Saber vivir

Posts Tagged ‘Libertad’

¡Quítese esas gafas!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 8, 2018

El ejemplo es clásico: si un musulmán afgano o iraní ve a una mujer en bikini, se le van los ojos, se escandaliza… y concibe el uso de ese traje como un pecado; pero si un occidental ve a una mujer musulmana envuelta en una burka o un chador, le va a parecer extraño, y más se sorprenderá al saber que en ambos países se considera pecadora a la mujer que no se vista así: considerará exagerado y hasta inconcebible que se tengan costumbres tan radicales…

 Guardando las diferencias, lo mismo ocurre con cada ser humano: la educación doméstica o escolar que recibió, la cultura en la que se desarrollaron su infancia y su adolescencia, las circunstancias que vivió, los amigos que tuvo, los lugares que frecuentó, etc., van creando en cada individuo una mentalidad, una cosmovisión, una conciencia, una ideología precisas, que hacen juzgar los actos y los comportamientos desde una perspectiva única, diferente a la de los demás.

Si, por ejemplo, una persona fue educada en un ambiente en el que se usan frecuentemente las sátiras, se formará con propensión a murmurar o criticar con malignidad casi siempre ingeniosa a todas las personas y las situaciones. En cambio, uno que fue formado en un ambiente de simplicidad, de sinceridad, de espontaneidad y naturalidad en el trato, se sorprenderá mucho cuando se encuentre con esas personas mordaces, que usan habitualmente la sátira en sus conversaciones.

Y esto se nota hasta en los niveles menos trascendentales de la vida: se da el caso de sujetos que se extrañan con los colores vivos amarillos y rojos —tal y como se acostumbran en la China, por ejemplo— que, al llegar a ese país, se cansan muy pronto y desean regresar a su país de origen, donde no se ven esos colores sino esporádicamente, como parte de un todo multicolor.

Para expresarlo en palabras sencillas y con un símil muy pedagógico, cada uno de nosotros tiene unas gafas puestas ante los ojos, que filtran la información que recibe, a través de unos criterios —filtros— preconcebidos e instaurados en su mente, por la formación y circunstancias en las que vivió. Es por eso que unos juzgan cada acontecimiento y cada actitud de otro (u otros) de un modo totalmente diferente a como lo hacen los demás.

En consecuencia, podemos afirmar que la visión individual es, en mayor o menor grado, subjetiva; dicho de otro modo: cada persona mira los acontecimientos y los comportamientos de acuerdo con su modo de pensar o de sentir, no como lo son en realidad y, por ende, su mirada, su juicio, no es objetivo.

Así como a una mujer que vio cómo su papá golpeaba a su mamá, cómo sus tíos hacían lo mismo con sus esposas y se casó con un hombre igualmente violento le es muy difícil concebir que esa es una conducta inaceptable, asimismo muchos seres humanos son incapaces de salir del error en el que se encuentran cuando imitan comportamientos errados, que suelen ser más velados todavía, como el caso de una persona educada en un ambiente donde se dicen las cosas indirectamente: expresan veladamente cosas con doble intención, escondiendo la finalidad de ofender al otro, aparentando un noble propósito. Ese individuo, al salir de ese ambiente, estimará que cada cosa que se le dice tiene una doble intención y se inclinará a pensar siempre mal de los demás; por el contrario, a quien no le enseñaron esos modos falsos y dobles de comunicación no se le ocurrirán esos pensamientos. Claro está que esta persona estará más propensa a no entender lo que le quisieron manifestar cuando le echaron una indirecta.

Con estos razonamientos podemos concluir que la libertad auténtica no consiste tanto en no estar presos en una cárcel ni en dejar de estar sometidos a cualquier autoridad, sino en no nublar nuestra mente con prejuicios. Pero conseguir esto es un trabajo difícil y dispendioso.

A veces el conocer otras culturas puede abrir nuestra mente, para mirar sin las gafas que se nos impusieron con la educación que recibimos o por el medio ambiente en el que nos movimos a temprana edad. Pero lo que más ayuda es saber escuchar: escuchar las razones, los motivos que mueven a las personas a prejuzgar, es decir: descubrir por qué tienen esa gafas que les tergiversan la realidad. Y no se trata solo de escuchar con los oídos, sino con nuestra mente, analizando a cada persona; pero lograr eso implica tener la mente abierta a todo: buscar las señales que muestren las secuelas de sus dolores infantiles y juveniles, las que los hacen juzgar personas y sucesos a priori, las que les impide tener objetividad, etc. En otras palabras, ir revelando de dónde vinieron las gafas que tienen puestas. Así se comprenderá mejor a las personas.

Nos sorprenderemos con los descubrimientos que hagamos. Veamos un caso de un aspecto poco trascendental de la vida diaria: en ocasiones juzgamos nerviosas o estresadas a algunas personas que hacen una cosa tras otra a gran velocidad; pero luego nos daremos cuenta de que viven así sin angustia, sin ansiedad, sin afligirse; es decir, corren en vez de caminar, pero van en paz. Como este, se pueden poner infinidad de ejemplos de temas mucho más importantes.

Y eso producirá un efecto casi mágico y maravilloso en nosotros: nos irá descubriendo nuestras propias gafas y, si somos hábiles, podremos irlas quitando de nuestras vidas, con lo que nos acercaremos más y más a la objetividad y, por ende, a la auténtica libertad.

 

 

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Libertad religiosa

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 28, 2017

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Regreso a lo natural

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 3, 2017

Se está dando en todas partes: la medicina, reconociendo que la farmacología nació principalmente de las plantas y de los animales, se está abriendo a los conocimientos ancestrales de las que hoy se conocen como medicinas alternativas o, como han dicho algunos, complementarias (para denotar así que no se trata de una rivalidad entre las 2 ciencias). Efectivamente, en el Mundo entero se están abriendo facultades de medicina y posgrados de medicina natural.

En cuanto a nutrición se refiere, pululan por todas partes de la Red y en las librerías artículos, libros, audios y videos que expresan criterios naturales para la alimentación humana, y que muestran resultados sorprendentes en cuanto se refiere a la prevención y tratamiento de las enfermedades. Aunado a esto se pretende propiciar el manejo natural de la producción de alimentos no contaminados por pesticidas o cualquier tipo de preservativos o conservantes químicos, que dañan la salud.

Y, en general, se han disparado  criterios que buscan eliminar toda la complejidad de vida que tanto la industrialización como la filosofía del consumismo trajeron al mundo moderno: desde cursos para conseguir la paz interior hasta criterios de vida como el Minimalismo (vivir con lo mínimo necesario) se ofrecen hoy al ser humano moderno.

De entre todo este bagaje, conviene resaltar un pensamiento que quizá los abriga a todos: cuanto más ajustemos nuestras costumbres a nuestra esencia, a nuestra naturaleza, tanto más bienestar cosecharemos. Y este concepto se equipara, precisamente, a la definición de la palabra natural: aquello que es conforme a la cualidad o propiedad de algo.

 

Nuestra sustancia

Ahora bien: en nosotros, ese “algo” es nuestra sustancia, nuestra esencia, nuestra naturaleza. Por eso es imprescindible definirnos y verificar los planos en los que vivimos.

Para definirnos, podríamos afirmar primero lo que no somos: ni ángeles ni animales; estamos ubicados entre ambos. Tenemos cuerpo como los animales y espíritu como los ángeles. Además, como todo ser vivo, tenemos algo que nos anima (que nos mantiene vivos): un ánima, un alma. En las plantas, esa alma se llama vegetativa; la de los animales es un alma sensible y la nuestra es denominada espiritual.

Volviendo al diccionario, encontraremos allí que el alma espiritual se define como alma “racional e inmortal”, lo que especifica nuestra naturaleza: tanto el alma vegetativa de las plantas como el alma sensible de los animales mueren con sus cuerpos, mientras que la nuestra atraviesa el umbral de la muerte, tal y como lo entendieron los primeros seres humanos según lo describen los paleoantropólogos, quienes afirman que es muy distinto tapar con tierra un cadáver maloliente que, con un rito fúnebre y sagrado, despedir al difunto que partía en su viaje al más allá. Esta conducta de nuestros ancestros nos ilustra acerca de la conciencia cierta, segura, de nuestra trascendencia, y que acompaña al ser humano desde sus inicios.

Por esto, podemos afirmar que nosotros nos movemos no sólo en el plano biológico y en el psicológico, sino también en el plano espiritual.

Así, pues, el regreso a lo natural debería darse en los 3 planos. Esto significa que, además de propiciar una medicina, costumbres y nutrición más naturales, deberíamos volver también a una psicología y una espiritualidad más acordes con nuestra naturaleza, nuestra esencia, nuestra sustancia.

Pero no podemos dejar de lado un aspecto fundamental de la esencia del ser humano: las características que nos diferencian de los animales son muchas, pero hay 3 que emergen como las más importantes de todas, y que deben describirse en un orden invertido, del tercer al primer lugar de importancia:

En tercer lugar está la facultad de la razón, nuestra inteligencia. Nadie puede llegar a afirmar que su mascota es tan inteligente como un ser humano; ni siquiera los primates más parecidos al hombre pueden sumar o restar, filosofar o deducir, entender el pasado o el futuro, preguntarse por su esencia o su finalidad en esta vida…

En segundo lugar, nosotros tenemos la facultad de la voluntad: los animales se mueven por instinto; nosotros, en cambio, podemos manejar el instinto o la impulsión con nuestra voluntad libre: aunque nos apetezca mucho ingerir alimentos menos nutritivos y quizá dañinos para nuestra salud, podemos decidir no comerlos. Somos libres, incluso, de doblegar nuestros apetitos para conseguir un bien mayor.

Pero lo que más nos diferencia de los animales se muestra en el hecho de que cuando una hembra es perseguida por un predador y en un momento debe decidir entre su cría y ella misma, prefiere abandonar a su cría para salvar su vida: a eso la lleva su instinto. Por el contrario, una madre humana daría la vida por salvar a su hijo. Nosotros somos capaces de olvidarnos de nosotros mismos por amor a otro; podemos amar. La historia nos recuerda las innumerables ocasiones en las que, por eso, porque pueden amar, los humanos se han sacrificado por amor.

Con esta descripción de la esencia del ser humano, se puede deducir que es más feliz quien más ama.

 

Lo natural en el crecimiento

Es natural —es parte de su esencia— que los niños tengan un desarrollo progresivo, una continuidad en el crecimiento psicológico, una sucesión ordenada de eventos afectivos y emocionales que preserven su salud psicológica.

Antes, esto era más fácil: los niños entraban a estudiar ya cumplidos los 5 años de vida; y esto permitía que el desarrollo psicoafectivo y psicoemocional fuera acorde con su naturaleza humana:

En su primer año de vida miraba su entorno, lo empezaba a reconocer; percibía sensaciones auditivas (la voz de su mamá, de su papá…), táctiles (frío, calor, dolor), visuales, gustativos, olfativos…

En el segundo año empezaba a formarse un vínculo más estrecho con su mamá y se esbozaban en su mente y en sus sentimientos las nociones: Mujer y Mamá, obviamente de un modo rudimentario, pero que iba a ser definitivo en su vida.

En el tercer año hacía lo mismo con su papá (qué importante es por eso que los padres inviertan el mayor tiempo posible con sus hijos siempre, pero principalmente en esta etapa): surgen en el niño las primeras ideas de hombre y de papá.

En los años cuarto y quinto comenzaba su conciencia de sí mismo —su propio conocimiento—, y formaba incipientemente los conceptos, también rudimentarios pero fundamentales, de familia y, si tenía hermanitos, también de fraternidad.

Para cuando el niño cumplía 5 años, no sólo ya había preconceptualizado las nociones fundamentales de su vida personal y familiar, sino que, como antaño no había para los padres tanta demanda de consumir por consumir y no existían los afanes del tráfico y el atafago de la moderna vida laboral, había recibido gran estabilidad emocional y afectiva: los padres tenían más tiempo para sus hijos, para la vida familiar: aunque no todos aprovechaban esa valiosísima oportunidad, la mayoría disfrutaba compartiendo con sus hijos, y así les infundía la seguridad de su amor, los proveía del hogar, ese nicho, ese refugio desde el cual podían salir a experimentar confiados la aventura de la vida.

Así, pues, estos 5 primeros años de vida marcan ¡y guían! definitivamente las vidas de todos los seres humanos.

 

Lo antinatural

Pero de esta naturalidad en la vida familiar se salió a lo antinatural: aparecieron los jardines infantiles, las guarderías, salacunas y muchas alternativas más para que los papás puedan desentenderse de sus hijos pequeños para irse a trabajar, unas veces por absoluta necesidad y otras porque el mundo moderno, con sus ideas antinaturales, basadas casi exclusivamente en la búsqueda del placer, en el consumismo y en ese querer proyectar una buena imagen a los demás, ha distorsionado la esencia misma del niño, y lo ha relegado a un segundo lugar: para muchos padres primero están el trabajo, el dinero, su “espacio”…

Así comprendida la vida, el bienestar de los hijos se redujo a darles únicamente lo material; y los padres se dieron una tácita consigna: que cuantas más cosas materiales se les dé tanto más suplen su dolor (el de sus hijos y el suyo propio). Pero esta consigna es falsa: es un autoengaño para los padres y fuente de dolor y daños para sus hijos.

Es que con frecuencia no se tiene en cuenta que los niños, en la precariedad en la que se encuentran, no tienen otro recurso, otra “medida” para saber si son amados, que el tiempo que cada uno de sus padres le dedica: “Mi papá tiene tiempo para su trabajo pero no para mí; entonces ama más a su trabajo que a mí.” “No me ama.” Pero apenas perciben esa verdad, apenas la intuyen: la sienten —ni siquiera la entienden, solo la sufren— y, por supuesto, no tienen las herramientas necesarias para darle solución.

Y, como la esencia de la felicidad de un ser humano depende del amor que pueda dar (como se explicó más arriba), esos hijos serán seguramente infelices, aunque recibieran todas las cosas materiales del mundo, pues nadie les habría enseñado a amar realmente. Por más consejos que recibieran, por más conferencias que escucharan, por más libros que leyeran, no aprenderán jamás a amar, cosa que sólo se aprende experimentalmente (con hechos, no con palabras) cuando uno es amado con un amor auténtico, especialmente durante la etapa en la que absorbemos todo como por inercia: en la niñez.

Por lo que se dijo anteriormente, a esa edad no se tienen los medios para solucionar esta tragedia e intenso dolor. Y es una verdadera tragedia, porque daña la esencia misma del ser humano: ¡no aprendió a amar, no sabe amar! que es lo que más lo diferencia de los animales y, por ende, lo que más humano lo hace… He ahí el porqué de la intensidad de su dolor.

Comienza entonces —en unos— un deterioro de su situación afectiva, desarrollando una búsqueda enfermiza del amor y fuertes y continuas psicodependencias y altibajos afectivos y emocionales, con las que menos podrán aprender a amar ni a dejarse amar. Otros se enfrascarán en sí mismos, haciéndose pusilánimes (sin ánimo para emprender grandes empresas) y cobardes o se harán agresivos y violentos…, buscando en todos los casos ocultar su dolor… En fin, empiezan a aparecer los trastornos psicológicos más variados.

 

La tendencia homosexual

Una de las búsquedas angustiosas y enfermizas del amor es la tendencia homosexual.

Antes de explicarla, conviene saber que la homosexualidad no es genética, pues por el sexo cromosómico o genético, sabemos que los hombres homosexuales tienen el cromosoma «Y» en todas las células de su organismo, como cualquier hombre no-homosexual; y que ninguna de las mujeres lesbianas tienen ese cromosoma: son mujeres.

Se puede decir entonces, que el sexo nace antes que nosotros. Somos varones o hembras desde el día de la fecundación y lo somos de manera irreversible: el desarrollo de las hormonas masculinas (testosterona) y femeninas (estrógenos y progesterona) depende precisamente del sexo genético; el funcionamiento del sistema nervioso, los ciclos periódicos y la configuración física de nuestra sexualidad no son otra cosa que resultados naturales del sexo genético.

Quiere decir esto que la homosexualidad no es natural ni tampoco lo es la tendencia homosexual.

 

Cómo se da la tendencia homosexual

Según los últimos análisis psicológicos realizados en estos individuos, el ingrediente que más puede incidir para que aparezca la propensión a la conducta homosexual masculina es la ausencia de cariño paterno.

Esto ocurre porque, en el niño la imagen paterno–masculina se entremezcla en su cerebro infantil, sin que pueda hacer una distinción clara de ambos conceptos–personas. Al crecer, justamente por la carencia afectiva, les cuesta mucho más trabajo, en el proceso de maduración, deshacer ese conflicto. En esas condiciones, se opta por conseguir ese cariño inexistente o pobre, a toda costa, en un afecto varonil. Este factor, pues, es determinante.

El caso de las mujeres —más raro que el de los hombres pero más frecuente de lo que se suele creer— se desarrolla también con más facilidad si falta el cariño paterno, aunque la secuencia psicológica es distinta: Por la carencia afectiva del padre, algunas de ellas desarrollan —sobre todo cuando el papá fue violento con la mamá— una aversión contra el sexo masculino, que a veces llega hasta el odio. De ahí que sólo aceptan relaciones abiertas y confiadas con las mujeres, mientras que a los hombres los consideran seres despreciables u odiables, con quienes no conviene interrelacionar, ni compartir abiertamente con ellos las emociones de la vida y, mucho menos, la entrega de sus afectos…

 

Conclusión

Ya que el movimiento hacia lo natural se está dando en todo el mundo y en todas las áreas de la vida del ser humano, conviene también que se propicie en el ámbito de la familia: es necesario fomentar lo natural en la familia, lo que siempre se ha llamado paternidad y maternidad responsables: que los padres evalúen si van a tener suficiente TIEMPO (es decir: amor) para darle a su hijo, antes de pensar en concebirlo.

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¿Libertad religiosa?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 27, 2015

DUDH 3

La libertad religiosa es un derecho fundamental que se refiere a la opción de cada ser humano de elegir libremente su religión, de no elegir ninguna (irreligión), o de no creer o validar la existencia de un Dios (ateísmo y agnosticismo), y ejercer dicha creencia públicamente, sin ser víctima de opresión, discriminación o intento de cambiarla a la fuerza.

Este concepto va más allá de la tolerancia religiosa, que consiste en el simple respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. También abarca el reconocimiento de inmunidad política a quienes profesan religiones distintas a la admitida oficialmente. Y permite, como una concesión gratuita, el ejercicio de profesar cualquier religión, es decir, la libertad de culto.

En las democracias modernas generalmente el Estado dice garantizar la libertad religiosa a todos sus ciudadanos; pero las situaciones de discriminación religiosa o intolerancia religiosa siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del mundo, registrándose casos de preferencia de una religión sobre otras, intolerancia y persecución a ciertos credos, hasta con el homicidio, inclusive.

La libertad religiosa es reconocida por el derecho internacional en varios documentos, como el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el art. 27 de este mismo pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14, y el artículo 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el citado artículo 18, indica:

«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

Asimismo, en la Constitución política de Colombia, Artículo 19, se garantiza la libertad de cultos: toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.

Además, también en Colombia, está vigente la Ley 133 de 1994 (mayo 23), reglamentada parcialmente por el Decreto Nacional 1396, de 1997, por la cual se desarrolla el Decreto de Libertad Religiosa y de Cultos, reconocido en el artículo 19 de la Constitución Política. La Ley 133 fue declarada exequible por la Corte Constitucional, según Sentencia C – 088 de 1994.

¿Libertad de culto?

Pero las medidas tomadas en algunos países de Europa —prohibir el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones, para no vulnerar los derechos de los otros— reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo:

¿Qué es más libertad de culto: impedir a todos los ciudadanos usar símbolos religiosos o permitirlos todos, en una apertura de mente y de conciencia respetuosa de los derechos de los demás?

La noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta la norteamericana, laica, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado.

La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico, que pretende excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen “deslaicizar la laicidad” para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe, sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos contrarios al Derecho. Así, incluso, se reconocen lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En Colombia, en este punto se ha seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, Hare Krishna, Israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc., etc., etc.

En cambio, en todos los sitios públicos de varios países de Europa (colegios, universidades, entre otros) está prohibido poner una Cruz cristiana, la Estrella de David judía o la Estrella y la Luna creciente del Islam…, adoptando la posición intolerante y coercitiva de Francia, ¡el país de los Derechos Humanos!

 

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La inconsciencia

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 19, 2015

DestinoEl ser humano tiene la facultad de preguntarse acerca de su origen, su destino y la razón de su existencia. Esto lo hace único y superior a todas las especies. Por esto, la humanidad ha producido miles de pensamientos y pensadores, todos tratando de resolver estos interrogantes.

No es necesario ser filósofo para descubrir que, ya no miles sino millones de personas viven su existencia indiferentes ante esas inquietudes. Y esto no es coherente.

Alguien afirmó jocosa y sarcásticamente alguna vez que el ser humano, como las plantas y los animales, simplemente nace, crece, se reproduce y muere. A veces esta sentencia no parece tan disparatada: si se le pregunta a un joven cuál es la razón de ser de su existencia, cuál es su misión en este mundo, de dónde vino y para dónde va, es muy posible que no tenga respuestas. Pero teniendo en cuenta que la juventud es la etapa de la vida en la que nacen esas preguntas, está claro que no se le pueden exigir.

Lo que sí sorprende es que tampoco los adultos ni los viejos suelen tener respuestas… En algún momento de su existencia, el joven inquieto por estos cuestionamientos deja de hacérselos. ¿Por qué?

En la mayoría de los casos, las respuestas a esas preguntas quedan ahogadas por las circunstancias de la vida moderna: el estudio universitario, el noviazgo y el matrimonio, los afanes económicos, profesionales, laborales, las exigencias sociales y culturales, y hasta por el poco tiempo que deja hoy la tecnología…

Es difícil admitir que el ser humano contemporáneo vive tan agobiado por el hacer que se olvidó del ser. Y esto es dramático: ¡No sabe qué es él ni por qué vive, pero sí se ocupa en miles de actividades, como si supiera por qué y para qué hace todo eso!

La masa humana, aunque acepta teóricamente la posibilidad de su felicidad —la llama: realización personal— y la busca cotidianamente, no cree en ella.

La verdad es que la especie humana tiene tácita, colectiva e inconscientemente determinado que su finalidad es simplemente el bienestar. Esta es su máxima aspiración. Para la mayoría, el concepto de felicidad es tan pobre que se reduce a eso: un bienestar principalmente físico y, si se pudiera, ojalá también psicológico. “Si se pudiera…”, lo dice desesperanzado…

La pregunta obvia es: ¿Cómo puede realizarse un ser que no conoce su propia identidad, su valor, su esencia, su propósito, el objetivo de su existencia?

Y la respuesta también es elemental: No puede.

¡Qué triste es ver por el mundo, más que seres humanos, entes buscadores de placer y de poseer, maquinitas para producir, sujetos anhelantes de fama y de poder, esclavos de la sociedad de consumo y de los medios de comunicación, que los hacen pensar y desear lo que ellos venden!…

Podemos preguntar si eso es vida, vida humana… Y se nos responderá que la mayoría de los seres humanos no viven sus vidas, no tienen control sobre ellas: son autómatas dominados por lo que los rodea; no son libres. La vida que llevan vive por ellos. Están como muertos, aunque parezcan vivos; y a eso se lo denomina zombis.

 

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Cómo hacer un delincuente

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en marzo 8, 2015

DECÁLOGO PARA FORMAR DELINCUENTES

  1. Comience desde la infancia a darle al niño todo lo que pida; así creará que el mundo se lo debe todo.

  2. Cuando diga malas palabras, celébreselo; eso lo hará pensar que es muy gracioso.

  3. Nunca le dé enseñanzas espirituales, espere a que cumpla los 21 años, y que entonces él decida con su libre albedrío.

  4. Recoja todo lo que deje tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes…; no le permita valerse por sí mismo; así se acostumbrará a echarle la culpa a los demás.

  5. Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño; así no se impresionará demasiado el día que se deshaga el hogar.

  6. Dele al niño todo el dinero que él pida para sus gastos; nunca permita que se lo gane por sí mismo. ¿Por qué dejar que pase los trabajos que nosotros pasamos?

  7. Satisfaga sus caprichos en lo relacionado con comidas, bebidas y comodidades (la privación le puede causar frustración).

  8. Apóyelo en cualquier discusión que tenga con los vecinos, maestros, policías o cualquier otro; explíquele que es que todos le tienen envidia.

  9. Dígale que no acepte reglas impuestas por ninguna autoridad; enséñele que lo que hace es malo o bueno, de acuerdo con su propio criterio personal.

  10. Enumérele sus derechos, pero no sus deberes. Recuérdele que la libertad es hacer todo lo que uno quiere: que el hombre libre no tiene límites.

Anónimo

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Juzgar

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 8, 2014

En las discusiones, es muy frecuente que alguno (y a veces hasta todos los que discuten) tenga su posición sesgada, torcida hacia un lado, distinto de la verdad.

Esto suele ocurrir por una de estas 3 razones:

Primero, por prejuicios: tener opiniones anticipadas e inflexibles acerca de algo que se conoce mal. Por eso, prejuzgar consiste en juzgar las cosas sin tener de ellas un conocimiento completo. Este tema ya fue presentado en este blog, cuando se habló sobre la felicidad; se puede leer en:

https://mauriciorubiano.wordpress.com/2014/08/01/opinar-sobre-la-felicidad/

En segundo lugar, las personas suelen tener posiciones inclinadas anticipadamente hacia una postura determinada. Es el caso que quienes, por defender un credo o idea, adecúan todos los argumentos de la discusión con el único fin de demostrar que su posición es la correcta.

Por supuesto, en ambos casos se puede decir que esas personas no son totalmente libres para juzgar ni las situaciones ni las personas, pues para descubrir la verdad —toda la verdad— es necesario no solamente conocer bien el tema, sino estar abierto al diálogo y, sobre todo, a la posibilidad de estar equivocado. A esas personas les queda imposible salir del error.

Pero lo que más quita la libertad para juzgar una circunstancia es la tercera razón: no escuchar a ambas partes, antes de dar el juicio.

Los ejemplos pueden ser múltiples: si viéramos una película americana sobre la época de la Guerra fría y nos dejamos influenciar por ella, concluiremos que la Unión Soviética era la malvada entonces; pero, ¿qué ocurriría si viéramos una película hecha en la URSS?… Lo mismo sucedería si leyéramos un libro que analiza ese momento histórico: habría que averiguar primero de qué lado estaba quien lo escribió…

Es indispensable, pues, tener el equilibrio, la ecuanimidad de escuchar a las partes que están en discusión y sacar una conclusión más cercana a la realidad.

En el caso, por ejemplo, de los consejeros matrimoniales, si solo escuchan a uno de los cónyuges, tendrán un enfoque parcializado de la situación; es necesario que los oigan a ambos, para poder acercarse un poco más a la verdad (que nunca llegarán a abarcar completamente), y tener la capacidad de evaluar mejor la situación conyugal, con lo que podrán emitir un juicio más acertado, que los capacite para realizar un tratamiento más eficaz.

A esto se suma un par de conductas no tan poco comunes como se cree: las malas experiencias y la generalización. Otro ejemplo puede ayudarnos a comprenderlas: el caso de un niño violado por un sacerdote, que con el tiempo desarrolla una gran aversión a todo el clero, a la Iglesia y hasta a su doctrina; si canaliza su dolor leyendo todo documento anticatólico o anticlerical que encuentra, estimulará poco a poco su rencor, hasta que se convierta en odio. Y, si se encuentra con escritos sesgados que solo muestran el lado malo de la Iglesia, alimentará ese aborrecimiento más y más…

Estos son los individuos que más caen en los 2 errores anteriormente descritos: prejuzgar y acomodar la verdad para defender su posición.

Al llegar a este punto, debemos tener en cuenta que estamos hablando de seres humanos heridos (a veces muy gravemente), incapaces de encontrar la diferencia entre el individuo (un sacerdote malvado) y la institución a la que pertenece, tal y como lo hacen muchos con la conocida falacia: «Carlos es colombiano; muchos colombianos son narcotraficantes; en consecuencia, Carlos es narcotraficante».

A estas heridas e incapacidades se suman muchas más, especialmente la agresividad: en vez de exponer su enfoque con serenidad, dejando abierta a los demás la posibilidad de que discrepen de ellos, los tildan de ciegos e ignorantes, cuando no los ofenden más gravemente, evidenciando así su falta de seguridad en sus propios criterios. Olvidan que la verdad se sostiene sola, no necesita ser defendida, solo debe ser presentada para que brille por sí misma.

Esta inmadurez es debida, obviamente, a su historia de traumatismos, sumada a sus continuos desaciertos para eliminar su dolor interior o, al menos, disminuirlo.

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La enfermedad del III milenio

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en febrero 16, 2014

 

¿Tiene la vida algún sentido? ¿Por qué existe la enfermedad? ¿Qué explicación hay para el sufrimiento humano? ¿Por qué nacen algunos en hogares ricos y otros son tan pobres? ¿Dónde se encuentra la felicidad auténtica? ¿Qué pasa después de la muerte? ¿Existe Dios? ¿Existe la suerte… o el destino? ¿Por qué sufrimos estrés? ¿En qué consiste el amor?…

Por supuesto: hay muchas preguntas más. Pero la más importante es: ¿Puede ser feliz un ser humano sin resolver estas inquietudes?

Y tú, ¿ya contestaste estas y tantas preguntas que nacen durante la adolescencia? ¿O las muchas ocupaciones de la vida —estudios, trabajo, amistades, noviazgo, matrimonio, cónyuge, hijos, etc.—, hicieron que te olvidaras de buscar el sentido de tu existencia?

Tal vez lo que hiciste fue elegir creer en lo que subjetivamente te pareció más factible, sin el menor estudio… Así decidiste en qué dios creer, qué te puede dar más felicidad, qué es lo correcto, con quién casarte, si tener hijos o no, qué estudiar, etc.

Y quizá las circunstancias, sin preguntarte siquiera, dispusieron en qué empresa debías trabajar, cuánto ganar, dónde vivir, con quién…

Efectivamente, ahora que comenzó el tercer milenio, los seres humanos —que llevan cerca de doscientos mil años sobre la tierra— nunca habían vivido más inconscientes:

No solamente ignoran su esencia sino que toman las decisiones más importantes de su vida sin criterios seguros, obviamente porque una cosa lleva a la otra: si ni siquiera sé quién soy, qué soy, ¿cómo voy a saber lo que me hará feliz? Si no conozco mi dignidad, mi valor como ser humano, ¿cómo voy a dimensionar si los actos que realizo me procurarán el verdadero bienestar?

Y lo que es peor: al no tener una norma objetiva para la toma de decisiones, la mayoría de los habitantes de este globo terráqueo usan el primer criterio subjetivo que les viene a la mente:

  • unos se entregan por completo a divertirse y procurarse los mayores placeres, reduciéndose así a una especie de máquinas de autocomplacencia;

  • otros dedican todos su esfuerzos a ganar dinero y poder, esclavizados por el deseo de tener, en el que fundamentan todas sus seguridades, sin pensar siquiera qué harán cuando les llegue a faltar;

  • algunos encaminan sus vidas a sobresalir en el campo profesional, a lucirse en cualquier arte o con la apariencia, pensado así atraer las miradas y la admiración de los demás, demostrando con esto lo vacíos que se sienten por dentro;

  • hay quienes a lo único que aspiran es a no padecer dolores y sufrimientos, convirtiéndose así en seres pusilánimes (incapaces de emprender cualquier ideal), cobardes y apocados, siempre tristes…

Y son todos estos quienes deciden casarse por infinidad de razones distintas al amor auténtico, único criterio que asegura la felicidad conyugal perenne; y también de estos grupos es de donde salen esas personas que eligen la vida religiosa o sacerdotal por capricho, para esconderse, por seguridad económica, comodidad…, por cualquier razón diferente al amor a Dios…

No tienen ideales algunos, fuera de sus mezquinos egoísmos.

Son los que uno les pregunta por qué salen a estudiar o a trabajar, y contestan un par de palabras que denotan su esclavitud, su falta de libertad: “Porque toca”.

Suelen ser mediocres en sus vidas, en sus labores, en sus relaciones… ¡Ni siquiera se les ocurre dejar un legado en este mundo!…

No parecen seres humanos vivos, parecen zombis (muertos que parecen vivos), porque en realidad no están vivos: vivir es tener una razón para hacerlo; sobrevivir es apenas mantenerse vivo. Los animales, por ejemplo, simplemente sobreviven.

Para agravar su desgracia, precisamente porque no perciben el gran valor que tienen como personas humanas, piensan y actúan en contra de su propia naturaleza, de su propia dignidad:

  • usan la sexualidad, no para donarse y enriquecerse mutuamente y abiertos a la procreación como expresión natural del amor verdadero, sino para usarse el uno al otro en un utilitarismo degradante, que hace del otro un simple objeto de placer sexual, no una persona con valores y sentimientos que desea ser respetada y amada, facilitando la promiscuidad vil, cada vez más pare3cida a la conducta animal;

  • con este mismo criterio sobre la vida sexual, inducen a la infidelidad, que cae sobre el otro, con toda su carga de frustración y dolor, y que deja secuelas psicológicas graves en sus hijos, casi imposibles de superar sin ayuda profesional especializada (se llegan a propiciar, como si fueran naturales, orgías sexuales en las que mezclan los cónyuges de dos o más parejas);

  • defienden la idea de que la homosexualidad es simplemente una opción —a pesar de ser antifisiológica y contraria a la anatomía natural—, y hasta exigen el “derecho” de las parejas homosexuales a adoptar hijos, olvidándose del natural derecho del niño a tener un padre y una madre;

  • llegan a defender el homicidio de personas humanas en el vientre materno, sin tener en cuenta los conocimientos científicos —genéticos y embriológicos— que demuestran lo que el sentido común ya sabía: que la vida comienza con la concepción y que, por ser humana, merece el mismo respeto que la de un adulto…

Se podría seguir indefinidamente mostrando qué tan ruin puede llegar a ser el individuo por este camino.

En fin, basados en la falacia de que “todo lo moderno es mejor”, promueven todos esos errores contrarios a su propia esencia, como si fueran aciertos, sin darse cuenta que jamás los llevarán —ni a ellos ni a quienes intentan persuadir— por los caminos de la felicidad, pues tanto cuando se vulnera el derecho a la vida como cuando se viola la entraña misma de su dignidad, aparecen tal corrupción y tal perversión, que la vida se deshumaniza y esclaviza.

En cambio, quienes son coherentes, es decir, quienes saben que sus actos no deben ir en contra de su propia naturaleza, se esfuerzan en conocer esa naturaleza profundamente y ejecutan cada una de sus acciones en concordancia con ella.

Con esta libertad de pensamiento y de acción (ya no se dejan guiar por el error), sin permitir que el acaso o las circunstancias decidan por ellos, eligen acertadamente entre las diferentes opciones y descubren que hay una razón para su existencia en este mundo, que tienen una misión y que cumpliéndola se realizarán como verdaderos seres humanos, dirigiendo sus vidas hacia la auténtica felicidad.

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Las verdaderas causas del estrés

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en noviembre 1, 2010

 

Se presenta con mucha más frecuencia de lo que se quisiera el hecho de que se reaccione exageradamente a los momentos negativos de la vida: la tristeza, el desasosiego, la depresión, el desconsuelo, la ira, la sensación de impotencia y otras muchas patologías psicológicas son «el pan de cada día» en los consultorios de psicólogos.

Una investigación llevada a cabo en casi mil personas arrojaba resultados similares a todos los precedentes: 1) la disolución conyugal, 2) los problemas económicos, 3) la muerte de seres queridos, 4) el exceso de trabajo y 5) el trafico de las calles, encabezaban la lista de los factores etiológicos, es decir, de las causas que provocan los problemas psicológicos.

Sin embargo, al avanzar la investigación, fue sorprendente encontrar individuos que no sufrían estrés, a pesar de estar viviendo uno o varios de estos problemas. Por eso, se llegó a descubrir algo que reevalúa todos los criterios científicos que existían sobre el estrés: no son causas externas las que producen el estrés: no es el tráfico de las calles, ni los problemas conyugales, ni la falta de dinero, ni el exceso de trabajo lo que estresa al individuo, sino que hay individuos con propensión a sufrir de estrés; es decir, no existen situaciones estresantes sino individuos estresables. 

Pero, ¿de dónde sale esta ineptitud, esta incapacidad? La misma investigación lo respondió. Hay 5 causas: 1) la mentira, 2) la falta de coherencia de vida, 3) el comparar y sentir envidia, 4) el espíritu de competencia malsano y 5) el perder la libertad auténtica, dejándose comprar por los falsos estereotipos del triunfo: el tener, el placer, el poder y/o la fama. Estas verdaderas causales minan paulatinamente las capacidades normales de los sujetos para acometer los retos de la vida.

Analicemos las dos primeras; veamos, en primer lugar, la mentira: mentiras que se dicen, mentiras que se piensan mentiras que se viven… Los aparatos detectores de mentiras perciben el más mínimo cambio de la presión arterial, de las pulsaciones del corazón y de otras mediciones que hacen, cuando un individuo miente en algo superficial. Cuando el individuo está acostumbrado a mentir, experimentará continuamente esos cambios fisiológicos, lo que producirá deterioro de su salud física y psicológica: la adrenalina sale continuamente causando cambios en el sistema nervioso del individuo.

Ahora bien, ¿cuánto se incrementarán estas mediciones cuando las personas mienten en algo importante? ¿Qué cambios producirá en el organismo y en la psique una forma de vida falsa? Quienes les son infieles a su cónyuge, los ladrones, los que cobran comisiones injustas, los que levantan falsos testimonios de los demás… ¡Que débiles se van haciendo! ¡El menor problema conyugal, laboral, familiar o personal los afecta terriblemente! ¡Cómo no van a tener estrés!

Lo mismo sucede con los individuos que no tienen coherencia entre los actos que realizan y sus metas en la vida: hay quienes se mienten a sí mismos diciendo que creen en tal o cual religión o modo de vida, mientras sus vidas están alejadas de esos criterios. ¡Cuántos hay que no estudian ni intentan vivir bien su fe! Así es imposible esperar que no tengan estrés.

Aquellos que no saben de dónde vienen, para dónde van y qué vinieron a hacer en esta vida, no tienen la capacidad suficiente para luchar por solucionar los conflictos de sus vidas; esos individuos están más propensos al estrés.

En cambio, a quienes se dan a la tarea de profundizar en esos temas e inician un esfuerzo por ser coherentes se les disminuye el estrés y, a veces, se les acaba: ya no les afectan los problemas, sino que los encaran sabiamente, y salen avantes mejorando lo que pueden mejorar, cambiando lo que pueden cambiar, y reconociendo y aceptando con madurez lo que no se puede cambiar.

Es esta, entonces, una tarea para toda la vida. Primero, comenzar diciendo siempre la verdad, luego —un nivel más alto— pensar siempre la verdad y, finalmente, ser veraz: que los actos coincidan con las creencias y con los principios morales que se dicen tener.

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¿Democracia?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en mayo 1, 2010

 

“De todos los sistemas políticos que se han intentado en la historia, la democracia es el menos malo”; esta frase se repite constantemente cuando se explican las fallas que se le encuentran.

Efectivamente, ante las otras opciones —la monarquía, la dictadura, la aristocracia (el gobierno de los mejores), la tecnocracia (gobierno manejado por quienes tienen mayor formación técnica), la plutocracia (gobierno de los más ricos), la teocracia (gobierno de Dios o un representante suyo) y demás sistemas políticos por los que se podría regir una nación—, la mayoría de las personas prefiere la democracia pues, por definición, es el mismo pueblo quien ejerce la soberanía.

Desde el punto de vista etimológico, la palabra tiene dos elementos compositivos: demo–: pueblo y ­–cracia: fuerza; lo que significa: el poder del pueblo. Así pues, la democracia es un sistema político, cuya característica predominante es que las decisiones son tomadas por el pueblo, respondiendo a la voluntad colectiva.

La democracia es, además, una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales.

La elección es el principio básico de la democracia.

Al comienzo, en la Grecia antigua se prefería recurrir a la suerte para designar a los magistrados y a los altos funcionarios, por un tiempo relativa­mente corto, a fin de permitir a los ciudada­nos, por una rotación de funciones, ejercer por turno una función gubernamental. Los gobernados que asistían regularmente a la eclesia (asamblea de ciudadanos con derechos políticos) tenían también una participación di­recta en las decisiones gubernamentales.

En el siglo XVIII, el principio de elección fue reforza­do por la hipótesis de que el pueblo fuera representado por los elegidos, pero fue hasta el XIX cuando la lucha por las ideas democráticas se confundió con la lucha por el sufragio universal.

Desde entonces, democracia y elección fueron indisolubles, y se empezaron a distinguir dos tipos de democracia: una teórica e ideal, en la que la decisión es adoptada directamente por el pueblo, sin mediación de un órgano represen­tativo llamada democracia directa y la democracia representati­va, en la cual el pueblo es representado por algunos ciudadanos elegidos para tal fin.

Ahora existe también la democracia participativa, llamada así para resaltar la posibilidad del pueblo de participar directamente en la toma de las decisiones políticas: se facilita a los ciudadanos su capacidad de asociarse y organizarse de tal modo que puedan ejercer una influencia directa en las decisiones públicas o se les dan amplios mecanismos plebiscitarios (por ejemplo: consultas que los poderes públicos someten al voto popular directo para que apruebe o rechace una determinada propuesta sobre soberanía, ciudadanía, poderes excepcionales, etc.).

Pero la realidad es otra:

  • La mayoría de los votantes no hacen un juicio maduro y responsable antes de elegir a sus representantes: ¡Cuántas veces se ha evidenciado que los votantes los eligen por razones tan banales como la amistad, simpatía, apariencia (“Voté por él porque tiene un bigote muy lindo”, decía un vez una ciudadana)…! o tan contrarias a la democracia como la conveniencia; no por un verdadero conocimiento de la vida, obra y propuestas de los candidatos, es decir, por un acto auténticamente democrático.

 

  • Lo anterior es poco viable, pues muy pocas veces los candidatos cumplen las propuestas y promesas que hacen en sus campañas; son innumerables las ocasiones en las que la oposición, los medios de comunicación y quienes los eligieron lo han comprobado y denunciado.

 

  • Además, las hojas de vida de los candidatos casi nunca indican los resultados del trabajo que realizarán como representantes del pueblo: no muestran cómo van a gobernar.

 

  • Con demasiada frecuencia no hay fidelidad a las ideas que postulan los candidatos: contrarios se alían tras un descalabro inicial en los resultados de la votación, haciendo componendas, acuerdos y pactos políticos que traicionan sus supuestos principios y postulados. Muchas veces, de quienes habían hablado mal en las campañas después los disculpan diciendo que nos se les probó nada…

 

  • Puesto que las campañas se deben financiar, casi siempre se quedan debiendo muchos favores que, en muchos casos, venden los principios, no solo del candidato sino hasta del partido que representan.

 

  • En muchos países pobres se le dan gigantescos auxilios económicos a los partidos para sus campañas políticas, mientras los numerosísimos pobres que hay en ellos todavía no tienen cubiertas sus necesidades básicas: educación, vivienda, alimentación, salud, vías…

 

  • En esas mismas naciones, cuando los candidatos no han logrado más del cincuenta por ciento de los sufragios, se hacen unas nuevas elecciones (las llamadas “segundas vueltas”), de altísimo costo para los contribuyentes, aun cuando sea evidente y arrollador el triunfo de uno de ellos.

 

  • De todo esto resulta que en realidad no hay verdadera representación: el pueblo que elige sigue carente de sus necesidades primordiales.

 

  • Es evidente que los ciudadanos no se benefician de igual modo de las libertades públicas.

 

  • Como si fuera poco, por la reinante corrupción administrativa, una buena parte del erario público es desmenuzado y repartido injustamente entre los representantes del pueblo y los intermediarios; de otro modo, con lo que se recauda, se verían obras que eliminarían verdaderamente las injusticias sociales.

 

  • En muchos casos se compran votos con dinero en efectivo o, para el mismo fin, se reparten comidas y licor a ciudadanos pobres y hambrientos… Presionan empleados, amenazándolos con el despido si no votan por determinado candidato… En fin: no hay libertad para elegir (sin libertad no se puede dar la democracia).

 

  • La falta de honestidad y de valores han conducido actualmente a una degeneración de la democracia, llamada demagogia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder y, muchas veces, la masa los sigue tontamente. Los demagogos recurren sistemáticamente a polarizaciones absolutas (el bien o el mal, la democracia o la antidemocracia, el desarrollo o el atraso, la honestidad o la corrupción), o conceptos imprecisos (“el cambio”, “la alegría”, “la seguridad”, “la justicia”, “la paz”, etc.).

 

  • Entre los congresistas es sabido que, para mantenerse, es necesario que sean aprobados sus proyectos de ley, sin importar si son realmente beneficiosos y útiles para los ciudadanos. De ahí que se legisle tanto y tan inútilmente.

 

  • Aunque de muchos políticos se habla de corrupción, pocas veces se los juzga y castiga: sus hojas de vida quedan incólumes.

 

  • Finalmente, las constantes denuncias —de hecho y de derecho— de fraudes electorales dejan siempre la duda sobre la veracidad de los resultados en el conteo de votos.

 

De todo esto se desprende que —aun cuando la corrupción y la desigualdad son fruto del obrar humano, no del sistema político que se tenga— la democracia, tal y como fue concebida, es una utopía.

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‘Hallan el gen de la infidelidad’

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en junio 7, 2009

Con este título se han publicado en Internet y en periódicos, varios artículos, basados en un estudio hecho recientemente en Estocolmo, Suecia, con los que la opinión pública, ajena a la metodología científica, deduce de inmediato, que los adúlteros solamente siguen un patrón genético del que no pueden escapar.

Así queda patente, ante el mundo entero, que la infidelidad no es ningún pecado y que erraron todos los que se atrevieron a “juzgar” a los adúlteros.

Los científicos sabemos que muchos estudios adolecen de fallas, entre otras, sostener una supuesta verdad con base solamente en las estadísticas, sin evaluar las variables que pudieron incidir en los resultados y producir resultados falsos. En palabras sencillas, si en la investigación hecha en Estocolmo no se evaluó la incidencia de la educación de los individuos estudiados, ni sus costumbres y el medio ambiente en el que se mueven (entre otras cosas, algo casi imposible de determinar) y otros factores más, los resultados pueden ser erróneos.

Pero lo más grave es confundir, como lo hacen los medios de comunicación, lo que concluyen los resultados de las investigaciones: no es lo mismo afirmar que el factor genético puede predisponer, puede hacer tender, puede inducir, que decir: “Hallan el gen de la infidelidad”. Porque, desde el punto de vista científico, es totalmente infundado afirmar que un gen (o varios de ellos) determinen la conducta de un individuo o, peor aún, que hagan perder la libertad, el libre albedrío.

Pero ahora resulta que la ciencia malinterpretada por los medios de comunicación descubre al mundo el gen de la infidelidad. Y si se permite este desafuero, seguirán afirmando que existe el gen de los homosexuales, descubrirán después el gen de los asesinos, de los violadores, de los secuestradores… Y tendremos que abolir las cárceles, las multas, los abogados…, porque, ¿qué culpa tienen los que cargan un gen así? Y llegaremos a una hecatombe.

Y si aplicamos el mismo criterio al ámbito de las relaciones personales, familiares, sociales, nacionales e internacionales, ¿cuándo habría que pedirse perdón?, ¿por qué razones habría de pedirse perdón? Es más: ¿“descubrirán” también el gen del perdón?

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El por qué de los trastornos de la sexualidad

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en enero 23, 2009

 

Uno de los aspectos más importantes de la sexualidad es el comportamiento. Las relaciones interpersonales entre seres de distinto sexo son diferentes a las que hay entre quienes tienen el mismo. Sexo significa división, sección, “mitad en busca de otra mitad”; y esto es, precisamente, lo que hace la diferencia. La persona del otro sexo es, potencialmente, el complemento.

En esa búsqueda por el complemento, se encuentra una cantidad asombrosa de errores, producto de la mala comprensión de la sexualidad.

 

El machismo

En ese contexto, sobresale, por su incidencia en el mundo entero y por la cantidad de daños que produce en la relación de pareja, el machismo.

El machismo sería difícil de definir si no se tuviesen claros los conceptos de sexualidad y de dignidad, más especialmente la de la mujer. El Diccionario de la Lengua Española define al machismo como la actitud de prepotencia en los varones respecto de las mujeres.

Son características de la forma de pensar del machista las siguientes:

Ø  Ella debe ser quien lo complace en todo, incluidos los comportamientos genitales.

Ø  Ella, y únicamente ella, debe ser quien se encarga del aseo, orden y buen funcionamiento de la casa; si él lo hace no será suficientemente “macho”.

Ø  Ella, y únicamente ella, debe ser quien atienda las necesidades de los hijos (pañales, teteros, comida, aseo, ropa, baño, colegio, estudios, diversiones, tiempo de esparcimiento…); así mismo, si él lo hace no se sentirá “macho”.

Ø  Ella, y únicamente ella, debe ser quien cocine o dirija a la empleada en esos menesteres.

Ø  Él, y sólo él, tiene derecho a estar cansado.

Ø  Ella debe ser quien debe comprender todo, aun el mal comportamiento de su marido.

Ø  Ella debe esperar que su marido llegue de las fiestas y diversiones con sus amigos y amigas, y no participar de ellas.

Ø  Ella, y únicamente ella, debe ser quien debe comportarse bien. Al “macho” se le permiten y se le perdonan todos sus errores.

Ø  Él puede llegar tarde, e incluso, borracho.

Ø  Ella, y únicamente ella, debe ser fiel.

Ø  Ella no tiene derecho a trabajar ni a tener dinero.

Ø  Ella no tiene derecho a estudiar.

Ø  Si los dos trabajan, ella debe llegar a la casa a encargarse del hogar, de los hijos y de su esposo, mientras él llega a descansar.

Ø  En lo genital él tiene siempre la iniciativa; si ella intenta algo, el marido la considerará indigna y hasta “prostituta”.

Ø  Si el esposo no “se satisface” en lo genital, puede buscar otra mujer. Por eso ella debe lograr su “satisfacción” (la del marido) y nunca pensar en la propia.

Ø  Él tiene siempre el orgasmo, aunque ella no lo consiga.

Ø  La fuerza a tener relaciones genitales durante la menstruación, durante el embarazo o en un estado de depresión, independientemente de si a ella no le gusta o, simplemente, si no lo desea en ese momento.

Una sola cualquiera de estas actitudes es machista.

Aquí caben muchas otras maneras de pensar y actitudes propias del machismo, pero todo esto se puede resumir así:

El no la valora como ser humano, como mujer, sino como un objeto de placer y de comodidad. De ahí se desprende, para él, la bondad o maldad de una mujer: si le brinda placer y bienestar, es buena, si no, no.

Lo peligroso de estas actitudes es que pueden irse incrementando —y de hecho lo hacen— hasta propiciar el maltrato psicológico y hasta físico, incluyendo los golpes deformadores y hasta fatales.

Más aún, se puede llegar a extremos como el de la extirpación del clítoris de las recién nacidas para “eliminar” en ellas el placer —como sucede en algunas tribus africanas— o, más conocido, al de la poligamia, donde la mujer es solo una más, a quien le corresponde determinado turno.

Es fácil y obvio concluir que todo machismo es simplemente egoísmo —disfrazado o no— que hace del hombre un ser sin dignidad. Parecido es el significado de algunas acepciones de la palabra “macho”: hombre necio o animal irracional de sexo masculino.

 

La mojigatería

La mojigatería es la exagerada escrupulosidad en el proceder, más específicamente aplicada en estas líneas, a considerar todo lo genital pecaminoso.

Para una mejor comprensión de este vocablo en su acepción sexual, puede servir como ejemplo la actitud de un escolar que pedía a sus compañeros que lo golpearan con correas para excitarse y así poder masturbarse. Luego de las pesquisas psicológicas pertinentes, se descubrió que la madre, cuando se enteró de que su hijo tuvo la primera eyaculación nocturna, acto completamente fisiológico y, por tanto, normal, lo “castigó” dándole muchos golpes con una correa. Y esto se repitió hasta que el muchacho asoció el dolor con placer sexual.

Fuera de este real ejemplo, son muchos los errores en la concepción de las conductas sexuales por parte de quienes tienen actitudes mojigatas.

 

El hedonismo

Pero además del machismo y la mojigatería, otra enfermedad se cierne sobre el mundo, para agravar aún más el daño sobre los comportamientos sexuales:

La televisión, el cine, la prensa escrita, la radio, etc. aceptan las propagandas encaminadas a promocionar los productos que venden sus patrocinadores, y con mucha frecuencia no tienen cuidado en elegir las que mejoren la dignidad humana o las que propendan a un bienestar familiar y social, sino que escogen las que mayor aporte económico les produce.

Es así como aparece veladamente el hedonismo, doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida. Muchos mensajes comerciales adolecen de esa falla: en forma subliminal van dejando en los televidentes, lectores, oyentes y cinéfilos la idea de que la felicidad es todo lo que produce placer, comodidad, diversión… y erigen al dinero y al poder (que pueden conseguir todo esto) como los fines del hombre de hoy. De hecho casi todas las propagandas de la televisión o del cine son realizadas por actores jóvenes, “triunfadores” (tener dinero y el reconocimiento de los demás), atléticos, bien parecidos y con cuerpos esculturales; es muy raro el comercial que presenta ancianos o personas poco atractivas, y más raro aún, el que habla de seres fracasados. Por eso, en ellos, reiteradamente la mujer —con su cuerpo— “incita” a comprar todo tipo de artículos o servicios. A veces semidesnuda, otras sin ropa, pero siempre insinuante, este ser humano, en quien habita la potestad de la maternidad, se convierte simplemente en un medio para hacer propaganda, sin el cuidado de su dignidad; su valor intrínseco queda herido, propiciando el machismo, del que ya se vio su injusticia y su capacidad destructiva.

Casi todos los medios de comunicación se han convertido, en lo que se refiere a estos aspectos, en una lluvia de proyectiles que llegan a los ojos y oídos de los jóvenes todavía en proceso formación, penetran en su alma y en su cuerpo e incitan a colocar en grado sumo el valor de la sensualidad y del goce eminentemente biológico hasta hacer dañar el orden de la naturaleza. Con sus hormonas despertando su atracción hacia el otro sexo, condición propia de la pubertad y de la adolescencia, en medio de un mundo nuevo para ellos y, por tanto, desconocido, más vulnerables a cualquier estímulo, sentirán una fuerte atracción hacia lo genital propiamente dicho, haciendo abstracción de los otros planos en los que la vida del hombre se mueve normalmente, y fomentando así la tendencia a esclavizarse con las pasiones hasta llegar a afirmar que son necesidades orgánicas.

Así, será entonces muy fácil el florecimiento del machismo.

El siguiente relato -verídico- puede dar una muestra aproximada de las más frecuentes quejas por parte de las mujeres:

“Doctor: quiero contarle que me siento muy mal. Mi esposo es bueno, creo que es fiel y aporta el dinero necesario para el hogar. Pero no sé qué pasa: si yo coloco unas flores en el florero, si ordeno la sala de un modo diferente al usual, si me arreglo el cabello o si compro un nuevo vestido y me lo pongo para recibirlo en la casa, él no lo nota. Frecuentemente intento comunicarme con él preguntándole cómo le va en el trabajo y me contesta con monosílabos o me dice que bien. Cuando quiero comentarle algo acerca de nuestros hijos, de la familia, de mis amigas, no me pone atención o se muestra indiferente. Yo me casé con la ilusión de compartir toda la vida con un ser que amaba mucho y ahora me siento muy triste. En los únicos momentos en que se muestra cariñoso es cuando quiere tener relaciones íntimas. Pero eso me está cansando… ya no siento lo mismo que antes. Mejor dicho… ya no siento nada”.

El autor de estas letras ha oído innumerables veces relatos casi idénticos de parte de mujeres que sufren mucho y ya casi sin esperanzas, que se preguntan dónde está la falla o qué causó semejante “cambio” de actitud por parte del marido.

Una causa muy común es la siguiente: teniendo en cuenta la sobreestimulación en la que vive el hombre de hoy, si una muchacha pretende conquistar a un joven a través de incitaciones hacia lo genital, (como por ejemplo, usando minifaldas altas, pantalones ajustados a su cuerpo, escotes que dejan ver parte de las mamas, etc.), lo inducirá indirectamente a que se sienta atraído hacia eso, no hacia ella. Después será más difícil que, una vez casados, ella pretenda mutar los sentimientos de su esposo por otros aspectos —igual o más importantes en la relación de pareja—, como el psicológico y el espiritual. Es necesario entonces que la hermosa y femenina coquetería sea siempre dirigida por la perspicacia, el ingenio propio de las mujeres, para que el hombre la mire a los ojos, a su alma, y así se enamore de ella y no de su cuerpo; o peor, de una parte de su cuerpo, como suele suceder.

Aquí vale la pena hacer un análisis: la finalidad del placer puesto por la naturaleza en las papilas gustativas de la lengua, en el paladar y hasta en las mucosas de la boca, es mantener vivo al individuo, lo mismo que el placer que produce el ingerir alimentos cuando se siente mucha hambre. Si estos placeres no existieran, el hombre moriría; se requeriría que hiciera una abstracción mental para comprender que el alimento es necesario para mantener la vida y se diera unos minutos diarios al día para dedicarse a nutrir su cuerpo.

No es fácil olvidar lo que hacían algunos romanos del siglo primero en sus orgías, verdaderas bacanales: como sus viandas eran tan apetitosas, tenían destinados unos lugares ligeramente alejados a los cuales iban de cuando en  cuando a vomitar lo ingerido, para regresar a seguir disfrutando de su festín.

A cualquiera le repugna esta descripción, pero conviene mucho sopesar esta acción:

1. El instinto es un medio (en este caso el apetito es un medio para la subsistencia), pero en las acciones de estos romanos se puso como fin al instinto.

2. El hombre se diferencia de las bestias por su capacidad de raciocinio y por su voluntad.

3. Solo la ausencia de racionalización puede llevar a este desorden de la naturaleza en el que los actos no cumplen su finalidad natural.

Así mismo, a cualquiera puede parecerle grotesco realizar la cópula sexual si esta no produjera placer. Es fácil deducir entonces que la naturaleza dotó también de satisfacción al acto que haría que la raza humana no se acabase.

Por tanto, el placer que depara la genitalidad es un medio para la permanencia de hombre sobre la tierra y sería simplemente absurdo no concluir que nunca es un fin para el ser humano.

Pero así es:

Tanto en los hombres como en las mujeres, por el influjo del machismo y por la generalización del hedonismo, se puede presentar un deseo urente de genitalidad, hasta de una genitalidad desaforada, cuando se ha mutado el orden cosmológico para buscar únicamente el placer, el goce puramente biológico, dejando a un lado los otros aspectos de la sexualidad humana, y convirtiendo al hombre en un ser que lo único que busca es satisfacer sus debilidades haciendo de sí mismo un esclavo de las pasiones y no un hombre con libertad.

 

 

 

 

Tomado del libro:

LA EDUCACIÓN SEXUAL. GUÍA PRACTICA PARA PROFESORES Y PADRES. 3ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2000.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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¡Quite el freno!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en septiembre 28, 2008

Con frecuencia se piensa que ser libre es no estar en la cárcel, no tener que pedir permisos u obedecer órdenes, no estar sujetos ni subordinados… Se cree que la libertad es poder hacer lo que se desea, no depender de nadie para tomar decisiones.

Pero, ¿qué sucede cuando es el mismo individuo quien coarta su propia libertad? A menudo se encuentran personas que viven condicionándose a sí mismas, y no se percatan de ello.

La libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Como se deduce, perder la libertad es perder esa capacidad, no solamente por condicionamientos externos, sino internos.

Puede suceder que estemos cohibidos para hacer algo positivo, por alguna experiencia de muestra infancia. Hay quien no puede, por ejemplo, contestar bien a una agresión, ya que el ejemplo que recibió de su padre fue reaccionar con violencia: siempre que se sintió vulnerado, gritó, insultó, golpeó, etc. Vivirá sin esa libertad hasta que un psicólogo o alguna circunstancia particular logre romper ese freno que tiene desde su infancia.

En otras ocasiones el individuo se da cuenta de que estuvo frenándose durante mucho tiempo. Este es el caso de una persona que le temía exageradamente a la oscuridad y, de pronto, descubrió que ese era un miedo tonto e infantil, nacido de los cuentos para niños que le leía su madre. Luego de que adquirió conciencia de ello, se forzó a caminar por un parqueadero oscuro varias veces, y después pudo afirmar que se quitó ese freno.

Y esto se da hasta en los actos más sublimes: es repetidísimo —por desgracia— el caso de quienes no logran amar porque sus padres nunca se amaron. Este freno es mucho más difícil de erradicar…

Pero el peor de todos los frenos es el de quienes se anulan completamente diciendo, por ejemplo: «Es que yo soy así», «Es mi forma de ser», «Nadie puede cambiar»… Porque los que piensan así se niegan la posibilidad de curarse, de crecer o de mejorar en cualquier campo: no intentan nada pues, según ellos, no existe la posibilidad de que alguien cambie. Y esto equivale a decirse a sí mismos que no pueden quitar el pie del freno.

Si bien los animales siguen ciegamente el instinto por un mecanismo bioquímico, como lo hacen las plantas al dirigirse siempre hacia el sol, el ser humano tiene algo que aquellos y estos no poseen: la voluntad.

La voluntad es la potencia que mueve a hacer o no hacer una cosa, el libre albedrío o la libre determinación. Y esta facultad no la tiene ninguna otra especie: solo nosotros podemos decir que no a los instintos, a los impulsos, al sentimentalismo, a las pasiones, a los condicionamientos…

Solo el ser humano puede revertir las limitaciones o restricciones —los frenos— que la educación equivocada o ciertas circunstancias pusieron en su naturaleza humana, con las que le hicieron perder su estado natural: su pureza inicial, la libertad con la que nació.

Si no fuera así, nadie tendría méritos y nadie merecería reprobación: diríamos que tanto los buenos como los malos son así, por naturaleza, y que ninguno de ellos puede cambiar. Por lo tanto, deberíamos abolir castigos y premios, cárceles y reconocimientos, aplausos y reproches, pergaminos y reprobaciones…

Si el ser humano no pudiera cambiar, ¿en qué consistiría educar o formar a los jóvenes?

En ese mismo supuesto, la psiquiatría y la psicología no habrían prestado tantos y tan buenos servicios a la humanidad, como se puede verificar en innumerables investigaciones en las que se comprobó científicamente cómo muchos hombres y mujeres lograron cambiar su modo de ser, de actuar o de ver la vida, siguiendo criterios que desconocían, con los que pudieron eliminar esos frenos o limitaciones, que les impedían vivir normalmente.

Además, ¿por qué inciden las filosofías y las religiones en la gente, hasta el punto de determinar en ellos nuevas conductas y modos de vida? ¿Cómo se explicarían las conversiones de tantos pecadores que dejaron atrás su mala vida e iniciaron una nueva, llena de aspectos positivos y enriquecedores?…

El mismísimo Dios vino a la tierra a predicar a los hombres, porque los creó con la capacidad de recibir su mensaje y convertirse, de cambiar, de quitarse los frenos que los atan y de ser libres y felices.

Entonces, ¡quítese los frenos! Y, si no puede solo, déjese ayudar. Pero, por favor, crea en usted tanto como Dios cree en su capacidad de cambio; crea que cambiar es posible para todo ser humano.

 

 

 

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