Saber vivir

Posts Tagged ‘Felicidad’

El dinero de los esposos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 21, 2018

 

Antes de que se estableciera el matrimonio como la ceremonia que conocemos, la entrega de una pareja de adultos entre los primeros seres humanos, consistía en un tácito acuerdo de fidelidad absoluta. Así, por ejemplo, en una entrevista, el doctor Terrence Deacon (paleoantropólogo) explica, hablando de las características propias del Homo Sapiens:

“Creo que el problema que se plantea […] es el de encontrar medios para establecer conductas sociales predecibles, concretamente en torno a la sexualidad: conductas socialmente aceptadas en cuanto a la inclusión o a la exclusión de las relaciones sexuales. Unas relaciones así establecidas no son meros apareamientos; en cierto sentido son promesas. Son mensajes acerca de un futuro posible, acerca de lo que debe o no debe suceder […]. Creo que el primer contexto en el que evoluciona la representación simbólica es algo así como un ritual de boda, la determinación pública y social de ciertas obligaciones sexuales y exclusiones reproductivas.” (“Hombre mono”, Rod Caird: entrevista a Terrence Deacon, neurobiólogo de la universidad de Boston, agosto de 1993)

Asimismo, desde sus inicios, ese acuerdo implicaba la entrega mutua, total, sin condiciones e irreversible de sus seres: el uno se da al otro totalmente y para siempre.

Junto con otras, ambas características, según este y otros paleoantropólogos, definen al ser humano y lo diferencian de las otras especies.

El matrimonio de hoy es ese ritual —ya explícito— en que dos seres humanos de distinto sexo se comprometen ante la sociedad toda (y ante un Dios, entre los creyentes) a amarse, entregándose no solo todas sus pertenencias, sino también y principalmente ellos mismos: sus mismos seres, para el enriquecimiento del otro; una donación total que se hace con la única finalidad de construir un nosotros, en el que siguen su camino —ahora juntos— para alcanzar la plenitud de la felicidad en el plano afectivo.

Pero esa entrega total implica que se dé en los 3 planos en los que se mueve el ser humano: el biológico (sus cuerpos), el psicológico (afectos, emociones) y el espiritual (lo hacen para siempre). Pretenden así llegar a la realización personal en el plano afectivo, y a la felicidad personal y de pareja. Y, como consecuencia natural de esa entrega total, se da la procreación (si no hay impedimento de salud), evidencia sublime de ese amor, de esa entrega.

Es en este contexto en donde se entienden mejor esas exclusiones sexuales de por vida que se dan en los seres humanos, desde sus comienzos, y que tanto los distinguen de las demás especies: había una promesa implícita de vivir en adelante el uno para el otro, con todo su ser.

En esta entrega total, con todas las connotaciones descritas, es totalmente incomprensible la conducta tan arraigada hoy entre la parejas: que cada uno maneje su propio dinero, y que cada uno se encargue de determinados gastos del hogar; o  el que haya esposos varones que manejan esos gastos, sin permitir que sus esposas (aquellas que no tienen ingresos) intervengan. Peor aún es el caso de quienes le dan una mesada a sus esposas o que ni siquiera hacen eso: nunca les dan nada. La incongruencia es total: en una relación auténticamente humana se supone que entregan todos sus seres el uno al otro, ¿y se reservan el dinero?

Ese actuar está muy por debajo de la entrega que debería darse ente dos individuos y desdice de su dignidad. Lo humano es que los ingresos sean manejados por ambos.

Lo peor de esta conducta es que los esposos se van acostumbrando a esa idea de no compartirlo todo: comienzan por el dinero y las cosas materiales y terminan aislándose afectivamente cada día más. Y los hijos observan ese comportamiento tan poco humano, con lo que se presagia también en ellos la infelicidad conyugal que aprendieron de sus padres.

 

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Antes de ser padres y madres

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 13, 2017

Todos los educadores son unánimes al respecto: se nota cuando los estudiantes tienen papás, tanto en el rendimiento académico como en el comportamiento.

Y así es, efectivamente: los educandos que sobresalen en las notas y quienes mejores relaciones tienen con sus compañeros y profesores son aquellos que son los que recibieron cariño, atención.

Antes de que aflore la prepubertad, hacia los doce años de edad, todo niño requiere una dosis de atención, cuidado, esmero por parte de sus padres. Y la única medida que tienen para ello es el tiempo que se les dedica.

Ser padres no solo implica procrear, generar una nueva vida, sino darle a ese nuevo ser todo lo necesario para su desarrollo integral: biológico, emocional, moral, espiritual, relacional, afectivo, laboral, cultural, social, lúdico…

Todo esto deben evaluar quienes deseen ser padres antes de dar este paso tan importante: ¿Tendré tiempo suficiente para estar al lado de mi hijo/a hasta que se haga hombre/mujer? ¿Tendré la capacidad de estar a su lado hasta que sea capaz, por sí mismo/a, de acometer todos los desafíos de su vida? ¿Seré capaz de anteponer mi paternidad/maternidad a otras metas personales?…

También las estadísticas afirman que quienes crecieron sin ese apoyo, sin esa ayuda, no solamente no logran su estabilidad en lo emocional y en lo afectivo, sino que desarrollan mucha falencias que los incapacitan para muchas tareas, ¡especialmente para ser padres!, con lo que se perpetúa el problema por generaciones.

La tarea más importante del ser humano es el legado que dejará en la sociedad; y aunque ese legado pueden ser logros profesionales que ayuden a la especie humana, el mayor de todos es dejar nuevos individuos sanos y aptos para aportar lo necesario para la instauración de una vida humana más digna en este mundo: hijos que no tienen problemas emocionales ni afectivos.

Así, pues, antes de ser padres o madres, debemos preguntarnos si lo único que buscamos es llenar un capricho personal egoísta o si queremos dar a esos hijos la mayor estabilidad psicológica posible y los medios necesarios para que se forjen su propia felicidad.

 

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“TIPS” para la educación de los hijos

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 2, 2016

Los siguientes son unos consejos puntuales que resumen casi todo lo que de actitud debe tener un padre o madre, para educar adecuadamente a sus hijos

• Castiga POR amor (no por rabia u otra razón) y CON amor (no con rabia o con otra emoción)

• Explica siempre por qué castigas
• Nunca grites ni levantes la voz; que tus hijos noten tanto tu serenidad como tu seguridad: suavidad y hasta dulzura en las palabras, junto con una decisión irrevocable
• Una vez establecido un castigo, no te retractes: jamás dejes de cumplirlo

• Nunca amenaces; actúa

• Verifica una y otra vez que tus órdenes se cumplan: no te distraigas: si ordenaste no correr, por ejemplo, fíjate si después de unos minutos ya no te están obedeciendo, para poner remedio de inmediato

• Cuando se han puesto todos los anteriores medios y no se consiguen resultados, apriétale el antebrazo a tu hijo (sin torcerlo) -y mirándolo fijamente a los ojos- repréndelo con voz firme y suave (sin levantar la voz)

• Si un padre decide algo, el otro debe hacerlo respetar (no importa si está de acuerdo o no)

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LEE ESTO TODOS LOS DÍAS, MEDÍTALO, PONLO EN PRÁCTICA, REVISA DIARAIAMENTE CÓMO ESTÁS CUMPLIENDO CADA CONSEJO, CORRÍGETE AL DÍA SIGUIENTE…

TERMINARÁS GANANDO AUTORIDAD, VIVIRÁS EN UN HOGAR LLENO DE PAZ Y, SOBRE TODO, ¡HARÁS FELICES A TUS HIJOS!

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La inconsciencia

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 19, 2015

DestinoEl ser humano tiene la facultad de preguntarse acerca de su origen, su destino y la razón de su existencia. Esto lo hace único y superior a todas las especies. Por esto, la humanidad ha producido miles de pensamientos y pensadores, todos tratando de resolver estos interrogantes.

No es necesario ser filósofo para descubrir que, ya no miles sino millones de personas viven su existencia indiferentes ante esas inquietudes. Y esto no es coherente.

Alguien afirmó jocosa y sarcásticamente alguna vez que el ser humano, como las plantas y los animales, simplemente nace, crece, se reproduce y muere. A veces esta sentencia no parece tan disparatada: si se le pregunta a un joven cuál es la razón de ser de su existencia, cuál es su misión en este mundo, de dónde vino y para dónde va, es muy posible que no tenga respuestas. Pero teniendo en cuenta que la juventud es la etapa de la vida en la que nacen esas preguntas, está claro que no se le pueden exigir.

Lo que sí sorprende es que tampoco los adultos ni los viejos suelen tener respuestas… En algún momento de su existencia, el joven inquieto por estos cuestionamientos deja de hacérselos. ¿Por qué?

En la mayoría de los casos, las respuestas a esas preguntas quedan ahogadas por las circunstancias de la vida moderna: el estudio universitario, el noviazgo y el matrimonio, los afanes económicos, profesionales, laborales, las exigencias sociales y culturales, y hasta por el poco tiempo que deja hoy la tecnología…

Es difícil admitir que el ser humano contemporáneo vive tan agobiado por el hacer que se olvidó del ser. Y esto es dramático: ¡No sabe qué es él ni por qué vive, pero sí se ocupa en miles de actividades, como si supiera por qué y para qué hace todo eso!

La masa humana, aunque acepta teóricamente la posibilidad de su felicidad —la llama: realización personal— y la busca cotidianamente, no cree en ella.

La verdad es que la especie humana tiene tácita, colectiva e inconscientemente determinado que su finalidad es simplemente el bienestar. Esta es su máxima aspiración. Para la mayoría, el concepto de felicidad es tan pobre que se reduce a eso: un bienestar principalmente físico y, si se pudiera, ojalá también psicológico. “Si se pudiera…”, lo dice desesperanzado…

La pregunta obvia es: ¿Cómo puede realizarse un ser que no conoce su propia identidad, su valor, su esencia, su propósito, el objetivo de su existencia?

Y la respuesta también es elemental: No puede.

¡Qué triste es ver por el mundo, más que seres humanos, entes buscadores de placer y de poseer, maquinitas para producir, sujetos anhelantes de fama y de poder, esclavos de la sociedad de consumo y de los medios de comunicación, que los hacen pensar y desear lo que ellos venden!…

Podemos preguntar si eso es vida, vida humana… Y se nos responderá que la mayoría de los seres humanos no viven sus vidas, no tienen control sobre ellas: son autómatas dominados por lo que los rodea; no son libres. La vida que llevan vive por ellos. Están como muertos, aunque parezcan vivos; y a eso se lo denomina zombis.

 

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Crisis de madres

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 1, 2015

Madres, crisisLa característica que más nos diferencia de los animales, más allá de la inteligencia y de la facultad de decidir —la voluntad—, es nuestra capacidad de amar, de amar hasta el extremo de olvidarnos de nosotros mismos por alcanzar el bien de quien amamos.

El amor maternal es el que mejor lo puede expresar: una mamá es capaz de dejarse matar por su hijo. No así los animales: las madres animales defienden su cría de los predadores solamente hasta cuando deben escoger cuál vida salvar, y optan entonces por abandonar a su cría y salvarse.

El ser humano puede definirse, por lo tanto, como aquel ser vivo que ama. Quiere decir esto que nuestra esencia radica en el amor.

Es por eso que lo que más nos realiza como seres humanos es amar y ser amados y, en consecuencia, lo que más daño nos hace es no amar ni ser amados.

De esta verdad se deriva que la mayoría de los problemas afectivos y emocionales del hombre se forjan en su etapa de formación más tempana, la infancia o niñez, que es la fase de desarrollo comprendida entre el nacimiento y la prepubertad (hacia los doce años de edad), pues todo ser humano requiere en esa época de una dosis de amor suficiente, para ser estable en ambos aspectos de su vida: el afectivo y el emocional.

Si un individuo recibe bajos niveles de nutrición en esta etapa de desarrollo presentará un índice de crecimiento biológico menor y quedará más propenso a determinadas enfermedades. Asimismo, si durante esos años una persona recibe una dosis de amor inferior a la que se requiere, no solamente sufrirá esa carencia sin poder entenderla, sino que, por no tener las herramientas necesarias para solucionarla, ocultarla, disimularla o, al menos, tratar de vivir sin que le produzca muchos daños, esa carencia afectiva derivará en una incapacidad para dar y darse en una entrega recíproca de amor, pues en las relaciones que tenga como joven y adulto sólo buscará suplir de alguna manera lo que no recibió en la infancia.

Por eso, hay individuos que buscan denodadamente a alguna persona a quién reclamarle el amor que tanto les faltó —y les falta—, depositando en ella todos sus afectos de manera enfermiza, posesiva y siempre psicodependiente, mientras que otros tratarán de abstraerse del amor por todos los medios, para no tener que sufrir nunca… Esto, como se vio más arriba, impedirá que la persona pueda realizarse y ser feliz.

Además de la disfunción en las relaciones interpersonales que todos estos individuos presentan, también adolecen de inestabilidades emocionales, que los harán más proclives que otros a sufrir muchas patologías psicológicas, como estrés, ansiedad, angustia, depresión, agresividad o cobardías y pusilanimidades, etc.

Durante la mencionada etapa de la infancia, por la precariedad de sus juicios y criterios, el niño no tiene otra medida para evaluar el amor que el tiempo que se le dedica:

—Mi mamá no tiene tiempo para mí; eso quiere decir que no me ama.

Quizás algunos —más creciditos— sean capaces de deducir:

—A mi mamá le interesa más el trabajo que estar conmigo; por lo tanto ama más su trabajo que a mí.

Es verdad que siempre se ha presentado el caso de parejas de esposos que, por sus escasos ingresos y para cubrir las necesidades básicas suyas y de sus hijos, ambos deben trabajar. Pero en los tiempos modernos muchas mamás están también ausentes en las vidas de sus hijos: unas porque desean “realizarse” como profesionales; otras, porque creen que es más importante forjarles a sus hijos un futuro económico estable que un futuro psicoafectivo y psicoemocional estable.

“Todos esos son criterios retrógrados”, afirman algunos pero, por desprenderse de la esencia del ser humano, son perennes e inmutables.

Basado en ellos, el lector decidirá si tiene hijos y, en caso afirmativo, cuántos.

El lector decidirá así el futuro de la humanidad: Hombres y mujeres sanos o enfermos; felices o desdichados.

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¿Opinar sobre la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 1, 2014

 

Cada vez que observamos una circunstancia o un comportamiento humano, inmediatamente nos formamos un juicio interior sobre ello; y a veces —quizá con mucha frecuencia— hasta lo manifestamos.

Pero, ¿qué tan acertado es ese juicio?

En el caso de una persona, por ejemplo, ¿cuánto sabemos acerca de las circunstancias que se rodeaba? ¿Conocemos su historia?, ¿entendemos cómo la afectó su vida familiar en su infancia para actuar como lo hizo?…

Es conocidísimo el ejemplo que pusiera Steven Cobie en uno de sus best seller: el caso de una señora que, enojada con un hombre que mantenía los ojos en el piso y no controlaba a los bulliciosos niños con los que se subió al metro, lo reprendió con dureza. El señor la miró un instante, bajó los ojos de nuevo y dijo: “Sí, señora; tiene razón… Supongo que están así porque no saben cómo reaccionar… Acaban de perder a su madre…”

¡Pocas veces nos percatamos de haber hecho un juicio falso o por lo menos desacertado, al verificar que fueron otros los motivos los que movieron a la persona a actuar o hablar de determinada manera!: a veces un gesto de dolor lo interpretamos como agresión; un silencio como cobardía o algún cargo de conciencia; una sonrisa como una burla…

¿No es verdad que acostumbramos a lanzar juicios sobre personas que desconocemos o cuyos motivos de obrar ignoramos? Nos atrevemos a juzgar lo que no alcanzamos ni comprendemos completamente, lo que no penetramos.

Decimos lo que creemos, pensamos, opinamos, ¡juzgamos!

Y, si eso ocurre con una sola persona, ¿qué podremos decir en las discusiones entre dos? La ignorancia se multiplica por dos y el margen de error también.

 

Eso mismo hacemos con las instituciones: sin averiguar minuciosamente qué razones las llevan a tomar algunas determinaciones, con una facilidad asombrosa somos capaces de emitir opiniones sobre sus decisiones. Dictaminamos, sentenciamos, damos veredictos, basados casi siempre en nuestra ignorancia sobre el tema.

¿No es eso lo que ocurre cuando criticamos una decisión gubernamental, sin haber asistido a los debates previos con base en los cuales la produjeron? Un ejemplo más pequeño es el del conductor de automóvil que se queja de una restricción en un cruce, sin conocer las estadísticas de accidentes que instaron a la autoridad correspondiente a prohibirlo (esto no quiere decir que las autoridades siempre acierten; por eso mismo es necesario estudiar cada caso con profundidad).

Antes de juzgar, pues, es necesario saber.

¿Qué opinión puede dar, por ejemplo, un ingeniero civil en una junta médica que dirime lo que se le debe hacer a un enfermo de gravedad? O al revés: ¿Qué puede aportar un médico para realizar un cálculo de estructuras para un gran edificio?

Que cada cual opine en lo que sabe.

 

Además de todo esto, hay tres temas en los que la mayoría de las personas cree que puede opinar sin tener conocimiento suficiente. Y son los más controversiales: la ética, la felicidad y la fe.

Estos temas, que son los más investigados en la historia de la humanidad —hay una mole inmensa de investigaciones científicas serias—, son los que deberían estudiar previamente quienes desean discutirlos; pero precisamente son estas las investigaciones que menos se leen: la mayoría de los hombres opinan sobre la ética, la felicidad y la fe —tan estrechamente relacionados entre sí— basados únicamente en criterios subjetivos.

Como se deduce, argüir sin este conocimiento previo no produce utilidad alguna y, con más frecuencia de la que quisiéramos, la discusión termina produciendo acaloramientos fastidiosos y, a veces, hasta agresiones personales infantiles.

Y si no tenemos tiempo para estudiar, ¿no sería prudente dejarnos enseñar de quienes en la práctica están logrando la felicidad o ya la consiguieron?

 

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El dolor humano

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 1, 2014

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y mientras más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir sólo unos pocos días bebiendo únicamente agua mineral: pero es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así son los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué en la naturaleza existe esa ley?

Es que cada acto de amor a otro extirpa de mí un poco de mi egoísmo o, por lo menos, de mi egocentrismo. Esta pequeña violencia que me hago al olvidar mi satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco mi egoísmo, y no me importa, puesto que estoy enamorado.

Ese “morir un poco mi egoísmo” es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en quien amo que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y —¡qué paradoja!— así me hago feliz.

En la medida en que tenga más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, me sacrifico más por él. Basta ver el amor de una madre, y hacer memoria de la cantidad ingente de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él… como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro yo, para que aparezca el : si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor de cada día el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor de cada día el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor de cada día el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

Si supiéramos qué tan bueno es el dolor, se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera.

Todo, aun lo que parece negativo, es para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

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La enfermedad del III milenio

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 16, 2014

 

¿Tiene la vida algún sentido? ¿Por qué existe la enfermedad? ¿Qué explicación hay para el sufrimiento humano? ¿Por qué nacen algunos en hogares ricos y otros son tan pobres? ¿Dónde se encuentra la felicidad auténtica? ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Existe la suerte… o el destino? ¿Por qué sufrimos estrés? ¿En qué consiste el amor?…

Por supuesto: hay muchas preguntas más. Pero la más importante es: ¿Puede ser feliz un ser humano sin resolver estas inquietudes?

Y tú, ¿ya contestaste estas y tantas preguntas que nacen durante la adolescencia? ¿O las muchas ocupaciones de la vida —estudios, trabajo, amistades, noviazgo, matrimonio, cónyuge, hijos, etc.—, hicieron que te olvidaras de buscar el sentido de tu existencia?

Tal vez lo que hiciste fue elegir creer en lo que subjetivamente te pareció más factible, sin el menor estudio… Así decidiste en qué dios creer, qué te puede dar más felicidad, qué es lo correcto, con quién casarte, si tener hijos o no, qué estudiar, etc.

Y quizá las circunstancias, sin preguntarte siquiera, dispusieron en qué empresa debías trabajar, cuánto ganar, dónde vivir, con quién…

Efectivamente, ahora que comenzó el tercer milenio, los seres humanos —que llevan cerca de doscientos mil años sobre la tierra— nunca habían vivido más inconscientes:

No solamente ignoran su esencia sino que toman las decisiones más importantes de su vida sin criterios seguros, obviamente porque una cosa lleva a la otra: si ni siquiera sé quién soy, qué soy, ¿cómo voy a saber lo que me hará feliz? Si no conozco mi dignidad, mi valor como ser humano, ¿cómo voy a dimensionar si los actos que realizo me procurarán el verdadero bienestar?

Y lo que es peor: al no tener una norma objetiva para la toma de decisiones, la mayoría de los habitantes de este globo terráqueo usan el primer criterio subjetivo que les viene a la mente:

  • unos se entregan por completo a divertirse y procurarse los mayores placeres, reduciéndose así a una especie de máquinas de autocomplacencia;

  • otros dedican todos su esfuerzos a ganar dinero y poder, esclavizados por el deseo de tener, en el que fundamentan todas sus seguridades, sin pensar siquiera qué harán cuando les llegue a faltar;

  • algunos encaminan sus vidas a sobresalir en el campo profesional, a lucirse en cualquier arte o con la apariencia, pensado así atraer las miradas y la admiración de los demás, demostrando con esto lo vacíos que se sienten por dentro;

  • hay quienes a lo único que aspiran es a no padecer dolores y sufrimientos, convirtiéndose así en seres pusilánimes (incapaces de emprender cualquier ideal), cobardes y apocados, siempre tristes…

Y son todos estos quienes deciden casarse por infinidad de razones distintas al amor auténtico, único criterio que asegura la felicidad conyugal perenne; y también de estos grupos es de donde salen esas personas que eligen la vida religiosa o sacerdotal por capricho, para esconderse, por seguridad económica, comodidad…, por cualquier razón diferente al amor a Dios…

No tienen ideales algunos, fuera de sus mezquinos egoísmos.

Son los que uno les pregunta por qué salen a estudiar o a trabajar, y contestan un par de palabras que denotan su esclavitud, su falta de libertad: “Porque toca”.

Suelen ser mediocres en sus vidas, en sus labores, en sus relaciones… ¡Ni siquiera se les ocurre dejar un legado en este mundo!…

No parecen seres humanos vivos, parecen zombis (muertos que parecen vivos), porque en realidad no están vivos: vivir es tener una razón para hacerlo; sobrevivir es apenas mantenerse vivo. Los animales, por ejemplo, simplemente sobreviven.

Para agravar su desgracia, precisamente porque no perciben el gran valor que tienen como personas humanas, piensan y actúan en contra de su propia naturaleza, de su propia dignidad:

  • usan la sexualidad, no para donarse y enriquecerse mutuamente y abiertos a la procreación como expresión natural del amor verdadero, sino para usarse el uno al otro en un utilitarismo degradante, que hace del otro un simple objeto de placer sexual, no una persona con valores y sentimientos que desea ser respetada y amada, facilitando la promiscuidad vil, cada vez más pare3cida a la conducta animal;

  • con este mismo criterio sobre la vida sexual, inducen a la infidelidad, que cae sobre el otro, con toda su carga de frustración y dolor, y que deja secuelas psicológicas graves en sus hijos, casi imposibles de superar sin ayuda profesional especializada (se llegan a propiciar, como si fueran naturales, orgías sexuales en las que mezclan los cónyuges de dos o más parejas);

  • defienden la idea de que la homosexualidad es simplemente una opción —a pesar de ser antifisiológica y contraria a la anatomía natural—, y hasta exigen el “derecho” de las parejas homosexuales a adoptar hijos, olvidándose del natural derecho del niño a tener un padre y una madre;

  • llegan a defender el homicidio de personas humanas en el vientre materno, sin tener en cuenta los conocimientos científicos —genéticos y embriológicos— que demuestran lo que el sentido común ya sabía: que la vida comienza con la concepción y que, por ser humana, merece el mismo respeto que la de un adulto…

Se podría seguir indefinidamente mostrando qué tan ruin puede llegar a ser el individuo por este camino.

En fin, basados en la falacia de que “todo lo moderno es mejor”, promueven todos esos errores contrarios a su propia esencia, como si fueran aciertos, sin darse cuenta que jamás los llevarán —ni a ellos ni a quienes intentan persuadir— por los caminos de la felicidad, pues tanto cuando se vulnera el derecho a la vida como cuando se viola la entraña misma de su dignidad, aparecen tal corrupción y tal perversión, que la vida se deshumaniza y esclaviza.

En cambio, quienes son coherentes, es decir, quienes saben que sus actos no deben ir en contra de su propia naturaleza, se esfuerzan en conocer esa naturaleza profundamente y ejecutan cada una de sus acciones en concordancia con ella.

Con esta libertad de pensamiento y de acción (ya no se dejan guiar por el error), sin permitir que el acaso o las circunstancias decidan por ellos, eligen acertadamente entre las diferentes opciones y descubren que hay una razón para su existencia en este mundo, que tienen una misión y que cumpliéndola se realizarán como verdaderos seres humanos, dirigiendo sus vidas hacia la auténtica felicidad.

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¿Vivir o sobrevivir?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 3, 2012

 

Una investigación reciente mostró que un poco menos del 2% de los seres humanos es feliz y, cosa sorprendente, casi nadie se quiere morir.

¿Por qué sucede esto?

Los argumentos para responder esta pregunta pueden ser muchos, pero solo uno es acertado: al ser humano, por difícil que sea su situación, siempre le queda la esperanza. Esperanza de que la situación mejore por sí sola o por poder solucionarla. Los humanos somos de tal índole que siempre, aun cuando todas las puertas parezcan cerradas, persistimos en buscar una nueva salida.

Y siempre está latente en nuestro corazón la esperanza de hallar el camino para encontrar la felicidad.

Hay tantos hombres y mujeres que no comprenden para qué viven, por qué se levantan todos los días, para qué trabajan, por qué luchan y se afanan, por qué buscan divertirse con tanta ansiedad, por qué se frustran con tanta facilidad, por qué se deprimen tanto, por qué viven con estrés…

La mayoría de los hombres no viven la vida: solamente sobreviven.

Y lo hacen en un mundo que los induce a pensar que es más importante tener que ser; que es más valiosa la imagen que la dignidad del ser humano; que sobre el bien común domina siempre el particular; que aunque el mundo se autodestruya poco a poco, lo que interesa es disfrutar; que no le incumbe a esta generación la suerte de las venideras…

La puerta que se debe abrir para hallar las respuestas a las inquietudes más profundas del ser humano es la legítima sabiduría, la vía segura para arribar a la verdadera e imperecedera felicidad: ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? ¿Qué vine a hacer en esta vida?…

Contestar estas preguntas es ineludible para eliminar una de las principales causas del estrés moderno, tan arraigado en esta sociedad consumista…., ¡y a punto de ser consumida por sí misma!

Y ese será el comienzo del camino del auténtico vivir, que está muy por encima del simple sobrevivir.

 

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Los ‘Idols’

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 21, 2011

 

En un colegio femenino se citó a los padres de familia para que asistieran a una conferencia sobre la educación sexual de las niñas de bachillerato. Allí se les hablaría de la felicidad conyugal de sus hijas y se les darían pautas para ayudarlas a lograrla, basados en unas encuestas que se les hicieron con anterioridad.

Fue una conferencia muy útil y, por supuesto, muy importante: las estadísticas muestran que, de cada cinco matrimonios, dos se separan en menos de un año y los otros tres consiguen un promedio de duración de cinco a siete años.

Si se tienen en cuenta las investigaciones más recientes en donde se muestran las consecuencias que esto acarrea en los hijos en los planos psicoafectivo y psicoemocional, era de esperarse que todos los padres de familia asistieran.

Pero solo llegaron a la conferencia ocho parejas.

Quince días después se citó a los padres de familia a una presentación en la que las hijas mostrarían sus dotes artísticas, con bailes, cantos y tocando instrumentos musicales. El auditorio no dio abasto: casi novecientas personas asistieron.

El «tiempo» que dijeron no tener para invertir en el bienestar integral de sus hijas ya no fue obstáculo esta vez.

¿Qué indica todo esto? ¿Qué piensan hoy los padres? ¿Predomina el arte sobre la felicidad conyugal y familiar de sus hijas y nietos? ¿Acaso es más importante que los abuelos y tíos de las niñas admiren sus cualidades artísticas…? ¿Es el mundo de hoy tan superficial que los valores que fundamentan una vida feliz y digna, un hogar, una familia, estén postergados?…

Eso mismo está sucediendo con los concursos «Idols»: más de cien mil jóvenes acuden en masa a la cita, muchas desde dos días antes, a la intemperie. Los llantos y la decepción aparecen en la mayoría de ellos: fueron eliminados, como lo serán todas, menos diez.

Según ellos, ganarán la felicidad misma: giras, aplausos, ovaciones, premios, admiración… Y, si no han recibido la educación para ser seres humanos dignos, mujeres y hombres de bien, esposas y esposos felices, madres y padres, se sumarán a la larguísima lista de mujeres y hombres infelices y decepcionados, que no sabrán cómo evitarles eso mismo a sus hijas e hijos…

 

 

 

 

 

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¿Es posible la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 6, 2010

El principal error que se comete al tratar de contestar esta pregunta radica en que suelen confundirse los vocablos “felicidad” y “alegría”. El Diccionario de la lengua española define la alegría como “Sentimiento grato y vivo, producido por algún motivo de gozo placentero o a veces sin causa determinada, que se manifiesta por lo común con signos exteriores”, significado que apunta más a momentos pasajeros.

En cambio, felicidad es el “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”.

Para entenderla bien, es necesario, entonces comprender la palabra posesión: “Acto de poseer o tener una cosa con ánimo de conservarla”; es decir, la felicidad se encamina al mantenimiento de ese estado de complacencia en el ánimo.

Pero esos bienes pueden ser variados: materiales (objetos concretos o abstractos, como la salud), psicológicos (afectos, estado del ánimo o de la emotividad, etc.) o espirituales (relación con Dios y Fe).

Entonces la felicidad podría darse en muchos campos: desde la alegría que se produce con la adquisición de un objeto cualquiera, aunque sea muy poco valioso, hasta la que se logra con la utópica consecución de todos los bienes posibles.

 Con esto también se deduce que la verdadera felicidad es la posesión del bien mayor o más importante de todos, como se pasa a describir:

  • En primer lugar, la felicidad no depende del medio ambiente externo del ser: un hombre no está feliz porque no esté lloviendo, no está feliz porque no está enfermo, no está feliz porque no tiene problemas…; su felicidad no depende de esas u otras circunstancias, todas externas.
  • En segundo lugar, la felicidad tampoco depende de lograr o no los anhelos de la vida, porque a veces esos anhelos fueron dados por la cultura en la que se creció o por lo que los medios de comunicación impusieron.

Un ejemplo claro de esto es la televisión, que es la que muchas veces está formando a los niños: les dice que la felicidad se consigue con dinero, porque el placer no se logra sin dinero, sin cosas materiales. Les dice subliminalmente que la fama es uno de los valores más importantes de la vida y que quien la consiga será feliz.

Tener, placer, fama, poder… estereotipos que ciegan al hombre en su afán -velado o no- de felicidad.

La felicidad no viene de afuera, proviene de adentro.

  • En tercer lugar, la felicidad es inmutable: se puede ser feliz aun ante la ausencia de bienes materiales, en presencia de la enfermedad, etc.

Esto se explica al analizar las vidas de mujeres y hombres con mucha fama, con mucho dinero, con mucho poder o que han vivido en la comodidad y el placer: se descubre en muchos de ellos un alto grado de infelicidad. Hay varios ejemplos de suicidios de aquellos a quienes se les ha dado mucho reconocimiento internacional en las artes, la ciencia, la tecnología, la política, etc.

Y —qué paradoja— a veces se encuentran seres que, viviendo en medio de las tragedias más aterradoras, muestran no solo serenidad sino una capacidad grande de aceptación y de sobreponerse a las adversidades con renovado vigor y esperanza…

Es frecuente encontrar muchos que se ocupan más en los demás que en sí mismos. Precisamente en estos últimos se puede descubrir un constante sentimiento de felicidad, actitud que nunca deja indiferentes a quienes los conocen: atraen con su ejemplo e invitan a seguirlo.

 Ahora, ¿cómo hacer brotar la semilla de la felicidad?

1.  Tener una conciencia clara del destino al cual uno está llamado. Y, por lo tanto, buscar vivir en armonía con el Creador, con el cosmos (incluidos los demás) y consigo mismo (armonía interior).

2.  Iniciar un diálogo con Dios (no monólogo), para ir descubriendo la razón de ser de la vida personal: de dónde vengo, para dónde voy y qué vine a hacer en esta tierra.

3.  Contestada esa trascendental pregunta se hace aún más obligado hacer, decir y pensar en consecuencia: que todos los actos, las palabras y los pensamientos tengan el mismo objetivo.

4.  El resultado de vivir estos 3 pasos es una condición estable en la relación personal con Dios, una condición estable en la relación personal con los seres animados e inanimados y una condición interior estable. Así, el estado del ánimo ya no va a depender de las condiciones externas.

5.  Si bien es verdad que el que no busca no encuentra, también es verdad que todo el que busca la felicidad propia será siempre infeliz.

Pero el que la trata de dar la felicidad a los demás se encaminará, sin quererlo directamente, por la senda acertada de la dicha total, inmutable e imperecedera: no hay nada que pueda hacer tan feliz a un ser humano como deshacerse de su propio egoísmo para amar, luchar por la felicidad de los demás, ilusionarse a diario con lograr que otros sean felices…

Esa actitud ha sido patente en quienes lograron la felicidad. Siempre pensando en los demás antes que en ellos mismos, se llenaron indirectamente de lo que ahora llaman “autoestima”: autoestima que nació de saber que podían hacer algo por los demás, autoestima que los hizo tan grandes que hoy hacen la lista más grande de mujeres y hombres felices que hay en el mundo.

6.  Todo lo anterior es simplemente un preámbulo de la única y verdadera felicidad que añora el ser humano: la esperanza de estar algún día en aquel lugar donde estará Dios: todo lo bello, todo lo bondadoso, toda la verdad reunido en un solo ser… Todo el Amor que se nos da para llenarnos de felicidad. Esa no es la pequeña y pobre imagen de felicidad que cada uno tiene: no es una felicidad individual, es la felicidad. Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

 Quien lo desee puede ser otro de esos, si se lo propone:

  • Que ame y a las alegrías pasajeras de la vida habrá unido una felicidad inconmovible.
  • Que ame y las que llaman tristezas se convertirán en peldaños para llegar a la perfección, en obstáculos sorteables y necesarios para crecer.
  • Que ame y verá que su estado de ánimo permanecerá impasible ante las desgracias más atroces, ante el dolor, ante la muerte…
  • Que ame y será verdaderamente feliz.

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La infelicidad

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en agosto 19, 2008

Tras muchos años de investigación científica sobre el estrés, y con la experiencia de atender miles de personas que consultan para encontrar algo de felicidad en sus vidas, se pudo establecer una respuesta a las preguntas más frecuentes sobre la infelicidad:

¿Por qué sufrimos? ¿Cómo aparece la depresión?

¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos? ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia? ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira? ¿Qué nos enfurece?

¿Cómo se acaban las amistades? ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?

¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Y como se dedujo de la investigación, la soberbia es la causa de todos esos males.

El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra: «Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros» y «Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás».

Pero son muchas las formas que toma la soberbia: el orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas; la presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo; además, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que ocasionan daños a nosotros mismos, a nuestros seres queridos y a los demás seres que pueblan el mundo en que vivimos.

¿Y el remedio? La humildad, que es la virtud del que conoce sus limitaciones y debilidades y obra de acuerdo con este conocimiento.

No se trata de esa humildad de la que hablan a veces, cuando se refieren a quien tiene bajezas (de nacimiento o de otra cualquier especie). Tampoco es sumisión ni rendimiento, como se suele utilizar este vocablo.

Es ser conscientes de nuestra igualdad con todos los demás seres humanos quienes, con otras virtudes y defectos diferentes a los nuestros, luchan por encontrar algo de felicidad en esta vida.

Y esta actitud nos pone frente a los demás como lo que somos, y nos hace verlos como lo que son: seres limitados y necesitados de los demás… ¡Como nosotros!

Sufrimos más que todo porque se nos olvida eso, precisamente: que todos tenemos errores y con esos errores buscamos la felicidad…, y que todo sería más fácil si nos ayudáramos unos a otros.

Por eso discutimos acaloradamente y peleamos, por eso nace el sentimiento de envidia y por eso odiamos.

Por eso se acaban las amistades, los matrimonios…

Ese estrés moderno nos dejará cuando recordemos que todos sufrimos y que todos anhelamos lo mismo.

 

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El placer*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en julio 25, 2008

El ser humano es incomprensible, enigmático e indescifrable porque está empastado de ambigüedad, frecuentemente desconcertante. Busca apasionadamente la felicidad y lleva una vida de tensión y de vértigo; desea la paz y vive en la guerra cotidiana; anhela plenitud y se contenta con una felicidad instantánea.

En la sociedad actual se ha suplantado la felicidad por el placer, que se le ha elevado a valor supremo. El placer como fin y meta del hombre cotidiano. El placer se ha convertido en estilo de vida, de propaganda y de negocio, incluso en ética y en cultura. La gran masa vive aquello que decía Nietzsche: ‘La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche’, sin pensar ni proyectar en otra forma de vida diferente.

Sin embargo, cuanto más se busca el placer más se encuentra con la tristeza. No le faltaba la razón a Pascal cuando decía que los que más se divierten son precisamente los que más se aburren.”

 

 

José Antonio Merino

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El tener hipotecó al ser*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Se han impuesto la consigna y la voluntad de producir más para consumir más, y consumir más para que la producción no cese, sino que aumente. Tan pronto como se satisfacen unas necesidades, se estimulan y se crean unas nuevas. En la medida en que se satisfacen las necesidades estimuladas se van creando y elevando otras aspiraciones en el propio nivel de vida. Así se impulsan las ansias de bienestar y los deseos de una vida cómoda.

Los nobles esfuerzos humanos por superar la miseria, la pobreza y tantas limitaciones materiales del pasado, se han transformado en una espiral ilimitada de necesidades en los consumidores y de estímulos en los productores y propagandistas. Pero en la escala de la felicidad no siempre están más altos en felicidad los que más tienen y los que más consumen. El malestar del bienestar se ha hecho evidente. Y precisamente entre las clases más habituadas al consumo ha crecido un claro sentimiento de aburrimiento, de hastío y de cansancio vital.

Nos alimentamos de todo sin importarnos mucho de qué. Lo que interesa es tener sensaciones nuevas y estar satisfechos. El consumismo se ha convertido en un estilo de vida, en una aventura frenética y en una sed insaciable de devorar lo que sea: cosas, objetos, personas, valores, libros, tiempo, ideas, imágenes y manías. El hombre de la sociedad desarrollada, hostigado por la propaganda, es un ser que consume cada vez más y con mayor rapidez, pero sin la capacidad de disfrutarlo. Y con el consumo de las cosas y de los objetos, se consume también la propia vida.

Se vive suave y pacíficamente una esclavitud sublimada. Se vive con una conciencia feliz porque los sentidos están satisfechos y los egoísmos saturados.

El consumismo crea una cultura de experiencia sensible inmediata y del disfrute instantáneo y favorece una psicología del “fast food”, del consumo rápido, incidiendo en las relaciones del hombre con las cosas y en la misma manera de interpretarse y valorarse la persona humana. A veces cuando menos es el individuo tanto más necesita tener y demostrar que tiene para tapar y suplir las propias limitaciones y las ausencias personales.

 

José Antonio Merino

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Tres pensamientos sobre la riqueza y la felicidad*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Si quieres hacer rico a alguien,

no aumentes su fortuna:

disminuye su deseo.

 

Disfruta aquello que tienes,

porque si no eres feliz con poco

no lo serás tampoco con mucho.

 

No dejes que tus posesiones

te posean.

 

 

 

Anónimo

 

 

 

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Buscar la felicidad

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Si buscas la felicidad, no la hallarás; búscasela a otro y se habrirá la puerta de tu felicidad

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La felicidad se duplica*

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse en su cama durante una hora cada tarde, para ayudar a drenar los fluidos de sus pulmones. Su cama estaba junto a la única ventana del cuarto. El otro hombre debía permanecer todo el tiempo en su cama tendido sobre su espalda.

 

Los hombres hablaban por horas y horas. Hablaban acerca de sus esposas y familias, de sus hogares, de sus trabajos, su servicio militar, de cuando habían estado de vacaciones… Y cada tarde, el que estaba en la cama cercana a la ventana y podía sentarse, se pasaba el tiempo decribiéndole a su compañero de cuarto las cosas que podía ver desde allí. El hombre de la otra cama, en esos pequeños lapsos de una hora, sentía como si su mundo se agrandara y reviviera por toda la actividad y el calor del mundo exterior.

 

El hombre de la ventana hablaba desde la ventana de un hermoso lago, cisnes, personas nadando y niños jugando con sus pequeños barcos de papel. Jóvenes enamorados caminaban abrazados entre todos los colores del arco iris. Grandes y viejos árboles adornaban el paisaje, y una ligera vista del horizonte en la ciudad podía divisarse. Como describía todo esto con exquisitez de detalle, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan pintorescas escenas. Una cálida tarde de verano, el hombre de la ventana le describió un desfile que pasaba por ahí. A pesar de que no podían escuchar a la banda, el otro enfermo podía ver todo en su mente, pues el caballero de la ventana le representaba todo con palabras muy descriptivas.

 

Días y semanas pasaron. Un día, la enfermera de la mañana llegó a la habitación llevando agua para el baño de cada uno de ellos, y descubrió el cuerpo sin vida del hombre de la ventana; había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía. Se entristeció mucho y llamó a los dependientes del hospital para sacar el cuerpo.

 

Tan pronto como creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podrá ser trasladado cerca de la ventana. La enfermera se puso feliz al realizar el cambio; luego de estar segura de que estaba confortable, lo dejó solo. Lenta y dolorosamente se incorporó apoyado en uno de sus codos para tener su primera visión del mundo exterior. Finalmente iba a tener la dicha de verlo por sí mismo. Se estiró lentamente, giró su cabeza y miró por la ventana. Vio una pared blanca.

 

El hombre preguntó a la enfermera qué pudo haber obligado a su compañero de cuarto a describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le contestó que ese hombre había quedado ciego en un accidente. Ella dijo: «Quizá él solamente quería darle ánimo».

Anónimo

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¿De qué depende la felicidad?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 27, 2008

En un estudio llevado a cabo durante 12 años, se hizo esta pregunta a cerca de mil personas. No se utilizó un protocolo, sino que se hizo dentro de una conversación espontánea. Por eso, el margen de error de este estudio está entre el 7% y el 12%.

He aquí los resultados:

 

Respuesta número 1 (41 % de los entrevistados):

–Depende de si a uno le va bien en la vida: hay gente que tiene dinero… fama… y puede gozar de la vida…

 

Respuesta número 2 (29 %):

–Depende de lo que cada uno crea que es la felicidad: algunos piensan, por ejemplo, que ser feliz consiste en casarse, formar un hogar lindo, tener nietos, etc. Otros creen que hay que divertirse, tener aventuras, “pasarla bien”… Y para otros la felicidad está en otras cosas o circunstancias; si cada uno de ellos las logra, será feliz; si no, no.

 

Respuesta número 3 (15 %):

–Depende de la forma como uno asuma la vida. Hay que ser positivos: pensar lo bueno, tener fe en que las cosas van a salir bien, en que uno puede…

 

Respuesta número 4 (5 %):

–La felicidad es la paz: vivir en paz.

 

Respuesta número 5 (3 %):

–La felicidad es una armonía total, y nadie puede estar en armonía en todas las áreas. Por lo tanto conseguir la felicidad es imposible.

 

Respuesta número 6 (2 %):

–Depende de si uno ama.

 

Respuesta número 7 (1 %):

–Si uno busca la felicidad sufre. Es mejor no pensar en eso: la felicidad puede surgir repentinamente. La felicidad no es una meta qué lograr, sino un estado.

 

Respuesta número 8 (4%):

–No sabe / no responde.

 

Las respuestas anteriores muestran que la mayoría de quienes las dieron no han encontrado la verdadera felicidad.

 

El principal error radica en que suelen confundirse los vocablos “felicidad” y “alegría”. El Diccionario de la lengua española define la alegría como “Sentimiento grato y vivo, producido por algún motivo de gozo placentero o a veces sin causa determinada, que se manifiesta por lo común con signos exteriores”, significado que apunta más a momentos pasajeros.

En cambio, felicidad es el “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”.

Para entenderla bien, es necesario, entonces comprender la palabra posesión: “Acto de poseer o tener una cosa con ánimo de conservarla”; es decir, la felicidad se encamina al mantenimiento de ese estado de complacencia en el ánimo.

Pero esos bienes pueden ser variados: materiales (objetos concretos o abstractos, como la salud), psicológicos (afectos, estado del ánimo o de la emotividad, etc.) o espirituales (relación con Dios y Fe).

Entonces la felicidad podría darse en muchos campos: desde la alegría que se produce con la adquisición de un objeto cualquiera, aunque sea muy poco valioso, hasta la que se logra con la utópica consecución de todos los bienes posibles.

 

Con esto también se deduce que la verdadera felicidad es la posesión del bien mayor o más importante de todos, como se pasa a describir:

· En primer lugar, la felicidad no depende del medio ambiente externo del ser: un hombre no está feliz porque no esté lloviendo, no está feliz porque no está enfermo, no está feliz porque no tiene problemas…; su felicidad no depende de esas u otras circunstancias, todas externas.

· En segundo lugar, la felicidad tampoco depende de lograr o no los anhelos de la vida, porque a veces esos anhelos fueron dados por la cultura en la que se creció o por lo que los medios de comunicación impusieron.

Un ejemplo claro de esto es la televisión, que es la que muchas veces está formando a los niños: les dice que la felicidad se consigue con dinero, porque el placer no se logra sin dinero, sin cosas materiales. Les dice subliminalmente que la fama es uno de los valores más importantes de la vida y que quien la consiga será feliz.

Tener, placer, fama, poder… estereotipos que ciegan al hombre en su afán —velado o no— de felicidad.

La felicidad no viene de afuera, proviene de adentro.

· En tercer lugar, la felicidad es inmutable: se puede ser feliz aun ante la ausencia de bienes materiales, en presencia de la enfermedad, etc.

Esto se explica al analizar las vidas de mujeres y hombres con mucha fama, con mucho dinero, con mucho poder o que han vivido en la comodidad y el placer: se descubre en muchos de ellos un alto grado de infelicidad. Hay varios ejemplos de suicidios de aquellos a quienes se les ha dado mucho reconocimiento internacional en las artes, la ciencia, la tecnología, la política, etc.

Y —qué paradoja— a veces se encuentran seres que, viviendo en medio de las tragedias más aterradoras, muestran no solo serenidad sino una capacidad grande de aceptación y de sobreponerse a las adversidades con renovado vigor y esperanza…

Es frecuente encontrar muchos que se ocupan más en los demás que en sí mismos. Precisamente en estos últimos se puede descubrir un constante sentimiento de felicidad, actitud que nunca deja indiferentes a quienes los conocen: atraen con su ejemplo e invitan a seguirlo.

 

Ahora, ¿cómo hacer brotar la semilla de la felicidad?

1. Tener una conciencia clara del destino al cual uno está llamado. Y, por lo tanto, buscar vivir en armonía con el Creador, con el cosmos (incluidos los demás) y consigo mismo (armonía interior).

2. Esto implica vivir muy bien la propia religión: primero, tener la certeza absoluta de que esa es la religión verdadera y, segundo, buscar coherencia entre esa religión y lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.

3. Iniciar un diálogo con Dios (no monólogo), para ir descubriendo la razón de ser de la vida personal: de dónde vengo, para dónde voy y qué vine a hacer en esta tierra.

4. Contestada esa trascendental pregunta se hace aún más obligado hacer, decir y pensar en consecuencia: que todos los actos, las palabras y los pensamientos tengan el mismo objetivo.

5. El resultado de vivir estos 4 pasos es una condición estable en la relación personal con Dios, una condición estable en la relación personal con los seres animados e inanimados y una condición interior estable. Así, el estado del ánimo ya no va a depender de las condiciones externas.

6. Si bien es verdad que el que no busca no encuentra, también es verdad que todo el que busca la felicidad propia será siempre infeliz.

Pero el que la trata de dar la felicidad a los demás (aunque sea a uno solo) se encaminará, sin quererlo directamente, por la senda acertada de la dicha total, inmutable e imperecedera: no hay nada que pueda hacer tan feliz a un ser humano como deshacerse de su propio egoísmo para amar, luchar por la felicidad de los demás, ilusionarse a diario con lograr que otros sean felices…

Esa actitud ha sido patente en los santos: Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Pablo… y muchos más. Siempre pensando en los demás antes que en ellos mismos —a ejemplo de Jesús, que murió por todos—, se llenaron indirectamente de lo que ahora llaman “autoestima”: autoestima que nació de saber que podían hacer algo por los demás, autoestima que los hizo tan grandes que hoy hacen la lista más grande de mujeres y hombres felices que hay en el mundo.

7. Todo lo anterior es simplemente un preámbulo —y esto se puede apreciar también en las vidas de los santos— de la única y verdadera felicidad que añora el ser humano: la esperanza de estar algún día en aquel lugar donde estará Dios: todo lo bello, todo lo bondadoso, toda la verdad reunido en un solo ser… Todo el Amor que se nos da para llenarnos de felicidad. Esa no es la pequeña y pobre imagen de felicidad que cada uno tiene: no es una felicidad individual, es la felicidad. Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

 

 

Quien lo desee puede ser otro de esos, si se lo propone:

· Que ame y a las alegrías pasajeras de la vida habrá unido una felicidad inconmovible.

* Que ame y las que llaman tristezas se convertirán en peldaños para llegar a la perfección, en obstáculos sorteables y necesarios para crecer.

· Que ame y verá que su estado de ánimo permanecerá impasible ante las desgracias más atroces, ante el dolor, ante la muerte…

· Que ame y será verdaderamente feliz.

 

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

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Falta mucha autoestima

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

Numerosos psicólogos fueron haciendo sus presentaciones magistrales en un congreso, explicando la altísima incidencia de la baja autoestima en nuestro país, como causa de muchos de nuestros males y, basados en sus estadísticas, mostraron a los asistentes, uno a uno, los orígenes de ese padecimiento.

El primero destacó, entre las causas principales, la que ya conocíamos todos: una ausencia de amor en el hogar, especialmente por parte del padre. Efectivamente, un poco más del ochenta por ciento de los padecimientos psicológicos se producen cuando el padre no tiene contacto con sus hijos e hijas: abrazos, caricias, besos paternales, otras demostraciones de cariño, aprecio por lo que hacen, etc. Adicionó en su exposición que «contacto» es una palabra que se divide en dos: «con» y «tacto», y que esto, lejos de propiciar la homosexualidad de los hijos varones, los aleja de ese peligro, ya que no crecen con esa carencia de afecto paterno ni de figura masculina, las cuales sí inducen a reemplazar al papá que no se tuvo con otro hombre que probablemente estaba en sus mismas condiciones…

Otro investigador disertó profundamente sobre la «educación» que dan los medios de comunicación (especialmente la televisión) a los niños y a los jóvenes: los estereotipos de hombres galanes y mujeres esbeltas están, en la mayoría de los casos, alejadísimos de la realidad nacional, como también está el nivel de vida de los «héroes» protagonistas de las películas: sus posesiones, su habilidad, su suerte y la fama que siempre los rodea. En estas condiciones —decía— es imposible que el público televidente vea viables esas «metas», y su frustración alcanzará niveles altos y duraderos en sus mentes y en sus vidas, haciendo de ellos seres pusilánimes que se consideran a sí mismos incapaces de lograr los anhelos que tengan…

Un conferenciante latinoamericano explicó la incidencia de la educación que se da en los hogares de nuestros países: con más frecuencia de lo que pensamos, la mujer es considerada un objeto de placer sexual, una muchacha del servicio doméstico, una niñera o, si trabaja, una simple productora de dinero; en segundo lugar, los niños nacen, casi siempre, para que los esposos logren el anhelo de ser padres, no para ser amados, lo que significaría que sus padres dedicarían todos sus esfuerzos para hacerlos felices, no a «realizarse» como padres o únicamente para darles cosas materiales, como ahora se ve; en tercer lugar, lo que ahora los padres promueven más con sus palabras es que las personas valen por la fortuna económica que posean: «a fulano le ha ido muy bien, ya tiene casa, finca, dos buenos carros, viaja con frecuencia…». Todo esto anula —según este psicólogo— el valor intrínseco de la persona humana, y lo reduce a la altura de una cosa útil o inútil, de manera que ya no posee autoestima si no «produce» cosas materiales…

Y —agregó— a los niños no se les presta la atención debida; no se les dedica el tiempo necesario para educarlos (dejan esa responsabilidad a los colegios); los padres no comparten con ellos los sentimientos, ni las dichas ni las desdichas, ni los triunfos ni los fracasos… «Ellos no entienden», suelen decir; muy pocos padres saben quiénes son los mejores amigos de sus hijos, cuáles son sus juegos preferidos, sus ilusiones, sus metas, sus proyectos…

Pero lo que realmente produjo estupor fue la participación del último orador: sus palabras fueron cortas pero incisivas y consistentes: «¿Podrá tener autoestima un niño que oye decir casi todos los días que no hay que tener tantos hijos, que hoy ya no se puede, que una familia de tres hijos es ya muy grande, que el mundo se está llenando y que ya no cabemos, que si seguimos así faltarán los alimentos, que hay que ser inteligentes y racionalizar los hijos…? Esos niños pensarán que son solamente estorbos.»

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Evita los apuros

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

 

 

Primero se hace lo importante, lo urgente puede esperar.

 

Nunca parar,

pero tampoco correr.

 

Pon todo en manos de Dios: con Él lograrás lo que te propongas.

 

 

 

 

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¡Angustia!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

Aflicción, congoja, ansiedad, temores opresivos, aprietos, situaciones apuradas, sofoco, dolor, sufrimiento… ¿No es verdad que estos sinónimos parecieran estar describiendo muchos momentos de nuestras vidas?

 

Es por eso que —en medio de las crisis económicas— los centros de meditación trascendental, yoga, adivinación, astrología, Nueva era, esoterismo y todas las «nuevoterapias» están tan boyantes hoy día. Y es por eso que los únicos profesionales de la salud que no están con crisis económica son los psiquiatras y los psicólogos. La gente busca salidas a su situación…

 

La gente busca lo que no buscó ni encontró cuando era joven: respuestas a las preguntas más trascendentales de la vida. ¿De dónde vengo? ¿Qué viene después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de mi existencia? ¿Por qué existen el dolor, la enfermedad y la muerte?…

 

¿Será posible vivir sin responder estas preguntas? Vivir es distinto a sobrevivir: no saber la razón de ser de la vida, para qué levantarse de la cama todos los días, por qué luchar…

 

Resulta dramático descubrir que la vida maneja a quienes no se han planteado esas preguntas trascendentales o no las han respondido, poniéndolos a trabajar para buscar sus falsos estereotipos de felicidad: el placer, el tener, el poder, la fama…

 

Se les pregunta si son felices, y ni siquiera se atreven a encarar valientemente la pregunta y sus posibles respuestas; y terminan buscando por fuera lo que está dentro de sí mismos, trayendo angustia a sus vidas.

 

Y esa superficialidad de vida no se da solamente en el plano personal sino que, obligatoriamente, se lleva a la vida familiar, laboral y social. Y en estos ambientes también crece la angustia.

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‘Hay que ambicionar’

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mejor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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¿Adán y Eva o la teoría de la evolución?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

EL ORIGEN DEL HOMBRE:

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Se ha suscitado una polémica grande acerca del origen del hombre: hay quienes defienden la idea de que el ser humano es producto de la evolución y de que, por lo tanto, varios individuos dieron ese formidable paso del mono al hombre simultáneamente; otros, por el contrario, creen en la narración bíblica que afirma que fue en una sola pareja —Adán y Eva— en la que hizo patente el cambio.

El genetista especializado en estudio de poblaciones Luigi Lucca Cavally–Sfforza, de la universidad de Stanfford, explica algo que tiene gran trascendencia en el estudio de la génesis del hombre:

Está genéticamente bien establecido el momento exacto del origen de un nuevo ser humano: se da al unirse los núcleos de los dos gametos (el óvulo y el espermatozoide). En ese momento, el ácido desoxirribonucléico (ADN) contenido en los 23 cromosomas del espermatozoide se une al ADN de los 23 cromosomas del óvulo. Ese ADN interviene en la construcción de nuestro organismo durante el crecimiento. Este nuevo ser humano, con 46 cromosomas que contienen toda la información genética requerida para formar a un adulto con sus características particulares se llama cigoto. El ADN está constituido por bases, y se sabe que en este ADN hay 3.000’000.000 de pares de bases

Lo anterior es conocido por muchos, pero permanece muy olvidado un aspecto particular: mientras que del espermatozoide solo se usa su núcleo para la formación del cigoto, del óvulo se usan todas sus partes: núcleo, citoplasma y membrana celular. En el citoplasma femenino se encuentran unos organitos encargados de la respiración celular llamados mitocondrias, en donde hay unos pequeños trozos circulares de ADN, que se encargan de suministrar energía para el metabolismo celular (conjunto de reacciones químicas que efectúan constantemente las células de los seres vivos). A este se le llama el ADN mitocondrial, y tiene únicamente 16.500 pares de bases.

El ADN mitocondrial femenino se hereda de generación en generación solamente por línea materna.

Al compilar los estudios de las poblaciones en África, el doctor Cavally–Sfforza ha encontrado esa transmisión lineal femenina, y ha visto que las mutaciones (alteraciones producidas en la estructura o en el número de los genes o de los cromosomas) que se producen son menores en cualquier parte del mundo que en África, lo que sugiere que el linaje humano es más antiguo en ese continente. Además, la investigación ha revelado que las divergencias observadas son relativamente escasas, de apenas un 0,5 %.

Analizado esto con profundidad se llega a la conclusión lógica de que existió un antepasado común a todos los humanos y, por lo tanto, de que la especie humana proviene de una sola pareja.

Hoy son pocos los que todavía afirman que la primera mujer es resultado de un proceso evolutivo: basta mirar las gigantescas diferencias entre el homo sapiens y el homo erectus, su antecesor más inmediato, según los especialistas.

Y, lo que es más admirable aún, en ningún estudio genético se ve el menor rastro de material más antiguo que debería corresponder al homo erectus. Esto descarta la idea de que se hubiera producido un mestizaje entre el homo erectus y el ser humano, especie que la reemplazó completamente.

Este estudio genético de las mitocondrias del óvulo está consignado en varios artículos de varios genetistas reconocidos en el mundo entero, y ya lo llaman la “Eva mitocondrial”.

Ya que no hay datos que nieguen esta aseveración, sino que, por el contrario, varios estudios genéticos lo corroboran, cada día crece el número de científicos que tienen la certeza de que la especie humana nació de una pareja.

 

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

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La realización del ser humano

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 10, 2008

LA REALIZACIÓN DEL SER HUMANO

 

1.     La misión personal

a)     Plano espiritual

i)       La muerte

ii)   La vida

b)     Plano psicológico

i)       La afectividad

ii)   La emotividad

c)      Plano biológico

i)       Alimentación

ii)   Ejercicio físico

iii)Eliminación de conductas riesgosas

2.      La misión familiar

a)     Ser esposos

b)     Ser padres

c)      Ser hijos y hermanos

3.    La misión profesional

a)     Medio de servicio

b)     Medio de subsistencia

c)      Medio de comunicación

4.    La misión social

a)     Los talentos

b)     La “orquesta” mundial

 

 

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

Este libro se puede adquirir en Indo–american press service limitada:

http://www.indoamericanpress.com/colecciones/varios/libros.htm#29

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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