Saber vivir

Archive for 18 octubre 2012

¿Compasión o reprensión?

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 18, 2012

 

Nos hiere profundamente la actitud de muchas personas a través de la cual expresan su desprecio, su interés por mostrar su superioridad sobre nosotros o su absoluta falta de interés en nuestras necesidades. Y a veces no nos quedamos sin hacer algo al respecto: reiteramos que todos ellos merecían una reprensión, y la hacemos o de algún modo la propiciamos.

Y esta actitud la tenemos tanto en el ámbito laboral como en todos los campos de nuestra vida: familia, relaciones sociales, vendedores, trato con dependientes de cualquier empresa… Y así llegamos a ganarnos la animadversión de muchos… Y lo que es peor: no la pasamos muy bien, puesto que con cada evento nos enfadamos o, al menos, sentimos algún disgusto, a pesar de la supuesta satisfacción lograda al haber defendido “mi causa” o “la causa de otros”…

Pero hay un camino hermoso por recorrer:

Así como nosotros mismos tenemos defectos, los demás tienen también —digamos— ese “derecho” a ser defectuosos. Nadie es perfecto. Y, en consecuencia, también ellos tienen derecho a que nosotros seamos capaces de pasar por alto sus errores, así como lo esperamos de ellos.

Los defectos de cada persona tienen sus raíces en causas muy profundas, y que casi todos ellos nacen de carencias afectivas en la primera etapa de la vida: antes de los doce años. En esa etapa de nuestra vida todos necesitamos recibir una dosis suficiente de amor por parte de nuestros padres, y que nuestros padres, porque no la recibieron, no pudieron dárnosla en medida suficiente. Y esto se remonta, generación tras generación, en orden ascendente, quién sabe desde cuando…

Lo peor de esta situación es que en esa época no somos capaces de entender por qué no nos aman suficientemente (ni siquiera tenemos clara esa idea en el cerebro); sólo nos duele…

Y, como somos tan pequeños, no tenemos las herramientas para encarar esa realidad y, mucho menos, darle solución.

Por estas causas, hay miles de personas llenas de agresividad o, por el contrario, de pusilanimidad, simplemente porque no recibieron el amor necesario para que sus vidas —desde el punto de vista afectivo y emocional— se desarrollaran adecuada y normalmente.

La mayoría de ellos tratan de suplir esas carencias afectivas ahogándolas en cuatro actitudes que toman como la razón de ser de sus vidas: el tener, el poder, el placer y/o la fama, tratando de llenar inútilmente con ellas ese vacío (si tienen dinero, acuden a las ciencias de la psicología clínica o la psiquiatría).

Y es por esto que encontramos personas que quieren imponerse de alguna manera sobre los demás (así sea aprovechando que tienen poder para manejar al público), altivos, arrogantes, displicentes, déspotas, despreciadoras, despectivas, desdeñosas, totalmente desinteresadas en los problemas de otros, frías y hasta sin la más mínima cultura para saludar, como te ha pasado con algunos médicos.

¡Pobres seres humanos!: unos tratan de llenar sus vacíos afectivos infantiles con esas actitudes mientras que otros reaccionan agresivamente para ocultar su vulnerabilidad. Sí; porque gritar o emplear la fuerza (física o con palabras) es la mayor muestra de debilidad: el hombre que está seguro de su poder no siente necesidad de demostrarlo. Por eso son dignos de nuestra compasión, no de nuestra reprensión.

Podemos estar por encima de esas lides. Podemos decidir verlos como lo que son: víctimas que lloran porque no recibieron cariño, aunque lloren equivocadamente. Pensemos por un momento: ¿Qué hacemos cuando vemos el berrinche de un niño? ¿No es verdad que no le damos la trascendencia que le damos a la de un adulto? Pues bien: ¿por qué hacemos esta diferencia? Porque no hemos descubierto que entre la actitud infantil de un niño y la de un adulto que no supo cómo solucionar las carencias afectivas de su infancia no hay diferencia: son adultos en el porte, no en el interior. ¡La correcta actitud de un adulto que se siente atacado de alguna manera por estos sufrientes seres es la lástima! Y, tras ella, la comprensión Y después el perdón. ¡Aunque nos estén hiriendo!, pues ya sabemos de qué herida viene su agresión.

Quien comienza a actuar así empieza a descubrir algo maravilloso: que esas agresiones ya no lo hieren tanto, que esos errores ya no le afectan. ¡Se ha comenzado a liberar! Se ha comenzado a curar; ¡y sin medicamentos ni terapias de ninguna clase! Poco a poco empieza a verificar que puede llegar al estado en el que nada lo afecta; como dicen ahora los muchachos: ¡Todo le resbala!

Pensemos: “Si yo hubiera nacido en el hogar en el que nació Hitler, hubiera vivido en sus circunstancias históricas, hubiera tenido los padres y amigos que él tuvo, hubiera sufrido lo que él sufrió, etc., me pregunto: ¿No sería igual o peor que él?” ¿No es verdad que, en su situación, nosotros seríamos peores que esos que nos agreden o nos ignoran y desprecian…? Lo repito: ¡Pobres seres humanos! Necesitan de nuestra comprensión y corremos a corregirlos, sin saber de dónde les vienen todos sus males…

¡Qué serenidad produce el dejar de sentir las agresiones y desprecios que nos hacen! Pero más enriquecedor es acabar con ese deseo de “dejar sentada nuestra posición” ante los demás, de corregir, de reprender, de exigir respeto (cuando sabemos que no pueden darlo). Se reducen —y hasta se acabarían— las disputas acaloradas, y el mundo comenzaría a caminar hacia la paz auténtica: esa que viene de dentro, esa que no se pierde fácilmente, esa que fortalece y da ejemplo.

Finalmente, solo así lograremos la verdadera pureza de corazón: la absoluta indiferencia a todo lo que no sea amor.

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¡Se están acabando los antibióticos!

Posted by Mauricio Rubiano Carreño en octubre 6, 2012

Las infecciones que pueden afectar al hombre son producidas por: bacterias, virus, hongos o parásitos.

El organismo humano posee medios de defensa para atacarlos y, en la mayoría de los casos, vencerlos; de otro modo todos habríamos muerto tras la primera infección. Pero, a veces, es necesario ayudar a las defensas orgánicas con algún medicamento. Hoy se dispone de antiparasitarios, antivirales, antibacterianos y antifúngicos (este último se usa contra los hongos).

Los antibacterianos (mal llamados antibióticos) son agentes biológicos (naturales), semisintéticos o sintéticos, que sirven para matar bacterias (bactericidas) o detenerlas en su crecimiento (bacteriostáticos).

Sin embargo, cada día, por el uso indiscriminado de estos medicamentos, las bacterias hacen lo que se llama resistencias: se hacen inmunes en mayor o menor grado a los antibacterianos, cambiando parte de su estructura genética.

Por eso, hay ocasiones en las cuales los médicos no hallan la manera de salvar vidas: cada vez con más frecuencia se dan casos en los que no encuentran un antibacteriano que ayude al organismo a defenderse del ataque, porque las bacterias han hallado la manera de “burlarse” del antibacteriano. Se cuentan ya muchos casos de pacientes hospitalizados a los que se les administran grandes dosis de antibacterianos de todos los tipos y, a pesar de eso, se mueren.

Por otra parte, los investigadores de los laboratorios farmacéuticos gastan millones de dólares y tiempo buscando nuevos antibacterianos que no tengan esas resistencias por parte de las bacterias. Cuando por fin encuentran uno, se lanza al mercado y ¡qué desgracia!, en poco tiempo, el uso inadecuado los llena de resistencias bacterianas.

A medida que pasa el tiempo, la situación se torna cada vez más grave; es posible, como dijo un gran investigador, que las próximas generaciones vuelvan a morir infectados en masa, como sucedía antes de la aparición de la penicilina, en 1941.

Y, ¿cuáles son los errores en el uso de estos medicamentos? ¿En qué consiste ese uso inadecuado, que los lleva al fracaso?

1)     Tomar antibacterianos cuando la infección es viral (por ejemplo, cuando se tiene catarro o gripa)

2)     Tomar antibacterianos por menos de 7 días

3)     Tomar antibacterianos en dosis más espaciadas (en vez de tomarlo cada 6 horas, por ejemplo, tonarlo cada 8, aumentando la dosis para suplir la cantidad)

4)     Tomar antibacterianos antes de que pasen 8 días con el malestar: a veces el organismo mismo es capaz de defenderse solo (si se usa el medicamento aumenta el riesgo de resistencias bacterianas)

5)     Tomar el antibacteriano que no corresponde con la(las) bacteria(s) que están atacando. Todo esto explica el siguiente punto:

6)     Tomar antibacterianos sin prescripción médica.

 

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