. Sin embargo, como se verá más abajo, se necesita mucho más para completar las características que hacen a un ser humano.

Es importante decir que en este mismo período (entre 2 y 1 millón de años A de C) vivieron los que hoy se llaman australopitecos robustus y otras especies animales similares, lo cual ha hecho pensar a algunos que el homo habilis no es un eslabón de la cadena evolutiva que termina con el hombre, pero sí que vivió simultáneamente con otros animales.

 

El homo erectus

Casi justo al desaparecer el homo habilis, es decir, entre 1’750.000 y 300.000 años A de C, vivió un ser de aspecto menos simiesco que su predecesor, que hoy se reconoce con el nombre de homo erectus, de características sorprendentes para todo estudioso:

Sus mandíbulas más pequeñas, lo mismo que sus dientes, nos muestran que la dieta era menos dura.

Sus cerebros más voluminosos inducen a concluir su mayor inteligencia.

El famoso hombre de Java, a cuyos restos se les atribuye hoy una antigüedad de 1’750.000 años, es el más representativo.

El uso del fuego (hacia los 500.000 años A de C) para cocinar alimentos, para calentarse e, incluso, para cazar, lo ponen por encima de todos sus antecesores.

Otro aspecto destacable es que este ser inició las migraciones: ya los límites de su andar no dependían de si esa tierra ofrecía o no las cualidades necesarias para albergarlo. Es importante señalar, para explicar esto, que los animales herbívoros dependen de los recursos vegetales de un hábitat concreto, pero los carnívoros como el homo erectus no tienen esa limitación.

Esta característica, sin embargo, obedecía todavía a las leyes de la teoría de la evolución. Según esta, hay tres formas diferentes de responder a la limitación del área donde vivían: podían extinguirse, si por ejemplo no tenían posibilidad de retirarse a ninguna otra región; en muy raras ocasiones podían beneficiarse de una modificación genética que determinara la aparición de una nueva especie; o podían desplazarse hacia una nueva región geográfica donde las condiciones imperantes se asemejaran a las de su antiguo hábitat.

Pero, otra vez, estos rasgos todavía no completan la lista de los requisitos para que un ser pueda ser llamado humano.

 

  1. El homo sapiens

La fecha exacta de la aparición del homo sapiens es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que se trata de un tiempo que osciló entre los 230.000 y los 100.000 años A de C: algunos restringen el inicio del homo sapiens a los 200.000 años A de C, y aun hay quienes votan por los 100.000 años A de C.

A continuación se detallarán, una a una, las características que lo hacen tan especial:

  • Al aparecer el homo sapiens sucedió algo de dimensiones asombrosas: los animales, hasta este punto, iban evolucionando de tal manera que sus cuerpos se acomodaban al medio, según la teoría de la evolución de las especies; ahora, por primera vez, un ser acomodaba el medio a su cuerpo: comenzó a cambiar las condiciones del ambiente para su propio beneficio.
  • Hubo, también, algo que puede impresionar a quien estudia el origen del hombre: hasta ahora, los animales, como se vio con el homo habilis y el erectus, eran capaces de hacer herramientas.

Esas herramientas eran fabricadas para realizar acciones específicas: un palo, por ejemplo, era utilizado por el homo habilis o por el homo erectus para defenderse de los animales, y se cree, incluso, que se quedaba con el palo como medio de defensa.

Así se creaba una asociación neuronal (cerebral) entre la acción y el efecto que produce: “Si le pego a esa fiera con este palo, lo ahuyento”. Esto es producto de un patrón neuronal (un modelo de comportamiento). Es probable que la ley del azar de la teoría de la evolución intervenga en esa asociación y que luego se herede.

Pero el homo sapiens logró realizar algo que no se puede explicar a través de las leyes de la genética. En el ejemplo anterior, el ser humano no sólo utilizaba el palo para defenderse, sino que con él abría hoyos en la tierra para buscar hormigas u otro tipo de alimento, y también lo usaba para otros muchos fines. Es decir, su capacidad de análisis le dio la libertad para saber que una herramienta sirve para realizar acciones diferentes. Pero hay algo más: no solo usaba el palo, sino que cogía piedras y otros elementos para hacer lo mismo que hacía con el palo. Esa capacidad de análisis era ya tan avanzada que le dio la libertad para pensar que varios instrumentos podían servir para la misma finalidad. Además, se disparó la producción de herramientas en multitud de formas y, lo que es mejor, comenzó a hacer herramientas para fabricar herramientas.

Dicho de otro modo, se acabó la restricción cerebral que asociaba la acción al efecto, es decir, apareció independencia en el patrón neuronal, (antes rígido para los animales). El homo sapiens posee esa independencia pues tiene una comprensión abstracta (no rígida) tanto del acto como del instrumento.

¿Qué produjo esa capacidad de deducir que varios instrumentos podían ser utilizados con una misma finalidad, y que una misma herramienta tuviera varios usos?

Algunos creen que la genética tiene la respuesta, pero la genética tiene unas leyes, y esas leyes restringen los cambios, aunque sea en un porcentaje muy bajo. Con esas restricciones es imposible explicar estas nuevas capacidades del ser humano.

Otra teoría es que la plasticidad cerebral (capacidad modeladora del cerebro) podría ser la causa de este asombroso cambio, pero este cambio es de tal magnitud, que resulta obvio que el mero aprendizaje o la sola plasticidad cerebral, pueda llegar a producirlo.

Se debe concluir que algo extraordinario sucedió entre el hombre y sus predecesores. Ese “algo” debe ser una fuente de vida mucho más poderosa que la evolución, y se explicará al terminar esta enumeración de las características propias del ser humano.

  • El homo sapiens ya utilizaba el lenguaje.

Si bien algunos paleoantropólogos creen que sus pliegues (cuerdas) bucales no estaban bien desarrollados para ello, sí se cree que el homo habilis y el homo erectus emitían sonidos con los que se comunicaban ideas precisas y cortas, como lo hace ahora el actual cercopiteco, un mono catarrino, propio de África: con un vocabulario de 10 palabras diferentes da a entender a los otros ideas como “peligro”, “leopardo”, etcétera. A esto, por supuesto, no se le puede llamar todavía lenguaje.

Rod Caird -escritor y productor de documentales sobre antropología- cuenta en su libro “Hombre mono”, que entrevistó a Terrence Deacon, neurobiólogo de la universidad de Boston, en agosto de 1993. En esa entrevista Deacon dice textualmente:

“Un buen experimento de lenguaje con animales es el que plantea la pregunta: ¿qué diferencia hay entre enseñar a un animal a utilizar mecánicamente una serie de gestos o de símbolos que representan algo y enseñarle a comprender lo que está comunicando?”.

A un chimpancé se le pueden enseñar unas trescientas palabras y a actuar de acuerdo con ellas, mientras que un niño de 4 años conoce aproximadamente unas cinco mil.

El hombre entiende conceptos abstractos; puede hablar sobre el futuro, sobre cosas que no existen o sobre el espíritu; además, todos los idiomas y dialectos están hechos por numerosísimos vocablos y poseen reglas precisas, que están bien lejos de los gruñidos y primeras vocalizaciones animales.

Se sabe que los primeros homo sapiens ordenaban vocablos, es decir, construían frases que expresaban ideas amplias y claras, con las que no solo se comunicaban, sino que hacían partícipes a los otros de sus pensamientos y de sus sentimientos.

Se han encontrado pruebas arqueológicas de ornamentación, pintura y otros símbolos visibles, que son paralelos al concepto del lenguaje; el arte en sí mismo es gráfico, y nadie que no disponga del lenguaje puede asignar un significado a un pequeño rasguño en la pared.

Por eso, la mayoría de los estudiosos coinciden al afirmar que el lenguaje se inició a los 100.000 años A de C, con todas sus extraordinarias propiedades de rapidez, volumen y abstracción.

  • Si se compara un ordenador (computador) con el cerebro del homo sapiens, se infiere inmediatamente que al ordenador hay que decirle qué hacer, mientras que el cerebro hace las cosas por su cuenta. La capacidad creadora independiente del cerebro hace que los humanos actuemos espontáneamente, y es la base de nuestra habilidad para pensar, planificar e influir drásticamente (para bien o para mal) sobre el medio ambiente.

El mayor y más avanzado ordenador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software.

Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Hasta este momento de la evolución, los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

  • Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

Al comienzo se creía que el tamaño del cerebro incidía mucho en la capacidad intelectual, ya que los paleoantropólogos observaban que el cerebro de los homínidos, en la secuencia de la evolución, fue creciendo. El australopiteco tenía unos 400 cm³ (lo mismo que un chimpancé moderno), el homo habilis, entre 650 y 800 cm³, el homo erectus, de 850 a 1.000 cm³, y los primeros homo sapiens y los neandertales, entre 1.100 y 1.400 cm³. El hombre moderno está en ese rango, pues tiene aproximadamente 1.350 cm³. Pero el cerebro de una ballena grande puede ser cuatro veces mayor.

  • Otro aspecto que se ve en la historia del homo sapiens es la tolerancia, palabra que el Diccionario define como “Respeto o consideración hacia las prácticas o hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Obviamente este rasgo característico del ser humano no está presente en los animales.

Se desprende de la tolerancia, la palabra respeto, rasgo que caracterizará, entre otras cosas, al ser humano.

Como se ve, el nivel que se observa en el homo sapiens es inmensamente superior.

  • Los análisis realizados en chimpancés, especialmente los de la doctora Jane Goodall, a primera vista hacen pensar que en estos animales hay ciertas actitudes que algunos se aventuran a llamar “humanas”: maquinaciones, actitudes compasivas, engaños maquiavélicos, pequeñas muestras de lo que en el ser humano se llamaría ternura, violencia y crueldad.

Pero en los estudios psicológicos se rechaza la idea de que estas características, por sí mismas, puedan definir al ser humano. De hecho, las llamadas “actitudes compasivas” y la “ternura” se explican con el instinto: todos hemos visto moverse la cola de un perro al ver u oír a su amo, lamerse a las leonas entre sí, arroparse a los mapaches… Y nadie ha pensado jamás llamar ser humano a los mapaches, a los leones, a los perros ni a ningún otro animal. En suma, esas son actitudes animales, no características humanas, aunque el hombre las eleva a un nivel que los animales no alcanzan.

En cambio, lo que sí admira, es la aparición de la solidaridad.

Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Pero, llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al leer la historia (o verla en cine o televisión) de tantos que han dado su vida por un ideal similar.

Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

  • Hay pruebas de que la competencia sexual era menos evidente entre los hombres, que la de sus antecesores, los animales: apareció una especie de respeto por la mujer del prójimo.

Otro aspecto que algunos paleoantropólogos destacan es que, ya que en la época de los australopitecos había una diferencia notable entre las dimensiones corporales de los machos y las hembras, parece que los machos estaban rodeados de algo parecido a harenes de hembras.

Sin embargo, el homo sapiens cambió de actitud:

En la entrevista concedida a Rod Caird (comentada más arriba), Terrence Deacon amplía su explicación sobre el lenguaje así:

“Creo que el problema que se plantea al instalarse en un entorno en que la carne se convierte en un elemento necesario para criar a la prole es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder, y esto es algo que no puede representarse con un gruñido o un gesto. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.”

Si las 7 características descritas hasta ahora dan certeza acerca de la gran diferencia existente entre el hombre y sus antecesores, este aspecto de las conductas sexuales es particularmente impresionante: el homo sapiens fue el primero que entendió la responsabilidad de la paternidad, de la maternidad y del concepto “familia”; y esto desde el punto de vista natural (es lo natural en el ser humano), y en orden a la procreación de los hijos: el hijo debe ser educado para seguir enriqueciéndose en todos los ámbitos de la vida, pues su esencia es diferente de la de los demás seres vivos: puede ser cada vez más sabio, cada vez más hábil, cada vez más dueño de sí mismo, puede amar cada vez más… Los matrimonios de hoy, con sus ritos, movimientos y sonidos, y en presencia de la sociedad (como dijo Terrence Deacon) son un desarrollo más del homo sapiens en su historia.

De aquí se desprende la idea de que la infidelidad es un retroceso del hombre a etapas anteriores, como la del australopiteco.

  • Pero lo más fascinante del homo sapiens es que fue el primero en hacer rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años A de C, ya enterraba los cadáveres de sus congéneres.

Se puede establecer por la diferencia que había en los ritos, que en algunos de ellos se agradecía a determinados miembros del grupo que tuvieron una sabiduría especial o que habían hecho aportes importantes a la comunidad.

Así mismo, la mayoría de esqueletos hallados presentan cicatrices de fracturas curadas en vida del sujeto: se sabe entonces que los miembros heridos de la comunidad recibían algún tipo de cuidado hasta que mejoraban y podían incorporarse de nuevo a las actividades cotidianas.

Es más: los estudios científicos permiten pensar a los paleoantropólogos que los miembros más ancianos (de cuarenta y cinco o cincuenta años) de los grupos sociales eran valorados por sus recuerdos y por sus conocimientos aun después de haber perdido el pleno uso de su fuerza física.

Estos análisis llevan de la mano a sacar una consecuencia muy especial: los actos sociales iban en beneficio del individuo, y no al revés.

  • Aún más admirable para el estudioso de la paleoantropología es que los entierros obligan a pensar a cualquier investigador que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma: hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Somos los únicos animales conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte (a diferencia del miedo a una muerte inminente) hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad. Por eso es inexplicable la existencia de los ateos: el ser humano es religioso por naturaleza, y se puede afirmar sin fanatismos que el ateísmo es un retroceso en la evolución del hombre.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas, con búfalos y rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre y, además, de que apareció la conciencia de que a través de esos rituales se podían someter las fuerzas de la naturaleza. La sabiduría, en este sentido, se guió más tarde hacia una cultura mágica en los cazadores, y hacia una cultura mítica en los agricultores.

Al terminar esta enumeración de las características del homo sapiens, se puede decir que no hay duda de que el espíritu marca definitivamente al hombre, y que es su presencia lo que lo hace completamente diferente a sus antecesores: el homo sapiens se diferencia de los demás en que tiene espíritu.

Por eso, ya no hay razón para pensar que es una sola la especie que agrupa al homo sapiens, al homo erectus y al homo habilis: la primera de estas es una especie perfectamente bien diferenciada de las otras 2.

En fin, son tantas y tan extraordinarias las diferencias entre el homo erectus y el homo sapiens, que no se pueden explicar con solo 2 cromosomas más, como sucede entre el chimpancé y el hombre actuales.

Tampoco se ha explicado, a través de la teoría de la evolución, ese cambio tan extraordinario: la existencia del alma espiritual. Si tenemos presentes las palabras que Robert Foley dijo en otra entrevista hecha por Rod Caird, en octubre de 1993: “La selección se limita a solucionar pequeños problemas aislados”, nos nace una pregunta: ¿Qué se solucionó con el advenimiento del espíritu? Y esta interrogación no tiene respuesta.

Somos los primeros homínidos de aspecto más bien frágil y musculatura débil. Esto ha sucedido, no solamente porque la vida es menos exigente desde el punto de vista muscular, es además (y posiblemente esta razón sea más su causa) porque el espíritu es el nivel superior al que estamos llamados, y provee al hombre de una infinidad de recursos para resolver problemas de cualquier índole.

En esta innovación, la presencia del espíritu, está centrada la esencia del ser humano: si un ser no tiene espíritu no es humano; por el contrario, si hay espíritu, estamos ante la presencia de un hombre o de una mujer.

 

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Regreso a lo natural

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 3, 2017

Se está dando en todas partes: la medicina, reconociendo que la farmacología nació principalmente de las plantas y de los animales, se está abriendo a los conocimientos ancestrales de las que hoy se conocen como medicinas alternativas o, como han dicho algunos, complementarias (para denotar así que no se trata de una rivalidad entre las 2 ciencias). Efectivamente, en el Mundo entero se están abriendo facultades de medicina y posgrados de medicina natural.

En cuanto a nutrición se refiere, pululan por todas partes de la Red y en las librerías artículos, libros, audios y videos que expresan criterios naturales para la alimentación humana, y que muestran resultados sorprendentes en cuanto se refiere a la prevención y tratamiento de las enfermedades. Aunado a esto se pretende propiciar el manejo natural de la producción de alimentos no contaminados por pesticidas o cualquier tipo de preservativos o conservantes químicos, que dañan la salud.

Y, en general, se han disparado  criterios que buscan eliminar toda la complejidad de vida que tanto la industrialización como la filosofía del consumismo trajeron al mundo moderno: desde cursos para conseguir la paz interior hasta criterios de vida como el Minimalismo (vivir con lo mínimo necesario) se ofrecen hoy al ser humano moderno.

De entre todo este bagaje, conviene resaltar un pensamiento que quizá los abriga a todos: cuanto más ajustemos nuestras costumbres a nuestra esencia, a nuestra naturaleza, tanto más bienestar cosecharemos. Y este concepto se equipara, precisamente, a la definición de la palabra natural: aquello que es conforme a la cualidad o propiedad de algo.

 

Nuestra sustancia

Ahora bien: en nosotros, ese “algo” es nuestra sustancia, nuestra esencia, nuestra naturaleza. Por eso es imprescindible definirnos y verificar los planos en los que vivimos.

Para definirnos, podríamos afirmar primero lo que no somos: ni ángeles ni animales; estamos ubicados entre ambos. Tenemos cuerpo como los animales y espíritu como los ángeles. Además, como todo ser vivo, tenemos algo que nos anima (que nos mantiene vivos): un ánima, un alma. En las plantas, esa alma se llama vegetativa; la de los animales es un alma sensible y la nuestra es denominada espiritual.

Volviendo al diccionario, encontraremos allí que el alma espiritual se define como alma “racional e inmortal”, lo que especifica nuestra naturaleza: tanto el alma vegetativa de las plantas como el alma sensible de los animales mueren con sus cuerpos, mientras que la nuestra atraviesa el umbral de la muerte, tal y como lo entendieron los primeros seres humanos según lo describen los paleoantropólogos, quienes afirman que es muy distinto tapar con tierra un cadáver maloliente que, con un rito fúnebre y sagrado, despedir al difunto que partía en su viaje al más allá. Esta conducta de nuestros ancestros nos ilustra acerca de la conciencia cierta, segura, de nuestra trascendencia, y que acompaña al ser humano desde sus inicios.

Por esto, podemos afirmar que nosotros nos movemos no sólo en el plano biológico y en el psicológico, sino también en el plano espiritual.

Así, pues, el regreso a lo natural debería darse en los 3 planos. Esto significa que, además de propiciar una medicina, costumbres y nutrición más naturales, deberíamos volver también a una psicología y una espiritualidad más acordes con nuestra naturaleza, nuestra esencia, nuestra sustancia.

Pero no podemos dejar de lado un aspecto fundamental de la esencia del ser humano: las características que nos diferencian de los animales son muchas, pero hay 3 que emergen como las más importantes de todas, y que deben describirse en un orden invertido, del tercer al primer lugar de importancia:

En tercer lugar está la facultad de la razón, nuestra inteligencia. Nadie puede llegar a afirmar que su mascota es tan inteligente como un ser humano; ni siquiera los primates más parecidos al hombre pueden sumar o restar, filosofar o deducir, entender el pasado o el futuro, preguntarse por su esencia o su finalidad en esta vida…

En segundo lugar, nosotros tenemos la facultad de la voluntad: los animales se mueven por instinto; nosotros, en cambio, podemos manejar el instinto o la impulsión con nuestra voluntad libre: aunque nos apetezca mucho ingerir alimentos menos nutritivos y quizá dañinos para nuestra salud, podemos decidir no comerlos. Somos libres, incluso, de doblegar nuestros apetitos para conseguir un bien mayor.

Pero lo que más nos diferencia de los animales se muestra en el hecho de que cuando una hembra es perseguida por un predador y en un momento debe decidir entre su cría y ella misma, prefiere abandonar a su cría para salvar su vida: a eso la lleva su instinto. Por el contrario, una madre humana daría la vida por salvar a su hijo. Nosotros somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos por amor a otro; podemos amar. La historia nos recuerda las innumerables ocasiones en las que, por eso, porque pueden amar, los humanos se han sacrificado por amor.

Con esta descripción de la esencia del ser humano, se puede deducir que es más feliz quien más ama.

 

Lo natural en el crecimiento

Es natural —es parte de su esencia— que los niños tengan un desarrollo progresivo, una continuidad en el crecimiento psicológico, una sucesión ordenada de eventos afectivos y emocionales que preserven su salud psicológica.

Antes, esto era más fácil: los niños entraban a estudiar ya cumplidos los 5 años de vida; y esto permitía que el desarrollo psicoafectivo y psicoemocional fuera acorde con su naturaleza humana:

En su primer año de vida miraba su entorno, lo empezaba a reconocer; percibía sensaciones auditivas (la voz de su mamá, de su papá…), táctiles (frío, calor, dolor), visuales, gustativos, olfativos…

En el segundo año empezaba a formarse un vínculo más estrecho con su mamá y se esbozaban en su mente y en sus sentimientos las nociones: Mujer y Mamá, obviamente de un modo rudimentario, pero que iba a ser definitivo en su vida.

En el tercer año hacía lo mismo con su papá (qué importante es por eso que los padres inviertan el mayor tiempo posible con sus hijos siempre, pero principalmente en esta etapa): surgen en el niño las primeras ideas de hombre y de papá.

En los años cuarto y quinto comenzaba su conciencia de sí mismo —su propio conocimiento—, y formaba incipientemente los conceptos, también rudimentarios pero fundamentales, de familia y, si tenía hermanitos, también de fraternidad.

Para cuando el niño cumplía 5 años, no sólo ya había preconceptualizado las nociones fundamentales de su vida personal y familiar, sino que, como antaño no había para los padres tanta demanda de consumir por consumir y no existían los afanes del tráfico y el atafago de la moderna vida laboral, había recibido gran estabilidad emocional y afectiva: los padres tenían más tiempo para sus hijos, para la vida familiar: aunque no todos aprovechaban esa valiosísima oportunidad, la mayoría disfrutaba compartiendo con sus hijos, y así les infundía la seguridad de su amor, los proveía del hogar, ese nicho, ese refugio desde el cual podían salir a experimentar confiados la aventura de la vida.

Así, pues, estos 5 primeros años de vida marcan ¡y guían! definitivamente las vidas de todos los seres humanos.

 

Lo antinatural

Pero de esta naturalidad en la vida familiar se salió a lo antinatural: aparecieron los jardines infantiles, las guarderías, salacunas y muchas alternativas más para que los papás puedan desentenderse de sus hijos pequeños para irse a trabajar, unas veces por absoluta necesidad y otras porque el mundo moderno, con sus ideas antinaturales, basadas casi exclusivamente en la búsqueda del placer, en el consumismo y en ese querer proyectar una buena imagen a los demás, ha distorsionado la esencia misma del niño, y lo ha relegado a un segundo lugar: para muchos padres primero están el trabajo, el dinero, su “espacio”…

Así comprendida la vida, el bienestar de los hijos se redujo a darles únicamente lo material; y los padres se dieron una tácita consigna: que cuantas más cosas materiales se les dé tanto más suplen su dolor (el de sus hijos y el suyo propio). Pero esta consigna es falsa: es un autoengaño para los padres y fuente de dolor y daños para sus hijos.

Es que con frecuencia no se tiene en cuenta que los niños, en la precariedad en la que se encuentran, no tienen otro recurso, otra “medida” para saber si son amados, que el tiempo que cada uno de sus padres le dedica: “Mi papá tiene tiempo para su trabajo pero no para mí; entonces ama más a su trabajo que a mí.” “No me ama.” Pero apenas perciben esa verdad, apenas la intuyen: la sienten —ni siquiera la entienden, solo la sufren— y, por supuesto, no tienen las herramientas necesarias para darle solución.

Y, como la esencia de la felicidad de un ser humano depende del amor que pueda dar (como se explicó más arriba), esos hijos serán seguramente infelices, aunque recibieran todas las cosas materiales del mundo, pues nadie les habría enseñado a amar realmente. Por más consejos que recibieran, por más conferencias que escucharan, por más libros que leyeran, no aprenderán jamás a amar, cosa que sólo se aprende experimentalmente (con hechos, no con palabras) cuando uno es amado con un amor auténtico, especialmente durante la etapa en la que absorbemos todo como por inercia: en la niñez.

Por lo que se dijo anteriormente, a esa edad no se tienen los medios para solucionar esta tragedia e intenso dolor. Y es una verdadera tragedia, porque daña la esencia misma del ser humano: ¡no aprendió a amar, no sabe amar! que es lo que más lo diferencia de los animales y, por ende, lo que más humano lo hace… He ahí el porqué de la intensidad de su dolor.

Comienza entonces —en unos— un deterioro de su situación afectiva, desarrollando una búsqueda enfermiza del amor y fuertes y continuas psicodependencias y altibajos afectivos y emocionales, con las que menos podrán aprender a amar ni a dejarse amar. Otros se enfrascarán en sí mismos, haciéndose pusilánimes (sin ánimo para emprender grandes empresas) y cobardes o se harán agresivos y violentos…, buscando en todos los casos ocultar su dolor… En fin, empiezan a aparecer los trastornos psicológicos más variados.

 

La tendencia homosexual

Una de las búsquedas angustiosas y enfermizas del amor es la tendencia homosexual.

Antes de explicarla, conviene saber que la homosexualidad no es genética, pues por el sexo cromosómico o genético, sabemos que los hombres homosexuales tienen el cromosoma «Y» en todas las células de su organismo, como cualquier hombre no-homosexual; y que ninguna de las mujeres lesbianas tienen ese cromosoma: son mujeres.

Se puede decir entonces, que el sexo nace antes que nosotros. Somos varones o hembras desde el día de la fecundación y lo somos de manera irreversible: el desarrollo de las hormonas masculinas (testosterona) y femeninas (estrógenos y progesterona) depende precisamente del sexo genético; el funcionamiento del sistema nervioso, los ciclos periódicos y la configuración física de nuestra sexualidad no son otra cosa que resultados naturales del sexo genético.

Quiere decir esto que la homosexualidad no es natural ni tampoco lo es la tendencia homosexual.

 

Cómo se da la tendencia homosexual

Según los últimos análisis psicológicos realizados en estos individuos, el ingrediente que más puede incidir para que aparezca la propensión a la conducta homosexual masculina es la ausencia de cariño paterno.

Esto ocurre porque, en el niño la imagen paterno–masculina se entremezcla en su cerebro infantil, sin que pueda hacer una distinción clara de ambos conceptos–personas. Al crecer, justamente por la carencia afectiva, les cuesta mucho más trabajo, en el proceso de maduración, deshacer ese conflicto. En esas condiciones, se opta por conseguir ese cariño inexistente o pobre, a toda costa, en un afecto varonil. Este factor, pues, es determinante.

El caso de las mujeres —más raro que el de los hombres pero más frecuente de lo que se suele creer— se desarrolla también con más facilidad si falta el cariño paterno, aunque la secuencia psicológica es distinta: Por la carencia afectiva del padre, algunas de ellas desarrollan —sobre todo cuando el papá fue violento con la mamá— una aversión contra el sexo masculino, que a veces llega hasta el odio. De ahí que sólo aceptan relaciones abiertas y confiadas con las mujeres, mientras que a los hombres los consideran seres despreciables u odiables, con quienes no conviene interrelacionar, ni compartir abiertamente con ellos las emociones de la vida y, mucho menos, la entrega de sus afectos…

 

Conclusión

Ya que el movimiento hacia lo natural se está dando en todo el mundo y en todas las áreas de la vida del ser humano, conviene también que se propicie en el ámbito de la familia: es necesario fomentar lo natural en la familia, lo que siempre se ha llamado paternidad y maternidad responsables: que los padres evalúen si van a tener suficiente TIEMPO (es decir: amor) para darle a su hijo, antes de pensar en concebirlo.

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Infidelidad de los hombres: ¿culpa de las esposas?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 6, 2015

En una misa, un sacerdote dijo, dirigiéndose a las mujeres presentes:

“¿Saben por qué sus maridos se consiguen otras mujeres? —Porque ustedes no los atienden.”

¿Es posible que alguien crea esto?

Si una esposa no “atiende” a su marido — y él la ama—, no se va a buscar otras mujeres, precisamente porque la ama, pues el amor auténtico es fiel; la única razón para la infidelidad es el desamor.

Además, los seres humanos no se dejan llevar por los instintos: a diferencia de los animales, tienen voluntad, voluntad libre.

Aunque el cura no se dé cuenta, su criterio hace de todos los hombres unos imbéciles, esclavos de sus pasiones —unos animalitos— y, de paso, carga a sus esposas de las culpas de sus maridos: ¡además del sufrimiento que les produce la infidelidad de sus maridos, según este sacerdote, deben asumir el pecado de sus pervertidos esposos!

 

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Crisis de madres

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 1, 2015

Madres, crisisLa característica que más nos diferencia de los animales, más allá de la inteligencia y de la facultad de decidir —la voluntad—, es nuestra capacidad de amar, de amar hasta el extremo de olvidarnos de nosotros mismos por alcanzar el bien de quien amamos.

El amor maternal es el que mejor lo puede expresar: una mamá es capaz de dejarse matar por su hijo. No así los animales: las madres animales defienden su cría de los predadores solamente hasta cuando deben escoger cuál vida salvar, y optan entonces por abandonar a su cría y salvarse.

El ser humano puede definirse, por lo tanto, como aquel ser vivo que ama. Quiere decir esto que nuestra esencia radica en el amor.

Es por eso que lo que más nos realiza como seres humanos es amar y ser amados y, en consecuencia, lo que más daño nos hace es no amar ni ser amados.

De esta verdad se deriva que la mayoría de los problemas afectivos y emocionales del hombre se forjan en su etapa de formación más tempana, la infancia o niñez, que es la fase de desarrollo comprendida entre el nacimiento y la prepubertad (hacia los doce años de edad), pues todo ser humano requiere en esa época de una dosis de amor suficiente, para ser estable en ambos aspectos de su vida: el afectivo y el emocional.

Si un individuo recibe bajos niveles de nutrición en esta etapa de desarrollo presentará un índice de crecimiento biológico menor y quedará más propenso a determinadas enfermedades. Asimismo, si durante esos años una persona recibe una dosis de amor inferior a la que se requiere, no solamente sufrirá esa carencia sin poder entenderla, sino que, por no tener las herramientas necesarias para solucionarla, ocultarla, disimularla o, al menos, tratar de vivir sin que le produzca muchos daños, esa carencia afectiva derivará en una incapacidad para dar y darse en una entrega recíproca de amor, pues en las relaciones que tenga como joven y adulto sólo buscará suplir de alguna manera lo que no recibió en la infancia.

Por eso, hay individuos que buscan denodadamente a alguna persona a quién reclamarle el amor que tanto les faltó —y les falta—, depositando en ella todos sus afectos de manera enfermiza, posesiva y siempre psicodependiente, mientras que otros tratarán de abstraerse del amor por todos los medios, para no tener que sufrir nunca… Esto, como se vio más arriba, impedirá que la persona pueda realizarse y ser feliz.

Además de la disfunción en las relaciones interpersonales que todos estos individuos presentan, también adolecen de inestabilidades emocionales, que los harán más proclives que otros a sufrir muchas patologías psicológicas, como estrés, ansiedad, angustia, depresión, agresividad o cobardías y pusilanimidades, etc.

Durante la mencionada etapa de la infancia, por la precariedad de sus juicios y criterios, el niño no tiene otra medida para evaluar el amor que el tiempo que se le dedica:

—Mi mamá no tiene tiempo para mí; eso quiere decir que no me ama.

Quizás algunos —más creciditos— sean capaces de deducir:

—A mi mamá le interesa más el trabajo que estar conmigo; por lo tanto ama más su trabajo que a mí.

Es verdad que siempre se ha presentado el caso de parejas de esposos que, por sus escasos ingresos y para cubrir las necesidades básicas suyas y de sus hijos, ambos deben trabajar. Pero en los tiempos modernos muchas mamás están también ausentes en las vidas de sus hijos: unas porque desean “realizarse” como profesionales; otras, porque creen que es más importante forjarles a sus hijos un futuro económico estable que un futuro psicoafectivo y psicoemocional estable.

“Todos esos son criterios retrógrados”, afirman algunos pero, por desprenderse de la esencia del ser humano, son perennes e inmutables.

Basado en ellos, el lector decidirá si tiene hijos y, en caso afirmativo, cuántos.

El lector decidirá así el futuro de la humanidad: Hombres y mujeres sanos o enfermos; felices o desdichados.

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Amor es…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 8, 2012

Cada ser humano tiene, basado primero en las circunstancias sociales en las que nació y creció, y también en las experiencias personales, una propia y casi exclusiva visión personal del amor verdadero.

Una vez que se enuncia la pregunta: “¿Qué es el amor?”, las respuestas son tan numerosas, y a veces tan dispares, que algunos han declinado en la lucha por lograr explicarlo.

Debe concluirse que si todos tenemos una versión propia acerca del amor, muchos serán los equivocados. Aunque obvio, esto no deja de ser sorprendente: aparte de la razón y la voluntad -y aun por encima de ellas- el amor es lo que nos diferencia de los otros seres y esto es, paradójicamente, una de las cosas que menos se conoce.

He aquí el por qué de tantos fracasos matrimoniales.

Sin embargo, algunas de las definiciones tienen, al menos, una dirección similar -algo que es un consenso- basados en lo cual, se puede lograr un acercamiento inicial:

Se ha afirmado con certeza que el amor de una madre es el amor más perfecto que existe y que los hijos nunca logran amar tanto a sus madres. Y así es efectivamente: el amor materno es desinteresado y no busca recompensa.

Analicemos la conducta de las madres:

Una madre es capaz de aguantar los mareos, vómitos y hasta desmayos del primer trimestre del embarazo producidos por el cambio hormonal; una madre es capaz de soportar el peso y las incomodidades de los últimos meses; una madre es capaz de sufrir los dolores del parto o aceptar la cesárea, si es necesaria. Todo a cambio de que su hijo nazca bien y sea sano.

Una madre es tan fuerte, que amamanta a su hijo, so pena de que le muerdan los pezones, muchas veces hasta que aparezcan grietas y aun cuando sangran; una madre es tan fuerte que se levanta todas las veces que considere necesario para verificar que su hijo está bien o para darle de comer; una madre es tan fuerte que le cambia los pañales cada vez que llora por la incomodidad que le produce la humedad, haciendo a un lado el asco de oler y/o untarse…

Si su hijo llega a enfermarse, no repara en gasto de tiempo, sueño, dinero, etc. para que ceda o desaparezca su malestar…

Más adelante, cuando su hijo crezca lo seguirá amando con la misma fuerza y lo defenderá de los demás, si quieren dañarlo física o psicológicamente.

Y, aunque se comporte como un mal hijo, siempre lo perdonará, olvidará con facilidad las veces que la ofenda… lo disculpará ante los demás y hablará siempre muy bien de él…

Sólo una madre puede ser ejemplo del verdadero de amor.

Al hacer un análisis del amor materno, se puede observar que en la mayoría de los casos la madre no solo es capaz de hacer muchas cosas por su hijo, sino de privarse de sus necesidades más esenciales por lograrlo; además, no repara en esfuerzos y, siempre, sin esperar nada a cambio.

¿Se encontrará un amor igual en la tierra? Nadie ama o perdona tanto como una madre (y, efectivamente, nadie hace por su madre todo lo que ella hace por él).

Todo esto es entrega desinteresada. Todo esto es sacrificio. Todo esto es amor.

Por tanto el amor es sacrificio.

No significa sacrificio sino que es sacrificio.

De modo que si se quiere saber cuánto se ama, se debe preguntar cuánto se ha sacrificado por ese ser, objeto del cual es ese posible amor.

En cambio, el medio ambiente social y, muy especialmente, los medios de comunicación, hacen que el hombre actual crea que el amor son otros valores:

Cada vez que en una propaganda se muestra un hombre o una mujer siempre jóvenes, esbeltos, atractivos, con un cuerpo sensual, rodeado de aclamaciones, siempre sonriente, quizá fumando un cigarrillo, quizá comprando una beca para estudiar, tal vez adquiriendo determinado producto, el televidente, el cinéfilo o el lector reciben en el subconsciente la idea de que “gozar” es la felicidad.

En este contexto es imperante analizar la palabra “gozar”: gozar es usar algo y experimentar placer con ello.

Así, el joven en proceso de formación va creando en su interior el concepto claro e irrefutable de que todo lo que le produzca placer es bueno para él, y por tanto, útil en la búsqueda de la felicidad.

En las relaciones interpersonales -y sobretodo teniendo en cuenta el marcado criterio machista de hoy- este modo de pensar hace que el muchacho frecuentemente encuentre a la mujer como “algo” que le pueda producir esa sensación de goce, y no alguien con quien quiera compartir su vida y a quien quiere hacer feliz, es decir, que la vea como un objeto de placer.

En las mujeres se da el mismo caso: si pretenden llenar su vacío de amor -circunstancia más frecuente de lo que pueda parecer-, o intentan simplemente “sentirse amadas” cuando buscan a su novio, estarán usándolo para experimentar ese placer meramente psicológico, y no ser su complemento para viajar juntos en pos de la felicidad.

Esta postura, conocida como el utilitarismo, es tratarse mutuamente como cosas: sólo para utilizarse, buscando así, como lo predica su máxima, el máximo de placer y el mínimo de pena y de dolor en la vida.

Si se analiza con profundidad, el utilitarismo es imposible: en algunas ocasiones tendrá que ser placer para el otro (y no gozará del máximo placer), para que luego ese otro sea su fuente de placer.

Por eso este camino es ilógico: o somos destinatarios de ese placer o somos medios para el placer de otros; debo aceptar ser medio, pues eso considero al otro.

Si la miramos con detenimiento, esta posición es errada ya que el valor intrínseco de la persona -su propia dignidad- no puede subordinarse al valor del placer.

Si se traslada el utilitarismo al plano conyugal, se puede descubrir la razón más frecuente de los fracasos matrimoniales: cuando acaba el provecho común, no quedará nada.

Ante estas dos presentaciones de la felicidad del mundo moderno (el sacrificio como fuente verdadera de amor y el placer como medio para alcanzar la “felicidad”), el muchacho o la niña se ven frecuentemente impulsados a elegir la postura más fácil y la más cómoda: aunque el ejemplo del hogar -de la madre- haya sido de valores humanos y de entrega sin interés, los ojos, los oídos y, en general, los sentidos se irán tras los “dioses” del mundo moderno: el dinero, el placer, la comodidad, el prestigio…, y la felicidad individual de cada uno de los jóvenes, la de la pareja, la de la familia y la de la sociedad no pasarán de ser una ilusión.

En cambio, si la relación se basa en desear para el otro lo mejor, aun a costa de ceder en mis propios intereses, y el otro hace lo mismo, la armonía crecerá en ese hogar, el enriquecimiento con valores humanos no se hará esperar y se tendrán mayores facultades para educar a los hijos en ese mismo camino, lo cual sí hará un cambio paulatino en la sociedad.

Amar, entonces, no puede definirse sino como tender ambos al bien. Si tú eres un bien para mí y yo deseo el bien para ti, la relación ya no será el caminar de dos “yo” juntos, sino el de un “nosotros”. Este amor no morirá con la vejez, la enfermedad, la falta de dinero o la disminución de la líbido.

Es por eso que están equivocados quienes colocan el amor conyugal en una mesa cuyas cuatro patas son el amor, el dinero, la salud y la genitalidad, pues en el momento en que falle uno de esos cuatro pilares, tambaleará la relación. Si el amor conyugal se sostiene en un sólo pilar -el amor verdadero- que se abre en abanico para soportar todos los otros aspectos de la vida, que pasarán, obviamente, a un importante pero secundario lugar en sus vidas, el triunfo será más factible: si el dinero falta en ese hogar, no faltará la fuerza del amor para colaborar en su consecución; si la genitalidad de uno es menos fogosa o decrece, la capacidad de entrega generosa del otro la suplirá con su ternura; si aparece la enfermedad, siempre se tendrá quién vele amorosamente por él…; en fin, ante la presencia de cualquier circunstancia negativa -circunstancias que siempre se presentarán-, el amor sostendrá la relación.

Sólo el amor lo puede todo. Sólo con amor se solventarán las dificultades. Sólo la entrega generosa y desinteresada salvará a la familia, célula de la sociedad.

Pero volvamos un poco atrás en el tiempo: al noviazgo. Nada se quiere si no se conoce. Por eso es necesario pasar del atractivo que se siente inicialmente (atractivo hacia la persona, no a una parte) a la amistad, y luego, al cariño, antes de llegar al amor. El noviazgo es la etapa que madura ese amor. Además, el noviazgo inicia y desarrolla el proceso de adaptación que lleva al triunfo en la relación y, por ende, al matrimonio. Al no darse adecuadamente, llevará a la ruptura o a una unión desdichada.

Antes de tomar la determinación de casarse, entonces, es necesario que cada uno pueda valorar el amor que se tienen verificando cuántas veces el uno ha sido generoso con el otro, cuántas veces ha dejado a un lado sus intereses, metas e ilusiones personales en pro del otro; es decir cuántas veces se ha sacrificado por él.

Si ambos han demostrado esa capacidad de sacrificio -amor-, y lo han hecho en muchas ocasiones, podrán dar el salto a la unión definitiva contando con el mejor aliado: la generosidad, esto es ¡de nuevo! el amor.

En ese proceso, es necesario evadir las inclinaciones erróneas más frecuentes de cada sexo: el hombre tiende a pensar que el amor es genitalidad, mientras que la mujer se inclina a creer que el amor es sólo sentimentalismo. Ambos están equivocados, como vimos. El amor marital tiene sentimientos, tiene genitalidad, y tiene otros componentes pero, en esencia, es sacrificio.

Si la relación se sostiene en la genitalidad o en el sentimentalismo, como sucede tantas veces (por no decir siempre que fracasa), tarde o temprano sucumbirá.

Los novios pueden evaluarse personal y mutuamente en eso, en cambio, para los esposos esa evaluación casi siempre llegará tarde, especialmente si ya tienen hijos. He aquí la importancia del examen prematuro.

Es por eso que la entrega parcial y prematura, que se da con las relaciones genitales prematrimoniales puede llevar a la frustración: la entrega, como quedó claro, se debe dar en los tres planos para que sea verdadera y humana: entrega en lo espiritual, en lo psicológico y en lo biológico. Estas relaciones genitales son entrega, como su nombre lo dice, genital -biológica-, y es frecuente que los novios se den también en el aspecto psicológico temporalmente, pero su entrega no es espiritual, ya que está condicionada por el tiempo, y una entrega espiritual es para siempre, como se vio en el primer capítulo. Además, nunca una entrega verdadera tiene condiciones.

La prueba de amor más grande es el sacrificio; en ese contexto, si él espera hasta el matrimonio, estará probando su amor verdadero; no así si se hace como se acostumbra: que ella “pruebe su amor” entregándose en lo genital, convirtiéndose en objeto de manipulación y de placer del otro.

En fin, desear la felicidad del otro es la senda del amor verdadero. Pero desearla con los pensamientos, con los sentimientos, con las palabras y, especialmente, con las obras: trabajando por ella con todo el ahínco, con toda la fuerza de que se es capaz. Si la voluntad no cede a lo que no atrae más que a los sentidos y a los sentimientos, su propia aportación creadora en el amor no puede aparecer.

Por tanto, la formación de los jóvenes es fundamental: quienes tiendan a una entrega total tendrán más posibilidades de ser felices.

Debe enfatizarse sin cansancio lo que puede servir de resumen de estas líneas dedicadas al aspecto más humano del hombre: el amor: el amor vedadero implica una mutua entrega.

Llegamos así al final de este capítulo agregando tres características del amor verdadero:

1. El amor real es creciente, ya que está en una pendiente, no puede estancarse, pues rodará. Aquel que note que su amor no crece, que sepa que está disminuyendo.

2. El amor no espera, es afanado. Quien ama de veras quiere la unión lo más pronto posible. Los noviazgos largos son prueba, casi siempre, de que el amor no es verdadero, o mejor, de que sencillamente no hay amor.

3. El amor verdadero se hace extensivo a cada vez más personas: si se aprende a amar a una persona, se notará que cada vez se ensancha más el corazón para que quepan más y más personas a quienes querremos también con hechos.

La entrega

El amor matrimonial difiere de todos los otros modos de vivir el amor: consiste en el don total de la persona. Su esencia es el don de sí mismo, de su propio “yo”. Todos los modos de salir de sí mismo para ir hacia otra persona poniendo la mira en el bien de ella no van tan lejos como en el amor matrimonial. “Darse” es más que “querer el bien”.

Una vez que se ha afirmado el valor -la dignidad- de la otra persona, viene la pertenencia recíproca de ambos, comprometiéndose así mutuamente su libertad. Y este compromiso, paradójicamente, es libre.

Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión (común unión) de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal para la generación y educación de nuevas vidas: ese “nosotros” caminando hacia el enriquecimiento personal y la procreación, evidencia palpable y hermosísima de su amor y continuación de sus propios seres.

Esta entrega tiene cuatro características:

1. Es humana, es decir, es sensible y espiritual, lo que significa que la voluntad y la razón gobernarán a los instintos.

2. Es total, esto es sin condicionamientos o reservas.

3. Es fiel y exclusiva hasta la muerte, dicho de un modo más sencillo, es de uno con una y para siempre.

4. Por último, es fecunda, no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinada a propagarse suscitando nuevas vidas

Todo esto significa más que lo que puede parecer:

Con el concepto claro acerca de los tres planos en los que se manifiesta el amor, se puede afirmar con certeza que la entrega debe ser total e incondicionada en lo biológico, total e incondicionada en lo psicológico y total e incondicionada en lo espiritual. Sólo así se hablará de amor verdadero.

La entrega del ser humano, de acuerdo con su propia dignidad -espiritual-, debe ser total, sin reservas egoístas.

Cuando el acto está condicionado, este amor no existe: por ejemplo, cuando un hombre va a una película pornográfica, se exita genitalmente y llega a su casa a obtener satisfacción de esos instintos con su esposa, simplemente la está usando como objeto de placer; del mismo modo, si ella se siente apenada, por ejemplo, porque tuvo un disgusto con su madre y busca un “sentirse amada” pidiendo a su marido que tengan una relación genital, estará usándolo como objeto en lo psicológico…

La afectividad más en la mujer que en el hombre y la sensualidad en este pueden hacer que se equivoque el concepto acertado de entrega. La afectividad pura (las percepciones y las emociones que se experimentan en el trato) no puede sostener una relación y creer que esa afectividad es amor es causa de muchas decepciones. Al igual, después de un tiempo, cuando se desvela la pasión que guió la entrega, no quedará nada sólido. Y todo esto ocurre porque la entrega no fue total, se entregó parte (la afectividad o la sensualidad), no la totalidad de la persona.

Otro tanto ocurrirá si a la entrega se le ponen condiciones.

Para que un acto no esté condicionado, es necesario que, al darse, el ser humano asuma las consecuencias que con ello vengan, sin violar las leyes de la naturaleza, sin destruir el orden cosmológico: la biología seguirá su curso y ese acto tendrá sus consecuencias: el nacimiento, en los días fértiles, de un hijo.

Es así como el amor conyugal verdadero se va convirtiendo, sin perder su valor, sino más bien incrementándolo, en amor paternal y amor maternal.

Se puede ir concluyendo que, cuando la entrega conyugal es verdadera, siempre estará orientada hacia la preservación de la dignidad humana, no a la utilización del otro, y que estará también encaminada hacia la finalidad de la genitalidad: la procreación. Con esto, se logrará paulatinamente la maduración de cada uno de los componentes de la pareja y, lo que es igualmente valioso, la integración sexual de la totalidad de la personalidad de ambos.

El acto conyugal, entonces, tiene dos significados: el unitivo (que une a la pareja) y el paternal.

Por otro lado, esta transmutación gradual y enriquecedora de amor conyugal a amor paternal y maternal propiciará el bien de la comunidad, ya que la célula de la sociedad es la familia.

Un ejemplo didáctico de esto es cualquier enfermedad: cuando un órgano está afectado, como el hígado o el ojo, son sus células (los hepatocitos o los conos y bastones del ojo, respectivamente) las que tienen algún daño en su membrana, en su citoplasma o en su núcleo. En cambio, si las células están sanas, el órgano gozará de salud. De la misma forma, la sociedad siempre se verá afectada por la moralidad de sus familias. Una vez se establezcan la salvaguarda y la estabilidad de la familia, habrá salvaguarda y estabilidad en la comunidad.

En cambio, si la entrega no es total o está condicionada -y por tanto no es verdadera- los esposos estarán a la merced de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones, y un sentimentalismo irracional e inestable será, la mayor parte de las veces, su móvil. En esas condiciones será casi imposible hablar de sinceridad en la relación, y la seguridad de la fidelidad -requisito del amor- no existirá sostén. Es seguro, como se vio, que en estas circunstancias, el ego es el móvil de la relación, lo cual es casi siempre premonitorio del fracaso total.

Si ya son suficientes los hijos, ¿cuál anticonceptivo usar?

A. La píldora

En el año 1953, los doctores Pincus y Chang descubrieron la píldora anticonceptiva. Hoy muchas mujeres toman la píldora.

La base del tratamiento reside en suministrar al organismo una cantidad de hormonas sexuales femeninas que intentan frenar la liberación de las gonadotropinas de la hipófifis, de manera que no se produzca la maduración de los folículos ováricos ni la ovulación.

Pero parece que la información científica que los esposos tienen sobre los anticonceptivos es muy errada:

La píldora es el medicamento más “seguro” en las estadísticas (menos del 1% de “fracasos”).

Se presenta en pastillas de toma diaria, en inyecciones cada cierto tiempo y en forma subcutánea. Están compuestas por estrógenos y progesterona, ambas hormonas sexuales femeninas, que intentan evitar la ovulación y mudan el estado del endometrio (parte interna del útero) para que el huevo fecundado no anide, no se adhiera a su madre.

Lo que poco se publica es que estos medicamentos producen muchos efectos secundarios, principalmente trastornos vasculares: tromboflevitis y flevotrombosis, razón por la que muchas pacientes se encuentran en hospitales por infartos de miocardio y trombosis cerebral; además se reportan casos de hipertensión. Fuera de estos, los libros y revistas científicos informan sobre alteraciones del ciclo menstrual, problemas digestivos, nerviosos y hepáticos, alteraciones mamarias, trastornos metabólicos y cutáneos, todos estos de larga descripción y por ello, imposible de reseñar completamente.

Los síntomas son dolores de cabeza o náuseas, pero hay otros de menor incidencia, como el aumento de peso, que se presenta sobretodo en aquellas mujeres que tienen cierta predisposición a la obesidad. Para contrarrestar estos efectos adversos se ha optado por disminuir las dosis de hormonas contenidas en las pastillas anticonceptivas.

Algunas veces, al dejar la píldora después de haberla tomado largo tiempo, aparece una amenorrea transitoria. Esto sucede porque el organismo se habitúa a las hormonas que contiene la píldora y, al faltar esta, necesita tiempo para recobrar su ritmo hormonal normal.

Pero lo peor de todo es que se ha probado que, ya que falla con alguna frecuencia como anovulatorio, actúa como abortivo: el medicamento mata al nuevo ser humano. He aquí la explicación:

De acuerdo con los últimos descubrimientos científicos en genética, el nuevo ser humano aparece con la fecundación: los 46 genes que ya posee el óvulo fecundado (23 de la madre y 23 del padre) hacen de él un ser único espiritual y biológicamente: son ellos los que guían la construcción del cerebro, establecen el color de los ojos, de la piel y de los cabellos, el sexo, las huellas digitales, la talla aproximada, algunos rasgos de la personalidad, etc.

Sin embargo, como se vio, los anticonceptivos orales permiten la ovulación: un óvulo sale a la trompa de Falopio, donde puede ser fecundado por un espermatozoide. La pareja continúa tranquila sus cópulas sexuales, pues la paciente sigue tomando el medicamento.

En un estadio del ciclo, los estrógenos que se encuentran en los anticonceptivos orales aumentan la movilidad del nuevo ser humano -óvulo fecundado- y hacen que llegue al útero muy joven (antes de estar preparado para asentarse en él) y muera.

La progesterona, por el contrario, disminuye su movilidad, haciendo que el óvulo fecundado llegue tarde al útero, cuando ya está muerto, por falta de nutrición.

Así mismo, el anticonceptivo actúa sobre la mucosa del útero, impidiendo que el endometrio o pared interna de la matriz quede dispuesto para recibir el óvulo fecundado.

Al disminuir las dosis de hormonas contenidas en las pastillas anticonceptivas para corregir los efectos adversos, como se dijo anteriormente, se corre aún más riesgo.

Con esto se concluye que los anticonceptivos orales o “píldoras” matan a ese

nuevo ser humano, es decir, actúan como abortivos.

Desde hace tiempo se conocen estos mecanismos abortivos de la famosa “píldora”, pero se han ocultado sistemáticamente.

Así, hoy es imposible estar de acuerdo con el uso los anticonceptivos orales, sin estar de acuerdo con el homicidio de inocentes.

Por otra parte, se ha probado que este, que es el método más utilizado -la píldora- afecta, por las hormonas que contiene, a la mujer, haciendo que esté agresiva, que se disminuya su líbido (apetito sexual) y otras consecuencias como trastornos emocionales, ya que las hormonas cambian su patrón psicológico, así como lo hacen durante el embarazo y, a veces, en los días que preceden a la menstruación.

B. El dispositivo intrauterino (DIU)

Con mayor índice de “fracasos” (cercano al 4%), y por eso mucho menos utilizado, el dispositivo intrauterino (DIU) es el tercer anticonceptivo más popular después de la píldora y el preservativo.

Es una pieza de plástico pequeña y flexible, de entre 2 y 4 centímetros de longitud, que se coloca en el útero. Actualmente los hay de varias formas y tamaños. Algunos tienen una envoltura de cobre que rodea al plástico y que va cayendo en el útero en pequeñas cantidades. Esta clase de DIU tiene que ser cambiado cada dos años más o menos, mientras que los que no llevan cobre pueden usarse indefinidamente. Todos ellos tienen unos hilos que cuelgan de la vagina, de modo que pueden extraerse fácilmente

El mecanismo de funcionamiento consiste en la producción de cambios en las células del revestimiento del útero o invirtiendo las contracciones uterinas. Ello dificulta la adherencia en el mismo de un óvulo fertilizado. Así ha probado también ser abortivo: como su nombre lo dice, está dentro (intra) del útero (uterino); allí mata al nuevo ser humano que, con seis o siete días de vida, llega buscando posarse en el endometrio. Fuera de eso, si un óvulo fecundado consiguiese implantarse allí, la presencia del DIU le impedirá proseguir su desarrollo.

No se sabe exactamente cómo se producen estos cambios, pero sí que cualquier cuerpo extraño introducido en el útero provoca la misma respuesta que una infección. La producción de células que atacan a los organismos invasores se incrementa y es posible que sean estas células las que hacen al endometrio inapropiado para el nuevo ser humano. El cobre que se emplea en algunos se utiliza porque se cree que tiene un efecto adicional en la acumulación de dichas células.

El DIU también puede provocar cambios en las paredes de las trompas de Falopio, haciendo que el óvulo descienda por ellas más de prisa y que no llegue en el momento adecuado.

Finalmente, se sabe de casos en los que el niño nace con el dispositivo atravesando su oreja o cualquier otra zona de la piel, lo cual induce a pensar que una muerte posterior también es posible.

Aunado a todo esto, los dispositivos intrauterinos favorecen a veces la formación de infecciones en el útero. Dichas infecciones, que se manifiestan con abundante flujo vaginal, pueden ser debidas a la irritación de la mucosa uterina originada por la implantación del DIU, o bien a la entrada de gérmenes procedentes de la vagina a través del cordón que asoma por el cuello del útero y que sirve también para comprobar la colocación correcta del aparato. En algunos casos las infecciones persisten a pesar del tratamiento, por lo cual es conveniente retirar el DIU.

Además, se presentan trastornos o inflamaciones dolorosas en el bajo vientre materno, con o sin procesos hemorrágicos graves, y hasta se han reportado casos de contracciones uterinas que lo expulsan.

Por último, el DIU favorece el embarazo ectópico (fuera del útero, generalmente en las trompas de Falopio) en el caso de que se haya producido una fecundación por falla en su mecanismo anticonceptivo. Este dispositivo altera los movimientos de los cilios (filamentos) del interior de las trompas, impidiendo con ello la progresión del óvulo fecundado hacia el útero.

C. El preservativo o condón de látex

Con un índice de embarazos que oscila entre el 5 y el 20 %, desplazó al obsoleto condón de membrana, que fracasaba más todavía.

El condón es una especie de funda que se coloca sobre el pene en erección para recoger el semen de la eyaculación del hombre. Casi siempre tiene un extremo en forma de tetilla para contener el semen, de manera que no se filtre por los lados o haga que el preservativo se filtre por los lados. Los hay para mujeres también; en este caso se colocan en la vagina antes de la penetración.

Es este uno de los métodos “de barrera”, junto con los diafragmas, y es el que se utiliza desde hace más tiempo. De hecho, antes del advenimiento de la píldora, era el anticonceptivo más popular.

El uso del preservativos no produce efectos orgánicos, pero se han reportado efectos psicológicos, especialmente en el hombre: algunos se sienten incómodos al colocárselo o al retirárselo. Además, tanto en ellos como en las mujeres se presenta con frecuencia la queja de disminución de la sensibilidad.

Por el índice de fracasos tan alto, algunos trabajadores en la planificación familiar recomiendan el uso adicional de un espermaticida, una sustancia química que mata a los espermatozoides (a veces esta sustancia viene recubriendo el condón), para tener una mayor protección. Así mismo, recomiendan lubricar el condón con una sustancia -además del lubricante con el que ahora vienen-, con el fin de disminuir el riesgo de rotura, y especialmente para impedir que la mujer sienta dolor debido a la fricción del caucho. Se añade que no se use vaselina o cierto tipo de cremas que puedan estropear el látex, disminuir sus características o producir sequedad de la lubricación natural de la vagina. Las precauciones incluyen no “herirlo” con las uñas, el adecuado desenrollado, comprobar la fecha de envoltura, no exponerlo al calor y otros cuidados adicionales que son los que hacen que el índice de fracasos sea tan variado.

Aun en el caso de que se sigan todas esas instrucciones, en el mejor de los casos, el índice de embarazos no baja del 5%. Por ese fracaso tan alto como anticonceptivo, hoy se usa más como profiláctico de enfermedades de transmisión sexual y, en forma errónea, como se comprobó científicamente en el III capítulo, para prevenir la infección del sida (ver: “D. Sida y otras enfermedades”).

D. Ovulos, cremas espermicidas, diafragmas, esponjas y otros

Realmente despreciables desde el punto de vista eficacia (el índice de embarazos es muy alto), estas técnicas se han ido dejando de lado.

E. Cirugías: vasectomía y ligadura de trompas

La vasectomía (corte y ligadura del conducto deferente) en los hombres impide el paso de los espermatozoides desde los testículos a la uretra. El hombre que se ha sometido a esta intervención no dispone de espermatozoides en su semen, por lo que es incapaz de fecundar. Sin embargo, seguirá teniendo eyaculaciones normales, expulsando la secreción elaborada en las vesículas seminales y en la próstata.

La persona que se somete a una vasectomía debería considerar que este medio de esterilización es irreversible. Algunas veces, es posible intentar unir de nuevo los extremos del conducto deferente que se seccionó. Si el tubo se permeabiliza, los espermatozoides vuelven a poder atravezarlo, aunque no hay la seguridad de que tal cosa ocurra. También cabe que, en el transcurso de la vasectomía, algunos espermatozoides salgan del conducto seccionado y entren en contacto con el tejido interno. En tal caso se formarán anticuerpos contra los espermatozoides, que los dañarían si se unen de nuevo los conductos.

En la mujer se hace la ligadura de trompas (las trompas de Falopio, que comunican al ovario con el útero). Además de los riesgos que conlleva este tipo de intervenciones quirúrgicas, dejan al paciente sin la posibilidad de engendrar nuevos hijos en caso de que en el futuro así lo deseen.

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Hasta aquí los análisis de los anticonceptivos artificiales desde el punto de vista eminentemente científico, por supuesto menos importantes siempre que el humano, del que se puede decir lo siguiente:

Los anticonceptivos artificiales destruyen el orden cosmológico del que ya se ha escrito suficiente, ya que con ellos se hace a un lado el aspecto natural de la concepción (resultado final de la cópula en los períodos fértiles), se rompe la unidad biología-psicología-espiritualidad, propia del ser humano, desordenando así la esencia de la relación marital.

Si alguien busca en una relación únicamente el placer que le depara, estará dejando de lado partes esenciales de su condición humana, como son el aspecto psicológico y el aspecto espiritual, y su acción será meramente carnal. Así mismo, si lo que busca con esa acción es satisfacer la necesidad de sentirse deseado o incluso “amado” (si a esto se le puede llamar amor verdadero) estará mutando también la finalidad del acto y denigrándose a sí mismo.

Por esa razón, en ambas circunstancias, el hombre descubre un alto grado de insatisfacción que nace de la sensación de haber utilizado al otro o haber sido utilizado. Aunque esta sensación quiera ser considerada fútil, intrascendente o de poca importancia, siempre quedará ese sabor amargo de la entrega parcial, que es uno de los aspectos que dan explicación a la gran inestabilidad matrimonial de nuestros días.

La entrega con condiciones hace de los cónyuges un par de cómplices de una acción utilitarista, aun cuando se haya hecho de común acuerdo, ya que ambos se estarían utilizando recíprocamente; además, esta es una entrega parcial y, por lo tanto, no sincera, un acto que destruye la estabilidad de cada uno de los individuos y de la pareja, dando al traste con una de las principales finalidades de la unión matrimonial, la educación de la prole, quienes frecuentemente no podrán desarrollarse desde el punto de vista psicológico y espiritual sin asistencia profesional especializada.

Como se comprenderá, la trascendencia de esta circunstancia en la sociedad se observa hoy: muchos de los niños que mañana serán los motores del mundo están creciendo sin uno de sus padres y en una situación precaria de educación humana integral (emocional, espiritual, cultural y de conocimientos) que culminará en un retroceso en la moral de muchas naciones, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida de los hombres y de su relación con los demás.

Además, con el uso de los anticonceptivos artificiales se abrió un camino fácil y amplio para la infidelidad conyugal y se impulsó aún más la pérdida del respeto por la mujer.

Uno de los acontecimientos que impulsó la creación de los anticonceptivos fue que en 1798 Thomas Robert Malthus dijo que “el poder de la población es infinitamente más grande que el poder de la tierra para producir subsistencia para el hombre”. Pero Malthus olvidó que el poder de la inteligencia y de la fuerza de voluntad, actitudes que distinguen al hombre de los seres irracionales, da siempre paso a nuevas opciones, uno de cuyos ejemplos de las cuales son los cultivos hidropónicos, donde se multiplican los sembrados, fuera de la tierra.

Si, en cambio, los padres conocen los últimos avances científicos sobre métodos anticonceptivos naturales, los cuales han demostrado gran eficacia, podrán decidir con responsabilidad no tener más hijos, sin detrimento de su salud corporal, psicológica y/o espiritual.

Como se explicó anteriormente, sólo 4 días de un ciclo promedio de 28 son fértiles. Si se tiene en cuenta que la variabilidad biológica es grande, este lapso debe aumentarse para tener absoluta seguridad en el control de la natalidad. Por eso se habla de 11 días fértiles.

Pero esos once días se pueden reducir con estos métodos.

(Como se verá, conocer estos tiempos son el mejor método para lograr la concepción, en los casos en los que esta ha sido difícil.)

No se tratará aquí del método llamado del “ritmo” o de Ogino, ya que este método se considera hoy la historia de los métodos naturales.

F. El método del moco cervical, de la ovulación o Billings

Este método, desarrollado por el doctor Billings, médico australiano, enseña a las mujeres a examinar sus secreciones vaginales diarias para detectar cambios en la cantidad y calidad del fluido del cuello uterino, o moco cervical. Hasta la fecha es el mejor método para predecir cuándo se va a producir la ovulación.

A medida que el ciclo menstrual de la mujer avanza, la cantidad, color y consistencia de las secreciones mucosas del cuello del útero van cambiando probablemente como resultado de los cambios en lo niveles de estrógenos y progesterona del cuerpo. Al principio del mes (es decir, el primer día de la menstruación) hay más estrógeno circulando por la sangre y después de la ovulación, más progesterona.

En las fases iniciales del ciclo, inmediatamente después de la menstruación, puede haber uno o dos días “secos” con muy poca secreción evidente. La mucosidad normal es espesa y pegajosa durante estos días y forma una especie de tapón en el cuello uterino que impide el paso del esperma.

A medida que se acerca la ovulación, la mucosidad aumenta en cantidad y se vuelve viscosa y elástica -su textura es parecida a la de una clara de huevo-. En este momento, la mujer puede experimentar una sensación de humedad y “apertura” en su zona vaginal y puede observar esa mucosidad muy fácilmente. Fue sorprendente para muchos ginecólogos enterarse de qué tan bien puede la mujer identificar ese tipo de flujo. Es suficiente entonces explicarles eso y enseñarles a aplicar el método.

Esa secreción más clara y menos espesa permite el paso de los espermatozoides en dirección al óvulo y va aumentando en cantidad hasta el último día o día cumbre, lo que indica que la ovulación es inminente, antes de adoptar de nuevo una consistencia más turbia y espesa que precede a la sequedad de la siguiente fase.

Tan pronto como la paciente detecte el menor indicio de este moco más claro y elástico debe abstenerse de practicar el coito hasta 4 días después del último día en que la paciente puede detectar la menor evidencia de la misma, no importa cuál sea su cantidad.

Desde el cuarto día después del día cumbre hasta la menstruación (en un ciclo promedio de 28 días, esto representa aproximadamente unos 10 días) se puede considerar que la mujer no es fértil.

Aunque no es imprescindible, conviene espaciar la relaciones genitales cada dos días, para obviar la presencia del semen que podría, eventualmente, confundirse con la mucosidad vaginal.

Se han hecho pruebas que demuestran que muchas mujeres pueden identificar perfectamente los síntomas de sus mucosidades, lo cual permite que ellas puedan distinguirlas de las que se producen por aumentos patológicos.

Su fiabilidad está cerca al  98.5%, según datos de la Organización Mundial de la Salud y, según las investigaciones llevadas a cabo por el doctor Billings, al 99.2%.

G. El control de la temperatura basal

El fundamento del método de control de la temperatura basal reside en el aumento que experimenta la temperatura corporal inmediatamente después de la ovulación. El incremento de la temperatura se debe al efecto de la progesterona, cuya presencia en el torrente circulatorio es mayor durante y después de la ovulación.

El término “temperatura basal” se refiere a la temperatura del cuerpo en completo reposo. Por lo tanto, debe tomarse diariamente por la mañana, en el momento de despertarse, en ayunas y antes de levantarse de la cama. Se utiliza un termómetro corriente, que puede aplicarse en cualquiera de las cavidades del cuerpo (boca, vagina o recto), si bien es necesario que sea siempre la misma. Si se desea hay termómetros especiales marcados con décimas de grado que pueden ser más útiles para ese fin. El resultado ha de observarse transcurridos 5 minutos desde la postura del termómetro.

En la primera parte del ciclo, la temperatura de la mujer, en circunstancias normales, se encuentra entre los 35,5 y los 36,5 grados centígrados. A causa de los antes aludidos cambios hormonales hay un aumento de temperatura que oscila entre 0,2 y 0,5 grados centígrados. Si se detecta esta fase es posible determinar, no sólo el período fértil de la mujer para casos de infertilidad, sino todos los días infértliles de cada ciclo, con el fin de espaciar o evitar el nacimiento de nuevos hijos. De este modo, se calcula que el tiempo de infecundidad segura va desde el tercer o cuarto día hasta los primeros días que siguen a la menstruación próxima.

H. El método síntomo-térmico, de la doble verificación o muco-térmico

Este método combina tres sistemas diferentes con el objeto de aumentar la efectividad y predecir más exactamente en número de días fériles. Por ejemplo, combinando el método Billings y el de la temperatura, se pueden predecir el inicio de su período fértil obsevando sus mucosidades y anotando los aumentos de temperatura y los cambios posteriores en la secreción mucosa.

Con un poco de entrenamiento y observación también se puede aprender a detectar los diversos síntomas que indican la ovulación en un gran número de mujeres. Por ejemplo, algunas mujeres pueden detectar un leve dolor punzante en la parte baja y posterior del abdomen acompañada de una sensación de calambre. Esto se conoce como mittelschmerz. También se puede observar una ligera pérdida de sangre, fenómeno conocido como “punteo”. Malestar en el pecho, dolores de cabeza, depresiones recurrentes en momentos determinados del ciclo, también pueden ser indicios de que se está apunto de ovular. Algunos de estos cambios pueden ser muy sutiles y naturalmente varían mucho en cada caso, por eso, si se practica este método es bueno fijarse bien en los cambios que se produzcan en su cuerpo, pues no hay reglas generales aplicables a todas las mujeres. No obstante, casi todas las mujeres tienen una facilidad inmensa para observar y “sentir” los cambios propios de su cuerpo y de su funcionamiento fisiológico.

Vale la pena añadir que aunque todos estos métodos son buenos (bien manejados alcanzan un promedio del 98% de eficacia) es muy importante que la paciente, con ayuda de su esposo, elija el que mejor se adecue a su fisiología y a su personalidad.

I. El PG 56

Ahora se dispone de un sistema llamado PG 56, que consiste en un lente con el que se observa el moco: en el caso de que este se trate de un moco ovulatorio, se podrá ver una estructura parecida a la de un helecho. Si esto es así se sabrá, con certeza, que se está produciendo la ovulación y, por tanto, que no se deben tener relaciones genitales si no se desean tener hijos.

Su precio es bastante bajo, teniendo en cuenta que puede servir durante muchos años, e incluso de por vida.

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Si un hombre no es capaz de esperar a que pase la menstruación de su esposa para tener relaciones genitales, simplemente porque a ella le disgusta hacerlo durante esos días, se podrá verificar qué tan poco la ama, qué tan importante para él es lo genital en la relación y tal vez qué era lo que buscaba.

¿Qué pensar entonces de otro que no pueda esperar unos días por amor y por decisión mutua? Se trata simplemente de dominar las energías de la naturaleza y orientarlas al bien personal, conyugal, familiar y social: la ganancia es muy grande comparada con el esfuerzo que se realiza:

Estos métodos no agreden a ninguno de los cónyuges, ni química, ni mecánicamente. Son métodos reversibles. Pueden ser usados por cualquier pareja. Se acomodan a cualquier irregularidad menstrual, por grande que sea. Y son gratuitos.

Además, los métodos artificiales comprometen, casi siempre, a la mujer, y algunas veces -si se usa el condón- al hombre, lo cual hace injusta la relación: se le da la responsabilidad a uno sólo de los cónyuges. En cambio, con los métodos naturales se comprometen ambos en pro del bien común.

Todos estos métodos siguen los lineamientos de la naturaleza -no rompen el orden cosmológico- y, al requerir cierta dosis de dominio de la razón sobre los instintos, están a la altura de la dignidad del ser humano y lo engrandecen, ya que ese espíritu de sacrificio -es decir, amor verdadero (del que se habló bastante en el capítulo anterior)- los probará cada cierto tiempo y hará de su matrimonio una unión tan fuerte que nada ni nadie podrá destruir. La experiencia personal de muchas parejas -incluyendo la del autor de estas líneas, quien quiere participarlo a todos para que se amen con la misma fuerza- es prueba evidente de ello.

Todos los que se han animado a utilizar estos métodos naturales desean gritar al mundo entero que esta vía es una cadena de aspectos positivos que llevan a la felicidad conyugal: al disminuir la esclavitud de las pasiones, crece cierto instinto espiritual, ese enriquecimiento con valores espirituales hace que la lucha contra el egoísmo -cuna del desamor- sea mayor y más expedita y, lo que es mejor, se incrementa la capacidad para educar a los hijos, ya que el espíritu de sacrificio entrena a los cónyuges para crecer en ese amor, el cual, con el ejemplo, edificará un hogar compuesto por seres que saben anteponer la felicidad del otro a su egoísmo. Con este ambiente “en el aire” los hijos respirarán la alegría de dar, única capaz de granjearles la verdadera felicidad.

Ahora sí se puede hablar de paternidad responsable. Responsable viene del latín “responsum”, supino de “respondêre”, responder. Responder a los actos que libremente realizamos, es decir, saber respetar el orden cosmológico, no violarlo para destruirnos; saber que los genitales, como su nombre lo dice están en el cuerpo para generar nuevas vidas; saber que sólo somos libres cuando los instintos son dominados por la voluntad, guiada por la inteligencia; saber que lo que más diferencia al ser humano de las bestias es el amor…

 

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

 

 Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

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Infidelidad: ¿avance del ser humano o retroceso?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 10, 2010

 

 La fecha exacta de la aparición del homo sapiens es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que sucedió entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

A continuación se detallarán algunas de las características que hacen a este ser tan especial:

1)  Si se compara un computador con el cerebro del homo sapiens, se infiere inmediatamente que al computador hay que decirle qué hacer, mientras que el cerebro hace las cosas por su cuenta. La capacidad creadora independiente del cerebro hace que los humanos actuemos espontáneamente, y es la base de nuestra habilidad para pensar, planificar e influir drásticamente (para bien o para mal) sobre el medio ambiente. El mayor y más avanzado computador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software.

Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2)  Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3)  Los análisis realizados en chimpancés, especialmente los de la doctora Jane Goodall, a primera vista hacen pensar que en estos animales hay ciertas actitudes que algunos se aventuran a llamar “humanas”: maquinaciones, actitudes compasivas, engaños maquiavélicos, pequeñas muestras de lo que en el ser humano se llamaría ternura, violencia y crueldad.

Pero en los estudios psicológicos se rechaza la idea de que estas características, por sí mismas, puedan definir al ser humano. De hecho, las llamadas “actitudes compasivas” y la “ternura” se explican con el instinto: todos hemos visto moverse la cola de un perro al ver u oír a su amo, lamerse a las leonas entre sí, arroparse a los mapaches… Y nadie a pensado jamás llamar ser humano a los mapaches, a los leones, a los perros ni a ningún otro animal. En suma, esas son actitudes animales, no características humanas, aunque el hombre las eleva a un nivel que los animales no alcanzan.

En cambio, lo que sí admira, es la aparición de la solidaridad.

Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Pero, llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al leer la historia (o verla en cine o televisión) de tantos que han dado su vida por un ideal similar.

Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

4)  Hay pruebas de que la competencia sexual era menos evidente entre los hombres, que la de sus antecesores, los animales: apareció una especie de respeto por la mujer del prójimo.

Otro aspecto que algunos paleoantropólogos destacan es que, ya que en las especies anteriores al hombre había una diferencia notable entre las dimensiones corporales de los machos y las hembras, parece que los machos estaban rodeados de algo parecido a harenes de hembras.

Sin embargo, el homo sapiens cambió de actitud:

En una entrevista, Terrence Deacon (paleoantropólogo) amplía su explicación sobre el lenguaje así:

“Creo que el problema que se plantea al instalarse en un entorno en que la carne se convierte en un elemento necesario para criar a la prole es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder, y esto es algo que no puede representarse con un gruñido o un gesto. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.”

El homo sapiens fue el primero que entendió la responsabilidad de la paternidad, de la maternidad y del concepto “familia”; y esto desde el punto de vista natural (es lo natural en el ser humano), y en orden a la procreación de los hijos: el hijo debe ser educado para seguir enriqueciéndose en todos los ámbitos de la vida, pues su esencia es diferente de la de los demás seres vivos: puede ser cada vez más sabio, cada vez más hábil, cada vez más dueño de sí mismo, puede amar cada vez más…

Los matrimonios de hoy, con sus ritos, movimientos y sonidos, y en presencia de la sociedad (como dijo Terrence Deacon) son un desarrollo más del homo sapiens en su historia.

De aquí se desprende la idea de que la infidelidad es un retroceso del hombre a etapas anteriores.

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¿Formar o informar?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 7, 2010

Según el diccionario, formar significa criar, educar, adiestrar. Pero, ¿para qué? ¿Criar para que el individuo sea hábil produciendo dinero o para que pueda tener acceso al poder? ¿Educar para que logre llenarse del máximo placer? ¿Adiestrarlo para que consiga el aplauso y el reconocimiento de los demás?…

Desafortunadamente, además de informar (no de formar), a eso es a lo que se ha reducido la educación en muchas de las instituciones educativas y, lo que es peor, también en el seno de muchos hogares: pocos padres se preocupan por desarrollar las características que nos diferencian de los animales: la inteligencia, la voluntad y la capacidad de amar.

  1. Inteligencia para aprender a vivir con autoestima, para tener valores, para establecer unos principios morales que guíen las actuaciones y para saber elegir lo más valioso: laboriosidad, alegría, valentía, puntualidad, decoro, aprovechamiento del tiempo, discreción, reciedumbre, generosidad, cortesía, respeto, paciencia, simpatía, prudencia, magnanimidad, equidad, ecuanimidad, sinceridad, fidelidad, tolerancia, espíritu de servicio, sencillez, perseverancia, honestidad, honorabilidad, rectitud, sensatés, optimismo, sobriedad, tenacidad, lealtad…, y todas las virtudes que engrandecen al ser humano.

  2. Voluntad para optar siempre por todos esos valores y para ser capaces de decir: «no», cuando algo malo los tienta. Que los muchachos aprendan a negarse cuando los atraen las ganancias fraudulentas, el robo, la droga, la promiscuidad, las relaciones prematrimoniales, la deslealtad…, en una palabra, la maldad en cualquier forma o medida.

  3. Capacidad de amar, es decir, capacidad de salir de su egoísmo para aportar a los demás: que las virtudes escogidas por la inteligencia y forjadas con la voluntad se pongan al servicio del mundo, para hacerlo mejor.

Esto sí es formar; esto sí está a la altura de la dignidad del ser humano. Además, solo así habrá la posibilidad de cambiar el rumbo de la historia, que nos está llevando a una catástrofe.

  

 

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Las siete reglas de oro de la educación sexual

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 29, 2009

 

La procreación no termina, como en la mayoría de los animales, con el parto, la alimentación y protección durante los primeros días. En la especie humana, por la existencia de la inteligencia, la voluntad y el amor, es necesario completar la labor con la educación en todos los aspectos de sus vidas: la cultura, el bagaje de conocimientos, el aprecio de los bienes materiales, el amor, el comportamiento, las virtudes… todo lo que les pueda granjear su bienestar biológico, psicológico y espiritual.

Para lograr el justo medio entre la mojigatería y el libertinaje, como se acaba de describir, y así dejar un legado útil a los hijos con el que se encaminen hacia su felicidad, es necesario asentar la educación sexual en sus pilares fundamentales: el ejemplo, la confianza, la naturalidad, la verdad, la prevención, la prudencia y el decoro.

 

1. El ejemplo

Los niños están atentos a lo que Ud. hace y querrán hacerlo también, más si la relación padre–hijo o madre–hija es armónica.

Los adolescentes seguirán las pautas de coquetería y conquista que han visto en sus progenitores, cuando inicien su vida afectiva con sus amigas y amigos de distinto sexo.

Los jóvenes, aun en medio de la rebeldía propia de su edad, desarrollarán su personalidad individual en los cauces dejados por el ejemplo de los padres.

Y los adultos, pasada la etapa del conflicto generacional, retornarán para vivir indefectiblemente como los padres encaminaron su vida de relaciones interpersonales y de pareja, especialmente si llegan a faltar.

Casi ninguno escapa de esta “ley” de la vida. Es impresionante ver cómo se repite una y otra vez el viraje de rebeldía y, tras él, el retorno a las mismas costumbres que se vivieron en el primer hogar: de padres machistas, muchas veces se formarán hijos machistas; las hijas de las madres maltratadas, por un extraño concepto de similitud, casi siempre, y aunque manifiesten lo contrario, buscan esposos que, aunque las hagan sufrir, se parezcan a su padre. Así mismo, los hijos e hijas de padres y madres nobles y llenos de virtudes tienden a encontrar en sus novias y novios esas cualidades; algunas veces fallan en hallarlos y aparece el dolor.

Pero, generalmente, sólo el estudio de estos aspectos unido a una profunda perspicacia por parte de hijos ya maduros puede romper esta cadena. Por eso, el aspecto más relevante en la educación sexual, la principal regla de oro, es el ejemplo.

Aunado a esto, la fuerza de la educación reside principalmente en la vivencia personal. Sólo un padre fiel puede pretender, por ejemplo, que su hijo no se arriesgue a infectarse con el virus del sida o que su hija no quede embarazada durante la etapa escolar.

¿Cómo es posible enseñar principios morales si Ud. no los tiene? Si su hijo ve que Ud. los vive, le será más fácil seguir el ejemplo; igualmente, si Ud. tiene naturalidad, dice siempre la verdad, es decoroso, etc., obtendrá eficacia en la educación de sus hijos.

 

2. La confianza

¿Cómo lograr que sus hijos acudan a Ud. en caso de duda?

Esto no sucederá si Ud. no escucha con atención lo que su hijo le cuenta acerca de sus cosas, lo rechaza o simplemente si lo ignora, buscando la conversación con otros adultos. Tampoco será posible si, ante cualquier tema un poco “delicado” Ud. se escandaliza.

Para adquirir esa deseable confianza es necesario, primero, el diálogo: hable con su hijo, que su hijo sepa que puede hablar con Ud. de cualquier tema, que tenga la confianza de hablar cuando algo le preocupe. Esto es imposible si los temas que a su hijo le gusta tratar son vanos y superficiales para Ud.; en cambio, si Ud. les da la misma o más importancia a sus cosas que a las propias, encontrará un amigo en Ud. Eso lo llevará a explayarse siempre contándole todo, incluyendo los temas escabrosos, que ya no lo serán.

Es imperante insistir sin descanso en la calidad del trato con los hijos: así como el amor conyugal, el amor paternal y maternal también son sacrificio. ¿Se ha preguntado Ud. cuánto se “sacrifica” escuchando las cosas que sus hijos quieren contarle? ¿le parecen superfluas, intransigentes? Pues a ellos no. Póngase en sus circunstancias: acuérdese de cuando Ud. era niño y quería que sus padres lo atendieran y vivieran con Ud. las emociones de cada descubrimiento, de cada logro, de cada alegría… Si lo hace, ellos podrán contar con Ud. como amigo y Ud. podrá ayudarlos como tal y como padre.

¿Se da cuenta de lo tanto que gana un amor así? Pocos consejos se quedan tan grabados en la memoria de su hijo como cuando hay confianza y, lo que es mejor, la labor educativa no resultará desagradable para ninguno de los dos.

Para seguir cultivando esa amistad qué bueno es elogiar los esfuerzos de sus hijos, no sólo los triunfos. A veces los padres pecamos en ese sentido: si el muchacho o la muchacha lucha denodadamente por lograr algo y no lo hace, se sentirá frustrado cada vez que fracase, en cambio, si se le estimula, cada fracaso lo impulsará a seguir luchando, y es probable que por eso sea luego un triunfador. Así que anime en esa lucha, así disminuirá los altibajos, propios de esas edades y lo encaminará rápido a la madurez.

Un muro que a menudo se forma entre padres e hijos es el orgullo de los primeros: cuando un padre cree que el respeto es más importante que el amor y la comprensión, la comunicación se rompe y el trato se basa, a partir de ese momento, en el miedo. Acepte los propios errores: eso le hará ganar confianza, no sólo para que le comunique los suyos a Ud. sin temores, sino para que nunca se sienta desanimado en la lucha, pues sabrá que puede caer como Ud., y como Ud. levantarse.

Calma: el acaloramiento no lleva al bien del hijo, este casi nunca lo acepta y se resquebraja la relación. Si lo llega a hacer aprenda a pedir perdón. Sí, hay que repetirlo muchas veces (esta es otra forma de machismo), él es un ser humano, con una dignidad grande, como la suya.

Nunca critique a sus hijos, critique sus actuaciones, si es menester. Es muy distinto decir: “Qué estúpido eres”, que: “Lo que estás haciendo está mal”, o mejor aun: “estás equivocado”. Lo que más separa a un hijo de su padre es que este no sepa distinguir entre la ofensa y el ofensor: es bueno criticar la acción, es malo criticar a su hijo.

Y otra actitud que ayuda mucho a no romper el hilo filial y paternal es crear lazos de servicio y de responsabilidad: que los hijos sepan que están haciendo una contribución a la familia, que se sientan importantes, casi indispensables.

 

3. La naturalidad

Para obtener toda la confianza de un hijo, para que haga sus preguntas sobre sexualidad y aun sobre genitalidad a sus padres, es importante subrayarles que las preguntas sobre estos temas son, para los niños, tan normales como las que puede hacer a propósito del día y la noche, de la luz y de la sombra, o cualquier otro tema, puesto que este es un tópico natural, aunque, aveces, los adultos no lo vean así. Y aunque parezca excesivo lo que viene a continuación, no hay mejor manera que contestar a esas preguntas de la misma forma como se hace cuando las preguntas son acerca del día y la noche, de la luz y de la sombra o de cualquier otro tema considerado fatuo o intrascendente, obviamente, con la prudencia de contestar, como se verá en el subtítulo “F”, adecuándose a la edad, a las circunstancias y al momento.

Lo que no puede olvidarse es que si el tono de la voz o la actitud cambian, si, por ejemplo, ahora sí se le pone atención o si se da una evasiva a la respuesta, se creará en el subconsciente del niño o del joven una sensación de que “algo está mal”, de que “esto tiene cosas escondidas, secretos” o, lo que es peor, pero más frecuente, “esto no lo vuelvo a preguntar a papá o a mamá, sino a mis amigos”.

 

4. La verdad

Nunca, nunca, pero nunca mienta a su hijo.

Todos los sexólogos insisten en que todas las respuestas se deben dar en forma clara y completa. Délas así: con claridad y con sencillez. Bastará que Ud. esté listo a contestar sus preguntas, siempre pensando en el bienestar de su hijo.

Tal vez el único tema que quizá falte aquí es el de la masturbación, dentro de lo que se refiere a los trastornos de la sexualidad; ya que, al hablar de la verdad, conviene desechar algunos errores de concepción al respecto:

Se entiende por masturbación cualquier forma de autoestímulo dirigido a obtener excitación sexual, se alcance o no el orgasmo.

El término masturbación, si bien en su origen alude al estímulo manual (de “manus”, mano y “stuprare”, violar), abarca diferentes formas e instrumentos para estimular los genitales.

Algunos postulan que la masturbación es buena, antes de tener relaciones maritales, ya que los espermatozoides “buscan una salida”; de ahí, dicen ellos, las poluciones nocturnas.

En efecto, desde la adolescencia, y a lo largo de toda la vida, se forman en los testículos millones y millones de espermatozoides. En los canales seminíferos que llenan los compartimientos del testículo, los espermatozoides sufren un constante proceso de multiplicación, hasta el punto de que cada mes se crean entre 10 y 30 billones, que, por el canal seminífero, llegan hasta el epidídimo, donde maduran durante unas 72 horas, hasta que ya son adultos para fertilizar. En el epidídimo, por así decirlo, se “almacenan” y quedan en disposición de ser eyaculados. En unas doce horas, aproximadamente, se juntan espermatozoides para tres o cuatro eyaculaciones.

Lo que frecuentemente se desconoce es que cuando el hombre no tiene relaciones genitales, los espermatozoides se desintegran y reabsorben, de modo que el proceso de creación de estos no llega a detenerse nunca, aunque se destruya el excedente.

La masturbación, de hecho, no comporta ningún peligro para la salud biológica del adolescente, pero ya se ha visto en todos los estudios anatómicos y fisiológicos que el pene es para la vagina y esta para aquel. Significa esto que la masturbación no es natural, es destructora del orden cosmológico y, por ende, de la felicidad personal de quien la realiza, ya que la finalidad de la facultad genital es dejada a un lado para reemplazarla por el goce genital. En este caso, los aspectos psicológico y espiritual no participan de esa acción, dejando así de ser humana.

Por otra parte, la costumbre de masturbarse produce la sensación de que lo genital es únicamente para gozar del placer y, luego, obviamente será más fácil el desarrollo de un machista que elige esposa —si lo hace— para lo mismo: utilizarla como objeto de manipulación y de placer: se han llegado a dar casos de esposos que exigen que ella los masturbe, en vez de tener la relación en forma normal.

Se ha afirmado, con incontables estadísticas, que pasan del 50 por ciento los muchachos que se masturban alguna vez en la vida (los índices varían mucho, pero ese es el promedio) y que las muchachas que confiesan haberlo hecho están en un porcentaje cercano al 35 por ciento. Con estos datos se aduce que la masturbación es “normal”. En este sentido, es muy importante saber distinguir entre los vocablos “normal” y “común”: las estadísticas no muestran la moralidad de un acto determinado, sino el nivel de degradación de la población estudiada. Baste recordar la historia de las ciudades de Sodoma y Gomorra, en las que lo común eran las relaciones anormales entre personas del mismo y de distinto sexo.

Sin embargo, para la fertilización in vitro y para hacer realidad las madres substitutas, es necesario —al menos por ahora— que el hombre se masturbe (!).

 

5. La prevención

Con el ejemplo diario, la confianza ganada, una naturalidad a flor de piel y siempre con la verdad, se podrá prevenir en los hijos todos los daños que conllevan los errores de una sexualidad mal llevada: el sida, las otras enfermedades venéreas, los trastornos por falla en el aseo de los genitales, la impotencia y la eyaculación precoz en los varones, la frigidez, la dispaurenia y el “vaginismo” en las mujeres, los desórdenes producidos por el desafuero genital —tan graves—, la homosexualidad, la violación y hasta la prostitución.

Los niños y los jóvenes están siendo objeto de un bombardeo gigante en contra de la labor paterna y materna por parte, no sólo de los medios de comunicación y de publicidad, sino de escritos y conversaciones de muchas fuentes, incitándolos a que violen los principios que los guiarían hacia su propio concepto -valioso- de dignidad individual y a unas relaciones interpersonales verdaderamente humanas. Es por eso que todo lo que Ud. les informe de primera mano —con muchísima naturalidad—, cada vez que se presente la oportunidad será benéfico en sumo grado para ellos. Piense que en el peor de los casos estará “haciendo contrapeso” a la información muchas veces errónea y denigrante que le llega por otros medios.

En ese sentido, desde la más tierna edad, acostúmbrelos —con delicadeza y amor— a pensar que no todo lo que se presenta en la televisión es bueno. Es verdad que el cine, la prensa escrita y aun la radio influyen también, pero esa “compañía”, ese “amigo” dentro del hogar, es capaz de lograr mucho enriquecimiento personal o mucho daño. Son innumerables los estudios que, en forma seria y carente de todo interés comercial, han mostrado el poder destructivo de este pequeño aparato: un gran porcentaje de asiduos televidentes infantiles se convierten en seres perezosos, abúlicos, y lo que es peor, prestos a la promiscuidad sexual y a la violencia. Sería interminable hacer una lista de todos los aspectos en los cuales la televisión “suple” a los padres en la educación, arrebatándoles, sin que se den cuenta, ese derecho y ese deber.

Tampoco todas las amistades son buenas. Las costumbres y el criterio de moralidad de los amigos deben ser lo más parecidos a los que se les quiere infundir a los hijos. En verdad esto a veces es difícil de evaluar, pero una pequeña conversación inicial con ellos dará una pauta, al conocer sus costumbres y sus ideas. Más adelante, al irlos conociendo mejor, se podrá decidir sobre la conveniencia o inconveniencia de la amistad con ellos. Para esto se necesitan dos cosas: tener tiempo disponible e invitarlos a la casa. Alguno dirá que eso es mucho, pero la educación de los hijos exige tiempo y dedicación, es decir, una pequeña cuota de sacrifico, o lo que es lo mismo, amor.

De otro modo, las amistades inconvenientes podrán influir negativamente en los fines que los padres se han propuesto, antes que aumentar su “cultura”, como algunos creen, en un exceso de “amplitud”, siempre mal entendido.

En ese sentido, los compañeritos bruscos, sin modales, que usan malas palabras en su lenguaje diario, que no saludan a los mayores, que no tienen cuidado con los juguetes o que no agradecen las atenciones, son los que probablemente influirán negativamente a sus hijos. Entre los mayores, los que tienen vicios, a los que les gusta trasnochar, el licor, las drogas, las películas pornográficas… deben estar, obviamente, fuera de la lista de los futuros amigos de sus hijos.

 

6. La prudencia

Todo intento por educar debe estar a la altura de los jóvenes: que se adecue a la edad, a las circunstancias y al momento.

Cada una de las etapas de crecimiento y maduración tiene sus propias peculiaridades aunque, como en la biología, hay mucha disparidad entre los muchachos de la misma edad, entre las generaciones y de acuerdo con las experiencias vividas por cada uno de ellos.

En rasgos generales, extractados de todo el bagaje de conocimientos de la psicología evolutiva, estos son los aspectos de la sexualidad en los que debe estar preparado todo padre con antelación:

a. Etapa del nacimiento a los cinco años de edad

Si la presencia de la madre es importante desde los primeros meses de vida hasta después de la adolescencia, lo es de modo muy particular durante el segundo año. Así se desarrollarán sus relaciones afectivas con quien cuida de él. Este trato asiduo le dará la imagen materna y, a la vez, femenina.

Esta etapa de la vida es crucial para el desarrollo psicológico del niño: las estadísticas prueban que de la ausencia de la madre pueden surgir las inclinaciones a una vida anormal.

A los tres años, aproximadamente, aparte de ser la etapa del egocentrismo (se está conociendo a sí mismo, antes de “salir” de sí para conocer a los demás), se inicia el autoconocimiento de sus genitales y el de los niños del otro sexo. Por fin, el desnudo adquiere importancia y aparecen la natural curiosidad y algunas sencillas preguntas que requerirán respuestas sencillas.

Al mismo tiempo la manipulación de los genitales —especialmente en el hombre, por ser más protuberantes— será un gesto normal (nunca se le debe llamar masturbación, aunque genere cierta erección producida por unos valores mínimos de testosterona presentes en el torrente circulatorio), al que no debe dársele relevancia. Dado el caso de que se le encuentre accidentalmente manipulando sus genitales, bastará con que se le hagan juegos o cosquillas que distraigan su atención. Pero para lograr un mejor control de esta actitud y no se convierta en hábito, conviene que los niños permanezcan con sus calzoncillos puestos aun cuando esté empijamado y que estos sean de los que se ajustan a su cuerpo. De nuevo, recuerde los conceptos de naturalidad y de confianza.

No se sorprenda si encuentra que, alrededor de los tres años, haya un poco más de afinidad de los niños con su mamá y de las niñas con su papá e, incluso, que en sus juegos, a veces uno haga de papá y otras de mamá: es, por el contrario, la conducta regular.

Hacia los tres años es, precisamente, cuando la imagen del padre se fortalece. Con respecto a la formación, si durante toda la vida la presencia del padre es importante, lo es más en esta etapa: el incipiente concepto de feminidad (y de maternidad) ya someramente asentado se refuerza ahora con la presencia del otro sexo, a quien comenzará a distinguir. La imitación, feliz coincidencia, se inicia también en esta etapa; así que la identidad de los niños varones será más fácil. En la niña también sucederá esto, pero hacia la madre, a quien ya identificó un año antes, como se acaba de decir.

El apego a las personas se hace más evidente por estas épocas, y el ambiente que lo circunda se encarga de producir para siempre una marca en ese sentido. Es en este momento cuando la participación en sus juegos y pequeños intereses crea lazos de unión definitivos en la vida afectiva de los niños que podrán ser utilizados desde ahora en su proceso educativo, pero que cada día que pasa se harán más y más importantes. No puede dejarse de lado el cariño que los padres den por medio de caricias y frases cariñosas. También los caprichos suelen incrementarse y por eso conviene no dejarse manipular por ellos.

El quinto año está marcado por la sociabilidad con sus amiguitos y esta dejará una huella indeleble en sus relaciones interpersonales. Otra vez es importante la presencia de uno de los padres, para colaborar en sus juegos y encauzar sus molestias pasajeras. Al mismo tiempo, aparecen los primeros rasgos de moralidad: mentiras, secretos, conciencia de propiedad, etc.

En resumen, se puede afirmar sin temor a equivocaciones que los primeros cinco años son básicos: todo lo que Ud., como educador de sus hijos, siembre durante esta etapa quedará como semilla fértil para toda la vida. Por eso adquiere una importancia principal.

b. Desde los seis años hasta antes de la pubertad

Este período es variable y comprende unos seis o siete, aproximadamente. La pubertad se inicia a los 11 ó 12 años de edad, aunque puede haber variaciones grandes y aparecer desde los nueve hasta los 15 años. Por eso este período no puede quedar encasillado por un guarismo.

Estas épocas se caracterizan por una relativa calma en los instintos mientras que la curiosidad sobre los temas genitales, aunque decrece algo, permanece latente.

Es preciosa la oportunidad para formar a los hijos en todos estos aspectos, especialmente durante los últimos años, en la llamada prepubertad, antes de que irrumpan las hormonas. Conviene que, sin forzar las situaciones, el niño reciba la mayor cantidad posible de información de los padres durante esta época. Aquí es necesario recordar que una de las características del ser humano es el dominio de la razón y la voluntad sobre los instintos: dentro de poco se sentirán con fuerza esos instintos y es necesario, para su propio bien —hay que recalcárselo—, que puedan dominarlos.

Los miramientos y tocamientos entre niños de distinto sexo, el jugar al “doctor” serán raros o inexistentes en estas edades si la presencia de la madre y del padre es patente: un padre que los ama y se los demuestra, y que a la vez piensa y actúa varonilmente, y una madre que también está presente en la vida de sus hijos con el cariño vívido —y no teórico— y que sea suave y femenina sirven más que cualquier explicación sobre la forma correcta de una sexualidad sana.

Ahora, si se llegasen a presentar esos miramientos y tocamientos, no los desapruebe: ¡aprovéchelos para educar! es el momento más adecuado.

La medida exacta para saber que ya se puede hablar de prepubertad son los cambios psicológicos: para hacer más evidente su aspiración a una mayor independencia de juicio y de comportamiento, los muchachos adoptan una actitud crítica respecto a sus padres y hay una oposición más o menos abierta a la autoridad: es ahora cuando dejan de ser infalibles los padres, aparecen la desenvoltura en el trato con ellos y la independencia. Les parece muy bueno hacer lo contrario a lo que ellos recomiendan. Son signos normales de esta etapa —tampoco deben alarmar— la poca sociabilidad, la incapacidad para buscar compañía y para gozar de las diversiones que los padres creen normales para esa edad.

Esta rebeldía se hará cada vez mayor hasta no querer aceptar razones.

Los padres deben adecuarse a esos cambios y ser un poco tolerantes para no perder, ni ahora ni más adelante, las riendas de la educación. La serenidad es la palabra clave: si el padre logra superar con éxito esta etapa, el esfuerzo del muchacho le servirá de entrenamiento para las “luchas” posteriores, más difíciles.

La atención que prestan a los padres en el tema de la sexualidad, dada su innata, sana y sencilla curiosidad, seguirá siendo grande si se ha establecido confianza, como se expresó en el subtítulo “B”. En ese contexto, todavía no se le ha dado la suficiente importancia al deporte en familia: compartir la distracción, el solaz y hasta la competencia con los padres estimulará no sólo la confianza que se tenga con ellos, sino que hará que las energías se aprendan a encaminar adecuadamente. Además, la alegría y el esparcimiento favorecerán un clima propicio para el diálogo espontáneo.

No añadir a esto que la alegría familiar es fundamental, sería dejar a un lado el mejor aliado de los padres: si desde la prepubertad el niño asocia la compañía de los padres con la alegría, siempre tenderá a estar junto a ellos y esto será lo mejor para él en las etapas siguientes, la pubertad y la adolescencia.

c. La pubertad

La pubertad es, por definición, la primera fase de la adolescencia en la cual se producen las modificaciones propias del paso de la infancia a la edad adulta.

Durante esta etapa se presentan cambios orgánicos ya suficientemente descritos que implican a su vez cambios psicológicos, y es la época de la vida en la que las relaciones humanas, es decir, la sexualidad propiamente dicha se desarrolla.

Al muchacho y a la muchacha les sucederá todo lo que se vio en la prepubertad, pero de un modo más intenso. Para ellos todo es nuevo y más difícil, se hace patente el conflicto generacional, aparece la libido y con ella, todos los riesgos de los que se ha hablado.

Si el joven ha aprendido a seguir ciertos parámetros —como el que se diera para la televisión y para los amigos—, si ha aprendido que la voluntad y la razón, en el ser humano, son las que gobiernan los instintos, si la verdad y la confianza han guiado las relaciones familiares, si el amor es el valor más importante de la familia, todo será más fácil. Ahora, por ejemplo, comienza el riesgo de la masturbación y de las relaciones prematrimoniales, dañinas para él, para su pareja, para la concepción que vaya a tener sobre la mujer, pero sobretodo para su identidad psicológica, ya que él debe madurar primero, enriquecerse, y así pueda darse a una persona, ya que no es posible dar lo que no se tiene.

Cabe aquí hacer un llamado de atención sobre la creencia infundada de que los colegios mixtos proporcionan mayor capacidad de maduración personal a los muchachos por las relaciones interpersonales que se pueden tener con personas de distinto sexo: es verdad que la timidez es frecuente en los que crecieron en colegios de jóvenes del mismo sexo cuando ingresan a la universidad o empiezan a laborar, pero también lo es el hecho de que antes de salir de sí mismo, es necesario madurar primero: así como el chiquillo de tres años (ver atrás) es egocentrista porque se está descubriendo, el adolescente suele estar buscando su identidad, produciendo con ello los errores y fracasos propios de esa edad; esto hace que la capacidad de relacionarse con personas de distinto sexo esté muy inmadura y que en ella se cometan aún más fallos que en otros campos. De hecho, las investigaciones estadísticas con sólido método científico muestran un índice mayor de homosexualidad y de abortos en los colegios mixtos. Esto no quiere decir que tener los hijos en colegios mixtos sea malo: en ellos hay muchos niños y jóvenes buenos y sanos. Pero si se tiene la oportunidad y se puede elegir con facilidad uno que sea unisexo, mejor.

La pubertad marca para los educadores y padres la fecha en la que se deben tratar los temas sobre paternidad responsable, sida y otras enfermedades, anticoncepción, afectividad y homosexualidad. Recuerde que hablar antes siempre es mejor y que, dependiendo de quién habla primero, habrá mejores resultados y la felicidad del joven será más expedita.

d. La adolescencia:

Definida como la edad que sucede a la niñez y que transcurre desde la pubertad hasta el completo desarrollo del organismo, la adolescencia, es todo el proceso de maduración sexual.

Todos los experimentos científicos han aportado datos que concluyen que el desarrollo intelectual es el rasgo característico de la etapa que sigue a la pubertad. Conjuntamente, la vida afectiva e imaginativa tienen su mayor crecimiento. El muchacho descubre la comunidad, su psicosexualidad se desarrolla, aparece en su ámbito la vida sentimental —todo esto de acuerdo a cada sexo— y las preguntas trascendentales se convierten en el tema principal de su vida: ¿De dónde vengo, para dónde voy y qué he venido a hacer en esta tierra? Si estas respuestas no son contestadas, dentro de pocos años se tendrá un hijo al cual la vida se lo ha llevado “por delante”: estará enfrascado en la rutina diaria y el afán por el dinero y, en general, por lo material habrán hecho de él un robot sin destino y sin ilusiones. Concomitantemente la libertad es otro tema que le apasiona y del que pueden conversar progenitores para mantener un lazo de unión útil y, por qué no, para aprender también.

La apertura, la espontaneidad, el ser confiados e idealistas, marcan este período de maduración que, sin embargo, es un proceso de acomodación que deja una huella muy profunda en la personalidad del individuo. Consecuentemente, los fracasos serán más comunes que en cualquier otra época de la vida y es entonces cuando el apoyo discreto del padre del mismo sexo se convertirá en “acicate” para su desarrollo armónico.

Por esta época, el joven es más sugestionable y dado a la fantasía. Esto, bien encauzado, será de mucha utilidad en ese “encontrarse a sí mismo”. ¡Cuánto le puede ayudar el padre, si se siguieron los consejos descritos arriba! Pero si no, se convierte en el ser más extraño para su vida. Desgraciadamente esto es así con mucha más frecuencia de lo que parece.

En el campo del descubrimiento de la propia identidad psicológica y emocional es necesario que los padres se “alejen” prudentemente dejando de lado los consejos y las súplicas para que sea mejor en determinado aspecto: lo que Ud. no le enseñó antes, ya no se podrá hacer ahora. Si intenta persuadir al muchacho, estando más a flor de piel su inestabilidad y su “rebeldía”, encontrará más rechazo y cada vez será más poco lo que pueda ayudar. En cambio, la sensación que nace de ese “alejamiento”, entre comillas, porque Ud. estará al tanto para ayudarle con preguntas y con cuestionamientos personales, como se hace con un adulto, es para el joven un aliciente muy grande en el trato con sus padres: “mi papá (o mi mamá) me valora”, “ya no soy un niño” y “qué bello contar con el respeto de mi papá (o de mi mamá)”. Creando ese ambiente y con prudencia ¡cuánta labor se puede realizar!

e. Siempre

Si el tema correspondiente a cada etapa no se ha tocado al ir finalizando la misma, convendrá que se propicie la conversación libre con el hijo.

Las circunstancias podrán hacer variar también los momentos en los cuales conviene hablar de algún tema específico. Por ejemplo, si uno de sus hijos está en la etapa de noviazgo, en un momento oportuno, con cariño evidente y sin forzar la conversación (por ejemplo cuando se hable de la novia o del novio), se puede inducir una conservación sobre la dignidad personal, sobre la entrega total y verdadera en el matrimonio, de cómo evitar las ocasiones con prudencia, diciendo por ejemplo que si un hombre y una mujer se aman verdaderamente, sería tonto permanecer solos en un lugar, pues se arriesgarán a perder esa felicidad que buscan, por un deleite pasajero.

En el caso de encontrar pastillas anticonceptivas en el bolso de una hija de 16 años o menos, es conveniente que los padres hablen con ella no para recriminarle su conducta, sino para conocer su postura ante la sexualidad y las razones que tiene para tomar anticonceptivos. Con una prohibición tajante no se suelen conseguir buenos resultados y, por el contrario, se induce a seguir actuando como antes, pero con más precaución para no ser descubierta.

Sin embargo, no solamente no es perjudicial, sino que es bueno que los adolescentes tengan noviazgos: sólo así aprenderán más fácilmente lo que es el amor y, además, podrán elegir con más sabiduría, antes de entregarse del todo con quién van a compartir el resto de sus días y a quién van a escoger como la madre o el padre de sus hijos.

Los siguientes son los criterios que hacen humana —no solamente animal— la relación de pareja en los adolescentes:

·     Disciplina de los sentidos y de la mente.

·     Prudencia atenta a evitar las ocasiones.

·     Guarda del decoro (ver en la próxima entrega).

·     Moderación en las diversiones.

·     Ocupaciones sanas.

En resumen, tratar de hacer felices a los hijos es educar en una voluntad firme y dominio de sí, donde la razón supera al instinto.

 

7. El decoro

Los hombres quieren ser masculinos: caminar, sentarse, vestirse y hablar como tales, tener sentimientos y gestos de hombre, amar como hombres… y esta actitud es la que gusta a las mujeres.

Del mismo modo, la mujer desea ser femenina: rostro femenino, cuerpo curvilíneo, voz, caminado y gestos finos y delicados, y eso atrae a los hombres.

A la gente le gusta mostrar eso, es decir, le gusta mostrar la sexualidad (no la genitalidad): a través del maquillaje, cremas, ejercicios, dietas, baños de sol, masajes y hasta sauna y baños turcos, las mujeres enriquecen esos atractivos femeninos. Los reinados de belleza son un claro ejemplo de eso. El hombre también hace ejercicio y se siente orgulloso de su masculinidad. El niño o el joven trata de desarrollar la musculatura y de mostrar que es el más fuerte, el más rápido, el más hábil… Entre los adultos existen los concursos de cultura física (“Mister Universo”).

Casi no hay quien no se fascine cuando le dicen que es “sexy”. Un hombre que tiene voz muy fina se siente mal, lo mismo que una mujer con bigote.

Conclusión: los seres humanos gustan de mostrar su sexualidad, pero existe un profundo recato para mostrar la genitalidad. En la playa o en la piscina no hay óbice al mostrar la espalda, las piernas, los brazos… pero nos da pena nuestra desnudez total: los órganos genitales no son distintos de los demás órganos, son parte de nuestra naturaleza, pero hay algo que hace que los cubramos: las mamas de una adolescente son cuidadosamente cubiertas por ella apenas hacen su aparición. Los niños sienten que deben hacer lo propio con sus genitales…

¿Por qué?

La única diferencia que existe es que los órganos genitales no son para nosotros: el corazón bombea sangre oxigenada a través de las arterias a todo el organismo para mantenerlo vivo y también a los pulmones para que se oxigene, el páncreas ayuda, como la vesícula biliar, a la nutrición, los dientes trituran los alimentos para ser deglutidos con facilidad, los músculos nos movilizan y nos permiten hacer lo que queremos, el cerebro piensa gobierna y dirige nuestras acciones, las glándulas producen líquidos útiles para nuestro organismo… todo es para nosotros mismos. Pero los órganos genitales son para entregarlos a otro cuando el amor llega a nuestras vidas y, además, para producir otra vida; hasta las glándulas mamarias son para dar el alimento inicial a esa nueva vida, en fin, lo genital es para otros seres. El hombre tiene tetillas, pero no las cubre ni se siente mal si las muestra, porque no sirven para nada.

Cubrimos nuestros genitales porque los reservamos para alguien muy especial, para el más especial de todos. Son el misterio de esa entrega: la palabra misterio viene del griego “myo”: escondido, oculto, cubierto. Ellos participan de una manera muy especial de la intimidad y son para la donación personal, para la entrega total, incondicionada.

Todo esto es lo que se llama decoro y que tradicionalmente se ha llamado pudor, modestia y otros apelativos.

Y como es tan natural, tan humano, tan propio de nuestros seres, no debemos temerle ni rehuirle: está para proteger nuestro “misterio” y darle la dirección que queramos.

Esa protección que da es algo inconmensurablemente útil en la educación de nuestros hijos: será lo que los proteja para que encaucen su genitalidad y su sexualidad adecuadamente, y así, sean felices.

Para proteger ese tesoro personal, se les explicará, es necesario el dominio propio. Con él se obtendrá la fuerza que les evitará todos esos males, como el embarazo a destiempo, el sida y las otras enfermedades, la esclavitud de las pasiones…

Esta es la mejor forma de hablarles del error que significa asistir a espectáculos de nudismo o a campos nudistas.

Pero esa fuerza les será difícil desarrollarla sin el ejemplo de los padres: si Ud. —padre o madre— tiene que luchar, por ejemplo, siguiendo los métodos naturales del control de la fertilidad, tendrá autoridad para hablarle de fortaleza, que es la única forma de resistir a las presiones. Recuerde: si Ud. sabe decir que no, ellos lo podrán hacer más fácilmente.

Pasando a otro tema colindante, ¿cómo es posible que un muchacho se enamore de una niña, si esta le muestra constantemente sus piernas con minifaldas altas? ¿o las formas de sus nalgas con pantalones ceñidos a su cuerpo? ¿o parte de su pecho con escotes pronunciados? Es seguro que se enamorará de su cuerpo, no de ella. O, como decíamos, de una parte de su cuerpo.

Las mujeres deben aprender a tener la suficiente coquetería para levantarles la mirada a los hombres: que las miren a sus ojos, a su alma… que ellos se enamoren de la persona, para que nunca las dejen cuando acabe la pasión, cuando acabe el placer… cuando acaben los atributos.

Llegará una época, si la mujer quiere, en que el mundo cambiará: de ellas depende que se acabe el machismo, que se acabe el hedonismo… Sólo ellas pueden hacerlo.

También hay que hablarles de los peligros de un malentendido erotismo artístico y de la pornografía: ¡cuánto bien se haría la humanidad a sí misma si todos los medios de comunicación que tienen tendencias en ese sentido dejaran de comprarse o de encenderse!

Una última aplicación práctica de estos conceptos es lo referente al desnudo en la familia: ni pecar por exceso pensando que es imposible que los hijos vean a sus padres desnudos, ni por defecto creyendo que no debe haber el más mínimo recato. Es decir, no tiene nada de malo que las niñas se bañen con mamá y los hijos con papá si esto ahorra tiempo o dinero; es más, esto incrementará la inclinación del niño a su propio sexo en un ambiente natural y familiar, exento de todo mito tonto o de desinterés absoluto por el decoro. Además, ya llegará el momento en que ellos mismos soliciten hacerlo solos.

 

 

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

 

 Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los 5 niveles de seres humanos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 11, 2009

El naturalista británico Charles Darwin desarrolló su teoría de la evolución de las especies en el siglo XIX. A partir de ella, se concibió la idea de la selección natural, que explicaría cómo la vida se desarrolló desde esas formas unicelulares que vivían 3,500 millones de años antes de Cristo (A de C) hasta los animales que hoy pueblan la tierra, los que surcan los mares, lagos y ríos, y los que vuelan por los aires.

Es posible —aunque no probado científicamente por ahora— que en ese panorama de la evolución también esté el hombre. Es más: existen científicos que, aun a pesar de la falta de evidencia sólida desde el punto de vista genético, ya consideran un axioma que el hombre proviene del mono.

Los primeros primates existieron desde 70 millones de años A de C. Los llamados primates avanzados hacia los 45 millones de años A de C. Luego vinieron los propiopitecus (35 millones de años A de C), los driopitecus, que vivían en los árboles, y los ramapitecus, que ya se desplazaban por la tierra, y que vivían hacia los 10 millones de años A de C.

Un primate de gran importancia fue el australopiteco, que usaba palos y piedras para defenderse y de quien algunos paleoantropólogos realizaron varios hallazgos de pisadas que se remontan a 3 millones y medio de años A de C.

Con un desarrollo cerebral un poco mayor que el de los australopitecos, el homo habilis vivió entre los 2 y 1,8 millones de años A de C. No solamente cazaba, sino que hay evidencia de que planeaba sus cacerías. Pero lo más llamativo de esta especie es que se han encontrado pruebas de que hacía trabajos en piedra: hachas, algunas formas primitivas de martillos y otros instrumentos útiles (de ahí su nombre). Hay evidencia de que algunas piedras eran utilizadas por ellos para conseguir alimentos. Por estas características hay quienes se atreven a considerarlos ya humanos. Sin embargo, como se verá más abajo, se necesita mucho más para completar las características que hacen a un ser humano.

Casi justo al desaparecer el homo habilis, es decir, entre 1’750.000 y 300.000 años A de C, vivió un ser de aspecto menos simiesco que su predecesor, que hoy se reconoce con el nombre de homo erectus, de características sorprendentes para todo estudioso: sus mandíbulas más pequeñas, lo mismo que sus dientes, nos muestran que la dieta era menos dura. El famoso hombre de Java, a cuyos restos se les atribuye hoy una antigüedad de 1’750.000 años, es el más representativo.

El uso del fuego (hacia los 500.000 años A de C) para cocinar alimentos, para calentarse e, incluso, para cazar, lo ponen por encima de todos sus antecesores. Pero, otra vez, estos rasgos todavía no completan la lista de los requisitos para que un ser pueda ser llamado humano.

La fecha exacta de su aparición —la del homo sapiens— es una incógnita: la mayor parte de los paleoantropólogos son amplios y afirman que se trata de un tiempo que osciló entre los 230.000 y los 100.000 años A de C.

Las cinco principales características (hay muchas más, por supuesto) son las siguientes:

1) El mayor y más avanzado ordenador del mundo todavía necesita programas pensados por humanos para empezar a trabajar. El cerebro humano, en cambio, trae tanto el hardware, como el software. Esto es lo mismo que decir que una de las características más representativas del ser humano es la voluntad. Hasta este momento de la evolución, los animales se manejaban por instintos, no por la voluntad.

2) Junto con la voluntad nació la capacidad de hacer abstracción intelectual: el homo sapiens separaba, como hoy, por medio de una operación intelectual las cualidades de un objeto para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción.

3) Otro aspecto que se ve en la historia del homo sapiens es la tolerancia, palabra que el Diccionario define como “Respeto o consideración hacia las prácticas o hacia las opiniones de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras”. Obviamente este rasgo característico del ser humano no está presente en los animales.

4) De la tolerancia se desprende el respeto, rasgo que caracteriza, entre otros, al ser humano. Como se ve, el nivel que se observa en el homo sapiens es inmensamente superior.

5) Los animales abandonan a su suerte a los individuos débiles de su especie. Frecuentemente los débiles son los atacados y destrozados por los predadores. En ninguna otra especie, fuera de la humana, los individuos se preocupan y se ocupan de los débiles, de los enfermos, de los ancianos, de los que no pueden valerse por sí mismos…

Llamar a esta conducta solidaridad es subvalorarla. Se trata de bondad verdadera, que impresiona y mueve, con el ejemplo, a seguirlo. Todos nos conmovimos con las vidas de algunos personajes, como la madre Teresa de Calcuta, quien dedicó su vida al bienestar de los pobres y desamparados, y nos conmovemos al saber la historia de tantos que han dado su vida por un ideal similar. Si se define adecuadamente, de lo que se está hablando es del amor, que sí expresa la diferencia entre el ser humano y los otros animales.

Por otra parte, si nos observamos bien, somos los primeros homínidos de aspecto más bien frágil y musculatura débil. Esto ha sucedido, no solamente porque la vida es menos exigente desde el punto de vista muscular, es además (y posiblemente esta razón sea más su causa) porque el espíritu es el nivel superior al que estamos llamados, y provee al hombre de una infinidad de recursos para resolver problemas de cualquier índole.

En esta innovación, la presencia del espíritu, está centrada la esencia del ser humano: si un ser no tiene espíritu no es humano; por el contrario, si hay espíritu, estamos ante la presencia de un hombre o de una mujer.

Lo que se cree que realmente ocurrió es que el homo sapiens evolucionó y todavía hoy lo está haciendo, pero no es así siempre: con más frecuencia de la que quisiéramos cometemos errores y no solamente no progresamos, sino que regresamos a niveles anteriores, los de nuestros antepasados; parece que tuviéramos 4 niveles de seres humanos:

5º nivel: El salvaje, que usa la violencia física —animal— para defender sus derechos o conseguir lo que se propone o desea. El más bajo de todos es el que soluciona los problemas matando a sus congéneres.

4º nivel: El bravucón, que usa la violencia verbal, las amenazas, los gestos, los insultos para zanjar sus diferencias o defender sus supuestos o reales derechos.

3r nivel: El sarcástico, que usa el los fingimientos, las indirectas, la simulación, los tapujos, el disimulo… Dice las cosas sin significar explícita o claramente lo que quiere, dándola, sin embrago, a entender. Encubre con astucia las verdaderas intenciones. Este «arte» de soterrar es propio de los hipócritas: fingen cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tienen o experimentan. Es evidente que ser hipócrita es mentir. Pero lo más grave del hipócrita es su cobardía, puesto que no decir las cosas como son, sino amañarlas, hacerlas aparecer distintas de lo que son con engaño o artificio, es cobardía. Los valientes dicen siempre la verdad, aunque la verdad les acarree la muerte.

2º nivel: El racional, que pretende solucionar todo problema a través de la razón. Y para ello escoge como principales virtudes la equidad y la justicia; se deja llevar únicamente por ellas y con ellas dirime todo, sin dejarse llevar por sentimientos como la ira o la bondad. Sabe que la verdad no necesita ser defendida, que se sostiene por sí sola.

1r nivel: El homo sapiens es aquel que tiene como principio de conducta, y como modo de solucionar sus diferencias con los demás, esas 5 características que lo describieron más arriba como ser humano: la voluntad, la inteligencia, la tolerancia, el respeto y, sobre todo, el amor: servir antes que pensar en sí mismo.

¿En qué nivel estamos cuando actuamos: el de un ser humano?

 

 

 

 

 

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¡Quite el freno!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 28, 2008

Con frecuencia se piensa que ser libre es no estar en la cárcel, no tener que pedir permisos u obedecer órdenes, no estar sujetos ni subordinados… Se cree que la libertad es poder hacer lo que se desea, no depender de nadie para tomar decisiones.

Pero, ¿qué sucede cuando es el mismo individuo quien coarta su propia libertad? A menudo se encuentran personas que viven condicionándose a sí mismas, y no se percatan de ello.

La libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Como se deduce, perder la libertad es perder esa capacidad, no solamente por condicionamientos externos, sino internos.

Puede suceder que estemos cohibidos para hacer algo positivo, por alguna experiencia de muestra infancia. Hay quien no puede, por ejemplo, contestar bien a una agresión, ya que el ejemplo que recibió de su padre fue reaccionar con violencia: siempre que se sintió vulnerado, gritó, insultó, golpeó, etc. Vivirá sin esa libertad hasta que un psicólogo o alguna circunstancia particular logre romper ese freno que tiene desde su infancia.

En otras ocasiones el individuo se da cuenta de que estuvo frenándose durante mucho tiempo. Este es el caso de una persona que le temía exageradamente a la oscuridad y, de pronto, descubrió que ese era un miedo tonto e infantil, nacido de los cuentos para niños que le leía su madre. Luego de que adquirió conciencia de ello, se forzó a caminar por un parqueadero oscuro varias veces, y después pudo afirmar que se quitó ese freno.

Y esto se da hasta en los actos más sublimes: es repetidísimo —por desgracia— el caso de quienes no logran amar porque sus padres nunca se amaron. Este freno es mucho más difícil de erradicar…

Pero el peor de todos los frenos es el de quienes se anulan completamente diciendo, por ejemplo: «Es que yo soy así», «Es mi forma de ser», «Nadie puede cambiar»… Porque los que piensan así se niegan la posibilidad de curarse, de crecer o de mejorar en cualquier campo: no intentan nada pues, según ellos, no existe la posibilidad de que alguien cambie. Y esto equivale a decirse a sí mismos que no pueden quitar el pie del freno.

Si bien los animales siguen ciegamente el instinto por un mecanismo bioquímico, como lo hacen las plantas al dirigirse siempre hacia el sol, el ser humano tiene algo que aquellos y estos no poseen: la voluntad.

La voluntad es la potencia que mueve a hacer o no hacer una cosa, el libre albedrío o la libre determinación. Y esta facultad no la tiene ninguna otra especie: solo nosotros podemos decir que no a los instintos, a los impulsos, al sentimentalismo, a las pasiones, a los condicionamientos…

Solo el ser humano puede revertir las limitaciones o restricciones —los frenos— que la educación equivocada o ciertas circunstancias pusieron en su naturaleza humana, con las que le hicieron perder su estado natural: su pureza inicial, la libertad con la que nació.

Si no fuera así, nadie tendría méritos y nadie merecería reprobación: diríamos que tanto los buenos como los malos son así, por naturaleza, y que ninguno de ellos puede cambiar. Por lo tanto, deberíamos abolir castigos y premios, cárceles y reconocimientos, aplausos y reproches, pergaminos y reprobaciones…

Si el ser humano no pudiera cambiar, ¿en qué consistiría educar o formar a los jóvenes?

En ese mismo supuesto, la psiquiatría y la psicología no habrían prestado tantos y tan buenos servicios a la humanidad, como se puede verificar en innumerables investigaciones en las que se comprobó científicamente cómo muchos hombres y mujeres lograron cambiar su modo de ser, de actuar o de ver la vida, siguiendo criterios que desconocían, con los que pudieron eliminar esos frenos o limitaciones, que les impedían vivir normalmente.

Además, ¿por qué inciden las filosofías y las religiones en la gente, hasta el punto de determinar en ellos nuevas conductas y modos de vida? ¿Cómo se explicarían las conversiones de tantos pecadores que dejaron atrás su mala vida e iniciaron una nueva, llena de aspectos positivos y enriquecedores?…

El mismísimo Dios vino a la tierra a predicar a los hombres, porque los creó con la capacidad de recibir su mensaje y convertirse, de cambiar, de quitarse los frenos que los atan y de ser libres y felices.

Entonces, ¡quítese los frenos! Y, si no puede solo, déjese ayudar. Pero, por favor, crea en usted tanto como Dios cree en su capacidad de cambio; crea que cambiar es posible para todo ser humano.

 

 

 

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Una revolución en la educación

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 22, 2008

 

Por nuestra formación sabemos mucha historia, geografía, anatomía, matemáticas y otras materias pero, ¿hemos sido educados para vivir y para morir? Nadie escapa a estas dos realidades.

La educación que estamos dando a los jóvenes está llena de conocimientos, pero con frecuencia le faltan valores, principios para la vida. Es poco lo que se les instruye en los campos del comportamiento, de la urbanidad, de la trascendencia, de las virtudes humanas…

¡Cómo falta la generosidad! Estamos haciendo de este un mundo de seres egoístas, de familias egoístas. Y finalmente, seremos una multitud de solitarios.

¡Cuánto faltan la bondad, la delicadeza, la compasión, la comprensión y la ternura! Se diría que el machismo acabó con estas virtudes entre los hombres.

¿Y qué decir de la sinceridad, la fidelidad, la tolerancia, la sencillez, la constancia, la honestidad, la honorabilidad y la rectitud?

Hoy se ven poco la elegancia, la cortesía, el respeto, la lealtad…

¿No sería bueno enseñar laboriosidad, puntualidad, aprovechamiento del tiempo,  reciedumbre, espíritu de servicio, generosidad?

Parece que se han olvidado la sobriedad, la templanza y otras virtudes como el autodominio personal. Es que hay una, entre muchas virtudes, que nos hace realmente humanos: la voluntad.

Por eso vale la pena estudiarla. El Diccionario la define así:

 

“Potencia del alma, que mueve a hacer o no hacer una cosa.”

“Acto con que la potencia volitiva admite o rehuye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola.”

“Libre albedrío o libre determinación.”

“Intención, ánimo o resolución de hacer una cosa.”

“Gana o deseo de hacer una cosa.”

“Elección hecha por el propio dictamen o gusto, sin atención a otro respeto o reparo.”

 

A vuelo de pájaro, estas definiciones unen la voluntad a la verdadera libertad. Solo un hombre libre puede decir que no. Los esclavizados por el sexo, la droga, el licor, la comida, el placer, el dinero, la fama, el poder, las diversiones, el “descanso”, etcétera, no pueden decir: “no”. Les falta voluntad.

El hombre libre es capaz de esperar hasta el matrimonio para tener relaciones genitales, y luego será fiel, porque su voluntad es más fuerte que el instinto animal.

Los muchachos formados en la voluntad dirán un “¡no!” valiente y digno a la droga, al licor, al satanismo, a la prostitución… Sus acciones serán guiadas siempre por el análisis concienzudo de la situación y no por lo atractivo que resulte un acto que los pueda dañar en su biología, en su psicología o en su espiritualidad. Serán verdaderos seres humanos, no prisioneros de sus instintos o encadenados por sus bajezas. Es que ser libre no es poder hacer lo que el instinto indique y ceder a la atracción que ejercen las cosas o las circunstancias. Ser libre es ser dueño de sí mismo y, cuando la inteligencia y la voluntad lo indiquen, guiar los actos hacia el bien personal; y si se quiere más libertad, hacia el bien común.

Parece paradójico, pero la historia lo ha probado: son más libres los que más han dado de sí a los demás.

La anterior lista de virtudes podría ser, si nos lo proponemos, las asignaturas en los colegios y en las escuelas, además de las que ya hay, y que les damos tanta importancia. Si les quitamos un poco de tiempo a estas y enriquecemos aquellas, bien se podría prever un gran futuro para la humanidad.

Así como la Revolución Francesa puso de relieve Los Derechos Humanos, dentro de unos años esta propuesta podría ser vista como el inicio de una nueva humanidad: muchas mujeres y hombres dignos de ese nombre y no únicamente “doctores” llenos de pergaminos que se han desarrollado poco como seres humanos.

Sabemos cobrar, sabemos vender, sabemos cómo “ganarnos la vida”… Pero no siempre sabemos amar, convivir, compartir, condolernos… no siempre sabemos vivir.

Y es que nos enseñaron a sobrevivir, no a vivir.

Y si hablamos de la vida, ¿qué decir de la muerte? La vida dura muy poco comparada con lo que viene después de la muerte ¿No se necesita mayor entrenamiento para eso?

 

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