Saber vivir

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¿Pesimismo u optimismo?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 23, 2019

 

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ʽComo perros y gatosʼ, o quizá peores…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 30, 2019

Al dirimir las diferencias que tienen, los seres humanos actúan de distintas maneras y reaccionan de modos diferentes ante las posibles violaciones a sus derechos; podemos clasificar esas reacciones y esos comportamientos en escalas o niveles que varían enormemente. He aquí una clasificación, que puede ayudarnos a evaluar nuestro comportamiento:

Perros que muerden

Tal y como lo hacen los perros agresivos y la mayoría de los animales, hay muchos seres humanos que no pueden zanjar sus diferencias con otros de su misma especie sino con la agresión física: pero no se valen únicamente de golpes (puños, patadas…) o mordiscos; sino que llegan todavía más bajo que los animales: usan instrumentos cortopunzantes o armas de fuego, etc. Y los daños que producen van desde heridas leves hasta la muerte.

Este es el nivel más bajo en que puede vivir el hombre, pero que, infortunadamente, es todavía muy frecuente: más de lo que esperaríamos de la especie humana, tras la supuesta evolución que ha alcanzado al llegar al tercer milenio y haber recorrido entre cien y doscientos diez mil años de historia sobre la Tierra…

Perros que ladran

Hay también personas que gritan, insultan y agreden con todas las formas verbales que se les pasa por la cabeza, con miradas siempre agresivas que buscan intimidar, del mismo modo como lo hacen los perros al ladrar, los chimpancés y otros animales al chillar, etc.

Este es un nivel que, en conciencia, tampoco podemos llamar humano pero, paradójicamente, lo usan los miembros de nuestra especie, que se ufanan de ser racionales.

Seres humanos viles

A estos sí podemos llamarlos seres humanos —pues no se comportan como los animales—, pero son los más bajos de todos: son los que acostumbran a usar el sarcasmo, las indirectas, las ironías, las sátiras, las suspicacias… No hablan con la verdad: son hipócritas y son cobardes. En este grupo caben también quienes son mordaces, cáusticos, maliciosos…

Pequeñísimos seres humanos, que desconocen los planos más elevados en los que se mueve su propia naturaleza: la razón y la espiritualidad.

Seres humanos racionales

Estas son personas que se guían por la razón, pues han logrado impedir que sus bajas pasiones los limiten o condicionen. Ante las diferencias con otros, reaccionan analizando los pros y los contras de cada circunstancia, examinando tanto los derechos propios como los ajenos, las consecuencias de cada una de las opciones que hay y privilegiando lo más importante de cada caso y desechando lo que es secundario.

No se exacerban sus ánimos ante las resistencias de quienes están en desacuerdo con ellos, sino que, con sus racionamientos debidamente expuestos, con frecuencia impiden respuestas violentas.

Son tan sosegados en sus exposiciones, que se resalta en ellos su capacidad de raciocinio, su ecuanimidad para evaluar cada situación y la serenidad con la que exponen sus criterios.

Seres humanos espirituales

Estos son los más avanzados ejemplares de la especie humana: se elevan por encima de su capacidad de razonar, manejando toda discusión en el plano más alto de la vida humana: el espiritual. Con una bondad a toda prueba, buscan el bien integral del otro, propiciando su crecimiento integral, tanto en los planos biológico y psicológico, como en el espiritual. Es por eso que, en las diferencias, evalúan cómo pueden ayudar, para que cada circunstancia enriquezca y eleve a los demás a un nivel en el que la paz, la armonía, la alegría de vivir y el amor reinen en sus vidas personales, y eso redunde en el bien común.

Conscientes de que la vida humana no termina con la muerte física, tratan de elevarse trascendentalmente, seguros de que el nivel espiritual que alcancen al morir será el mismo en el que vivirán eternamente. Son personas desapegadas de los bienes terrenales y, por eso, dispuestas a abandonarlos por el bien de los demás; pero también les enseñarán a cuantos puedan a vivir sin ese anhelo desaforado por poseer bienes materiales. Centran su atención en el espíritu, pues están seguros de que nada se llevarán tras la muerte, fuera de las buenas obras que hayan hecho, por las que serán premiados en la eternidad, con una paz elevadísima, de la que ya en esta vida empiezan a experimentar algunos visos; y con una dicha sublime, que también empiezan a gustar desde ahora.

Están tan elevados en sus aspiraciones, que ignoran las disputas y riñas, y solo piensan en participar sus hallazgos a todos, incluso a quienes los intentan retar.

¿En qué nivel estás tú?

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El dios-dinero

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en abril 6, 2019

Hay personas que se venden, y hay quienes los compran.

Con tal de conseguir el dinero que tanto desean,

algunos se someten a lo que el poderoso-señor-don-dinero

les “ordene”, a cualquier humillación o maltrato…

Les falta autoestima y sólo aspiran a cosas materiales.

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El ser humano más vil*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 29, 2019

El ser humano más vil

acostumbra a usar el sarcasmo,

las indirectas, las ironías,

las sátiras, las suspicacias…

No habla con la verdad:

es hipócrita y es cobarde

 

Nunca discutas con él:

te hará descender a su nivel,

y allí te ganará por experiencia.

 

* Autor desconocido

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Perdonamos…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 7, 2019

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¿En qué usas tu dinero?*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en diciembre 2, 2018

“Gastamos dinero que no tenemos,

en cosas que no necesitamos,

para impresionar gente a la que no le importamos.”

                     Will Smith

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Una perturbación velada que se extiende por el mundo

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 18, 2018

Por las carencias afectivas en su infancia, la mayoría de los seres humanos viven hoy mendigando amor o buscando ansiosamente la aprobación y admiración de los demás o persiguiendo afanosamente el placer (como si no fueran más que máquinas de autocomplacencia) o absortos en la moderna y vertiginosa carrera consumista, esclavizados por el deseo de poseer, sin percatarse de que lo material jamás llenará las ansias de felicidad que arden en su interior…

Este grado de inconsciencia es en la actualidad la enfermedad más grave y diseminada en la especie humana y, mientras permanezca así: ignorada, no se le buscará remedio.

¿Cuándo vamos a caer en la cuenta de que los hijos necesitan del amor de los padres y que la única medida que tienen para evaluarlo es el tiempo que les dedican?

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Planeando el futuro

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 14, 2018

Pocos años después de casarse, un hombre quedó viudo y con un hijo pequeño.

Tomó entonces la decisión de hacer todo lo posible para forjarle un buen futuro a su hijo. Y así lo hizo: trabajó con ahínco muchos años, sacrificó muchas veces su tiempo libre, y así pudo fundar una empresa, a la que hizo prosperar, no ahorrando esfuerzos ni cansancios.

Mientras tanto, puso estudiar a su hijo en los mejores colegios y en las mejores universidades, hasta lograr que obtuviera el doctorado en una prestigiosísima universidad.

Le consiguió luego una pretendiente de su agrado, de la que -para su fortuna- el muchacho se enamoró.

Entonces traspasó a su hijo los derechos sobre la empresa que había construido, nombrándolo dueño único y director general.

Y se dijo: “Ahora puedo morir tranquilo“.

Para su desgracia, esa misma noche, murió su hijo.

 

Con frecuencia invertimos demasiado tiempo y esfuerzos en conseguir cosas materiales (arriesgando a veces hasta la salud), y se nos olvida la alegría de vivir sobriamente, disfrutando de la simplicidad de la vida, con nuestros seres queridos.

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¡Quítese esas gafas!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 8, 2018

El ejemplo es clásico: si un musulmán afgano o iraní ve a una mujer en bikini, se le van los ojos, se escandaliza… y concibe el uso de ese traje como un pecado; pero si un occidental ve a una mujer musulmana envuelta en una burka o un chador, le va a parecer extraño, y más se sorprenderá al saber que en ambos países se considera pecadora a la mujer que no se vista así: considerará exagerado y hasta inconcebible que se tengan costumbres tan radicales…

 Guardando las diferencias, lo mismo ocurre con cada ser humano: la educación doméstica o escolar que recibió, la cultura en la que se desarrollaron su infancia y su adolescencia, las circunstancias que vivió, los amigos que tuvo, los lugares que frecuentó, etc., van creando en cada individuo una mentalidad, una cosmovisión, una conciencia, una ideología precisas, que hacen juzgar los actos y los comportamientos desde una perspectiva única, diferente a la de los demás.

Si, por ejemplo, una persona fue educada en un ambiente en el que se usan frecuentemente las sátiras, se formará con propensión a murmurar o criticar con malignidad casi siempre ingeniosa a todas las personas y las situaciones. En cambio, uno que fue formado en un ambiente de simplicidad, de sinceridad, de espontaneidad y naturalidad en el trato, se sorprenderá mucho cuando se encuentre con esas personas mordaces, que usan habitualmente la sátira en sus conversaciones.

Y esto se nota hasta en los niveles menos trascendentales de la vida: se da el caso de sujetos que se extrañan con los colores vivos amarillos y rojos —tal y como se acostumbran en la China, por ejemplo— que, al llegar a ese país, se cansan muy pronto y desean regresar a su país de origen, donde no se ven esos colores sino esporádicamente, como parte de un todo multicolor.

Para expresarlo en palabras sencillas y con un símil muy pedagógico, cada uno de nosotros tiene unas gafas puestas ante los ojos, que filtran la información que recibe, a través de unos criterios —filtros— preconcebidos e instaurados en su mente, por la formación y circunstancias en las que vivió. Es por eso que unos juzgan cada acontecimiento y cada actitud de otro (u otros) de un modo totalmente diferente a como lo hacen los demás.

En consecuencia, podemos afirmar que la visión individual es, en mayor o menor grado, subjetiva; dicho de otro modo: cada persona mira los acontecimientos y los comportamientos de acuerdo con su modo de pensar o de sentir, no como lo son en realidad y, por ende, su mirada, su juicio, no es objetivo.

Así como a una mujer que vio cómo su papá golpeaba a su mamá, cómo sus tíos hacían lo mismo con sus esposas y se casó con un hombre igualmente violento le es muy difícil concebir que esa es una conducta inaceptable, asimismo muchos seres humanos son incapaces de salir del error en el que se encuentran cuando imitan comportamientos errados, que suelen ser más velados todavía, como el caso de una persona educada en un ambiente donde se dicen las cosas indirectamente: expresan veladamente cosas con doble intención, escondiendo la finalidad de ofender al otro, aparentando un noble propósito. Ese individuo, al salir de ese ambiente, estimará que cada cosa que se le dice tiene una doble intención y se inclinará a pensar siempre mal de los demás; por el contrario, a quien no le enseñaron esos modos falsos y dobles de comunicación no se le ocurrirán esos pensamientos. Claro está que esta persona estará más propensa a no entender lo que le quisieron manifestar cuando le echaron una indirecta.

Con estos razonamientos podemos concluir que la libertad auténtica no consiste tanto en no estar presos en una cárcel ni en dejar de estar sometidos a cualquier autoridad, sino en no nublar nuestra mente con prejuicios. Pero conseguir esto es un trabajo difícil y dispendioso.

A veces el conocer otras culturas puede abrir nuestra mente, para mirar sin las gafas que se nos impusieron con la educación que recibimos o por el medio ambiente en el que nos movimos a temprana edad. Pero lo que más ayuda es saber escuchar: escuchar las razones, los motivos que mueven a las personas a prejuzgar, es decir: descubrir por qué tienen esa gafas que les tergiversan la realidad. Y no se trata solo de escuchar con los oídos, sino con nuestra mente, analizando a cada persona; pero lograr eso implica tener la mente abierta a todo: buscar las señales que muestren las secuelas de sus dolores infantiles y juveniles, las que los hacen juzgar personas y sucesos a priori, las que les impide tener objetividad, etc. En otras palabras, ir revelando de dónde vinieron las gafas que tienen puestas. Así se comprenderá mejor a las personas.

Nos sorprenderemos con los descubrimientos que hagamos. Veamos un caso de un aspecto poco trascendental de la vida diaria: en ocasiones juzgamos nerviosas o estresadas a algunas personas que hacen una cosa tras otra a gran velocidad; pero luego nos daremos cuenta de que viven así sin angustia, sin ansiedad, sin afligirse; es decir, corren en vez de caminar, pero van en paz. Como este, se pueden poner infinidad de ejemplos de temas mucho más importantes.

Y eso producirá un efecto casi mágico y maravilloso en nosotros: nos irá descubriendo nuestras propias gafas y, si somos hábiles, podremos irlas quitando de nuestras vidas, con lo que nos acercaremos más y más a la objetividad y, por ende, a la auténtica libertad.

 

 

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Pedir perdón…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 26, 2017

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Las indirectas

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 6, 2017

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Sencillez

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 3, 2017

Esta es una de las virtudes más valoradas: el hombre sencillo, la mujer sencilla, son acogidos en todas partes.

Obviamente, no se habla aquí de esa versión de la sencillez que usan algunos para descalificar a otros, por su poquedad de ánimo o de cultura y presencia; o porque son incautos, fáciles de engañar; no: quien posee la virtud de la sencillez es una persona natural, espontánea, habla sin sutilezas ni artimañas, no tiene doblez ni engaña.

Es sincero; jamás usa perspicacias ni simulaciones ni engaños. Nunca finge ni habla con tapujos. No es hipócrita. Ni siquiera dice verdades a medias ni mentiras “piadosas”.gota-de-agua

Cuando te habla, te mira a los ojos, te mira de frente, no habla de ti a tus espaldas, te dice en la cara lo que siente, nada se calla fuera de lo que la prudencia le dice que es inútil y puede producir males mayores.

Por otra parte, quienes son sencillos acogen lo que les dicen tal y como se los dicen; no están preguntándose: “¿Qué me habrá querido decir con eso?”. Con la misma sencillez con la que hablan, escuchan.

Contestan lo que les preguntan; eso, y nada más.

¡Pero qué escasa es esta hermosa virtud!

 

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Mentes abiertas

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en diciembre 26, 2016

mente-abiertaSegún la Real Academia de la Lengua, el fundamentalismo es una “exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”. En palabras sencillas, el fundamentalista te exige que te sometas a su modo de pensar o de actuar. Y te lo puede exigir de muchas maneras: no solamente por medio de violencia física, sino también agrediéndote verbalmente, presionándote para forzar tu voluntad, descalificándote si no piensas igual, burlándose de ti, etc.

Esta actitud está frecuentemente unida al fanatismo: “Apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones.” Los fanáticos son esas personas incapaces de escuchar una opinión contraria, sin criticarla o atacarla de inmediato, pues no tienen la mente abierta a otros criterios: se cierran a priori a cualquier otra posición. Por eso se los denomina también personas de mente cerrada, absolutistas inmaduros, que no podrán alcanzar la verdad, pues se frenan, aferrándose a su posición.

Y los hay en todas las áreas: en la religión, en la política, en la opinión sobre temas públicos, en la historia, en el deporte…

Jamás aceptarán una cualidad de su oponente, abultarán sus errores y minimizarán los defectos de quienes defienden;  y lo mismo harán con su partido político, con su candidato o con sus creencias…

El hombre y la mujer libres, por el contrario, escuchan con atención e interés las nuevas propuestas o posiciones diferentes a las suyas, buscando las razones por las que otros las siguen, para verificar su viabilidad y, si así es -abiertos al cambio-, acogerlas con el fin de mejorar como seres humanos y avanzar más rápidamente en el descubrimiento de la verdad.

Si estos últimos fueran creciendo en número, no solamente disminuirían las polémicas inútiles, sino que un día se acabarían las guerras.

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7 reglas para los residentes de edificios de apartamentos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 19, 2016

 

Señor residente:

 

 

 

Las siguientes son unas recomendaciones que le hacemos para hacer de la nuestra una comunidad más salvaje e inculta:

 

  1. Las plantas: Pase por encima de las plantas, para dañarlas y afear el edificio

 

  1. La basura: Arroje basura en las pequeñas canecas que están a la entrada del ascensor; estas están destinadas para que usted bote hasta paquetes grandes que no quepan

        En el depósito, coloque la basura como le dé la gana

        Arroje basura por la ventana de la cocina: caerá en el patio de los apartamentos del primer piso

 

  1. El ruido: Procure hacer ruido, para favorecer la intranquilidad de todos, especialmente los sábados por la tarde y los domingos; y también los viernes por la noche: recuerde que hay personas que trabajan los sábados

        Grite, para no perturbar la paz de los residentes de los otros apartamentos

 

  1. Los parqueaderos: Parquee donde le dé la gana, procurando quedar encima de las líneas delimitadoras de cada garaje o en el parqueadero de al lado

        Pídales a sus familiares que se anuncien en la entrada, desde el carro, para interrumpir la entrada

        Si escucha sonar una alarma de un carro, no se preocupe en lo más mínimo: que los demás se la aguanten

 

  1. Las zonas comunes: Permita que sus hijos jueguen fútbol: además de que eso quita la tranquilidad, podrían romper un vidrio de otros apartamentos

        No le importe si sus hijos adolescentes y jóvenes se queden de noche tomando licor e interrumpiendo el sueño de los demás

 

  1. Pago de la administración: No pague la cuota mensual de administración; salga siempre en la lista de morosos

 

  1. La cultura: Propicie las malas costumbres; ejemplo: nunca salude a nadie, no se gaste diciendo: “Buenos días”

 

 

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El éxito de las redes sociales

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 6, 2016


FaceBook, Twitter, Instagram,  LinkedIn, YouTube, Google+, Pinterest, Reddit, Flickr, Tumblr, Imgur, SoundCloud, Vimeo, deviantART, , Twoo, Tagged, 4chan, Foursquare, Last.fm, MySpace, hi5, Snapchat

Sus creadores se volvieron multimillonarios, casi de la noche a la mañana. He aquí a algunos de los más conocidos.:

Mark Zuckerberg, Jack Dorsey, Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim, Kevin Systrom, Mike Krieger, Reid Hoffman, Allen Blue, Konstantin Guericke, Eric Ly y Jean-Luc Vaillant…

 

Pero son muchos más los que se están posicionando en el mercado de las redes sociales o pretenden hacerlo.

¿Por qué?

Porque se encontraron un mercado propicio:

Desde hace decenios, los padres modernos se ocupan de sus trabajos, de sus ingresos, de sus contactos laborales, de su vida socio-cultural-económica, de conseguir lo que llamaron desde entonces un “nivel de vida”, un status, tanto para ellos como para sus hijos.

E hicieron esto mientras sus hijos crecieron solos. Sin lo que más necesitaban: el amor protector de sus padres. Téngase en cuenta que durante los primeros años de vida los niños no tienen más criterio para medir el amor paternal y maternal que EL TIEMPO: el tiempo que les dedican: sus mentes en formación apenas alcanzan a deducir esto:

—Si mi papá no tiene tiempo para mí, es que no me ama. Para él es más importante su trabajo, su vida social.

Y esta deducción no la hacen a nivel intelectual; sólo la sienten…, la sufren.

En esa primera etapa de la vida no se poseen herramientas suficientes para solucionar el dolor que sienten.

Y crecen en la situación más dolorosa de todas: LA CARENCIA AFECTIVA INFANTIL. Es tan poderosa, que produce en unos agresividad, en otros cobardía, y la mayoría de las enfermedades psicológicas conocidas hoy: depresión, angustia, ansiedad, miedos, estrés…

Pero lo que más se repite es un patrón de suplencia: tratan de reemplazar ese afecto no recibido con otras personas, produciéndose la enfermedad más diseminada en el mundo actual: la dependencia afectiva, en la que se pretende obtener de su pareja —que puede ser hasta del mismo sexo— el amor que no recibieron en la infancia. Y, por supuesto, esto ni llena el vacío interior ni se construyen relaciones sanas, pues son seres enfermos de amor (léase: carentes de amor) que no buscan amar sino ser amados, lo que suscita miles de choques cada vez que se siente la frustración al no conseguir el amor que pretendían recibir…

Este es el caldo de cultivo que encontraron los creadores de las redes sociales: miles de millones de personas que viven ansiosas, buscando ser tenidas en cuenta, valoradas, reconocidas por otros, importarles a alguien…

En las redes sociales ¡oh, maravilla!, te dicen que te gusta tu foto o tu escrito, tienes tantos fans o seguidores, te comunicas con otros sin el riesgo del fracaso social, sin tener que vestirte a la moda, sin trabas de ninguna especie… ¡Eres reconocido!… ¿No suple eso en parte esas carencias afectivas?

Aunque se satisfacen con esto, su dolor interior no se sana por completo, pues nada ni nadie puede llenar el vacío producido por la falta de amor maternal o paterno: la enfermedad sigue vigente y creciente. Con esa potencialidad de clientes que desean cada vez más, ¿cómo no se hacen más millonarios los creadores de las redes sociales?

 

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¿En qué consiste la vida humana?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 26, 2016

Sentido de la vida

¿En nacer, crecer, estudiar, trabajar, fatigarse, casarse y tener hijos antes de morir, para que ellos hagan lo mismo?

-¿Por qué sigues los patrones de comportamiento que te impone la cultura, el medio ambiente social, la costumbre, la educación que te dieron…? ¿Acaso no eres libre? ¿Ya descubriste de dónde vienes, para dónde vas y qué viniste a hacer en esta tierra?

No eres un zombi, un autómata, un atontado: tienes un origen, una finalidad, una misión…, o varias.

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Los 10 mandamientos… *

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 22, 2016

…para estar bien con uno mismo y con los demás, y para vivir con tranquilidad y felicidad:

 

1 No te quejes

Una cosa es intentar mejorar las cosas y otra es lamentarse aun sabiendo que lamentándose no mejorarán

 

2 Prohibido terriblizar

Es la mejor forma de inventar o agrandar problemas

 

3 Necesitas muy poco para ser feliz

Una persona cada día necesita menos cosas, y las pocas que necesita las necesita muy poco

 

4 Cuida el diálogo interno

No nos afecta lo que sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que sucede

 

5 No exijas nada a nadie

Una fuente de problemas es decirte a ti mismo que necesitas que todo el mundo te trate exactamente como tú quieres, todo el tiempo

 

6 Cuídate

Ocúpate primero de ti misma y deja de preocuparte por lo que piensen los demás

 

7 Utiliza el humor y el amor frente a lo que tú consideras locura ajena

Si otra persona está de mal genio, dale besos, hazle bromas, no discutas con ella mientras está así, y menos con insistencia

 

8 No te importe lo que piensen los demás

No estés justificando lo que haces o piensas

 

9 Quiérete incondicionalmente

No hables mal de ti, no te hagas el mártir ni te humilles ante los demás para causar tristeza y mendigar cariño

 

10 Quiere incondicionalmente a los demás

Cuando alguien te hace algo malo, piensa que nunca es a propósito o por que no te quiera; es porque se equivocó

 

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Una nueva campaña

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 15, 2015

Pongamos esta leyenda en los carros:

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No grites…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en enero 26, 2015

…mejora tu argumento.

 

Anónimo

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Juzgar

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 8, 2014

En las discusiones, es muy frecuente que alguno (y a veces hasta todos los que discuten) tenga su posición sesgada, torcida hacia un lado, distinto de la verdad.

Esto suele ocurrir por una de estas 3 razones:

Primero, por prejuicios: tener opiniones anticipadas e inflexibles acerca de algo que se conoce mal. Por eso, prejuzgar consiste en juzgar las cosas sin tener de ellas un conocimiento completo. Este tema ya fue presentado en este blog, cuando se habló sobre la felicidad; se puede leer en:

https://mauriciorubiano.wordpress.com/2014/08/01/opinar-sobre-la-felicidad/

En segundo lugar, las personas suelen tener posiciones inclinadas anticipadamente hacia una postura determinada. Es el caso que quienes, por defender un credo o idea, adecúan todos los argumentos de la discusión con el único fin de demostrar que su posición es la correcta.

Por supuesto, en ambos casos se puede decir que esas personas no son totalmente libres para juzgar ni las situaciones ni las personas, pues para descubrir la verdad —toda la verdad— es necesario no solamente conocer bien el tema, sino estar abierto al diálogo y, sobre todo, a la posibilidad de estar equivocado. A esas personas les queda imposible salir del error.

Pero lo que más quita la libertad para juzgar una circunstancia es la tercera razón: no escuchar a ambas partes, antes de dar el juicio.

Los ejemplos pueden ser múltiples: si viéramos una película americana sobre la época de la Guerra fría y nos dejamos influenciar por ella, concluiremos que la Unión Soviética era la malvada entonces; pero, ¿qué ocurriría si viéramos una película hecha en la URSS?… Lo mismo sucedería si leyéramos un libro que analiza ese momento histórico: habría que averiguar primero de qué lado estaba quien lo escribió…

Es indispensable, pues, tener el equilibrio, la ecuanimidad de escuchar a las partes que están en discusión y sacar una conclusión más cercana a la realidad.

En el caso, por ejemplo, de los consejeros matrimoniales, si solo escuchan a uno de los cónyuges, tendrán un enfoque parcializado de la situación; es necesario que los oigan a ambos, para poder acercarse un poco más a la verdad (que nunca llegarán a abarcar completamente), y tener la capacidad de evaluar mejor la situación conyugal, con lo que podrán emitir un juicio más acertado, que los capacite para realizar un tratamiento más eficaz.

A esto se suma un par de conductas no tan poco comunes como se cree: las malas experiencias y la generalización. Otro ejemplo puede ayudarnos a comprenderlas: el caso de un niño violado por un sacerdote, que con el tiempo desarrolla una gran aversión a todo el clero, a la Iglesia y hasta a su doctrina; si canaliza su dolor leyendo todo documento anticatólico o anticlerical que encuentra, estimulará poco a poco su rencor, hasta que se convierta en odio. Y, si se encuentra con escritos sesgados que solo muestran el lado malo de la Iglesia, alimentará ese aborrecimiento más y más…

Estos son los individuos que más caen en los 2 errores anteriormente descritos: prejuzgar y acomodar la verdad para defender su posición.

Al llegar a este punto, debemos tener en cuenta que estamos hablando de seres humanos heridos (a veces muy gravemente), incapaces de encontrar la diferencia entre el individuo (un sacerdote malvado) y la institución a la que pertenece, tal y como lo hacen muchos con la conocida falacia: «Carlos es colombiano; muchos colombianos son narcotraficantes; en consecuencia, Carlos es narcotraficante».

A estas heridas e incapacidades se suman muchas más, especialmente la agresividad: en vez de exponer su enfoque con serenidad, dejando abierta a los demás la posibilidad de que discrepen de ellos, los tildan de ciegos e ignorantes, cuando no los ofenden más gravemente, evidenciando así su falta de seguridad en sus propios criterios. Olvidan que la verdad se sostiene sola, no necesita ser defendida, solo debe ser presentada para que brille por sí misma.

Esta inmadurez es debida, obviamente, a su historia de traumatismos, sumada a sus continuos desaciertos para eliminar su dolor interior o, al menos, disminuirlo.

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¿Opinar sobre la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 1, 2014

 

Cada vez que observamos una circunstancia o un comportamiento humano, inmediatamente nos formamos un juicio interior sobre ello; y a veces —quizá con mucha frecuencia— hasta lo manifestamos.

Pero, ¿qué tan acertado es ese juicio?

En el caso de una persona, por ejemplo, ¿cuánto sabemos acerca de las circunstancias que se rodeaba? ¿Conocemos su historia?, ¿entendemos cómo la afectó su vida familiar en su infancia para actuar como lo hizo?…

Es conocidísimo el ejemplo que pusiera Steven Cobie en uno de sus best seller: el caso de una señora que, enojada con un hombre que mantenía los ojos en el piso y no controlaba a los bulliciosos niños con los que se subió al metro, lo reprendió con dureza. El señor la miró un instante, bajó los ojos de nuevo y dijo: “Sí, señora; tiene razón… Supongo que están así porque no saben cómo reaccionar… Acaban de perder a su madre…”

¡Pocas veces nos percatamos de haber hecho un juicio falso o por lo menos desacertado, al verificar que fueron otros los motivos los que movieron a la persona a actuar o hablar de determinada manera!: a veces un gesto de dolor lo interpretamos como agresión; un silencio como cobardía o algún cargo de conciencia; una sonrisa como una burla…

¿No es verdad que acostumbramos a lanzar juicios sobre personas que desconocemos o cuyos motivos de obrar ignoramos? Nos atrevemos a juzgar lo que no alcanzamos ni comprendemos completamente, lo que no penetramos.

Decimos lo que creemos, pensamos, opinamos, ¡juzgamos!

Y, si eso ocurre con una sola persona, ¿qué podremos decir en las discusiones entre dos? La ignorancia se multiplica por dos y el margen de error también.

 

Eso mismo hacemos con las instituciones: sin averiguar minuciosamente qué razones las llevan a tomar algunas determinaciones, con una facilidad asombrosa somos capaces de emitir opiniones sobre sus decisiones. Dictaminamos, sentenciamos, damos veredictos, basados casi siempre en nuestra ignorancia sobre el tema.

¿No es eso lo que ocurre cuando criticamos una decisión gubernamental, sin haber asistido a los debates previos con base en los cuales la produjeron? Un ejemplo más pequeño es el del conductor de automóvil que se queja de una restricción en un cruce, sin conocer las estadísticas de accidentes que instaron a la autoridad correspondiente a prohibirlo (esto no quiere decir que las autoridades siempre acierten; por eso mismo es necesario estudiar cada caso con profundidad).

Antes de juzgar, pues, es necesario saber.

¿Qué opinión puede dar, por ejemplo, un ingeniero civil en una junta médica que dirime lo que se le debe hacer a un enfermo de gravedad? O al revés: ¿Qué puede aportar un médico para realizar un cálculo de estructuras para un gran edificio?

Que cada cual opine en lo que sabe.

 

Además de todo esto, hay tres temas en los que la mayoría de las personas cree que puede opinar sin tener conocimiento suficiente. Y son los más controversiales: la ética, la felicidad y la fe.

Estos temas, que son los más investigados en la historia de la humanidad —hay una mole inmensa de investigaciones científicas serias—, son los que deberían estudiar previamente quienes desean discutirlos; pero precisamente son estas las investigaciones que menos se leen: la mayoría de los hombres opinan sobre la ética, la felicidad y la fe —tan estrechamente relacionados entre sí— basados únicamente en criterios subjetivos.

Como se deduce, argüir sin este conocimiento previo no produce utilidad alguna y, con más frecuencia de la que quisiéramos, la discusión termina produciendo acaloramientos fastidiosos y, a veces, hasta agresiones personales infantiles.

Y si no tenemos tiempo para estudiar, ¿no sería prudente dejarnos enseñar de quienes en la práctica están logrando la felicidad o ya la consiguieron?

 

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¿Por quién votar?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 9, 2014

 

He aquí los criterios que debe seguir un buen ciudadano para elegir a sus gobernantes y representantes.

La obligación de quien vive y cree en una democracia es analizar concienzudamente en cada candidato:

  1. la vida,

  2. las propuestas,

  3. la fidelidad que ha mostrado a sus principios,

  4. su honestidad y

  5. su ética.

El ciudadano no debe permitir con su voto (o al no votar) que sea elegido un candidato que no procure el bien común (imponiendo, por ejemplo, políticas que favorecen solo a unos pocos), que viole los derechos fundamentales particulares (por ejemplo, que imponga a los padres una educación contraria a sus creencias…) o que está en contra de la ley natural (por ejemplo, uno que propicie el aborto, el matrimonio de homosexuales, la tenencia de hijos por parte de parejas homosexuales, etc.), pues se dañaría la entraña misma de la vida y la dignidad humana.

Además, en algunas ocasiones, el ciudadano debe usar la estrategia de votar no por el candidato de su preferencia —si sabe que de todos modos no ganará—, sino por el que entre los posibles ganadores dañaría menos al país…

En resumen: hay que usar criterios éticos, procurando al máximo que tanto el bien común como el particular ganen, y usando la sagacidad.

 

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Dar la vida por…

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 1, 2014

Hay quienes dan la vida por un ideal: Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Jesucristo y muchos más fueron asesinados por defender sus metas.

Otros dan la vida, gota a gota, día a día, gastándola por una causa. Y la mayoría de ellos ha logrado sus sueños.

¿Y tú? ¿Por qué luchas? ¿Cuál ideal da sentido a tu existencia? ¿Para qué te levantas todos los días?

¿Acaso eres de los que responden: “Es que tengo que ir a trabajar” o: “a estudiar”?

Quizá no tengas ideales…

Entonces déjame preguntarte: ¿Qué impulsa tus actos? ¿Qué te mueve a trabajar? ¿Qué deseas en esta vida?

Existen seres humanos que lo único que quieren es no sufrir; pasan sus días tratando de evitar el dolor, los sufrimientos, las penas, los sinsabores… ¡Y jamás lo logran! ¿Sabes por qué? Porque en la vida humana, además de los gozos, siempre habrá sufrimientos.

Es que, con respecto a este tema, hay sólo dos opciones: trabajar sin miedo al sufrimiento ni a la muerte por conseguir un ideal o sufrir estúpidamente.

Recuerda la época de Alejandro Magno: la mayoría de sus coetáneos vivían para la gloria, luchaban por la fama, se sometían a cualquier sufrimiento por quedar como héroes, como los más valientes; arriesgaban su vida por ello y, si morían en el intento, se daban por bien pagados: su historia había quedado como un ejemplo para la posteridad…

Eso mismo —con connotaciones distintas— veíamos en las películas de vaqueros del oeste estadounidense: ¡Cuántas veces los oímos exclamar: “Es mejor morir como un valiente que vivir como un cobarde”!

La gloria ante los hombres. Algunos encuentran en esto una razón para vivir. Pero, dime: ¿Vale la pena vivir por eso?, ¿morir por eso?

Te lo digo porque hoy hay muchos y muchas que arriesgan su vida y se someten a toda clase de sacrificios por obtener una buena imagen: lo que no hacen por un gran ideal sí son capaces de hacerlo por ser delgadas y esbeltas —ellas— o ellos, por tener gran musculatura: ¡cuántas dietas y cirugías!, ¡cuántas horas pasan en el gimnasio!… Y la mayoría terminan igual que los demás: viejos, arrugados, olvidadizos (cuando no con alzheimer), encorvados, arrastrando los pies, dependientes… Eso no es gloria; ¡Es vanagloria!: gloria vana.

Lo mismo pasa con quienes intentan alcanzar la dicha con la fama, las alabanzas, los elogios, el prestigio… Buscan la popularidad, la reputación, el crédito, los honores… Compiten por premios, homenajes, distinciones, diplomas, estatuillas…; y persiguen todas estas cosas con ahínco, como si necesitaran el reconocimiento de los demás… Aquí no solo hay gloria vana sino también esclavitud.

Esclavitud parecida a la de aquellos que viven solo para el placer o el tener…

Otros, en cambio, han puesto sus talentos al servicio de la humanidad.

Te lo pregunto de nuevo: ¿Qué motiva tu vida? ¿Por cuál ideal estás dispuesto a sufrir?, ¿a morir?

El ideal que te motive le dará el valor a tu existencia. En otras palabras: tu valor como ser humano lo define aquello por lo que eres capaz de dar la vida.

Busca, pues, ese ideal. Pronto.

Y comienza a vivirlo. ¡Comienza a vivir!

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La enfermedad del III milenio

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 16, 2014

 

¿Tiene la vida algún sentido? ¿Por qué existe la enfermedad? ¿Qué explicación hay para el sufrimiento humano? ¿Por qué nacen algunos en hogares ricos y otros son tan pobres? ¿Dónde se encuentra la felicidad auténtica? ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Existe la suerte… o el destino? ¿Por qué sufrimos estrés? ¿En qué consiste el amor?…

Por supuesto: hay muchas preguntas más. Pero la más importante es: ¿Puede ser feliz un ser humano sin resolver estas inquietudes?

Y tú, ¿ya contestaste estas y tantas preguntas que nacen durante la adolescencia? ¿O las muchas ocupaciones de la vida —estudios, trabajo, amistades, noviazgo, matrimonio, cónyuge, hijos, etc.—, hicieron que te olvidaras de buscar el sentido de tu existencia?

Tal vez lo que hiciste fue elegir creer en lo que subjetivamente te pareció más factible, sin el menor estudio… Así decidiste en qué dios creer, qué te puede dar más felicidad, qué es lo correcto, con quién casarte, si tener hijos o no, qué estudiar, etc.

Y quizá las circunstancias, sin preguntarte siquiera, dispusieron en qué empresa debías trabajar, cuánto ganar, dónde vivir, con quién…

Efectivamente, ahora que comenzó el tercer milenio, los seres humanos —que llevan cerca de doscientos mil años sobre la tierra— nunca habían vivido más inconscientes:

No solamente ignoran su esencia sino que toman las decisiones más importantes de su vida sin criterios seguros, obviamente porque una cosa lleva a la otra: si ni siquiera sé quién soy, qué soy, ¿cómo voy a saber lo que me hará feliz? Si no conozco mi dignidad, mi valor como ser humano, ¿cómo voy a dimensionar si los actos que realizo me procurarán el verdadero bienestar?

Y lo que es peor: al no tener una norma objetiva para la toma de decisiones, la mayoría de los habitantes de este globo terráqueo usan el primer criterio subjetivo que les viene a la mente:

  • unos se entregan por completo a divertirse y procurarse los mayores placeres, reduciéndose así a una especie de máquinas de autocomplacencia;

  • otros dedican todos su esfuerzos a ganar dinero y poder, esclavizados por el deseo de tener, en el que fundamentan todas sus seguridades, sin pensar siquiera qué harán cuando les llegue a faltar;

  • algunos encaminan sus vidas a sobresalir en el campo profesional, a lucirse en cualquier arte o con la apariencia, pensado así atraer las miradas y la admiración de los demás, demostrando con esto lo vacíos que se sienten por dentro;

  • hay quienes a lo único que aspiran es a no padecer dolores y sufrimientos, convirtiéndose así en seres pusilánimes (incapaces de emprender cualquier ideal), cobardes y apocados, siempre tristes…

Y son todos estos quienes deciden casarse por infinidad de razones distintas al amor auténtico, único criterio que asegura la felicidad conyugal perenne; y también de estos grupos es de donde salen esas personas que eligen la vida religiosa o sacerdotal por capricho, para esconderse, por seguridad económica, comodidad…, por cualquier razón diferente al amor a Dios…

No tienen ideales algunos, fuera de sus mezquinos egoísmos.

Son los que uno les pregunta por qué salen a estudiar o a trabajar, y contestan un par de palabras que denotan su esclavitud, su falta de libertad: “Porque toca”.

Suelen ser mediocres en sus vidas, en sus labores, en sus relaciones… ¡Ni siquiera se les ocurre dejar un legado en este mundo!…

No parecen seres humanos vivos, parecen zombis (muertos que parecen vivos), porque en realidad no están vivos: vivir es tener una razón para hacerlo; sobrevivir es apenas mantenerse vivo. Los animales, por ejemplo, simplemente sobreviven.

Para agravar su desgracia, precisamente porque no perciben el gran valor que tienen como personas humanas, piensan y actúan en contra de su propia naturaleza, de su propia dignidad:

  • usan la sexualidad, no para donarse y enriquecerse mutuamente y abiertos a la procreación como expresión natural del amor verdadero, sino para usarse el uno al otro en un utilitarismo degradante, que hace del otro un simple objeto de placer sexual, no una persona con valores y sentimientos que desea ser respetada y amada, facilitando la promiscuidad vil, cada vez más pare3cida a la conducta animal;

  • con este mismo criterio sobre la vida sexual, inducen a la infidelidad, que cae sobre el otro, con toda su carga de frustración y dolor, y que deja secuelas psicológicas graves en sus hijos, casi imposibles de superar sin ayuda profesional especializada (se llegan a propiciar, como si fueran naturales, orgías sexuales en las que mezclan los cónyuges de dos o más parejas);

  • defienden la idea de que la homosexualidad es simplemente una opción —a pesar de ser antifisiológica y contraria a la anatomía natural—, y hasta exigen el “derecho” de las parejas homosexuales a adoptar hijos, olvidándose del natural derecho del niño a tener un padre y una madre;

  • llegan a defender el homicidio de personas humanas en el vientre materno, sin tener en cuenta los conocimientos científicos —genéticos y embriológicos— que demuestran lo que el sentido común ya sabía: que la vida comienza con la concepción y que, por ser humana, merece el mismo respeto que la de un adulto…

Se podría seguir indefinidamente mostrando qué tan ruin puede llegar a ser el individuo por este camino.

En fin, basados en la falacia de que “todo lo moderno es mejor”, promueven todos esos errores contrarios a su propia esencia, como si fueran aciertos, sin darse cuenta que jamás los llevarán —ni a ellos ni a quienes intentan persuadir— por los caminos de la felicidad, pues tanto cuando se vulnera el derecho a la vida como cuando se viola la entraña misma de su dignidad, aparecen tal corrupción y tal perversión, que la vida se deshumaniza y esclaviza.

En cambio, quienes son coherentes, es decir, quienes saben que sus actos no deben ir en contra de su propia naturaleza, se esfuerzan en conocer esa naturaleza profundamente y ejecutan cada una de sus acciones en concordancia con ella.

Con esta libertad de pensamiento y de acción (ya no se dejan guiar por el error), sin permitir que el acaso o las circunstancias decidan por ellos, eligen acertadamente entre las diferentes opciones y descubren que hay una razón para su existencia en este mundo, que tienen una misión y que cumpliéndola se realizarán como verdaderos seres humanos, dirigiendo sus vidas hacia la auténtica felicidad.

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