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Problemas de comunicación

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 1, 2012

 

Carlos y Juana son una pareja de esposos que se quieren mucho.

Un día deciden regalar a una de sus mascotas. Por fin encuentran otra pareja que vive en el campo…

Juana le tiene un gran cariño a sus mascotas y, por eso, siente gran tristeza al desprenderse de la que decidieron entregar.

Carlos le dice:

–Estará bien. Es una casa de campo, y allá tendrá muchas comodidades y bienestar. Además, se ve que quieren mucho a los animales…

Sin embargo, eso no disminuye el desconsuelo de Juana: se despiden de los adoptantes y comienza a llorar.

Carlos no sabe qué hacer ni qué decir, y le repite las mismas palabras:

–No te preocupes; ya verás que estará bien…

Ocho días después van a la casa donde dejaron a su mascota.

Juana tiene la oportunidad de acariciar de nuevo a su ex-mascota y, al despedirse, se pone a llorar otra vez: su corazón siente gran nostalgia y, por un momento, piensa que los nuevos dueños jamás le dará el cariño que ella le daba; para desahogarse, dice en medio de suspiros:

–¡Pobrecito!

Es una forma de sacar afuera sus sentimientos, de aligerar su dolor…

Pero su esposo no comprende sino el lamento: “¡Pobrecito!”.

Inmediatamente, con el único fin de ayudar a su esposa a pasar ese trago amargo, dice lo que a él le serviría de alivio:

–¡Pero por qué “Pobrecito”, si se ve que está muy bien! Yo no lo veo mal…

Es que, a diferencia de las mujeres, para los hombres el remedio siempre proviene de un raciocinio; lo que él alcanza a pensar es lo siguiente:

Por la expresión de su esposa: “Pobrecito”, deduce que lo que ella siente es lástima por la mascota; y muy contento, cree tener la solución para quitarle esa pena: demostrarle a ella que no hay por qué sentir lástima, pues el animal está bien.

Lo que él no adivina es que las mujeres no expresan sus emociones con palabras exactas, sino simplemente muestran su tristeza, su dolor, intentan desahogarse…

Por eso, las buenas intenciones del hombre son malinterpretadas; ella le dice:

–¿Por qué siempre me dices que “por qué pobrecito”?

Y es posible que —al sentir que no encuentra el apoyo que esperaba de su esposo— añada:

–Sí; ya sé que soy una boba; que me pongo a llorar por bobadas…

Y esto desestabiliza al hombre, que puede sentirse defraudado porque su buena intención no dio resultado.

En algunos casos estas frustraciones se pueden traducir en irritación, que estalla en quejas y, por la situación anímica de ambos, todo esto puede derivar en una pelea conyugal.

 

Este suceso es apenas una pequeña muestra de lo que en la vida cotidiana de una pareja puede ocurrir, con más frecuencia de la que quisiéramos: como las mujeres desean expresar sentimientos y están heridas en esos momentos, suelen mostrar su dolor más a través de sus actitudes y el tono de su voz al hablar, que hablando con palabras acertadas, esperando que su cónyuge sepa interpretar todo dentro del contexto de su aflicción; por su parte, el esposo se ciñe a las palabras textuales y, tratando de ayudar, agrava el problema. Dicho de otra manera: por el dolor que la embarga, ella expresa con algo de imprecisión lo que siente, y él lo interpreta literalmente.

Ambos terminan frustrados y tristes y, a veces, más o menos enojados.

Definitivamente: las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte. Por eso, conviene que los marcianos se esfuercen mucho para tratar de entender a las venusinas, y al revés; así también se demuestran el amor.

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